Reformas y nuevo modelo presidencial Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Con las singularidades de los anuncios, este lunes, del cambio de estrategia de seguridad y, el lunes anterior, de la reforma educativa, esta tercera semana del Gobierno del presidente Peña Nieto podría perfilar un nuevo modelo de régimen presidencial. Un modelo alejado del presidencialismo histórico mexicano, mundialmente célebre por su alta concentración del poder, que rigió de mediados de los años 30 del siglo pasado, con el presidente Cárdenas, a los primeros 90, con el presidente Salinas. Dos sexenios separados por más de medio siglo, con sus respectivas diferencias de concepción de la modernidad, pero que tienen en común la realización de cambios trascendentes.

Pero el nuevo modelo presidencial de Peña estaría también distante del presidencialismo que va de finales de los 90, con Zedillo, a los primeros dos sexenios del nuevo siglo, con Fox y Calderón. Sin el poder cohesionado del ciclo anterior, y sin la capacidad ni el liderazgo para acordar y alcanzar objetivos estratégicos en la nueva realidad del poder fragmentado, estos regímenes no acertaron a construir bases políticas correspondientes a la época de la descentralización del poder y condujeron a un gravoso estancamiento nacional. El país arribó en 2000 a una primera alternancia de partidos en el poder presidencial, por vía de la competencia electoral: un importante cambio de sistema político, pero ineficaz para cumplir las expectativas despertadas por ese cambio.

Malestar en la democracia

Acaso acertaron estos sexenios a activar los restos del viejo poder presidencial para remitir responsabilidades a sus antecesores, lanzar mitos fundacionales que los convirtieran en artífices de la transición democrática o proclamarse en guerra de salvación de la patria ante las bandas criminales. Pero independientemente de lo logrado en sus imágenes, el saldo político al final de este ciclo fue un extendido malestar en la democracia.

En estas condiciones llegó en 2012 la segunda alternancia, con un resultado electoral en que no era opción recuperar la dinámica reformista a través de una nueva concentración del poder, como tampoco parecía una opción continuar en el estancamiento, la mediocridad en la gestión estatal y el agravamiento del malestar.

¿Nuevo modelo?

En el ciclo presidencialista del poder concentrado, Cárdenas y Salinas de Gortari abrieron espacios para emprender sus programas de cambio a partir de la remoción de lo que hoy llamamos poderes fácticos.

En el caso de Cárdenas, con el destierro del “jefe máximo” que gravitaba sobre la Presidencia, y con la expropiación de las compañías petroleras, renuentes a someterse a las leyes nacionales. En el caso de Salinas, con el encarcelamiento de quien desde el control sindical ejercía otro poder de facto en la industria petrolera. Y en la cultura política que une también a esos dos presidentes, esas acciones trascendieron como golpes de fuerza y arrojo del portador de la investidura presidencial, en episodios que, con otros, nutrieron el mito de la majestad invencible del presidencialismo providencial.

A diferencia de ellos, y de Calderón, que intentó, grotesca y fallidamente, inventarse un presidencialismo de superhéroe, el del Eliot Ness de Los Pinos, Peña Nieto ha sorprendido desde este nuevo diseño de régimen presidencial, para el que no hay guerra ni enemigos a explotar políticamente, sino un Estado comprometido a restablecer la paz, la seguridad y la justicia, con base en la coordinación con poderes locales a los que no descalifica para glorificar el valor presidencial, sino que los asume como contrapartes responsables en un esquema de poder descentralizado. Igual que una semana antes sorprendía con el rescate de funciones educativas de manos del poder fáctico sindical, pero no como acto de fuerza del presidencialismo legendario, sino como resultado de la negociación entre Gobierno y partidos. ¿Nuevo reformismo con nuevo modelo presidencial?
 

José Carreño Carlón
DIC 19

Recetas a Peña e infantilismo autoritario Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Si el izquierdismo era para Lenin la enfermedad infantil del comunismo, el chip autoritario de buena parte de los políticos y analistas mexicanos le da el rasgo distintivo al infantilismo de los recetarios que suelen remitirle a través de los medios al nuevo presidente. Pero no se trata de simples recetarios. Van acompañados de advertencias perentorias de que se olvide de gobernar si no observa escrupulosamente cada una de sus estipulaciones.

Casi todas las recetas vienen de la matriz del absolutismo presidencial, pero han sobrevivido a la transición al presidencialismo acotado. Así lo manifestó el Presidente Calderón al cumplir, a costa del ex presidente Fox, la prescripción que estipula acabar con todo vestigio positivo del antecesor como condición para fundar el nuevo reino sexenal. Y acaso lo que buscan las frecuentes convocatorias de Los Pinos a Peña Nieto es el exorcismo capaz de conjurar ese riesgo que siempre pende sobre el mandatario saliente.

