El baúl de los retratos Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

Antonio Muñoz Molina (1956-) recibió el Premio Príncipe de Asturias de Literatura por su calidad narrativa tanto en sus novelas con en sus ensayos periodísticos tal como lo hemos podido comprobar con El jinete polaco (Premio Planeta en 1991) en donde nos podemos quedar con la boca abierta mientras descubrimos su narrativa y el ritmo de esas oraciones largas sin puntuación alguna que nos deja sin aire hasta que llega la coma esperada o el punto y seguido y entonces nos damos cuenta que es ese ritmo el que nos permite imaginar lo que está narrando de cierta manera. Lo vemos descansando, como el guerrero apacible, al lado de su amante que dormita desnuda después de la batalla, y es él quien está viendo una reproducción de El jinete polaco de Rembrandt que está “enfrente de la cama” y viéndolo se le antoja despertarla “como si cayera otra vez la noche y se avivara el fuego que alguien había encendido junto a un río en donde unos tártaros sublevados contra el zar calentaban hasta el rojo vivo el filo de sable que en apariencia cegaría a Miguel Strogoff”.

Un botón de muestra. Respiramos para revisar la escena completa: la amante está acostada desnuda y él está cerrando las cortinas para que la luz no la despierte, mientras ve al jinete que cabalga por Siberia como correo del zar, para dar noticia de la invasión de los turcos que habían puesto sus sables al fuego hasta que estuvieran al rojo vivo para poder cegar a Strogoff, personaje de otra novela de Julio Verne que le viene a la cabeza.

Hay otras asociaciones y conexiones que podemos hacer mientras vamos leyendo estas historias de Albasanchez de Mágina, cerca de Jaén que, al leerlas, las podemos también asociar con los propios recuerdos para seguir las historias en paralelo entre los rostros, sustos y juegos como los que juegan en Mágina al atardecer y nosotros irnos a Tepa recordando las vacaciones en los Altos de Jalisco, donde nació y creció mi padre y que, con esta lectura estos recuerdos se funden con los del narrador cuando se asoma al baúl de los retratos para “no caer en la tentación de volver a despertarla… mejor se pone los pantalones y vuelve al lugar donde estaba el baúl de Ramiro Retratista con las fotografías que había tomado en Mágina a lo largo de 40 años, desordenadas en el suelo, sobre los cojines del sofá, apoyadas sobre los lomos de los libros…”

Y nosotros nos asomamos a nuestro baúl con otras fotografías que nos hacen recordar a los muertos —casi todos— y se nos viene encima el olor de la tienda de enceres que había en la planta baja de la casa de mi padre, a un costado de la Parroquia de San Francisco, con un gran mostrador donde me sentaba para ver cómo cortaban las telas que medían con un metro de madera injerto en la mesa, antes de subir las escaleras de piedra a oscuras, brincando el tercer escalón gastado y causal de tropiezo, no sin asomarme, con morbo, a las rejas del patio donde me decían encerraban a mis medios tíos por sus desórdenes y borracheras, hasta llegar a la estancia con las tías Anita y Raquel vestidas de negro, viudas de madre por el resto de su vida, mientras trasponemos los recuerdos de Mágina con los de Tepa.
 

Martín Casillas de Alba
JUN 15

Pulir las joyas de Guadalajara Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

Nada mejor que reconocer a la gente que, de manera desinteresada, se dedica en cuerpo y alma a la restauración del patrimonio de la sociedad —esté o no registrado en el catálogo de la UNESCO—, por eso, el esfuerzo que hicieron por más de siete años María Irma Iturbide Robles a través de Adopte una Obra de Arte Jalisco, junto con el Conaculta, lograron que se llevara a cabo la restauración de la fachada del Templo de Santa Mónica en el corazón de Guadalajara, además de hacer un rescate arqueológico de unas piedras labradas como lo diseñaron en el XVIII.

Mujeres como María Irma Iturbide, Lorenza Dipp, la querida Beatriz Yáñez quien heredó el amor por Guadalajara de sus padres don Agustín y doña Olivia, una mujer inolvidable cuyo rostro sirvió de modelo a Joaquín Arias para hacer la escultura de la Diana, así como, Ana Rosa Villaseñor de Urrea, Gloria Martínez de González Gortázar, Pinky Corvera de Charpenel, Yolanda Cevallos de Albarrán y Maria Luisa Salinas, entre otras que además, hace años, consiguieron fondos para restaurar la Estación de Ferrocarril de Chapala que es una muestra de la escuela de arquitectura de Chicago diseñada por Guillermo de Alba.

