El enemigo que Felipe Calderón construyó en el imaginario popular es inexistente. No hay un grupo definido de malvados frente a los buenos ciudadanos. Lo que hay es una ausencia de Estado.
Sí, es verdad, es frase masticada, pero ahora es más claro que nunca, con la reciente decisión de meter al Ejército y a las fuerzas federales a Michoacán, en coordinación con el Gobierno estatal. ¿Por qué? Por el tipo de reacción de los grupos de autodefensa.
¿Qué hicieron estos grupos? En La Ruana, una de las comunidades en donde mejor y más organizados estaban, se hicieron a un lado. Cuando los periodistas le preguntaron a Hipólito Mora si dejaría al Ejército tomar el control de la seguridad, el agricultor respondió como si le estuvieran preguntando sandeces.
“Pues claaaaaro, si ellos son los que están entrenados para eso”, dijo el líder del grupo de autodefensa y celebró la posibilidad de volver a trabajar en el limón. Pero también, con una sensatez de la que carecen muchos estrategas de seguridad, advirtió que seguirían por ahí, sin notarse, porque aunque confían en el Ejército, saben que sus integrantes no conocen la zona y a los lugareños. En otras palabras: de todas formas se necesita a la Policía de proximidad.
La entrevista y la actitud de Mora complementan otro documento informativo: un video en el que el líder de Los Caballeros Templarios, conocido como “La Tuta”, se deslinda de los grupos de autodefensa y exige que el Gobierno cumpla con su deber.
En La Ruana dicen que los templarios los quieren matar. Los templarios dicen que en La Ruana hay gente infiltrada de cárteles de Jalisco. Es una situación extrema de un fenómeno social cotidiano: grupos contra grupos, intereses encontrados, sectores enfrentados. La diferencia es que ahí están armados y no hay Gobierno articulador de diferencias ni Estado monopolizador de la violencia.
Lo interesante de los dos documentos informativos es que ambos bandos piden a gritos la presencia, justa y clara, de autoridades reconocibles y fuertes para acabar con la violencia.
“La Tuta” lo dice sin ambages: “No lo pedimos por miedo —dice—, somos tan hombres como los otros, pero es tiempo de que pongan orden”. Pero eso sí, no cualquier orden. Un orden imparcial. Lo expresa con claridad este señor: “No sean juez y parte” es una de las frases más repetidas en su video. Y eso, tomar partido, es lo que sienten que hicieron el Ejército, los gobiernos municipales, las autoridades estatales: primero favorecer a un grupo criminal y después, desentenderse del polvorín provocado.
El escenario es optimista. La estrategia del Gobierno federal incluye a las autoridades estatales, no incluye sólo la faceta directa de seguridad y, por lo visto, tiene canales con los grupos sociales involucrados. Eso puede reconstruir a la autoridad y a la paz. Y no es tan difícil: sólo tienen que cumplir con su deber.