¿Al fin, una estrategia? Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

Algunos lo dijimos hasta la saciedad: el problema de origen de la fracasada y sangrienta guerra calderonista contra el narco fue que jamás hubo una estrategia. Tampoco estuvo en el radar ni la intención de quien se ofreció como candidato del empleo, sin que figurara nunca en su campaña mención alguna a priorizar el combate al crimen organizado. El punto de inflexión fue el resultado electoral de 2006, tan cerrado y cuestionado que el propio Trife cometió la aberración de asegurar en su fallo final que había “una grave injerencia del presidente Fox en el proceso”; lo que sin embargo no era motivo suficiente para invalidar la elección. Así, Calderón, para muchos, se robó la Presidencia y hubo de tomar posesión entrando por la puerta de atrás del Congreso.

De cualquier modo, y “haiga sido como haiga sido”, se atrincheró en Los Pinos. No obstante, le urgía la legitimación que su cuestionada legalidad no le había dado. Así que sus cercanos —palomas y halcones— le plantearon dos opciones: negociar con la oposición para consolidar un Gobierno de coalición, lo cual desechó casi de inmediato; la segunda y ganadora le pareció mucho más atractiva a su creciente megalomanía: sacar al Ejército a la calle para demostrar quién manda en este país; quién es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Pero faltaba un pretexto. Que alguien sugirió, absurdamente, como si se tratara de un acto heroico que la patria siempre le agradecería: declarar la guerra al narco. Lo que Felipe Calderón hizo de inmediato. Pero a tontas y a locas. Sin limpiar primero la casa, es decir las instituciones como PGR, Ejército y Policía Federal, penetradas todas hasta la médula por los cárteles de la droga. Por eso, afirmamos desde el primer momento que no hubo nunca una estrategia. Siempre fue una desordenada sucesión de acciones y reacciones sin ton ni son, cuyos resultados todos conocemos: al menos 70 mil muertos; nueve mil sin identificar; 10 mil desaparecidos; miles de levantados y torturados y otros miles de víctimas civiles que murieron por el hecho fortuito de pasar por el lugar y el momento equivocados. Un desastre.

Hoy las circunstancias son muy diferentes. Al inicio de su Gobierno, el presidente Peña Nieto ha convocado a las diversas fuerzas políticas en torno al Pacto por México. En ese marco, y en el escenario del Consejo Nacional de Seguridad Pública en Palacio Nacional, nos presenta —ahora sí, lo parece— una estrategia de su Gobierno en combate a la delincuencia y al crimen organizado. Establece sus líneas de acción entre las que destacan la planeación, la reducción de la violencia, la recuperación de la paz y la disminución de delitos como el homicidio, la extorsión y el secuestro; igualmente prioriza la prevención del delito y un programa de derechos humanos con protocolos para policías y Fuerzas Armadas; establece finalmente un esquema de colaboración entre instituciones.

Es obvio que se trata de evitar el caos vivido en el calderonismo en el que la corrupción, la desconfianza y los caprichos del Presidente fueron rolando la responsabilidad del combate al crimen organizado de la PGR al Ejército y luego a la Marina, pasando por su dependencia favorita, a cargo de su protegido Genaro García Luna, a quien le dio miles de millones de presupuesto para su SSP, ahora desaparecida por Peña Nieto.

En principio, el nuevo Gobierno parece dispuesto a no cometer los mismos errores. Anunció también la división del país en cinco regiones para especializar la lucha contra el crimen y la creación de una Gendarmería Nacional que para iniciar contará con 10 mil elementos que cuidarán puertos, aeropuertos y otros puntos estratégicos. Suena muy bien, pero hay muchas preguntas: ¿cuándo regresará el Ejército a sus cuarteles?, ¿quién tendrá el mando en la lucha contra el crimen organizado?, ¿seguirá cada quien jalando por su lado —PGR, Ejército, Marina y Gobernación—, cada uno con sus propios órganos de inteligencia? ¿o hay una sola inteligencia para reordenar el caos?
 

Ricardo Rocha
DIC 19

La docena trágica Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

No puedo imaginarme que alguna vez el PAN pudiera regresar a la Presidencia. Tal es el saldo desastroso que están dejando 12 años de gobiernos panistas con Vicente Fox y Felipe Calderón.

Del primero, baste decir que dilapidó todo: una aceptación de 85% al iniciar su mandato, un gigantesco bono político que le otorgaron todos los partidos y cientos de miles de millones de dólares de los excedentes petroleros. Todo disuelto en un desesperante mar de ineficacia, ignorancia y corrupción. Su descarada relación de origen con Martha Sahagún fue llevada sin pudor alguno al interior de Los Pinos, amplificada en una Presidencia bicéfala, caprichuda y corrupta. Hacia adentro, la parentela hinchada —en más de un sentido— por grandes negocios y hacia afuera los ridículos intelectuales de un presidente analfabeta. Paradójicamente, fue el hartazgo ciudadano de 70 años abusivos de PRI el que le dio a Fox la Presidencia. Pero él logró la “hazaña” de continuarlo con un neoliberalismo a ultranza y aumentarlo con todavía más vicios y corruptelas, y, peor aún, a lo bruto. Los Beverly de Guanajuato en Los Pinos.