Bueno, pues desde hace siete años estas mujeres decidieron que valía la pena restaurar la fachada del templo de Santa Mónica donde ‘lo más importante del todo el proceso —como nos dijo María—, fue el hallazgo arqueológico de las esculturas de piedra que estaban dentro de la fachada, cubiertas con un muro de cantera.’

A instancias de los jesuitas se terminó de construir el templo en 1733 que está considerado como ejemplo del ‘barroco salomónico’, porque tiene unas columnas helicoidales en la fachada que da al oriente y que es la más elaborada con nueve cuerpos verticales y siete contrafuertes, para formar un conjunto decorado con formas de plantas o fitomorfas.

Justo ahí fue donde encontraron esos labrados en piedra tal como los había originalmente ahora recubiertos por unas losas de cantera rellenas de arena en donde encontraron otros objetos: ‘medallas, monedas, crucifijos, estatuas, utensilios de barro y una caja con piezas de mucho valor arqueológico que actualmente están en restauración. Dentro del templo también se encontraron indicios de varias pinturas murales hechas unas sobre las otras.’

Un logro que bien vale la pena celebrar porque es una muestra de cómo la sociedad civil y el Gobierno pueden hacer esfuerzos conjuntos para pulir esas joyas de Guadalajara y cuidar del patrimonio con amor, como el que se le puede tener a los tesoros del Centro Histórico que, por desgracia poco a poco lo han abandonado y, si nadie hace algo, podrá caer en manos del lumpen, como sucedió en 1950 en la Ciudad de México cuando la UNAM abandonó el Centro para irse al Pedregal de San Ángel.

Encontré una anécdota deliciosa alrededor del Templo de Santa Mónica en donde hay un San Cristóbal, mismas que copio, a lo mejor ya las conocían ustedes, pero son muy chistosas: dicen que las solteras le rezan: ‘San Cristobalazo, patazas grandazas, manazas fierazas, ¿cuándo me casas?’ y las que ya no aguantan a sus maridos van y le suplican ‘Cristobalito, patitas chiquitas, manitas bonitas, ¿cuándo me lo quitas?’

¡Hay señor! ¿No les digo? En esta vida nadie sabe para quién trabaja y aquí San Cristobalón jala agua para su molino desde su rincón en el templo de Santa Mónica.
 

Martín Casillas de Alba
JUN 8

Los aguaceros de mayo Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

Los aguaceros de mayo no fallan, como el que cayó la semana pasada, anunciando cómo es que vendrán las lluvias a partir de junio, cuando ya es el tiempo de aguas para el bien todos y del Lago de Chapala. Nosotros, como seres vivos de la naturaleza esbozamos una sonrisa cuando vemos cómo reverdece el campo.

Llovía en mi infancia a cántaros y el agua rebotaba por la calle empedrada de López Cotilla casi esquina con Tolsa, en el mero “gueto de Tepa”. Entonces, emocionados por la frescura, salía con mis primos en calzones —los Casillas Gutiérrez—, para mojarnos y jugar con la corriente abultada y revoltosa sin importarnos nada de nada.

Otros días, mi padre volteaba a ver hacia el Oriente y, si estaba nublado, decía que “no tardaba en llover”, seguro que sabía que los vientos en estas fechas vienen desde el Oriente hacia el Poniente y, de esa manera, los nubarrones cubrían la ciudad con su manto antes de dejar caer, entre rayos y centellas, esos chubascos que se ponen a revolotear por las calles hasta encontrar salida.

Pero también sabíamos que “después de la tormenta, la paz”.

En Chapala los aguaceros son parecidos, pero diferentes: se anuncian con percusiones como lo hacen en los conciertos con una gran lámina que ondean para que retumbe en forma continua, para empezar a contar cada segundo diciendo “diezmiluno, diezmildos, etcétera” para saber a qué distancia caía el rayo desde que vimos el relámpago hasta escuchar la trepidación en varios tonos de tres o cuatro compases hasta que tocan los timbales celestes.