Pero a raíz del descabezamiento en 1995, por Carlos Salinas, del imperio de impunidad del sindicato petrolero, un golpe conocido como el quinazo, y en la medida en que las malformaciones de la transición mexicana han generado otros centros de poder, real o potencialmente resistentes al cambio o remisos al mando gubernamental, la receta más socorrida se ha vuelto la aplicación de inyecciones de quinazo varias veces al día.

¿Nuevos “quinables”?

Estos días lo mismo le han recetado al presidente electo la aplicación de dosis mayores de quinazos a la líder magisterial Elba Esther Gordillo, que al petrolero Romero Deschamps, que al imperio abrumador de Carlos Slim, que a las fortificaciones de Azteca de Salinas Pliego y de Televisa de Azcárraga Jean, como lo sugiere con un espectacular salto dialéctico, en este último caso, el amigo Jenaro Villamil, el más devoto escudriñador, con Beto Tavira, de la vida, relaciones, amores y pulsiones de Peña Nieto.

Pero una cosa es combatir excesos, corruptelas e impunidades de sindicalistas y no sindicalistas, o promover leyes contra concentraciones monopólicas, como se ha hecho en EU con la industria petrolera y las telecomunicaciones, en beneficio de los consumidores y de la competitividad nacional, y otra muy diferente es recetar golpes discrecionales y descontones del poder presidencial, por lo demás, hoy inverosímiles, para eliminar del mapa a poderes sindicales o empresariales.

Uno de los rasgos de la personalidad autoritaria del célebre trabajo de Theodor Adorno es el de la intolerancia y la impaciencia ante las ambigüedades e indefiniciones que se perciben fuera de control del voluntarismo. Ante ellas hay franjas de la población en busca de seguridades, que desean y aplauden los golpes definitorios del poder autoritario.

Un nuevo instrumental

Se trata de golpes como los propinados a la televisión privada en Venezuela, o como las expropiaciones de los presidentes Echeverría y López Portillo, acorralados a finales de sus sexenios. O los encarcelamientos de Méndez Docurro, Félix Barra y Raúl Salinas, a principios de los sexenios de López Portillo y Zedillo, a manera de satisfacción popular ante las crisis con las que arrancaban sus gobiernos.

Pero la expectativa de quinazos no pasa de ser una fantasía del infantilismo autoritario que quiere ver castigados a sus demonios, a escoger entre diablos y diablas, sindicales o empresariales. En esta época del poder diluido, cualquier actor político o social encontrará en la ventilación pública de sus excesos su final cercano. Y si bien la Presidencia de hoy no puede decretar hostilidades ni castigos con el poder del pasado, sí tiene a su disposición un valioso instrumental de estrategias de gobierno y de políticas públicas a aplicar con los grupos involucrados —por poderosos que sean— con la firmeza de la persuasión y de las leyes.

José Carreño Carlón
OCT 24

Almas en pena presidenciales Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Apenas es media semana y ya han deambulado las almas en pena presidenciales de AMLO, Camacho, Peña, Calderón, Salinas y Zedillo. Vamos en orden: que se olvide Marcelo Ebrard de que López Obrador le franqueará el paso a la candidatura presidencial de las “izquierdas” en 2018. Y que se olvide también el próximo jefe de Gobierno del DF, Mancera, de que la dupla Camacho-Ebrard le dejará resquicio alguno para construir una probabilidad propia.

AMLO empezó el domingo su campaña para estar en la boleta en 2018, como lo estará en 2024 y, probablemente, en las presidenciales que sigan, hasta el final de su vida. Probó en 2006 la inminencia de su arribo a Palacio Nacional y se quedó suspendido del sueño de haber llegado, al grado de proclamarse presidente legítimo. Y desde allí prolongó ese sueño en este trayecto sin fin como candidato presidencial a perpetuidad, un sucedáneo de su verdadera vocación de poder vitalicio.

Fue una larga pesadilla para el ganador de la Presidencia en 2006 y un mal sueño de algunas noches para el ganador de 2012. Ahora está claro lo que nos esperaba si se hubiera desvanecido el medio punto que separó a AMLO de la Presidencia hace seis años y que lo mantiene como alma en pena, la primera en hacerse presente al arrancar la semana, con su proyecto de partido propio.

Hacedor de reyes

En 1994, Manuel Camacho se resistió con todo a la disipación de su propio sueño presidencial. Ello devino en pesadilla para el candidato Colosio. Pero Camacho finalmente se replegó ante Zedillo y cambió de giro: de destructor de sus competidores como aspirante a rey, pasó a ser hacedor de reyes, en la tradición de los Kingmakers hecha célebre en la Guerra de las Rosas de hace 600 años en Inglaterra. Quedó como concepto y se aplica hoy a los aspirantes inviables al poder que optan por construir proyectos de poder para los que consideran sus pupilos a tutelar.