El caso de Felipe Calderón es más complejo. Opositor férreo a la candidatura del neopanista Fox con la premisa de su maestro Carlos Castillo Peraza: “No ganemos la Presidencia y perdamos el partido”, Felipe hubo de optar por un autoexilio a Harvard cuando Vicente se impuso. Luego sería incluido a regañadientes en el gobierno foxista, hasta que Fox lo echó después de su prematuro destape en Jalisco. Más tarde, reafirmaría su animadversión cuando mostró abiertamente sus preferencias por Creel hasta que en una de esas vueltas del destino tampoco pudo evitar la candidatura de Calderón.

La mejor definición de 2006 me parece que es de Lorenzo Meyer: “Nadie pudo probar el fraude, pero nadie pudo asegurar que fue una elección equitativa”. Así, el haber ganado por una diferencia mínima, en un proceso tan cuestionado —el propio Trife reconoció “una grave injerencia del presidente Fox” aunque no la consideró motivo para invalidarla— y la necesidad de tomar protesta por la puerta trasera, marcaron para siempre al gobierno calderonista. El nuevo presidente ignoró a las palomas que le aconsejaron restañar las heridas y sentarse a la mesa con los opuestos. En cambio, escuchó complacido a los halcones que lo convencieron de legitimarse sacando al Ejército a las calles para recordarnos quién era y es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Pero se necesitaba de un pretexto, que fue encontrado rápidamente: la guerra contra el narco.

El problema es que nos llevó a una conflagración sin estrategia alguna. Además, en medio de un caos disfuncional en el que esa tarea y su principal responsable se ha venido rotando anárquicamente entre la PGR, el Ejército, la PFP y más recientemente, la Marina. Añádase el capricho mayúsculo de beneficiar groseramente, con un presupuesto inagotable de miles de millones de pesos, al favorito presidencial —desde los tiempos de campaña— Genaro García Luna, al frente de una Secretaría de Seguridad Pública que ahora será extinguida.  

En cambio, en este gobierno se generaron tres millones más de nuevos pobres y un millón más de hambrientos.

Los panegiristas de Calderón podrán argumentar cualquier cosa. Nada podrá cambiar la percepción de que este será recordado como el sexenio de los 60 mil o tal vez 100 mil muertos, más los desaparecidos y torturados, más los que huyendo de la muerte han dejado atrás ciudades y pueblos fantasmas. Y es que el propio Calderón ha sido obsesivo en el tema que aborda una y otra vez hasta la náusea. Y en esa obsesión compulsiva está el otro saldo de su guerra. Una y otra vez hemos preguntado aquí cuántas horas de su tiempo ha dedicado Calderón a su neurosis bélica y cuántas a ocuparse de la educación, el desarrollo, el bienestar social, el crecimiento o a aquello que prometió en campaña y que muy pronto olvidaría: el empleo.

Así, Fox y Calderón también se olvidaron rápidamente de los ideales panistas que impulsaron gigantes como Gómez Morín, González Luna, Conchello y el propio don Luis Calderón. En cambio, juntos conformaron esta docena trágica que, afortunadamente, ya termina.

Ricardo Rocha
NOV 21

UACM: bomba de tiempo Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

Esta es la crónica de una violencia anunciada. El conflicto en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México se ha venido pudriendo más cada uno de los 77 días que se ha extendido. Lo grave es que quienes están detrás juegan con fuego: a ganar e imponer sus condiciones o a perder incendiándolo todo.

Nadie puede creer que, con el pretexto de la autonomía, se mantengan impasibles Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard. El primero, ya como jefe de Gobierno, fundó en 2001 la Universidad de la Ciudad de México que, también bajo sus auspicios, alcanzó rango de autonomía en enero de 2005; así que pocos como él conocen su entramado interno. El segundo ha compartido toda su gestión con la UACM y ha estado al tanto de la génesis del actual trance, iniciado bajo el pretexto de inconformidades en la integración del tercero de sus consejos universitarios; aunque en el fondo todos saben que es una lucha a muerte por el control de lo que, pese a todo, sigue siendo un botín político y económico muy apetecible: un alumnado de 14 mil estudiantes y 850 millones de pesos de presupuesto cada año.