Imposible olvidar la escena que contaba mi madre y que luego apliqué con mis hijos: decía que cuando se despertaba llorando por los tronidos y los relámpagos en su cuartito de Mi Pullman, como se llamaba el town house que hizo el abuelo a espaldas del Hotel Nido, entonces, su padre se levantaba y la cargaba para abrir la ventanita de su cuarto y que los dos vieran el cielo encapotado diciéndole con toda la calma del mundo: “No te preocupes, Minita, son cosas de la Naturaleza…, no pasa nada”. Y ese consuelo le sirvió el resto de su vida y de la nuestra.

Un verano que estuve en Chapala, se caía el cielo en una de esas tormentas y, como el abuelo, me levanté me asomé a la ventana y disfruté del espectáculo acústico y celeste, como si estuviera en un concierto al aire libre “para lámina y percusiones” como el que se había organizado esa noche de verano, feliz de saber que toda esa agua caería sobre al lago.

Imposible predecir los aguaceros de mayo, ese que cayó el 15 de mayo de 1888, cuando en Guadalajara se inauguró la llegada del ferrocarril desde la Ciudad de México y la gente lo esperaba en estación del Parque Agua Azul, arremolinada para verlo llegar bufando, cuando, de pronto, empezó a caer uno de esos aguaceros que hicieron correr a la gente mientras pensaban ese día… “San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol”.

Nada más refrescante como los aguaceros de mayo en Guadalajara. Me da la impresión que son como ese llanto contenido durante los meses de secas que de pronto sale a borbotones y nosotros deseando ver llover sin mojarnos dejando a su paso un frescor muy agradable y el divino olor a tierra mojada.
 

Martín Casillas de Alba
JUN 1

Cuando se viaja a Guadalajara Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

Cuando se viaja a Guadalajara resulta emocionante y pleno de nostalgia, tal vez, por los años ahí vividos. Ahora que estuve en la Perla tapatía recorrí esos lugares que traen recuerdos como es la Biblioteca y Casa de Cultura en Agua Azul, el Museo Regional, con sus patios sombreados que cargan buena parte de la historia de Jalisco para que luego saliera a caminar, sin importar los 32ºC a la sombra, por la Plaza de las Dos Copas y escuchar el frescor del agua en sus fuentes, mientras me sentaba en la sombrita a “darme bola” con esos genios como los hay en Guadalajara: “pros” que hacen su rutina con cuidado, sin prisa, hasta dejar que los zapatos brillen y vuelvan a la vida.

A espaldas de la Catedral estaba la “casa del Huesito” que fue demolida en 1947 para darle espacio a la cruz hecha con las cuatro plazas tal como la diseñó Ignacio Díaz Morales, de tal manera que trazan la señal sobre el cuerpo de la Catedral diseñada por el alarife en 1618. Al frente, la Plaza del Ayuntamiento; dos brazos a los lados, uno, la Plaza de Armas y el otro, la de los Jaliscienses Ilustres y, para rematar lo que serían las piernas, la Plaza de las Dos Copas, con el Teatro Degollado como soporte.

Imposible no recordar a la abuela Maclovia Cañedo (1859-1933) cuando iba y venía de su casa, en la calle de los Placeres, a la de sus primos a espaldas de Catedral, como tampoco olvidar lo escrito por José Juan Tablada cuando una vez viajó a Guadalajara en 1894 para ver a sus amigos: el poeta Rafael de Alba, Luis González y Sixto Osuna, y recorrer con ellos los rincones habidos y por haber de la Guadalajara de fines del XIX y, por las noches, irse de picos pardos.

Su estancia estuvo llena de incidentes, fiestas y buen humor y, en esa ocasión, conoció a Cova y escribió sobre ella. Cómo habrá sido para que la describiera en La Feria de la Vida de esta manera: “En la mansión de la familia Cañedo que le decían de los huesitos, por estar su patio empedrado con vértebras de las reses del Cabezón, conocí a lo más granado de la sociedad tapatía y luego, en una tamalada en la huerta de Aranzazú, confirmé admirado la fama de la belleza de Maclovia Cañedo… Tenía la tez morena, el cabello negrísimo y los ojos de antílope de las bellezas que en las miniaturas persas que ilustran Las mil y una noches miran sobre esas praderas minuciosamente floridas como las que hay en los huertos del sultán Sharriar. A la belleza plástica, se unía el encanto peculiar de las mujeres de esta tierra.”