Es cierto que a Camacho le falló la construcción del poder para AMLO. Y es cierto también que de haberlo logrado, hubiera fallado en su plan de tutelarlo. Y si ahora no le falla el proyecto de fabricación del rey Marcelo, seguro le fallará el propósito de mantenerlo bajo su tutela. Ya después podrá construir el reinado de Mancera, si es que éste no se le adelanta en la fila.

Por lo pronto, el alma en pena de Camacho rondará estos años por el Senado, a ratos como pesadilla y a ratos también como el encantador de serpientes capaz de hipnotizar con sus “jugadas” lo mismo al panista Presidente de salida —a quien llevó a aliarse con el PRD en varios estados— que al priista presidente entrante, a quien ayer reconoció sin condiciones. Encandilará también a los caciques del Congreso y de los partidos de izquierda. A éstos y a otros personajes con menos imaginación, pero con igual ambición, los cilindrea ahora con la quimera de una opción socialdemócrata, con el pequeño problema que ni él ni sus cilindreados han sido nunca de izquierdas ni socialdemócratas.

Presidentes y ex presidentes

Como últimas almas presidenciales en pena de la semana aparecen el presidente electo Peña Nieto, que no logra construir su propia narrativa y hoy da el inverosímil tumbo discursivo de que los presidentes no tienen amigos. Le sigue el Presidente todavía en funciones, Calderón, quien después de no contar una historia persuasiva como Presidente, anticipa su historia como ex presidente: el que le marca la pauta a seguir a su sucesor, ahora en materia petrolera. Luego está el ex presidente Salinas, provocando a más de un cirujano plástico molesto con su sonrisa. Y, por último, está el alma en pena del ex presidente Zedillo, quien por un lado disfruta la inmunidad estadounidense que lo salvó de la investigación de los crímenes de Acteal, y por otro lado dice que quienes lo acusaron lo calumniaron. Sólo que la inmunidad —el privilegio de no ser investigado— no echa abajo las acusaciones y en cambio evita que un juez determine si se trata de calumnias.

Académico

José Carreño Carlón
SEP 13

Plan de AMLO y sistema de creencias Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Hoy presenta López Obrador su “Plan de defensa de la democracia y la dignidad”, con muy probables invocaciones a su misión de informar y salvar al pueblo de la ignorancia y de sus opresores. Pondrá el énfasis en lo pacífico de su lucha por la purificación de la corrupta y mafiosa vida nacional. Será su brazo “legal” para mantener visibilidad y vida mediática por lo menos de aquí a la calificación del Tribunal Electoral. Después, ya habrá una prórroga.

Este plan correrá en paralelo al Plan de Atenco, anunciado el domingo, que incluye la toma de ciudades, carreteras, medios de comunicación y la sede de la Cámara de Diputados para impedir la instalación del Congreso en septiembre, así como la toma de posesión del próximo presidente en diciembre. Y éste será el brazo de la acción directa contra el resultado de la elección presidencial.

Será imposible distinguir a las organizaciones y a los líderes que seguirán el plan que anuncie hoy AMLO de los que apoyan el plan de Atenco. Básicamente serán los mismos, salvo algunos deslindes en curso, probablemente de segmentos del movimiento estudiantil #YoSoy132, incómodos con algunos de sus compañeros de convención en Atenco. Pero en su gran mayoría, irán juntos a los actos de la “lucha pacífica” y a las acciones para violentar el inicio de sesiones de la nueva Legislatura y la trasmisión del Poder Ejecutivo.

Las inconformidades explotables

Se trata del abandono en los hechos de la vía jurídica para hacer valer un improbable triunfo electoral, supuestamente frustrado por un comprador de votos de tal delicadeza selectiva, que sólo se interesó en adquirir los sufragios para presidente, dejando libre la voluntad del vendedor para votar por los candidatos a gobernadores y a legisladores del partido de AMLO.

Es cierto que en 2012 no existen los elementos de hecho y de derecho de 2006 para cuestionar el resultado electoral, pero hay más inconformidades sociales acumuladas, explotables con fines de protesta postelectoral. Unas son más atendibles que otras: sindicalistas que se quedaron sin compañía de luz; ejidatarios polarizados tras el maltrato que en todos los órdenes les infligió la mala gestión expropiatoria para el frustrado aeropuerto de Atenco; comuneros dejados a merced de talamontes protegidos por bandas criminales; estudiantes convencidos de que el sistema mediático impuso al ganador y, entre muchos otros agraviados en un país de los atrasos y desigualdades del nuestro, ahora se unen las decenas de miles de rechazados de la UNAM.

Las creencias

Se trata de inconformidades aceleradas por un sistema de creencias muy extendidas con las que conecta en forma magistral López Obrador, un creyente auténtico, a escala religiosa, del credo que profesa y que predica. Creencia 1: las inconformidades acumuladas no son responsabilidad de personas y grupos, sino que tienen su origen en este sistema podrido. Y aquí va la conexión con el cambio verdadero. Creencia 2: el poder presidencial lo puede todo; lo mismo entregar al país a sus enemigos de dentro y de fuera, como se habría hecho hasta ahora, que atender todas las inconformidades descritas y otras más. Y aquí entraría la conexión con la necesidad inexcusable de poner ese poder presidencial en manos del portador del cambio verdadero. Y creencia 3: el sistema electoral forma parte del sistema podrido y por tanto dejó pasar las trampas que falsificaron la voluntad de los mexicanos para bloquear al presidente verdadero.

