Tratándose del Pacto por México lo que tiende a ponderarse son sus resultados positivos y poco o nada se ha reflexionado sobre dos de sus principales efectos adversos deseados o indeseados: 1.- la desinstitucionalización; y 2.- el centralismo.
Lo primero ya fue denunciado con otras palabras por los líderes senatoriales del PAN y del PRD. De lo segundo, nadie se ha dado cuenta o nadie dice nada.
Resulta muy arriesgado que en momentos en los que los Congresos atraviesan por sus más bajos niveles de confianza y credibilidad, se abone a ello exhibiéndolos como ineficientes o hasta innecesarios, pues los pactos y acuerdos entre líderes políticos partidarios (por los que la ciudadanía no votó) son más eficaces y se sobreponen a los “ineficientes” órganos gubernativos o representativos del Estado mexicano.
Los Pactos son productos típicos de sociedades tradicionales o en proceso de modernización, que están en transición a la democracia o en proceso de redemocratización, mas no de democracias consolidadas. Vamos, los tres líderes partidarios del Pacto por México con mucho recuerdan al Triunvirato que existió en nuestro país a fines de 1823 y combatió las primeras expresiones federalistas, o al Supremo Poder Conservador de Sana Ana que arremetió contra los liberales y el federalismo.
Ciertamente, al final todos los acuerdos y propuestas que surjan del Pacto tendrán que llegar al Congreso. El problema es que lo que llega ahí no surge de ahí. Así, el Congreso de la Unión (y los Congresos locales cuando se trata de reformas constitucionales) parecen más Oficialía de Partes o instancia convalidadora que Asamblea deliberante y legisladora.
Junto a lo anterior, existen fundadas razones para asegurar que el federalismo es el eslabón perdido del Pacto por México. Baste tan sólo mencionar que la palabra federal aparece 13 veces y siempre referida a los poderes o derechos de ese orden de gobierno o del Distrito Federal y federalismo solo se menciona una vez y para aludir a asuntos tributarios o recaudatorios de los estados y municipios.
Existe la peligrosa y peregrina idea —propia de la Revolución francesa— de que para democratizar hay que centralizar. Por eso proponen desaparecer al IFE y a los organismos electorales locales, pues sólo así a estos últimos se les puede mantener a salvo de los “antidemocráticos” y “sátrapas” de los gobernadores.
Claro, lo que no dicen es que ahora las autoridades electorales deberán depender de los partidos políticos (no de la ciudadanía), y en especial de los del triunvirato. A eso súmesele la gendarmería nacional que iniciará en agosto y que es una institución típica de los Estados centralistas o unitarios, no de los federales.
Con esa visión, y ya encarrerados en la lógica de “tirar al niño con todo y la tina del agua sucia”, ya nomás falta que propongan la desaparición de los Estados, para así someter mejor a los “tiranos locales”.
La paradoja de todo esto es que mientras los Estados Unitarios introducen políticas en favor de la descentralización, la República Federal de México da pasos firmes y agigantados en pos de la centralización.