En esa ocasión, Tablada llegó al hotel Francés a espaldas del palacio de Gobierno y no acababa de desempacar cuando le avisaron que tenía visitas que se fueron acomodando en los equipales que había en el patio. Un joven le pidió permiso para recitar Ónix, el poema reciente de Tabalada y, el poeta, aceptó encantado de la vida “enrollando las puntas de su bigote o jalándose las abundantes cejas mientras encontraba los ojos de alguna tapatía cuya honda mirada, al finalizar el poema, pudiese detenerla largamente”.

Sin duda, cuando se viaja a Guadalajara se vienen encima los recuerdos, las emociones y momentos de toda una vida.
 

Martín Casillas de Alba
MAY 25

Francofilia tapatía Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

El Festival de Mayo de este año gira alrededor de la cultura francesa en el más amplio de los sentidos, confirmando de esta manera la buena relación que ha existido desde hace siglos entre los franceses y los tapatíos, que hoy en día lo puedo comprobar con varios de mis mejores amigos como son: José Luis Arriola Woog y el arquitecto Juan Palomar Verea, en donde el francés es la segunda lengua y conocen, estudian y les gusta todo lo que viene de Francia.

Una excepción a esta regla a finales del siglo XIX fue el abuelo Guillermo de Alba (1864-1936) quien decidió ir a estudiar arquitectura a la ciudad de Chicago y con eso, marcó la nueva tendencia y esa opción que consideraba la modernidad con vistas al futuro, pues a nadie que yo sepa, se le había ocurrido hacer esa clase de barbaridad y decir mejor ir a estudiar a una ciudad tan ventosa como es Chicago en lugar de irse a París a la Ecole des Arts. Cuando regresó en 1900, no sólo se casó con Maclovia Cañedo (1859-1933), una tapatía de pura cepa, sino que construyó el Hotel Fénix original que es un buen botón de muestra de lo que había estudiado en la escuela de arquitectura de Chicago, con Louis Sullivan a la cabeza.

Pero no es de extrañar la comunión entre Francia y Guadalajara, ni mucho menos eso que en las Fiestas de Mayo pueden ver y disfrutar de la Francia contemporánea, recordando a sus grandes escritores en unas mesas literarias como las que habrá en la Gandhi, la Gonvill y en la librería del FCE en donde, seguramente, tratarán a esos autores que han dejado huella universal como son Proust, Flaubert o Stendhal, entre varias docenas más de escritores, poetas, filósofos y ensayistas que forman esa constelación que destaca en el cielo de la literatura.

Por eso retomo esto que se basa En busca del tiempo perdido, para saber de lo que estamos hablando: “La frase de Vinetuil era como el himno nacional de sus amores…. La frase empezaba por un sostenido de trémolos en el violín, que daban unos cuantos compases y ocupaban en primer término, hasta que, de pronto, parecía que se apartaban, y como una cuadro de Peter de Hooch, donde la perspectiva se ahonda a lo lejos por el marco de la puerta abierta, allá en el fondo, con color distinto y a través de la aterciopelada suavidad de una luz intermedia, aparecía la frase, bailarina, pastoril, intercalada, episódica como cosa de un mundo distinto…”

No podía faltar la gastronomía y Pierrot, el restaurante francés por excelencia, les ofrece un menú especial: ¡ah!, cómo se antojan ya los escargots, antes de entrarle a los menús bien elaborados que son una marca definitiva de la bella Francia.

Y, por qué no asistir la tarde calurosa del próximo lunes 20 de mayo para hacer una buena cata de vinos como la que habrá en la Casa Museo López Portillo que, aunque se trate de hacer un buche y escupirlo —no hagan caso—, beban de esas copas la muestra del vino de Borgoña o de Burdeos, dos de los más prestigiados del mundo con todo y su apelación controlé o su denominación de grand cru a base de uvas pinot noire y gamay. ¡Salud!

¡Ah!, también habrá música antigua con Les Sacqueboutieres en el Templo de San Agustín. Música que tan bien se escucha en ese espacio.
 

