La semana ha trascurrido entre de temporada de vacaciones, para muchos que allá siguen y otros que, a los que por diferentes causas no nos dio para salir, pero el tráfico vehicular está muy controlado y es que todo mundo sabe, hasta la autoridad, que lo que imposibilita el trafico son los escolapios; ya que si no hay clases todo es tranquilidad, lo que hace que muchos misóginos digan que las damitas son las que no saben manejar, lo cual por mi parte niego y lo niego porque como no sé manejar declaro que las damas son mejores, mucho mejores que yo al volante, eso sí, son mucho más broncudas y a la menor provocación echan lámina, prefiero enfrentarme a un batallón de norcoreanos exaltados que a una florecita engarbanzada.
Eso no obsta para que también sea temporada de sustos, ya que nos la pasamos recibiendo noticias contradictorias, por la mañana que si sube el precio de los camiones, nos aterra hasta los que no lo usamos, en mi caso por abierto miedo a la muerte y porque con tanto pleito, autoridades y transportistas (que muchos afirman son políticos) no lo han sabido promover como deporte extremo que si no nuestra ciudad podría ser considerado como el centro mundial de producción de adrenalina —garantizando que 15 minutos de traslado, su adrenalina subirá cuando menos en un 325%— ya que pocos instrumentos mecánicos han logrado llegar a esos extremos de pavor como nuestro transporte público, manejado por esos simpáticos operadores que el pueblo ha bautizado como los vacunos, y cuando usted ya se hizo el ánimo de que ya nos vacunaron, cambio de planes y nos dan la buena noticia de que siempre no, que nuestras siempre gallardas autoridades —que tanto nos aman y a quienes debemos tanto— han decidido que nones, que se frieguen los del pulpo camionero (me encanta esa expresión, y creo que es muy local) total que con eso y con el cambio de hora ya no vamos a saber si vamos o venimos, pero, eso es lo que hace divertido vivir en un país subdesarrollado, el no tener seguridad de nada.
Eso me hizo recordar un vía crucis que se rezaba en el rancho de mi abuelo, donde por cierto no había templo pero habilitaban durante Semana Santa para el efecto una palapa y como no había cura pues el más devoto del pueblo rezaba una oración que decía.
Primera estación:
Ya lo suben, ya lo bajan /Ya lo vuelven a subir/ ya le estiran su greñero/ y están dale que dale en su pobre costillar.
A lo que el pueblo devoto contestaba:
Pobre de Él tan macho y tan guantador. Y se pasaba a la segunda estación.
Ya lo meten, ya lo sacan, ya lo vuelven a meter ya le estiran su greñero y están dale que dale en su pobre costillar y contestaban:
Pobre de Él tan macho y tan guantador y así seguían todo el piadoso ejercicio.