El costo de la desconfianza ciudadana Sábado, 18 Mayo 2013 por Carlos Alberto Lara González

El gran discurso político en que se ha convertido la transición democrática en México, vino acompañado de la idea de que la democracia debía ser cara. Tanto como las campañas políticas de Carlos Alasraki, quien señala que una municipal es “cara”, una estatal, “muy muy cara”, y una nacional “muy muy muy cara”. Y cómo no iba a ser así, si por décadas la democracia fue el sueño de los partidos políticos de oposición, que desde el Poder Legislativo, en su calidad de representantes de la ciudadanía, aderezaron el discurso de la transición con los ingredientes de la desconfianza ciudadana hasta disparar el precio de la democracia.

Aunque todo parece indicar que sobre la base de la desconfianza ciudadana está cimentado nuestro sistema político. Y es que las que debieron ser en su momento acciones transicionales de gobierno terminaron en prácticas estructurales de partidos. Preguntémonos ¿por qué tenemos un Banco de México autónomo en sus funciones y administración? Porque no confiamos en el manejo que puede llegar a hacer el Gobierno de la economía del país, del desarrollo de nuestro sistema financiero y de los sistemas de pago. ¿Por qué un Instituto Nacional de Estadística y Geografía? Porque no confiamos en las estadísticas del Gobierno. ¿Por qué una Comisión Nacional de los Derechos Humanos? Porque no confiamos en que sea el Gobierno quien ofrezca su  protección y defensa. ¿Por qué un Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos? Porque no confiamos en el gobierno como garante del derecho de acceso a la información pública, ni como protector de la privacidad de nuestros datos, y mucho menos en su rendición de cuentas. ¿Por qué un Instituto Federal Electoral? Porque la organización de las elecciones es quizá el rubro en el que menos confiamos en el Gobierno. Estos costosos organismos constitucionales autónomos son, según se vea, los garantes y defensores de nuestra anhelada transición democrática que se ha estancado en la alternancia política.

La iniciativa del Partido Acción Nacional de desaparecer al Instituto Federal Electoral y los 32 institutos electorales para instaurar un Instituto Nacional de Elecciones que se encargue de todas las elecciones del país, podría marcar el camino, si no a una sociedad verdaderamente democrática, por lo menos a una con instituciones menos onerosas. La pregunta es si los congresos estatales (entiéndase gobernadores) estarían dispuestos a votarla.

La iniciativa dibuja muy bien el regreso del PAN a la oposición. Es verdad que fue el partido que más peleó el establecimiento de la credencial para votar con fotografía y la ciudadanización de los órganos electorales, pero sólo a condición de aceptar que también ha sido parte de la partidización de dichos órganos. Y hoy, ante la desconfianza ciudadana en la democracia, generada por la partidización de cargos que comenzaron siendo ciudadanos y honoríficos y terminaron constituyendo la vagancia subsidiada de nuestro sistema electoral, vuelve al inicio de sus luchas.

Es lamentable que estos suntuosos organismos no hayan logrado hacer de nuestra democracia ese sistema que se supone debe mejorar nuestro bienestar. Entendería que hubiera quienes no estén de acuerdo con la afirmación, quizá consideren que la confianza en la democracia es sólo la dotación de derechos políticos y electorales. En lo personal, sigo creyendo que en materia de democracia los partidos han optado por bajar el techo en lugar de elevar el piso.