Cuando en Palacio Nacional el Presidente Enrique Peña Nieto presentó el discurso que inauguró su sexenio y anunció sus “13 decisiones”, ganó un peso especial la reforma educativa; la lectura de aquella parte del mensaje invocó un rostro, el de Elba Esther Gordillo. Apenas un día después salió adelante, contra muchos pronósticos, el Pacto por México, un acuerdo signado por los titulares de los tres partidos políticos más grandes del país: PRI, PAN y PRD. Se trata de un documento que también incluyó el asunto educativo.
Las reacciones en los días posteriores al arranque de la administración peñanietista abarcaron todo el espectro: desde la abierta duda y condena, hasta el optimismo incontenido.
Es innegable que la nueva administración federal hereda la reconocida habilidad priista para dar golpes efectivistas en la agenda mediática, esos que permiten crear una percepción positiva sobre sus acciones y proyectos. Y es el caso de la reforma en materia de educación, que ya fue públicamente presentada por Peña Nieto, comentada por el secretario de Educación Emilio Chuayffet, y aparentemente avalada por la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, el antipopular SNTE.
Y es que a pesar de las razonables dudas que despiertan los muchos propósitos de Peña Nieto, ¿qué personaje político o fuerza partidista se puede oponer a una reforma que pretende corregir las deficiencias de la educación mexicana? El ambiente será favorable a la propuesta presidencial… hasta que llegue el momento de entrar en detalles.
Es importante aislar el ambiente político que se configura en torno a la reforma educativa: aunque Emilio Chuayffet subraya que no se trata de un ataque a Elba Esther Gordillo, la lideresa moral del SNTE provoca con su silencio una clara tensión que se agudizará con el paso de los días. Por otra parte, los dos rasgos sobresalientes de esta reforma, la evaluación a los maestros y la creación de un servicio de carrera magisterial, atacan directamente el complejo esquema de privilegios que construyeron las cúpulas del SNTE y que le ha permitido a este sindicato convertirse en una de las organizaciones políticas más fuertes del país, con capacidad incluida para poner en vilo a gobernadores, someter a alcaldes, dominar grandes espacios de poder público (alcaldías, diputaciones, etc.) y rechazar abiertamente decisiones presidenciales que afectan sus intereses.
El mensaje central de Peña Nieto es que el Estado se propone recuperar la rectoría de la educación en México. Lo que está implícito en este objetivo es que el Estado no tiene esa rectoría, que por alguna o muchas razones, la perdió; por lo tanto, ¿quién se apropió de ésta? Imposible no pensar en Elba Esther Gordillo y el SNTE.
¿Es posible detener el deterioro del sistema de educación básica y corregir la deficiente administración de los multimillonarios recursos que cada año se le inyectan sin que los niños y jóvenes mexicanos reciban una formación medianamente competitiva, todo esto sin desmontar la pirámide de intereses y los acuerdos fácticos entre SNTE y autoridades estatales y federales?
El reto de la reforma educativa, que parece haber agotado la inicial buena recepción pública, es enorme.