Paradójicamente, estas cifras no pintan en el panorama de la educación superior en el Distrito Federal. Baste decir que nuestra UNAM recibe cada año, en sus dos concursos, 183 mil solicitudes de ingreso y sólo puede aceptar a 17 mil jóvenes. Y destacar que las tres instituciones más importantes de la capital, el IPN, la UAM y la propia UNAM, han hecho un esfuerzo admirable por aumentar su matrícula en los tres años recientes, logrando elevar en 47 mil sus nuevos espacios. Así que en la frialdad de los números, la UACM no juega un papel relevante. Lo grave es que en el aspecto meramente educativo la estadística es todavía más cruel: de los 20 mil estudiantes que se inscribieron en 2001, solamente 313 han concluido su carrera y únicamente 74 se han titulado. En paralelo, el presupuesto global que esta universidad ha recibido en una década asciende a cinco mil 176 millones de pesos; es decir, si la medimos por eficiencia, cada egresado nos ha costado a los capitalinos un promedio de 40 millones de pesos. Otro dato: en 2011, el pago de la nómina se llevó 96% del presupuesto, aunque usted no lo crea. Todo ello, además del cuestionamiento sistemático a su nivel académico y a métodos tan discutibles como el ingreso por sorteo y no por la calificación en un examen de admisión y el pago unificado de 38 mil pesos mensuales a todos los maestros sin importar sus méritos.

Pero más allá del análisis valorativo que justifique o no la existencia de una institución de estas características en el mediano y largo plazos, hay ahora una amenaza inmediata. El hecho de que los “ocupantes” de los edificios de la UACM se cubran el rostro, habla no de estudiantes inconformes, sino de profesionales de la agitación y la violencia.

Hace unos días, la policía del DF apareció en el conflicto únicamente como fuerza de disuasión; sin embargo el riesgo de un roce, un choque o de plano un enfrentamiento abierto puede producirse en cualquier momento.

A la hora de escribir estas líneas debe estarse produciendo un encuentro entre paristas con la rectoría de la UACM y con la presencia conciliadora de autoridades del gobierno capitalino y de la CDHDF en el marco de la Asamblea Legislativa. Un esfuerzo, sin duda, encomiable. No obstante, todos saben que los señores López Obrador y Ebrard deben, por un mínimo de congruencia y estatura moral, sentarse a dialogar; aunque ahora se diga que ya no se hablan ni por teléfono a causa de su rompimiento luego de 12 años de alianza política.

Contradictoriamente, quien menos vela tiene en el entierro de la UACM es quien más puede resultar perjudicado por un conflicto que marcaría el inicio de su gobierno. Por eso, y por los millones que votaron por él, Miguel Ángel Mancera tiene todo el derecho a exigirles a Andrés Manuel y a Marcelo que controlen a sus huestes y saquen las manos de esta confrontación de altísimo riesgo.

Ricardo Rocha
NOV 14

“La vida precoz y breve…” un cine poderoso Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

Verla es una experiencia de toda la vida. Para quienes no sospechan que eso ocurra en este país, resulta sobrecogedora. Para quienes hemos transitado esos caminos a causa del oficio nos produce un doble sabor en la memoria: de profunda amargura, por recordar hasta dónde somos capaces de degradarnos los seres humanos; pero también de un frescor dulcísimo al testimoniar una historia de amor, de valor y de fe.

La vida precoz y breve de Sabina Rivas es la historia de una niña adolescente centroamericana que, con apenas lo indispensable, está decidida a realizar su sueño de triunfar como cantante en Estados Unidos. Pero que, en el intento, habrá de enfrentarse al infierno que significa para miles de migrantes cada año el paso por México. Violada y atrapada en la gigantesca red de corrupción de nuestra Frontera Sur, Sabina es obligada a prostituirse por la mafias involucradas en la infame trata de personas; lo que por supuesto incluye a una de las instituciones oficiales más vergonzantes de las que se tenga memoria en este país: el Instituto Nacional de Migración, con su caterva de agentes explotadores.

Lo que sin embargo sorprende en esta historia es que sus realizadores renunciaron al fácil recurso sensiblero donde cabría victimizar aún más a los migrantes y estigmatizar a sus verdugos. Es, por el contrario, una epopeya intensa en donde se narra con el mejor lenguaje cinematográfico la batalla masiva por la sobrevivencia de quienes buscan, a como dé lugar, abordar el tren —“La Bestia”— para continuar al norte a cualquier precio. La vida precoz y breve de Sabina Rivas es también, en ese contexto, la historia muy digna de una joven guerrera que se enfrenta con toda su nobleza y su rabia a los abusos y agresiones de una hostilidad creciente. Es a la vez una bellísima historia de amor posible, aun frente a un destino inexorable.

Yo les puedo asegurar que nunca un reportaje y menos una película han expuesto con tanta sinceridad y crudeza la tragedia cotidiana que todos los días viven grandes grupos de guatemaltecos, salvadoreños y hondureños que han de cruzar primero nuestro país para luego intentar el paso por la Frontera Norte.

Cabe, por cierto, aclarar que no se trata de un documental en donde luego no se sabe si una secuencia es real o es simplemente un truco. Menos todavía de un panfleto por encargo. Aquí estamos hablando de cine. De cine de verdad; inscrito a propósito en la mejor tradición del cinema verité. Un cine comprometido con una causa, pero sin compromisos corporativos. Un cine político y de denuncia, pero sin dobles intenciones. Con un propósito muy claro: utilizar todos los recursos del séptimo arte para narrar la experiencia terrorífica de los migrantes, en un tono dramático pero estrictamente congruente con la brutal autenticidad del relato.

En suma, la ficción como recurso para recrear la realidad más absoluta, contundente y dolorosa.