Martín Casillas de Alba
MAY 18

¡Qué fantástica ha sido la vida! Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

No es la primera vez que vuelvo a considerar en este espacio “el paso del tiempo” y la relatividad con la que es medido pues, bien sabemos cómo es esa sensación que tenemos cuando sabemos que galopa a diferentes velocidades: lento cuando esperamos que alguien llegue y, mientras, damos vueltas para resistir la tentación de su llegada o nos volvemos a tomar otra taza de café hasta que se revierte esta sensación cuando llega quien esperamos y parece que el tiempo se va volando sin que nos demos cuenta, como cuando hacemos eso que más nos gusta y se nos hace tarde sin darnos cuenta por andar haciendo exactamente eso que hay que registrar como lo que más nos gusta. Otras veces, de repente, pasa el tiempo y escuchamos pasos en la azotea.

Siempre que celebramos una fecha decimos: ‘¡Qué bruto!, cómo ha pasado el tiempo…’ y parece ayer que estábamos en tal o cual lugar. Sí, esa es la sensación que casi siempre viene acompañada de otra que tiene que ver con el parpadeo que contabiliza, por lo menos, una década: ‘¿te acuerdas cuando nos vimos la última vez?’… y esa última vez fue hace una década. Un parpadeo y el reloj se adelantan una década.

Pero si uno hace uno un alto en el camino y examina la vida sin prisa, entonces, puede uno decir como eso que dijo Anne (Emmanuelle Riva) en Amour la película de Michael Haneke (2012) cuando, en un momento de lucidez, le pide a su marido le traiga el álbum de fotografías y lo empieza a hojear lentamente, hasta que dice con toda tranquilidad: “¡Qué fantástica ha sido la vida…, ésta larga vida…!”

Sí, de pronto podemos tener esa otra sensación y en lugar de sentir que la vida pasa rápido, si tenemos la calma de hojear lo que hemos hecho en el tiempo, nos daremos cuenta, como si leyéramos un libro de aventuras, por todas las que hemos pasado, tal como lo recordé la semana pasada a los dos Ulises, incluyendo esos momentos en los que cruza por el estrecho de Escila y Caribdis en donde pensamos que no podríamos salir adelante, pero hay algo —Eros, tal vez, como dicen que es el dios que nos da fuerza para vivir y levantarnos de la lona—, que nos permite secundar lo que decía Anne con toda tranquilidad y asegurar: “¡Qué fantástica ha sido la vida…, esta larga vida…!”

Me mandaron hace tiempo algunas citas de lo que escribió Regina Brett, ganadora del Premio Pulitzer, ahora que  había llegado a los 90 años y que lo hizo para celebrar la vida con algunos pensamientos que son toda una lección, por ejemplo, dice que ‘la vida no es justa, pero aun así es buena’ o, ‘la vida es demasiada corta para perder el tiempo envidiando a alguien’ o que ‘no tenemos por qué ganar cada discusión, lo que hay que hacer, es estar de acuerdo para no estar de acuerdo’. Por ahí encontré esta que está dedicada a Lety Gómez Ibarra por aquello del Chocolate pues dice Regina que ‘cuando se trata de chocolate, la resistencia es inútil.’

Me imagino que tuvo una vida plena, alerta y con las antenas puestas pues y por eso se atreve a decir que hay que hacer ‘las paces con el pasado para que no nos arruine el presente’, y que, por favor, ‘no compares tu vida con la de nadie más…’
 

Martín Casillas de Alba
MAY 11

El canto de las sirenas Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

“Me siento todo un Ulises; he regresado a casa”, como diría parafraseando a Monterroso con eso de “Me siento todo un Balzac; he podido terminar esta línea”. Sin duda, los trabajos y las dificultades que enfrentó Ulises para regresar a Ítaca en donde lo esperaba Penélope tejiendo de día y destejiendo de noche con tal de posponer un segundo matrimonio con alguno de los pretendientes que deseaban más que otra cosa, poseer los bienes de esta mujer, le tomó casi 20 años después de haber salido de casa: primero, sitiando 10 años la ciudad de Troya para vengar el rapto de la espartana Helena por el joven París y, otros 10 para regresar, digamos, victorioso.