Sí. Este conflicto postelectoral se puede explicar por el atraso de este líder providencial diseñado para conectar con los rasgos más arcaicos de este sistema de creencias. Y quizás se podrá solventar con nuestro actualizado sistema de justicia electoral. Pero si no se quiere tener a éste o a otro liderazgo providencial en 2018, será necesario leer bien las inconformidades de que se nutre y ponerlas en las vías modernas de la gestión política y de sus soluciones, ahora sí que verdaderas.

José Carreño Carlón
JUL 18

Final del juego, las cartas de AMLO y FCH Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Tuvo que venir el CEN del PAN a poner orden en los equívocos y ambigüedades con que Felipe Calderón parecía poner la Presidencia de la República a remolque del convoy de López Obrador. Y lo hizo justo antes de que AMLO desate mañana jueves su esperada aceleración, a toda marcha, en ruta contra el proceso electoral y sus resultados, con la pretensión final de embestir de frente el convoy ganador de Peña Nieto.

En su frenética irrupción en el debate poselectoral, Calderón fue escalando día a día una santa indignación anti-PRI que pareció anticipar una respuesta afirmativa a la petición del PRD de ir junto con el PAN en la impugnación a las elecciones. Y, lo más grave, pareció también avalar con la firma presidencial las acusaciones de AMLO de la hasta ahora supuesta compra de votos en favor del candidato priista. Además, el desplante presidencial se constituyó en una presión indebida sobre la Fiscalía Especializada para Delitos Electorales, dependiente del propio Ejecutivo, y sobre el Tribunal Electoral, que no ha terminado de recibir las impugnaciones al proceso.

Claro, la dramatización presidencial alcanzó tal valor noticioso —y entusiasmó tanto a los seguidores de AMLO— que medios y activistas dejaron en un plano perdido el matiz, expresado por el mandatario en letras chiquitas, sin énfasis ni entusiasmos, de que nada de lo dicho, actuado y sobreactuado por el Presidente, significaba que fuera a cambiar el sentido de la elección.

Las cartas sobre la mesa

La resolución de antenoche del CEN del PAN marcó el final del juego —doble— del Presidente Calderón con López Obrador. Y con la anunciada decisión de AMLO, a concretarse este jueves, de exigir la anulación o la invalidación de las elecciones, quedaron definidas, al parecer, las estrategias de las dos grandes fuerzas políticas derrotadas en la elección, en contraste con la estrategia del candidato ganador. Éstas parecen ser las cartas sobre la mesa:

Todo indica que AMLO apostará mañana todo a la configuración de un escenario de suma cero en el que no aceptaría nada menos que la anulación o la invalidación de las elecciones. Al efecto transitará tanto por el carril jurídico, por precarias que sean las bases de las impugnaciones ante el tribunal, como por el carril de las movilizaciones, hacia una doble trampa: habría caos si no se atiende a la presión de la calle de anular la elección, o habría crisis de transmisión de poderes si se cede a la pretensión de invalidar el proceso electoral.

A su vez, la estrategia del PAN consistió, hasta el lunes, en aparentar ir con la izquierda e incluso alentarla su protesta —y allí se explicaría el doble juego del coqueteo calderonista con AMLO— con miras a mantener en la calle a los lopezobradoristas y alejar a esa segunda fuerza electoral del juego parlamentario. Ello le permitiría a la derecha erigirse —desde la tercera fuerza electoral— en el interlocutor privilegiado del nuevo gobierno a la hora de acordar la agenda nacional. Ahora el PAN probablemente endurecerá o flexibilizará sus impugnaciones como arma de negociación, para propiciar o encarecer los acuerdos con el nuevo gobierno y su primera fuerza parlamentaria.

Lo engañan, señor…

Mientras tanto, la estrategia de Peña Nieto parecería ser la misma de la campaña: afirmar su agenda de gobierno desde la posición del ganador y no comprar agresiones ni del presidente, o mucho menos del presidente. Al rebrote antipriista que afectó a Calderón en días pasados, Peña respondió con la fórmula del presidencialismo priista que no admite en público equivocación ni dolo propios en el portador de la banda: —Lo engañan, señor presidente, con el cuento de la compra de votos, lo apaciguó.

Pero todavía no se ven salidas al futuro entre las invocaciones al pasado que agobian el debate público: el pasado del PAN que no termina de irse, el pasado que todavía se teme con el regreso del PRI, y el pasado que ya nos alcanzó otra vez, del desconocimiento por AMLO del veredicto electoral. ¡Uf!