La vida precoz y breve de Sabina Rivas es también una sinfonía. Originada necesariamente en una gran partitura novela del inolvidable Rayo Macoy, Rafael Ramírez Heredia. Que requería del admirable olfato periodístico de Abraham Zabludovsky y la sensibilidad de Perla Ciuk para —me consta que por varios años— arriesgarlo todo en una superproducción que demandó recursos inéditos en el cine mexicano. Pero además, una entrega absoluta para tener el valor de sumergirse en el dolor inmenso de esos escenarios y, sin exageración alguna, en la piel de sus protagonistas para relatar amorosamente una tragedia tan conmovedora.

Tuvo igualmente Abraham el mérito enorme de convocar al único director posible para esta cinta, Luis Mandoki, y luego juntó a un elenco extraordinario encabezado por Joaquín Cosío, que de tan buen actor terminamos odiándolo. Y en el plano estelar a la joven actriz venezolana Greisy Mena, quien hace una creación memorable de Sabina Rivas y está llamada a ser una de las grandes figuras del cine contemporáneo.

Así que, por favor, no lo duden un segundo: hay que verla. Estoy seguro que no tendré reclamaciones.

Ricardo Rocha
NOV 7

Demoliciones urgentes Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

Ya es ineludible el clamor popular e intelectual en contra del adefesio urbano representado por la estatua de Heydar Aliyev, a quien muchos aclaman en Azerbaiyán como el fundador de esa nueva república antes soviética y ahora una próspera nación petrolera. Aunque para otros se trate de un libertador devenido en tirano peliculesco, una versión caucásica del Sultán de Brunei —ése al que sus súbditos le regalan cada año su peso en oro y piedras preciosas— con sus propios y ridículos excesos en materia de culto a la personalidad. Un héroe convertido en sátrapa, que ha pisoteado los derechos humanos y acallado a los medios de comunicación so pretexto de una estabilidad impuesta desde el poder y las armas. Y que, para que no quede la menor duda, se ha visto en la imperiosa necesidad de sacrificarse e imponer a su hijo en el gobierno.

Es probable que, a estas alturas, algunos de ustedes se pregunten o más bien me pregunten ¿a nosotros qué rayos nos interesa la polémica sobre una estatua de un señor extraño cuya república está al otro lado del mundo, a unos 12 mil kilómetros de distancia? Y, pues sí, tendrían razón: salvo por el hecho de que la mentada —en todos sentidos— estatua está aquí en plena ciudad de México, y para mayor abundamiento, en la más bella y señorial de nuestras avenidas que es Reforma, y en la zona más exclusiva del bosque de Chapultepec. ¿Cómo la ven? Digo, si es que la han visto. Nada más para que se den una idea, está todavía más mal hecha que la de mi querido e inolvidable Luis Donaldo Colosio. En Reforma y Tolstoi, por si lo dudan tantito.

Pero el asunto no termina ahí. Lo que pasa es que ahora se han ido corriendo los velos del misterio de por qué el gobierno del DF decidió colocar ahí tan absurdo, pesado y ajeno mamotreto. Pues resulta que el nuevo rico gobierno de Azerbaiyán le hizo un donativo de mas de 60 millones de pesos para rehabilitar ese pedazo de bosque y colocar el recuerdo pétreo de su dictador, nada más durante 95 añitos, según reza el contrato. En pocas palabras: ¡la ciudad en remate y al mejor postor! De cualquier modo el daño está hecho. Pero no es irreparable. Por ello el clamor cuasi unánime para el todavía jefe Ebrard: “Marcelo, tira eso”.

Y para que la cosa sea pareja, también habría que decir: “Enrique, tumba esa porquería”, refiriéndonos a la infamia llamada burlonamente Estela de Luz. Ese monumento a la corrupción, a la ignominia y a la voracidad de los gobiernos contra sus gobernados. Yo digo que, ya encarrerados, debiéramos emplear el mismo equipo de demolición para los dos esperpentos. Y estoy seguro de que Enrique Peña Nieto tendrá un enorme reconocimiento de todos los capitalinos si ordena la desaparición de esa gran estafa que debía haber costado 497 millones de pesos y terminó chupándose mil 35 millones de pesos que jamás podrán justificarse. La misma que nunca estuvo a tiempo para lo que se la construyó, el Bicentenario, y que de tan vergonzante fue inaugurada por Felipe Calderón prácticamente a escondidas un sábado por la noche.

Sé que algunos dirán que es un disparate proponer su derrumbe precisamente por el dinero que ya se gastó en ella. A cambio, tengo varias preguntas: ¿alguien podría decirme de qué le sirve a la ciudad y a sus habitantes esa bazofia? ¿Es justo que siga provocándonos entripados a los cientos de miles que estamos obligados a verla todos los días? ¿Se trata de recordar a fuerza los dos gobiernos de la docena trágica? ¿Por qué nos quieren restregar cada día que nos vieron la cara de ya saben qué? ¿Qué pecado colectivo cometimos los defeños para merecer tal castigo?

