El tapatío Vicente Leñero cumplió el domingo pasado 80 años y hay mucho que celebrar en su larga vida. Pocos de nuestros escritores han cubierto, y con honores, tantos campos: el periodismo, la novela, la crónica, la dramaturgia; también ha dirigido publicaciones (Revista de Revistas, Proceso) y es un cronista atento y agudo de los afanes y los días de los mexicanos desde hace más de cinco décadas. Como bien dijo en días recientes Juan Villoro, “es un maestro en todo lo que cultiva”.
Vicente Leñero es ingeniero (igual que Gabriel Zaid, Abel Quezada y Carlos Prieto: excelsos en otros campos, pero cuyas cualidades de equilibrio, armonía, simetría y proporción no pueden ser del todo ajenas a la formación ingenieril). Luego aprendió a ser periodista en la Carlos Septién. Ha llegado venturosamente a sus 80 años leyendo, escribiendo, fumando y dirigiendo su taller de los jueves en la SOGEM, donde —como Juan José Arreola, uno de sus maestros— ha beneficiado a generaciones de aspirantes a escritores.
Entre sus decenas de obras, allá por 1997 Leñero el memorioso publicó Gente así, una colección de perfiles, anécdotas y narraciones en los cuales los linderos de la realidad y la ficción se desdibujan de modo desconcertante; sin embargo, surgen en muchos de ellos figuras perfectamente reconocibles (y además con nombres y apellidos) con las cuales el autor va, parsimonioso, ajustando cuentas. Ahora, para celebrar sus 80, acaba de publicar Más gente así. Son 15 textos variopintos, algunos de primerísima calidad, compuestos de recuerdos y fantasías en proporciones indeterminadas. Abre con un tan divertido cuanto amargoso recuento de sus encuentros y desencuentros con la mítica agente literaria Carmen Balcells, “Las uvas estaban verdes” (“Era entradita en carnes, pelicorta, sonriente porque se sentía importante y enfiestada”, comienza). Más adelante narra con cariño la historia de su familia inmediata (“Madre sólo hay una”); luego pone en escena a un airado Hércules Poirot en plan de revancha contra su creadora (“¿Quién mató a Agatha Christie?”); recuerda una estancia madrileña donde de pronto Larra y Zorrilla se convierten en personajes de su vida (“Plagio”); rememora amistades antiguas y luego de años se cobra el hurto por Hero Rodríguez Toro de unos grabados de Federico Cantú (“A pie de página”) y, sobre todo, entrega una espléndida entrevista (no se alcanza a saber si real o ficticia) con uno de sus autores más venerados (“Una visita a Graham Greene”). Es una pena que ese McDonald’s de la edición que es Alfaguara desprecie a tal grado a sus autores y los libros en general: mucho habría ganado éste no digamos con un trabajo profesional de edición, simplemente con una lectura atenta y una tarea elemental de corrección.
Discreto y reticente, entregado a su trabajo sin preocuparse de las grillas ni la fama (pero de implacable memoria y “zongo”, como se dice aquí), hombre de fe auténtica y profunda, Leñero es un regalo: una más de esas eminencias solitarias, excéntricas y únicas que Jalisco ha sabido dar a la cultura nacional.