José Carreño Carlón
JUL 11

Última aduana al 1 de julio; faltan los retenes Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Penúltima semana de campañas. Crece la tensión a dos semanas exactas de que por ley callen los contendientes el miércoles 27. Y a 17 días de la jornada electoral del 1 de julio, ya hay lances desesperados en varios flancos. Esta semana surgieron voces de actores públicos que sintieron violadas sus expectativas porque el candidato de las izquierdas no acabó con Peña Nieto en el debate del domingo. Casi le reclamaron a AMLO haber desactivado las bombas informativas sembradas en los medios contra el puntero. También hubo quienes expresaron su frustración porque los disparos que acertó a colocar Josefina Vázquez Mota no tumbaron al más adelantado y en cambio pudieron lastimar más al segundo que al primer lugar de la carrera. Y no faltaron quienes le reprocharon a Peña no confrontar a los 60 mil muertos de Calderón.

Asistimos a un espectáculo insólito de periodistas e intelectuales autohabilitados como estrategas de campaña. Por ejemplo, tratan de imponer como hecho consumado que la pelea ya es sólo entre EPN y AMLO. Y como esa estrategia no se abrió paso el domingo, vuelven los estrategas habilitados a sus funciones periodísticas para expresar frustración “popular” por el “bajo nivel” del debate. Sin embargo, el debate alcanzó y mantuvo la atención de millones de electores. Y a despecho de los periodistas-estrategas que explícita o implícitamente se proponen sacarla de la jugada para abrirle paso a una polarización AMLO-EPN, lo cierto es que el domingo Josefina volvió a la carga. Entre otras cosas porque le funcionó la estrategia retórica de la vieja matriz priista de López Obrador, con miras a remover las bases de legitimidad del proyecto de AMLO de concentrar en su favor el voto antipriista y a recuperar, en cambio, a esos votantes escriturados por el PAN desde su origen.

AMLO y Peña

Lo cierto también es que AMLO hizo su mejor esfuerzo por mantenerse en su estrategia alejada de la rijosidad, pese a la exigencia de sus estrategas de sofá de ir con todo contra Peña, y pese a la estrategia de Josefina de llevarlo al cambio de golpes. Y no sólo no perdió, sino que reafirmó todo lo ganado en el último mes con las movilizaciones de los jóvenes del #YoSoy132, que —pese a sus primeras disidencias— en su mayoría le seguirán mostrando su apego a López Obrador por la necesidad que muestra una nueva generación de creer en algo que le permita trascender la frustración de la alternancia panista, sin el riesgo que se le ha vendido de repetir la historia y la leyenda priistas.

Finalmente, Peña Nieto se ajustó a su estrategia de aferrarse a la fuente de credibilidad y de conexión con el electorado conocida como “estatus”, a partir de una “actitud presidencial” que lo hace repelente a los ataques y le da poder de convicción a sus anuncios de políticas públicas. A ello se agrega una precisa lectura de percepciones que deja en claro que lo que menos quiere hoy la mayoría es ahondar en las divisiones y las discordias. Y para rematar, la percepción de triunfo de Peña en el debate, en la que coinciden los medios internacionales, se nutrió en la derrota de la expectativa generada de que Guadalajara sería su Waterloo, por las movilizaciones en su contra en calles y redes sociales, así como por los golpes mediático-judiciales del gobierno panista contra un par de ex gobernadores priistas.

Retenes

Así cruzaron los candidatos presidenciales la última aduana hacia la prueba final del 1 de julio. Pero faltan algunos retenes que pueden surgir antes o después de esa prueba. Las incursiones del Ejecutivo en el proceso contra el PRI y contra el candidato de la izquierda. El cruce de la violencia de las bandas criminales con la violencia política, que empieza a asomar. Y el discurso del amago de “revolución” si hay “imposición”, es decir, si gana el que puntea en las preferencias electorales, que equivale a la pretensión de que una minoría movilizada en las calles vale más que una mayoría expresada en las urnas. ¿Pasaremos ese retén?

José Carreño Carlón
JUN 13

Buenas y malas señales en la recta final Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Faltan exactamente cuatro semanas de campaña: de hoy al miércoles 27 de junio. La jornada electoral está a 31 días. Y desde la esfera pública —el espacio en que los particulares discuten los asuntos públicos— surgen ahora las pruebas para que los candidatos acrediten su capacidad de respuesta a los agravios inferidos desde la esfera del poder.

Por cierto: muy bien elaborados los exámenes a los que sometió a los presidenciables Javier Sicilia, a la cabeza del jurado en que quedó constituido el lunes su Movimiento Ciudadano por la Paz con Justicia y Dignidad. Sicilia les presentaba un sumario de afrentas atribuibles a sus gestiones de gobierno, o de ofensas en el ejercicio del poder de sus partidos o cacicazgos. Y tras las respuestas, el jurado les hacía ver sus evasiones y ocultamientos.

