El problema del narcotráfico es demasiado complicado para pretender resolverlo con fórmulas simplistas. A quienes creen que eliminando unas cuentas cabezas de variados cárteles y combatiendo las posibilidades de su cultivo se resuelve de raíz el problema, olvidan que todas las drogas ya se pueden sintetizar, de manera que, aún eliminando todos los medios naturales de producción, en cualquier laboratorio desarmable se pueden producir enervantes para seguir envenenado a la juventud del mundo. El hecho es que muchos hombres en su vulnerabilidad y sufrimiento, no aceptarán jamás quedarse sin el auxilio de las drogas que les permitan sufrir un poco menos. Desde hace miles de años el hombre encontró la vid, plantas alucinógenas, bebedizos y toda una larga lista de enervantes que le permitan fugas temporales de una realidad incompatible con su esperanza.… Los Estados Unidos en sus exigencias y hostigamientos, ya olvidaron que fueron ellos quienes enseñaron a los campesinos de Sinaloa a producir la goma de opio durante los años de la Segunda Guerra Mundial, porque necesitaban morfina para sus heridos, y acá la produjeron. Ya olvidaron también las mañas que sus soldados aprendieron en Vietnam y los vicios que tuvieron para fugarse de los horrores de esa guerra infernal. ¿Por qué ahora los políticos culpan sólo a los productores y traficantes? ¿Quiénes, sino ellos mismos, han generado la demanda demencial de la droga? Las fuerzas del mercado que los norteamericanos tanto respetan son insobornables, y la urgencia del consumo de drogas, tiene tras de sí la desesperación de sus millones de adictos.
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Una estrategia electoral de todos los partidos es que el transcurrir del tiempo reste a las propuestas populares filo y eficacia, y que el cansancio apague los fuegos que nutren la pasión y la ira. Si el recurso no surte efecto, se inicia la represión, y si ésta no es suficiente, queda el recurso de Tlaltelolco.
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Bien decía el literato y periodista Salvador Novo que en México nos regimos por el sistema métrico sexenal.
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La propaganda de los gobiernos siempre se ha hecho entre el aturdimiento de porras y de trompetas. En las noticias, sólo se escucha la gritería zalamera de la clientela manipulada y sometida; las planas enteras de los periódicos informan al pueblo sobre las excelencias de una decisión con el variado inventario de los viejos adjetivos gastados y manoseados que huelen a viejo, a moho, a alcanfor: “acto histórico”, “soluciones sin precedente”, “ejemplo de política visionaria”, etcétera.
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Frente a los retos ineludibles de nuestro tiempo, sólo tenemos las mismas respuestas acartonadas de siempre: comparecencias, planes, leyes, falta de imaginación. Hoy estamos peor que ayer.
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En la definición de la sabiduría popular, las cosas van de mal en peor. La devaluación progresiva, lenta, implacable, es corriente bronca que arrasa con todo: con la moneda, con la fe, con los sueños, con la vida. Y en el vértice, la pregunta angustiada: Y mañana, ¿qué?
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A nuestros potentados no les basta su inmensa e insultante fortuna. Sufren la pasión de Lady Mc Beth: quieren el poder y la gloria.