No podemos dejar de asociar estas aventuras del ciego Homero, el principal autor de ese poema épico, con nuestra vida, siempre y cuando hagamos un traslado de símbolos y lugares con los propios para así, poder imaginar el esfuerzo que hay que hacer una vez que hemos nacido o salido de casa, hasta regresar al hogar años después y de ser posible, contar lo que nos ha pasado, tal como lo hizo Ulises de paso, cuando tenía que convencer a quien lo ayudaría a continuar su viaje.

Hace años tuvimos la fortuna de estar en Grecia y navegar por el Egeo de Atenas a la Isla de Mikonos. Fue a principios de octubre y un poco antes de que se suspendiera la navegación por lo peligrosa que puede ser. Mientras navegábamos imaginé a los trirremes impulsados por los griegos, sobrepasando las olas que Poseidón formaba, como lo hace un niño en la tina, para darme cuenta lo que han de haber sufrido esos marineros después de haber tenido en Eolo el viento embotellado en una botija de cuero y, cuando estaba a la vista de Ítaca, uno de ellos quiere saber qué guarda y abre para que con ese viento sean expulsados de regreso donde estaban. “Del plato a la boca, se cae la sopa”, pues así de cerca estuvo de ver a Penélope y a Telémaco, su hijo ya crecido.

Pero hay otro Ulises y ese es el de James Joyce, un genio despiadado, vulgar, irrespetuoso, cínico, burlón, erudito y bien documentado de la historia de Irlanda y de los pequeños grandes héroes de Dublín, conocedor de la Biblia y de los ritos, incluye una visita al Hades, como la que hace este otro Ulises llamado Leopoldo Bloom durante el entierro de su amigo Peter Dignam.

Todos los lugares y las circunstancias por las que pasa y que visita o que recuerda desde que salió de su casa, hasta regresar por la noche, son como los nuestros cuando salimos de la nuestra y nos damos cuenta cómo es que suceden las mil aventuras o el azar y el destino, y la Fortuna, no en las islas del Egeo, sino en las banquetas, los bares, las oficinas de prensa, las iglesias, los paisajes abruptos como los que él va recorriendo en Dublín y nosotros en Guadalajara, página tras página, hora tras hora.

Ulises sirve de modelo para vernos trabajando y seguir adelante en nuestro viaje como esos “hombres de las mil batallas”, unas veces derrotados y otras, orgullosos por la victoria.

Volver al Ulises de Homero o al de Joyce, es volver a uno mismo y verse deambular por estas tierras de un lado para el otro, de una aventura a la siguiente, embrujados por Circe, doblegados por los Cíclopes o amarrados al mástil para resistir el canto de las sirenas.
 

Martín Casillas de Alba
MAY 4

Julio César en Egipto Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

En una de las escenas, la mezzo Natalie Desaay aparece en el escenario meditando alrededor de su situación pidiéndole a Julio César ausente, que tenga piedad de ella, si no, va a morir. Es una de las tantas arias que son como una joya del siglo XVIII y nos ponemos felizmente nerviosos por el vestido blanco de lino egipcio transparente que usa Cleopatra para mostrarnos generosamente sus pechos, meditabunda, caminando entre unas columnas dóricas y, al final está al fondo, en un gran ventanal el paisaje del desierto cobrizo y esas pirámides de aquel que fue, en su momento, el imperio del Medio Oriente. Con toda calma como es costumbre en estas óperas barrocas, nos repite y confiesa sus sentimientos: “Si no tienes piedad de mí, voy a morir”.

¿Quién no conoce la leyenda del encuentro entre el poderoso César y la joven Cleopatra en Alejandría, cuando llegó a su palacio cargada por Apollodoro, su esclavo, envuelta en una alfombra para ofrecerse de cuerpo entero al romano en el año 48 a.C.?

Julio César en Egipto es la ópera que hoy a las 11:00 se podrá ver en el Teatro Diana, junto con otros tres millones de espectadores del mundo. La ópera es de Händel, que fue estrenada en 1724 en Londres, y con ella termina la temporada de las transmisiones del MET de Nueva York.