Con la excepción de López Obrador, que tropezó por no aceptar que su gobierno no cumplió recomendaciones de la Comisión de Derechos Humanos, y por su cerrazón para escuchar señalamientos sobre los rasgos de su personalidad autoritaria, los demás mostraron que algo han aprendido a lo largo de la campaña. Vázquez Mota acertó a pedir perdón por la gestión de su partido en el gobierno calderonista, que convirtió al país en un cementerio, le dijo el poeta. Y Peña Nieto hizo bien en asumir los excesos de fuerza en Atenco, justo la parte de la respuesta que le faltó decir en la Ibero al replicar a quienes le reprochaban aquel episodio.

Sistemas político y mediático

También pertenecen a la esfera pública los estudiantes en movilización por una cobertura de los medios que propicie un voto informado, y en favor de que el último debate de los candidatos se difunda por cadena nacional. Y el presidente de Televisa acertó también al anunciarles que su empresa lo transmitirá por el canal 2, el de mayor cobertura nacional, lo que no ocurría desde la elección de 1994.

Tampoco ocurría —habría que concluir en este punto— este fenómeno de una disposición de las esferas del sistema político —con sus candidatos presidenciales— y del sistema mediático —con la empresa informativa de mayor alcance— a responder a las exigencias de cuentas presentadas por la esfera pública.

Éstas son buenas señales para la recta final del proceso, en medio de las malas señales de las nuevas muestras de descontrol de la violencia criminal que se pueden cruzar con las presiones de los grupos dispuestos a poner a prueba el dispositivo de seguridad del candidato del PRI.

Violación de expectativas

Pero está también la presión de los candidatos de la derecha y la izquierda que llegan a cuatro semanas de la elección, con Peña Nieto arriba por 18 o más puntos sobre un remoto segundo lugar que ya parece destinado a López Obrador, por encima de Vázquez Mota.

Ello, otras tantas semanas de fuego graneado contra el puntero priista, sin mayores efectos en las preferencias.

Ahora tienen la presión de bajar al puntero en 28 días, y sus expectativas se nutren de la mezcla del ímpetu anti-Peña con que se adentran los jóvenes en el proceso electoral, y el predecible incremento de escándalos judiciales contra priistas, promovidos por el gobierno. “La ropa sucia se lava en mayo”, se titula un puntual recuento de “Reporte Índigo” sobre los casos contra personajes del PRI, que no se habían descubierto en 12 años de gobiernos panistas y que surgen, de la mano de Estados Unidos, asienta este medio, en estas vísperas electorales.

No es el caso discutir aquí si esas expectativas juveniles y judiciales se expresarán en votos. No suele haber correspondencia de plazas y redes desbordadas con las urnas. Y a estas alturas del proceso, el electorado suele descontar los escándalos judiciales como golpes de propaganda.

Más preocupante será entonces la violación de esas expectativas magnificadas hoy por políticos y medios, y sus efectos, tanto en el rechazo, acaso calculado, del movimiento juvenil a la suma de los votos, como en la frustración de una generación de jóvenes apenas llegados a la edad ciudadana.

José Carreño Carlón
MAY 30

Marcha que no está contra mí, está conmigo Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Calderón se jactó el lunes de que, a diferencia de lo que ocurre en el mundo, en México las protestas en las calles no son contra el Presidente sino contra otros, en alusión a Peña Nieto. Con ello el mandatario podía estarse jactando también del éxito de su estrategia para la temporada electoral. En efecto, logró desviar contra el PRI y su candidato, al menos en el sector ahora movilizado, el blanco de enjuiciamiento en todo proceso de elección presidencial: los saldos del gobierno en funciones, que en su caso ahora podrían pasar desapercibidos, o suponerse olvidados, aprobados o perdonados.

En este sentido, es tal el éxito de la estrategia presidencial que la movilización de esta tarde tendrá como foro para el reclamo de justicia electoral y transparencia informativa la Estela de Luz, con lo cual probablemente pensará el Presidente que la pureza de intenciones de los jóvenes habrá exorcizado ese monumento insignia de la opacidad, la corrupción y la impunidad del sexenio.

Con sus cuentas, el Presidente podría además ponerle fin a la discusión que se ha abierto sobre semejanzas y diferencias entre las movilizaciones de ahora en México y las de la Primavera Árabe, que tiraron a los gobiernos de Túnez y Egipto. Porque en las cuentas de Calderón, aquí no van contra su presidencia. Y si no van contra él, quizá suponga que están con él, en una paráfrasis pragmática del mesianismo que suele adueñarse de la frase evangélica de que el que no está conmigo está contra mí.

¿Jóvenes infalibles?

Y aquí hay que repetir el mantra no sólo políticamente correcto sino altamente compartible que celebra la participación política libre de los jóvenes que llegan a la edad ciudadana y ejercen sus derechos en favor o en contra de las opciones electorales de hoy. Y hay que darles la bienvenida también a los que arriban a la crítica de los medios, que empezamos a hacer hace tres décadas, así como a quienes desde los medios empiezan también a acusar recibo de los cuestionamientos de esta parte de la esfera pública.