Además, estéticamente es una piltrafa: si se le ve con el fondo de la Torre Mayor parece un palillo ridículo; si, desde la perspectiva del Ángel, un poste sin ton ni son y descuadrado. Recuerdo que en París los constructores del Arco de la Defensa, a las afueras, tuvieron que comprar terrenos adicionales para ubicarlo en isóptica perfecta con el Arco del Triunfo, a pesar de los kilómetros de distancia. Ojalá en estos dos casos —si Marcelo no se decide— Miguel Ángel y Enrique nos hagan sentir que, en este país, las cosas pueden ser diferentes.

Ricardo Rocha
OCT 31

Cancún ya no es maya, ahora es chino Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

El Dragón Mart no es sólo un archigigantesco mercado de productos chinos. Podría ser también uno de los más grandes meganegocios que suelen tejerse cuando se manejan los hilos de la política, las complicidades y la información privilegiada.

No es un centro comercial más. Es un colosal complejo mercantil en el que todas sus dimensiones son descomunales: se trata de una extensión de 127 mil metros cuadrados tan sólo para el área comercial; ahí se ubicarán tres mil 40 locales de grandes empresas chinas, aunque se aclara que habrá también 36 empresas mexicanas, básicamente de venta de helados y refrescos; contará con dos naves de almacenaje de 10 mil metros cuadrados cada una; se añaden 102 mil metros más para la construcción de al menos dos mil viviendas para ejecutivos y empleados chinos que, al incorporar a sus familias, conformarán una colonia de unos 10 mil habitantes; se cobrará una renta de 20 mil dólares al mes por local, lo que arrojará un negocio de más de 60 millones de dólares mensuales sólo por ese concepto; aunque eso no se menciona en el plan inicial, cancunenses bien enterados aseguran que en realidad se trata de un millón de metros cuadrados los que se han negociado, incluyendo reservas de terreno para expansión. Todo ello convierte a Dragón Mart Cancún en el centro de recepción, exhibición, venta y distribución de productos chinos más grande fuera de China: “La puerta de Asia en América Latina”, dicen ufanos sus promotores.

Un proyecto desproporcionado que se fue gestando en las sombras durante al menos ocho años: apenas fue dado a conocer en mayo, con la información a cuentagotas y cuando ya era un secreto a voces. Ahora se sabe que han estado especialmente involucrados los ex gobernadores Joaquín Hendricks, Félix González Canto y el actual Roberto Borge, sobre los que la voz popular hace recaer sospechas de estar en sociedad con empresarios de Monterrey y, por supuesto, con los chinos de la empresa Chinamex, que con apoyos al más alto nivel del actual gobierno calderonista están en el negocio.

Por lo pronto, llama la atención las increíbles facilidades que los mandatarios de Quintana Roo han dado para la implementación de Dragón Mart. Primero, autorizaron vía Semarnat el desmonte —para empezar— de 500 hectáreas de selva alta de los municipios de Benito Juárez-Cancún y el nuevo de Puerto Morelos en una ubicación ultraprivilegiada a menos de 20 minutos del segundo aeropuerto con más tráfico del país.

Por cierto, hasta ahora es un misterio cuánto pagó —o no pagó— Chinamex por el terreno que era propiedad del gobierno estatal y por lo tanto patrimonio de todos los quintanarrooenses. Lo que sí se sabe es que para un manejo tan superlativo de mercancías se requerían grandes ampliaciones en el dragado y en los muelles de Puerto Morelos, con lo que, dicen los lugareños, se destruirá por completo el arrecife natural que resguarda la zona.

Pero el apoyo a ultranza a Dragón Mart no para ahí. El gigante chino ha sido exentado o subsidiado por el pago de casi todos los impuestos: el de traslación de dominio, derechos de registro, impuesto sobre nóminas, pago de licencia de construcción, pago de adquisición de inmuebles y predial por tres años. Y algo importante, si al principio se autorizó como exhibidor estrictamente industrial y de mayoreo, ahora Dragón Mart podrá incluir operaciones con todo tipo de productos y también al menudeo.

Es obvio que la llegada del dragón ha despertado el terror entre industriales y comerciantes de toda la península de Yucatán, que ven en él una competencia desleal y sobreprotegida que significará, además de un desastre ecológico irreparable, la llegada masiva de productos chinos, un desquiciamiento económico y social en la zona y la destrucción de industrias nacionales completas. Así que no será nada remoto que en poco tiempo haya en Cancún letreros que digan “también se habla español”.

Ricardo Rocha
OCT 24

Izquierda: confrontados y ofendidos Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

Si el rumbo de los partidos “progresistas” es el que se trazó el fin de semana, el panorama es algo más que oscuro: la izquierda llegará más dividida que nunca a las elecciones intermedias de 2015 y tal vez pulverizada a la presidencial de 2018. Las señales enviadas hace unos días así lo anticiparon cuando unos y otros enseñaron el músculo, y, más aun, no sólo se confrontaron, sino se lanzaron insultos sin tapujos.