Es una ópera en donde hay cuatro trompetas, flauta dulce, flauta travesera y las voces partidas del fagot —como dice András Batta en Ópera—, y dicen que es la partitura más rica de la obra de Händel (1685-1759) y por eso bien vale la pena aunque sabemos que dura las cuatro horas y media donde tenemos tiempo de disfrutar la voz y la actuación de Natalie Dessay la pequeña-enorme mezzo soprano en el papel de Cleopatra (69-30 a.C.) la egipcia, la mujer que logra seducir al poderoso general cuando apenas tenía 18 años de edad. Nunca lo olvidó, ni aun cuando años después fue la amante de Marco Antonio y éste le reclama su frialdad y le cuenta: “Cuando te encontré, eras un plato frío en la bandeja del difunto César. Eras las sobras de Pompeyo, para no hablar de las horas ardientes que la memoria de la gente acostumbra ignorar y que tu lujuria bien que conoció. Estoy seguro, que aunque imagines lo que es la continencia, no sabes lo que es en realidad”.

“Era una mujer deslumbrante porque si otras mujeres sacian los apetitos que despiertan, ella da más hambre cuanto más satisface. Incluso, lo más vil se vuelve puro en ella, tanto que hasta los sacerdotes bendicen el ardor de su lujuria”.

Con razón el general no pudo resistir sus encantos, su atrevimiento y el contraste entre las mujeres romanas y esa morena aceitunada.

Cleopatra parece que era más astuta de lo que el hombre podía pensar. Pero no todos estaban de acuerdo en esto y la defendían diciendo que sus pasiones están hechas con la parte más fina del amor. No podemos llamar vientos y lluvias a sus suspiros y lágrimas: son huracanes y tempestades más fuertes que los que aparecen en los almanaques, por eso, no puede ser todo esto por su astucia y si lo fuese, sería capaz de provocar tormentas como las que puede hacer Júpiter.

La ópera podría haberse llamado Cleopatra, la reina de Egipto.
 

Martín Casillas de Alba
ABR 27

La experiencia de lo sonoro a lo visual Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

De plácemes porque el Museo de Arte de Zapopan (MAZ) tiene ahora como directora a Viviana Kuri Hadad, especialista en arte contemporáneo, quien inauguró hace días Tinnitus y Fosfenos. De lo sonoro a lo visual, donde el sonido “es materia prima y soporte vinculado al arte” y, tal vez por eso, después de recorrer la exposición me quedé pensando de qué manera lo sonoro provoca lo visual o ciertas imágenes del pasado.

Con eso en la cabeza me desperté a las dos de la mañana por el pitido de la locomotora que, desde lejos, avisaba su paso en medio de la oscuridad moribunda y soporífera que cubre a la ciudad a esas horas de tal manera que nos permite escuchar los sonidos entre sueños. Esa sonoridad hizo que se agolparan imágenes de aquella vez que viajé en Pullman de la mano de mi padre, acompañándolo a la Ciudad de México en uno de los últimos viajes que recuerdo con nostalgia, como si fueran fragmentos del pasado para recordar ciertos rituales de la ablución matinal que mi padre me enseñó a la perfección, entre otras cosas, la de dejar el lavamanos limpio y albeando para que así lo encuentre el siguiente pasajero.

El mismo pitido de la locomotora y las imágenes del desayuno en una mesita empotrada a la ventana con los mejores hot cakes del mundo y un café caliente, cargado y humeante, mientras veía el paisaje del Norte del Valle de México con sus nopales y magueyes pulqueros y un frío como el que hace en invierno por esos rumbos. Con la frente pegada a la ventana aparecía el paisaje, mientras el pitido de la locomotora cruzaba Guadalajara de Oriente a Poniente.

Arte sonoro en el MAZ me permitió a tomar conciencia de la sonoridad y, por la mañana, creyendo que soñaba: nunca en mi vida había escuchado una versión de la oda a la alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven interpretada por unas campanas electrónicas que servían como preámbulo para llamar a los feligreses a misa de ocho en la iglesia de San Bernardo. El sonido y lo visual, lo secular y lo poético para atraer a los parroquianos con la alegría de Schiller (¡Freude, Freude! — ¡Alegría, alegría!…) que, a esas horas de la mañana, anuncia la primera, la segunda y la tercera llamada antes de la misa de las ocho.

Sonido e imagen al observar desde una terraza del parque “de los perros” —frente a Mar de Ross en el Country—, y escuchar caer el agua en la fuente que, nada más de hacerlo se nos refresca el pensamiento entre los ficus enormes, rozagantes y tupidos donde habitan unos negros cuervos, vigorosos y aterradores —como los de Allan Poe—, con sus ojos pequeños y redondos, amarillos y fosforescentes como el demonio, con los que anuncian su presencia piando desde las ramas más altas como si dieran órdenes, antes de bajar y tomar un baño en la fuente que, sólo de oírla, una vez más, nos refresca el alma.

