Desde hace por lo menos dos décadas, el crecimiento en el uso de las tarjetas de crédito ha ido en aumento de una manera desmedida en todo el país, al grado de que existen despachos de Abogados que prácticamente sólo se dedican a “defender” a quienes, sobregirados, se encuentran en problemas que parecieran imposibles de resolver. Por ello, si puede, no se enganche.
Si en un país tercermundista como el nuestro una cuarta parte de la población cuenta con una o varias tarjetas de crédito, quiere decir —entre otras cosas— que se trata de una herramienta muy accesible; que nos la han sabido “vender”; que la incultura de nuestro pueblo alcanza tales índices que nos dejamos engañar fácilmente; que ante la desesperación de no contar con liquidez, nos lleva al uso y al mal uso de las mismas, y la verdad es que la herramienta no tiene la culpa de las situaciones desagradables que se pudieran provocar por la falta de una cultura adecuada de su aprovechamiento, pero el caso es que las instituciones bancarias en México, se han aprovechado para lucrar a mansalva.
Desde que fuera Secretario de Hacienda en nuestro país Guillermo Ortiz, alertaba a los usuarios acerca de la importancia de aprender a manejar las tarjetas. Posteriormente, en su calidad de Gobernador del Banco de México, en varias ocasiones exhortó a los banqueros para que “le bajaran” a sus pasiones “vampirezcas” y no siguieran aprovechándose del pueblo de México. Como resultado de ello, recibió reclamos de quienes dicen defender “a capa y espada” la libertad de lucro (nadie mejor que los banqueros y los usureros), y las cosas han seguido de mal en peor.
La estrategia utilizada para que todos —o casi todos— nos llenáramos de tarjetas de crédito, en un inicio fue el “estatus” que las mismas parecían proporcionar, al “pagar con el poder de su firma”, posteriormente las hicieron más codiciadas agregándoles los rangos (oro, platino, etcétera.); para luego ir por un segmento mucho más amplio: la clase media e incluso la media baja, pues en cualquier punto transitado, plazas comerciales, supermercados, entre otros, instalaron a jóvenes a quienes a cambio de una comisión atractiva, se apostaban en dichos sitios para “enganchar” a cuanto transeúnte circulara por sus dominios.
Luego de que la gente se volvió esquiva ante dichas estrategias, aparecieron los famosos “call center”, cuya venta de tarjetas se convirtió en una verdadera tortura para todo aquel que contara con una línea telefónica, pues las llamadas inoportunas se convirtieron en “el pan de cada día”, empero, otra “tonelada” de incautos volvió a caer en sus redes.
Hasta aquí este comentario podría parecer sólo una anécdota narrativa de hechos, pero ponga usted atención, porque si no le ha sucedido, posiblemente vaya a tener que padecer toda una tortura cuando intente cancelar su tarjeta de crédito, horas, corajes y muchas llamadas telefónicas —personalmente nadie lo puede atender— en ningún banco, así es que si puede, no se enganche.