Nueva Izquierda, la facción más poderosa del Partido de la Revolución Democrática, celebró su congreso y logró convocar a otras tribus para —al menos temporalmente— mostrar su fortaleza, sobre todo después de la salida de Andrés Manuel López Obrador, luego de la derrota del 1 de julio. Y ahí estuvieron personajes ahora prominentes como Miguel Barbosa, coordinador perredista en el Senado, y Silvano Aureoles, en San Lázaro; los infaltables Carlos Navarrete y Manuel Camacho, y hasta el resucitado René Bejarano. Todos beneficiarios de un lopezobradorismo del que ahora se alejan como si se tratara de la peste. Sus propios dirigentes, los celebérrimos “Chuchos”, Jesús Zambrano y Jesús Ortega se envalentonaron al declarar, el primero, que cuando se renueve la Cámara de Diputados dentro de tres años competirán directamente contra el nuevo partido de AMLO “como se llame, como él decida ponerle… No hay riesgo de desbandada ni de naufragio, ni de hundimiento del PRD… Los que lo deseen se van a quedar con las ganas”. Mientras el segundo descartó cualquier intervención del PRD para oponerse a la toma de protesta de Enrique Peña Nieto como presidente de la República el próximo 1 de diciembre. Ortega fue todavía más allá, al anticipar que si bien la presencia de los legisladores perredistas en esa ceremonia es una cuestión que debe dirimir la Comisión Política del partido, “en mi opinión, debemos acudir a un acto, resultado de una resolución del Tribunal Electoral”. Más aún, en días recientes entrevisté a Graco Ramírez, quien ahora reviste una singular importancia no sólo por el hecho de haber ganado la gubernatura de Morelos a 60 años de priismo y 12 de panismo, sino porque es de los pocos personajes de la izquierda que pueden presumir de serlo desde siempre, sin antepasado priísta. Fue todavía más enfático: “López Obrador denota intolerancia al tomar la decisión de convertir en partido al Movimiento Regeneración Nacional (Morena) para poder encabezar otro proyecto político; vamos a tratar de convencer al propio Andrés Manuel de que tiene todo su derecho de ser candidato nuevamente, pero si quiere cambiar al país tiene que hacerlo con todos y no a partir de que sea él quien encabece siempre y a como dé lugar; eso no ayuda a unir a la izquierda, sino a dividirla”.

La respuesta de AMLO a sus críticos y malquerientes es contundente: “No queremos en Morena desviaciones, vicios, antidemocracia, amiguismo, influyentismo, ni ninguna de esas lacras de la política tradicional que han llevado al fracaso a las organizaciones políticas y sociales”.

En paralelo, López Obrador ha continuado sus recorridos por todo el país en la construcción de su paradójico proyecto, que algunos ven como el primer partido auténticamente de masas, basados en los 16 millones de votos obtenidos en la pasada elección presidencial, que representaron el nada menospreciable 32% de la votación total. Mientras sus críticos califican desde ahora a Morena como el partido de un solo hombre. Quien por cierto ha puntualizado, por si quedaba alguna duda, que se retirará de la política “solo que así lo decida el pueblo”. Que llevará a cabo su congreso nacional el 19 y 20 de noviembre próximos en la ciudad de México. Y que Morena, por su cuenta, realizará una serie de actos de protesta en las 32 entidades de la República “contra la imposición de Enrique Peña Nieto”. ¿Así o más divididos?

Ricardo Rocha
OCT 17

¿Los venezolanos están locos? Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

“¿Ya vio lo de Chávez, qué increíble, se necesita estar loco para votar por un tipo así, no?” Me soltó en el elevador la dama emperifollada. “No, no creo que siete millones de venezolanos estén locos”, alcancé a responderle antes de que enmuinada se bajara en su piso.

No sé ustedes qué piensan, pero a poco no les llama la atención que haya tantos mexicanos con entripado por el triunfo de Hugo Chávez Frías. Desde luego que no son todos, pero sí una buena parte que hasta se enfurece porque Chávez siga gobernando una nación que suponen manipulada por su dictadura implacable. Ellos que son tan propensos a burlarse de los complós, suponen uno sistemático del tirano Hugo en contra de sus paisanos a los que ha de controlar a base de hipnosis colectiva o de algún químico ablanda-voluntades distribuido a través de la red de agua potable.

De otra forma no se explican que un “personaje tan nefasto” haya sido reelecto por tercera vez consecutiva. “Cómo no, si se roba los votos” dicen, aunque no puedan citar un solo observador internacional —el Centro Carter incluido— que haya jamás declarado como fraudulentas las elecciones. Por tanto he de atribuir el visceral antichavismo mexicano a la parte que le tocó al propio Chávez en aquella campaña contra López Obrador como peligro para México y los subsecuentes spots en los que se le demonizaba comparándolo con el mismísimo presidente sudamericano.

