Traducir (pro domo) Domingo, 22 Julio 2012 por María Palomar

No estaría nada mal que los libros tuvieran en la portadilla una advertencia que dijera algo así como: “A quien esto leyere: antes de que se sumerja usted en la inefable experiencia de leer Los hermanos Karamazov (o La isla del tesoro, o Las mil y una noches...), se le ruega tener en cuenta que el señor Dostoyevski (o fulano, o zutano) no escribió en español, por lo cual la obra que tiene usted entre las manos tuvo que ser traducida por una persona que a) sabe ruso (o la lengua que sea), b) sabe buscar la forma de poner lo que dice el autor, bien escrito, en lengua castellana”. Claro que si se trata de un engendro de Dan Brown (o de ¿Quién me robó mi queso?, o inserte aquí cualquier barbaridad), no es raro que la traducción sea tan mala como el original: justicia poética, que se llama.

La mayor parte de la gente se da cuenta de lo que es una mala traducción gracias a los subtítulos de las películas, cuando constata por puro sentido común, o por entender algo de la lengua original, que lo que lee nada tiene que ver con la realidad. ¡Incluso hay quienes detectan las faltas de ortografía! En fin: Televisa nunca ha sido modelo de nada. Pero también a la mayoría de las editoriales la calidad de la traducción les importa un comino; cualquier aberración se vale con tal de que las prensas vomiten de inmediato los bodoques de papel que atestan buena parte de la superficie de las librerías (de los cuales ninguno cuesta menos de doscientos pesos). Mala suerte si tienen antes que ser “traducidos” (y espérense: al rato a los Alfaguaras y demás les bastará Google; ¿para qué depender de personajes raros y necios?).

Lo que Cortázar, tan espléndido traductor como escritor, llamó “ese extraño oficio fronterizo lleno al mismo tiempo de ambigüedades y de rigor” es una especie en riesgo de extinción. Quizás en otras latitudes sigan existiendo traductores gorditos y lustrosos en editoriales civilizadas, pero en el mundo hispánico el futuro del gremio es de pronóstico reservado: véase un reciente artículo de ABC donde se entrevista a varios traductores.* Como dice una de ellos, en una industria editorial obnubilada por el dinero rápido “las prisas son el denominador común… Todo se necesita para anteayer. Da igual que sea un clásico o la última novedad ”.

A un buen traductor, que por definición es necio y perfeccionista, no hay quien le pague el tiempo invertido en cada cuartilla: pasa horas dándole vuelta a cada frase, vuelve sobre sus pasos cuando no queda convencido de lo que escribió, consulta diccionarios y tesauros, gramáticas y tablas de conversión (¿verstas en kilómetros?, ¿azumbres en litros?) y nadie le regala todo ese material de consulta, y menos el cerro de libros que ha leído para poder ahora atreverse a traducir...

*http://www.abc.es/20120721/cultura-libros/abci-traductores-pagados-201207191709.html