Temas para reflexionar Sábado, 7 Julio 2012 por Flavio Romero de Velasco

La lucha enardecida entre liberales y conservadores que propició uno de los períodos más tensos, dramáticos y definitorios de nuestra historia, incrementó sus enconos con la sucia ambición de Napoleón III (el pequeño). La raíz envenenada era el conflicto sórdido Iglesia-Estado que desató las pasiones y enfrentó a los hermanos en la guerra civil. No era el conflicto de la libertad y de la fe, del pensamiento y el espíritu, de la relación entre Dios y los hombres, de las concepciones teológicas sobre el vivir y el trascender. Era la defensa de tierras y prebendas, de fortunas y patrimonios; era la disputa entre el Estado que expropia y la Iglesia que se resiste a ser expropiada. Era, a fin de cuentas, una transferencia de fortunas. Faltó entendimiento para conciliar las lecciones milenarias entre los intereses de la ciudad terrena con las promesas de la ciudad de Dios.

Aún un hombre sabio, prudente y conciliador, corre el riesgo de enajenarse y aún volverse loco con el ejercicio del poder.

Decía el filósofo alemán Arthur Schopenhauer que la salud no es todo, pero sin ella, lo demás es nada.

En ocasiones, abrigamos la certeza de que ciertos hechos y circunstancias ya estaban imaginados en el ámbito de los presentimientos. El encuentro de un ser amado, más allá de la mera casualidad, se tiene la impresión que ha sido como una cita concertada muchos años antes en la subconsciencia de los destinos.

La jerarquía moral es la única válida para los hombres superiores, que jamás aceptarán despreciables jerarquías de cuartel.

Simón Bolívar pronunció una frase que mucho inquietó al laureado escritor colombiano Gabriel García Márquez, que le siguió la pista durante meses para aclarar su significado. La frase en cuestión es: “Me hicieron quedar como el diván de Constantinopla”. Ciertamente, en Constantinopla se conserva un diván que un sultán prestaba a sus allegados para hacer el amor, de modo que “el diván de Constantinopla” era lo más deshonrado que podía haber.

El triste panorama de disensiones políticas y graves desencuentros que un día sí y otro también acaecen en nuestro país, ya no me duelen en el corazón, sino en el estómago, que es el sitio de la náusea.

Las mujeres que más se añoran a la hora de los balances postreros, son quizás aquellas que no se decidieron a amarnos y nos libraron de las terribles cargas y consecuencias de todo amor.

En todos los ambientes, el respeto a las maneras y la mutua estima, evitan la familiaridad vulgar que siempre degenera en confianzas irrespetuosas y chanzas pueriles.

El más sublime disparate de toda la disparatología se debe a Tertuliano, uno de los primeros historiadores del cristianismo, que escribió al referirse a uno de tantos dogmas: Credo per absurdum (lo creo porque es absurdo).