Lo que también es notable es el odio visceral y desinformado, porque ninguno de los detractores mexicanos y gratuitos de Chávez es capaz de argumentar su animadversión. Vaya, ni siquiera de contestar un cuestionario elemental como: cuántos habitantes tiene más o menos Venezuela; con qué países colinda; si ve o no al Mar Caribe y menos aún algo tan sofisticado como la importancia de PDVSA —“¿Qué es eso, eh?”— en la economía local. Simplemente no soportan a Chávez ni por como se ve, ni por lo que dice, ni por sus actitudes, ni siquiera cuando canta nuestras rancheras.

Así que para documentar su antichavismo crónico, les van algunos argumentos para enumerar los reclamos más comunes al gobierno de este coronel golpista calificado también de populista, caudillo y dictador y que son inocultables desde la óptica de sus opositores: la destrucción de la estructura tradicional de la economía venezolana y sus grandes empresas; la dependencia creciente de importaciones, ha alcanzado 48 mil millones de dólares; según Human Rights Watch, la violación de los derechos humanos amparada en un férreo control de los medios; un sistema carcelario de los más violentos; una corrupción en aumento, sólo superada por Haití en el continente según Transparencia Internacional.

La ausencia de un Estado de derecho pleno por el control de un Poder Judicial dependiente de la Presidencia; un grave déficit democrático sin separación de poderes; en salud, la reaparición de enfermedades endémicas; una política exterior unipersonal y no institucional y la ausencia de diálogo político con opositores.

Pero los mismos que propugnan estas graves deficiencias se niegan a reconocer los logros que sí se aprecian dentro y fuera: durante el gobierno bolivariano la extrema pobreza se redujo de 42 a 9.5 %; en 2005 Venezuela alcanzó la meta de la UNESCO de “territorio libre de analfabetismo”; su gobierno invierte 4.2 % de su PIB en salud, más que nadie en América; el desempleo se redujo a la mitad; el país ha experimentado 20 trimestres consecutivos de crecimiento económico; ha alcanzado también la soberanía alimentaria; la deuda pública pasó de 73.5 a 14.4 del PIB; las reservas internacionales crecieron de 14 mil a 41 mil millones de dólares en este lapso.

Supongo que estas cosas también contaron para un resultado que se apresuró a reconocer el candidato opositor, Henrique Capriles. Por lo que sospecho que aquí hay más antichavistas. De esos a los que hasta lo que no comen les hace daño. ¿A poco no?

Ricardo Rocha
OCT 10

El rector en nuestra UNAM Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

La preposición es, por supuesto, con toda intención. Porque todos saben que José Narro Robles es el rector de, pero algunos dudan que permanezca en. Personalmente me aseguró su convicción de permanencia cuando se lo pregunté hace algunas semanas en que, a partir del triunfo de Enrique Peña Nieto, se le empezó a mencionar como miembro del gabinete entrante en el cargo de secretario de Educación Pública. Una designación casi obligada por muy diversas razones: no se ve en el horizonte a ningún otro mexicano que tenga un conocimiento a la vez más amplio y profundo de la problemática educativa en México; el propio Narro ha expresado en numerosas ocasiones sus visiones sobre nuestra realidad, no sólo desde la educación básica, sino también del analfabetismo que padecen al menos seis millones de mexicanos, lo que considera indignante; el presidente electo está urgido de enviar una señal contundente de que se ha decidido realmente a un cambio con rumbo en este país y nada mejor para ese propósito que un nombramiento como el de Narro; los prospectos hasta ahora mencionados —algunos impresentables— para conducir la SEP están a años luz de la prestancia y sapiencia del rector; es difícil imaginarse a alguien mejor preparado y con mayor estatura moral para dirimir puntos de vista diferentes con el propio presidente, otros miembros del gabinete o con factores reales de poder en materia educativa como, por ejemplo, la maestra Elba Esther.

Siempre he creído que nuestros tres grandes pendientes son: una verdadera reforma del Estado con nueva Constitución refundadora, la implementación de un modelo económico mexicano que incluya una redistributiva reforma fiscal y, de modo preponderante, una gran revolución educativa, desde el jardín de niños al posgrado. Y para impulsar una tarea de esa magnitud no veo a alguien más que al doctor Narro.

Sin embargo, en la vía paralela hay que decir —a riesgo de la obviedad— que nuestra UNAM sigue siendo fundamental para todo el país. Que no sólo su labor académica, científica y humanista, sino sus trabajos de investigación en todas las especialidades del saber humano y su cotidiana tarea de recreación y difusión de las artes, le hacen indispensable en el conjunto de la nación. Y que en estos múltiples y buenos propósitos el rector José Narro Robles ha hecho una labor extraordinaria. Que es además un líder que ha crecido en empatía interna hasta donde tal vez él mismo no supuso jamás; a veces parece un auténtico rockstar aclamado por los jóvenes en los juegos de Pumas o cuando despacha asuntos mientras camina por la explanada de CU.

En lo externo, Narro se ha convertido, a querer o no, en una consolidada conciencia de la Nación. Una voz sólida y prestigiosa que suele sintetizar las inquietudes mayoritarias a la vez que abogar por los derechos de las minorías. Un papel muy apreciable que, seguramente, le sería muy difícil de desempeñar desde dentro del Gobierno.

