Para Leticia, aquella gran maestra de la que nadie hablará
Se ha puesto de moda denostar al magisterio. Seguramente quienes quedaron atorados durante horas en la Autopista del Sol encapsulados por el calor de Chilpancingo les han de haber dedicado rudos pensamientos a los árboles genealógicos de los bloqueadores.
Podemos imaginar escenas casi dantescas de criaturas llorando, abuelitos sedientos y haciendo sus necesidades en aquellos terrenos que tanto distan de ser un vergel. Ríos de sudor por doquier y, sobre todo, un coraje reprimido, mientras los mentores utilizaban su mejor recurso para que sus inconformidades fueran conocidas.
El dilema de siempre: unos tienen derecho a protestar, pero otros tienen derecho a circular.
Lo malo es la generalización y, sobre todo, perder de vista que no debería de arremeterse contra el indio, sino contra quien lo hace compadre.
Se han oído comentarios de gran dureza contra los mentores: que son irresponsables, que son unos vándalos y unos vagos, que son todos unos delincuentes, etcétera. Uno de ellos no tiene desperdicio: habría que correrlos a todos y darles el dinero a las monjitas y a los padrecitos, para que ellos se hagan cargo de la educación.
Mi respuesta a tan insensato comentario fue tal que resultó exagerada, mas fue lo primero que me vino a la cabeza y no está errada del todo: La mayor parte de los maestros rebeldes son católicos. ¿Querrá decir que habría que prescindir de todos los maestros católicos?
No puedo dejar de pensar, ante asertos de esta tesitura, en los centenares de maestros jaliscienses que conozco personalmente o de los muchos que tengo buenas noticias fidedignas, que constituyen un ejemplo de probidad y de entrega a la profesión de soportar y desasnar a nuestros hijos, la mayor parte de las veces en condiciones poco propicias, por no decir inicuas.
Pienso en el maestro que debe trabajar dos turnos y más, para allegar a los suyos lo mínimo necesario. Pienso en el maestro imaginativo que se las ingenia para inventarse recursos didácticos, con los escasos elementos que le proporciona la miseria de su derredor.
No puedo dejar de pensar en los miles de maestros entregados cabalmente a su apostolado que, si nuestra sociedad los atendiera como es debido y les concediera un mejor status, tal vez ni se les ocurrirían tales agresiones a sus semejantes y no darían motivos de queja.
¡Qué mal andamos cuando quienes trabajan para la integración de los futuros ciudadanos se vuelven proclives a secundar los deseos de “prietitos en el arroz”! Pero no caigamos en la trampa de juzgar a todos por igual y busquemos la verdadera raíz de la discordia…