Pero otra cosa es la condescendencia oportunista que trata de utilizarlos asumiendo que las apreciaciones de estos jóvenes son por definición justas, infalibles e incuestionables, o que su libertad de expresión supone la abolición de la libertad de expresión de quienes los critican. O, en fin, que ellos no son influenciables o manipulables, como si no lo fuéramos todos, o no estuviéramos todos expuestos a las estrategias de los competidores políticos o empresariales para atraernos a sus causas e intereses, lo mismo en los medios tradicionales que, ahora, en redes sociales.

Y aquí habría que volver a las cuentas del Presidente Calderón sobre las movilizaciones de estos jóvenes y los cálculos que se hacen en torno a ellas.

Si no están contra su gobierno, sino contra el PRI, incluso podría conjeturar el Presidente que impulsan un tercer periodo presidencial para su partido, el PAN. Aunque más bien podrían propiciar la llegada del PRD a la Presidencia.

Error de cálculo

Porque más allá del éxito de la estrategia del Presidente Calderón para desviar en este sector movilizado el blanco del enjuiciamiento y así sacar del escrutinio los saldos del gobierno en funciones, lo cierto es que el actual mandatario no puede escapar a ese enjuiciamiento en una mayoría del electorado, que es la que mantiene hasta ahora al PAN sin posibilidad de subir sus preferencias electorales. Y es esa mayoría la que mantiene también a la cabeza de esas preferencias a Peña Nieto, no por una conspiración mediática, sino porque es el que ha tenido éxito en promoverse como una alternativa viable y presentable frente a los saldos impresentables del gobierno en funciones. Pero las encuestas apuntan a otra alternativa: AMLO.

El cálculo más arriesgado en las cuentas del Presidente no es, sin embargo, que las movilizaciones anti-Peña terminen favoreciendo a AMLO, sino que terminen también favoreciendo, otra vez, un movimiento de rechazo al resultado electoral.

José Carreño Carlón
MAY 23

Por el botín de los que no lo vieron Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

No llega ni a 5% de la lista de electores el número de quienes siguieron el debate de los presidenciables en la tele: cuatro millones de 84 millones y pico. Y eso es lo que lleva a las campañas a desplegar sus estrategias para tratar de contarles a los otros 80 millones una versión apropiada a los respectivos intereses de cada candidato.

Y además de que así lo requieren sus desmesurados egos (si no, no estarían allí), a ello obedece que los cuatro candidatos se hayan asumido de inmediato en los medios como ganadores, o al menos se dijeran muy satisfechos con lo logrado. Ése es el sentido del llamado posdebate en el que ahora estamos sumergidos y que trataremos de encuadrar hoy en tres conceptos clave de la comunicación pública.

El primero de ellos explica la movilización de verdaderos ejércitos de los llamados líderes de opinión, erigidos de entre los cuatro millones que integraron la audiencia directa de las trasmisiones televisivas del domingo, como intérpretes y mediadores de lo trasmitido por los medios y en muchos casos como predicadores de la versión victoriosa de alguno de los candidatos. Y es así como les llega el relato de lo ocurrido a los que no vieron directamente la trasmisión, pero que se consideran las audiencias finales del espectáculo del World Trade Center.

Percepción selectiva

Nunca imaginaron los autores de este concepto de “comunicación en dos pasos” la gran evolución de este fenómeno a partir de las tecnologías de internet y de la aparición de las redes sociales. Claro, los “líderes de opinión” que Paul Lazarsfeld y Elihu Katz descubrieron en su libro Personal influence, de 1955, como intermediarios entre los mensajes de los medios y pequeños “grupos primarios”, son en 2012, en gran medida, los incansables emisores de mensajes a granel en las grandes comunidades virtuales que replican, interpelan o corrigen los mensajes de los medios convencionales y elogian o injurian a sus emisores.

Estos mensajes pueden o no provenir de activistas explícitamente reclutados por los cuarteles generales de las campañas, pero siempre quedarán encuadrados en sus estrategias. Y aquí aparece el concepto de la “percepción selectiva”, de acuerdo con el cual quienes ya tienen una opción definida tienden a ver a su candidato como el ganador del debate y así lo proclaman y lo argumentan en las redes y en los medios, con efectos multiplicadores que, en sinergia con las estrategias de las campañas respectivas, podrían llegar a tener efectos definitorios de una elección. Y tampoco imaginó seguramente la evolución que tendría esta percepción selectiva Joseph Klapper, quien la describió en su libro de 1960. Los efectos de la comunicación de masas.