“Tinnitus y fosfenos son términos científicos que identifican (ciertos) fenómenos neurológicos que afectan al oído y la vista —como explican en la exposición—. En ambos casos, el lóbulo temporal del cerebro irradia ondas eléctricas que el oído identifica como zumbidos y retumbos, y el ojo como destellos y colores”, tal vez por eso, al escuchar el pitido del tren y el sonido de los cuervos imaginé tantas cosas asociando libremente lo sonoro con lo visual.
 

Martín Casillas de Alba
ABR 20

Fragmentos de sensaciones e ideas Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

La memoria, según David Hartley, “es la facultad que tenemos para recurrir a ciertos fragmentos de sensaciones e ideas que pueden ser recordadas, en el mismo orden y proporción y de una manera más o menos precisa, tal como sucedieron…”, y de esta manera recurro a esos fragmentos desde que Carlos Álvarez de la Peña me ha invitado para participar en la celebración de los primeros 50 años de la primera generación del ITESO (1963). Salgo rumbo a esa ciudad y se agolpan algunas sensaciones antes de volver a ver a los que estuvimos en el aula de aquel primer piso del edificio de la calle Independencia, sobre los portales, y a un costado de la glorieta de los Jaliscienses Ilustres.

Tengo copia del manuscrito donde escribieron lo siguiente: “Los que suscriben la presente hacen constar que, de acuerdo con lo convenido, hoy 18 de julio de 1963 a las 19 horas en este local, fungieron como jurado en el Examen Profesional que presentó el Sr. Martín Luis Casillas de Alba, después de haber cursado y aprobado en la Escuela de Ciencias Químicas del ITESO…” Firman: I.Q. Enrique Williams, I. Q. Guillermo Pérez Vargas e I.Q. Rogelio Castiello. Resulta que fui el primero del ITESO que me gradué y ese manuscrito fue el que llevé a la Universidad de Freiburg, iBr., para estudiar matemáticas aplicadas. ¡Qué maravilla! Un manuscrito que da fe de algo que nadie duda.

Éramos tres estudiantes de la primera generación en Ingeniería Química —el resto eran de Ingeniería y Administración de Negocios— y al año siguiente íbamos a una casita en la calle Santa Mónica con Garibaldi, donde estaba el laboratorio y una maestra que iluminaba el patio con su belleza. La modestia de la infraestructura, la atención de los maestros que era personalizada y la cercanía con mi casa en López Cotilla casi esquina con Tolsa fueron ventajas que aproveché al máximo. Iba y venía en la Vespa de la casa al ITESO en cinco minutos.

Fragmentos de algunos maestros: “El Barbitas” genial que ya daba clases en el Instituto Ciencias, mantenía sus secretos —amorosos— desde que había estado en París. Con él hice una buena conexión y terminé estudiando en Alemania matemáticas aplicadas. Guillermo Pérez Vargas feliz de ser maestro y poder transmitirnos todo lo que sabía; Rogelio Castiello que además de maestro fue el primero en mi vida que medio chamba, no sé ni cómo; imposible no acordarme de aquel maestro de dibujo con su overol de mezclilla y sus lápices asomando en la bolsa superior. Sabio y modesto maestro que lo primero que nos enseñó fue “a borrar”, cosa que, metafóricamente hablando, me ha servido para deshacer algunos entuertos. El de física trataba de explicar la “fuerza inercial” y mejor nos mandó a subirnos a un camión para experimentar esa fuerza para no caerse cuando frenan.

Y así, me quedo un rato más antes de llegar a Guadalajara, dándole de vueltas a otros fragmentos que tiene que ver con esa época, por ejemplo, cuando íbamos a estudiar las tardes enteras en la biblioteca de la casa de José Luis Arriola, allá en Chapalita —diseñada por Luis Barragán, ahora destruida—, donde entendí la estética de la arquitectura, el amor a los libros y a la música que en verdad ha sido inolvidable: ahí nació el amor que le tengo todo eso.

¿Cómo olvidarlo?
 

Martín Casillas de Alba
ABR 13