Ignoro francamente si, a estas alturas, Peña Nieto le ha hecho a Narro Robles el ofrecimiento formal de la Secretaría de Educación Pública y menos aún cuál ha sido la respuesta de éste. Lo que sí sé es que Pepe —para sus amigos— tiene un corazón azul y oro que no le cabe en el pecho. Que ha transcurrido la gran mayoría de su existencia en el hogar austero, pero generoso de Ciudad Universitaria y que tal vez no se imagina esta etapa de su vida fuera de nuestra casa común. Por eso sé también que una y otra vez ha dicho no a los sirenísticos cantos de los enviados que han ido a tentarlo con la posibilidad de ocupar el celebérrimo escritorio de José Vasconcelos en el Centro Histórico.

Por eso y más, creo que los universitarios estamos, como decía la canción ranchera aquella, con “el corazón en dos mitades partido”. En una, qué bueno que tenemos rector para rato. En la otra, la nostálgica alegría de saber que un gran universitario podría contribuir a cambiar el rumbo de México.

Ricardo Rocha
OCT 3

Reforma Laboral: Frankenstein tun tun Por Ricardo Rocha ddn_rocha@hotmail.com

Todos conocen al monstruo, engendro de su creador, el doctor homónimo. Lo que tal vez no recuerden es el sonsonete tropical que en mis tiempos tepiteños repetía incesante: “Pasito tun tun, pasito tun tun…”, el que —pa´darle más sabor— se bailaba con una mano en la cintura y la otra marcando círculos cadenciosos en el aire, mientras con los pies se dibujaban dos pasitos pa´lante y dos pasitos pa´tras, de tal manera que, al final del baile quedabas donde habías empezado. ¿Se imaginan a la criatura frankensteiniana bailando el tun tun a las de acá?

Si no pueden, ayúdense pensando en la reforma laboral que ahora a todos nos ocupa: se trata de una pedacería de aquí y de allá; que al final abrirá los ojos y habrá de caminar, pero como un verdadero adefesio. Agréguenle el bailecito y tendremos un cuadro verdaderamente patético.

A ver: para nadie es ya un secreto que un asunto tan importante para la inmensa mayoría de los mexicanos está siendo discutido a lo salvaje y en un plazo absurdamente corto. Porque está claro que con el novedoso pretexto de la “iniciativa preferente” el Presidente saliente, Calderón, le puso enfrente una zanahoria envenenada al entrante Peña Nieto. El panista, que no se atrevió a hacerlo durante seis años, salva ahora la cara ante los empresarios con una iniciativa que a leguas los favorece. Pero al mismo tiempo pone a prueba al peñanietismo que representa “la nueva cara del PRI” y lo confronta al priismo más dinosáurico representado por sus sindicatos más poderosos afiliados al propio PRI.

Porque está claro que no se trata de una discusión técnica en la que estén en juego las mejores opciones del país para aumentar la productividad, todas debatibles: nuevas formas de contratación, como periodos de prueba, pago por hora, legalización de la subcontratación, facilidades para el despido, límites al derecho de huelga y máximos en el pago de salarios caídos, entre otras simpáticas iniciativas.

En paralelo, está el segundo paquete que tiene que ver sustancialmente con los sindicatos y que incluye propuestas espinosísimas para los corporativistas: democracia sindical, es decir, elecciones por voto libre y secreto y ya no más a mano alzada; la eliminación de la cláusula de exclusión en que un trabajador eliminado del sindicato lo es en automático de las empresas; que los estados financieros de los sindicatos sean dictaminados anualmente por un auditor externo y, lo más peliagudo, que los resultados de esas auditorías sean difundidos ampliamente entre los miembros del sindicato.

La discusión, pues, se ha partidizado y en ello la posición más cómoda es la del PAN, que simplemente insiste en que la reforma calderonista debe ser aprobada tal cual, sin cambiarle una sola coma. En el otro extremo el rechazo también automático del bloque de izquierda que, sin embargo, se debate entre serle fiel a sus principios de solidaridad de clase trabajadora y la nueva imagen ebrardiana supuestamente moderna y mucho más cercana a los empresarios.

Peor aún la disyuntiva del PRI que ha de aliarse obligadamente al pancalderonismo en el paquete de reformas proempresariales en busca de una primera muestra de modernidad. Pero, al mismo tiempo, tiene que enfrentar un desgarramiento interno con uno de los tres pilares de su partido que es el sector obrero, del cual tendría que obtener al menos lo referente a las votaciones libres y secretas, para dar la impresión de que esa parte del PRI es democrática y abierta a los cambios. Lo que parece infranqueable es que esos sindicatos tricolores acepten que alguien, quien sea, meta mano en sus sacratísimas arcas que, por lo demás, siempre se abren generosas —remember Pemexgate— para financiar las campañas del PRI, algo que la cúpula priista tampoco quiere perder.

Total que, con tantos intereses en juego, al final podríamos tener una reforma laboral representada por un Frankenstein bailando cadencioso el pasito tun tun. Gracioso o grotesco, según se quiera ver.

Ricardo Rocha
SEP 26