Espiral del silencio

Uno de esos efectos definitorios que buscan los estrategas de las campañas con su activismo en el posdebate y su movilización de líderes de opinión en todos los medios es el de lograr que su versión del debate alcance el respaldo de una mayoría arrolladora que termine silenciando a quienes sostienen versiones diferentes. Se trata del fenómeno de “espiral del silencio” que se genera cuando callan quienes se perciben en minoría, por temor a disentir de una mayoría o por miedo al aislamiento social que supone enfrentarse a un coro ensordecedor de los que “vieron y oyeron”, es decir: percibieron selectivamente cómo el candidato por el que optaron impuso sus condiciones, o sacó el mejor provecho o francamente arrasó con los demás en el debate.

Y aquí sí parecería que esta vez todos los competidores por el botín de las percepciones de los que no vieron el debate (y también de los que lo vieron) han podido competir con sus versiones en un terreno razonablemente parejo de medios convencionales y medios sociales. Y que todos han logrado desarrollar estrategias y herramientas de comunicación eficaces para tratar de “mayoritear” o evitar ser “mayoriteados” y por tanto acallar o ser acallados en esa espiral del silencio desarrollada en Alemania por Elisabeth Noel-Newman en los años setenta.

José Carreño Carlón
MAY 9

Wal-Mart, medios y campañas Por José Carreño Carlón opinion@informador.com.mx

Si en el debate poselectoral de 2006 Wal-Mart se deslindó de la promoción que sus accionistas de la familia Arango hacían en favor del triunfo del candidato presidencial panista Felipe Calderón, hoy podría ser la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, quien podría deslindarse de Wal-Mart y de la promoción que hagan de ella sus accionistas.

Nada personal. En el curso de la polarización y las movilizaciones de AMLO contra todo lo que oliera a aval de la victoria de Calderón, el gigante comercial estadounidense dejó claro que no le convenía asociar su imagen a uno de los bandos. Sobre todo porque el bando contrario presionaba con marchas, plantones y una violencia verbal que llenaba de oprobio al candidato declarado triunfante y a quienes respaldaban o simplemente aceptaban el estrecho resultado electoral de 2006.

Hoy, a la inversa, en el estado actual de la campaña panista, nada menos indicado que ver asociada a su candidata presidencial a una empresa sometida en EU a investigación penal y puesta a juicio en los primeros planos de los medios mexicanos, después de que el The New York Times colocó el domingo en su portada, y en la agenda global, las investigaciones judiciales estadounidenses. Este tema central de la agenda mexicana viene a ilustrar las evidencias de las relaciones determinantes de la comunicación con todas las formas de poder.

El poder de los medios

La primera evidencia es que tanto el poder de mercado en la economía como el poder político en el mercado de los votos, se afianzan en procesos de comunicación tendientes a producir entornos favorables de opinión, a través de los medios, con miras al dominio de un espacio social. De allí el énfasis de 2006 del vicepresidente de Asuntos Corporativos de Wal-Mart, Raúl Argüelles, en los “estrictos códigos de ética” en los que la empresa decía basar su “actitud de imparcialidad en el proceso electoral” mexicano. Y de aquí —de esta percepción de hoy de que no habrían funcionado aquellos estrictos códigos de ética, y de sus consecuencias— el brutal castigo de los mercados al valor de las acciones de la corporación, tanto en Wall Street como en la Bolsa Mexicana.

Una segunda evidencia es el poder de los medios como administradores de la reputación de los actores económicos, políticos y sociales. Bastó que el The New York Times decidiera que tenía elementos para dar este golpe a la reputación y a los entornos favorables construidos por Wal-Mart en todo el mundo, para que los medios mexicanos hicieran su parte en el juicio paralelo al de los tribunales de EU. Y ese poder de los medios de administrar la reputación de los demás se dirige ahora contra todos los actores mexicanos que pudieran estar relacionados no sólo con los sobornos bajo investigación en EU, sino con cualquier actividad de la empresa y de sus accionistas.

Campañas y control de daños

Y aquí estaría una tercera evidencia: con la administración de la reputación de los demás, los medios y los procesos de comunicación tienen la capacidad superior de asignar y restar poder, y esto se pone de manifiesto en el juego del pragmatismo del gran capital y su tendencia a apostar a las campañas de toda opción política con poder o expectativas reales de poder. Y aquí están nuestros medios ejerciendo su poder de administrar la reputación de los demás para dar o restar poder. Unos, los más, encuentran en la inacción del Gobierno federal panista ante los descubrimientos estadounidenses de corrupción mexicana, las pruebas de la complicidad entre la empresa y las campañas del PAN. Otros ya descubrieron ligas familiares y de negocios de Wal-Mart con el gobierno perredista del DF y también con sus campañas. E incluso no falta quien encuentra ligas con la campaña del PRI, porque una directiva de la corporación estadounidense acudió a un acto de campaña de Peña.

Pero para Wal-Mart y sus contrapartes mexicanas es la hora del control de daños, no de erradicar las causas de la crisis. Hasta la siguiente.

José Carreño Carlón
ABR 25