Demasiado cristiano Lunes, 17 Septiembre 2012 por Jaime García Elías

Su muerte, en México, casi no fue noticia. Y se explica: Carlo María Martini, en México, era casi un ilustre desconocido...

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Si es cierto, como dicen, que el Espíritu Santo, a través de los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio, designa al Papa, es probable que el mismísimo Espíritu Santo haya estado indeciso (deshojando la margarita, permítase la expresión) durante el interregno posterior a la inopinada muerte de Juan Pablo I —“el Papa de la Sonrisa”—: “¿Wojtyla...? ¿Martini...?: that is the question!”. Al cabo de largo pontificado de Juan Pablo II (Wojtyla, obviamente), la figura de Martini seguía siendo gigantesca, como lo fue hasta su muerte, ocurrida el pasado 31 de agosto.

Al día siguiente, el “Corriere Della Sera” difundió una entrevista, realizada tres semanas antes, con el que desde 1979 fuera cardenal arzobispo de Milán. “El intelectual de la Iglesia”, como también se le llamó, hacía un diagnóstico de la dos veces milenaria institución: “La Iglesia está cansada, en Europa y en América. Nuestras iglesias son grandes; nuestros conventos están vacíos, y la burocracia de la Iglesia aumenta”... En consonancia, seguramente, con la inspiración que tuvo Juan Pablo II al convocar, hace 60 años ya, al Concilio Ecuménico Vaticano II; con el “aggiornamento” (la puesta al día) como consigna, Martini planteaba tres vías para vencer la fatiga que acusa la Iglesia: “La Iglesia —proponía en esa entrevista— debe reconocer sus errores y seguir un proceso de cambio radical, empezando por el Papa y los obispos. Los escándalos de pederastia nos empujan a emprender un camino de conversión. Las preguntas acerca de la sexualidad y todos los temas relacionados con el cuerpo (la inseminación artificial; el uso de preservativos para prevenir el SIDA; la donación y transplante de órganos; la eutanasia; la muerte asistida...) son un ejemplo. Estos son importantes para todo el mundo, y en ocasiones tal vez son demasiado importantes. Deberíamos preguntarnos si la gente (en México, por ejemplo, donde las estadísticas indican que el 70% de las mujeres en edad reproductiva utilizan métodos de control natal que la Iglesia abiertamente reprueba) sigue escuchando los consejos de la Iglesia en materia sexual”.

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Martini se planteaba “si la Iglesia sigue siendo una autoridad o sólo es ya una caricatura en los medios”. Deploraba la “discriminación” sistemática de la Iglesia a los católicos divorciados y el rechazo rotundo a los matrimonios entre personas del mismo sexo. “Si dos personas gais desean firmar un pacto para dar una cierta estabilidad a su pareja —se planteaba—, ¿por qué queremos que no sea así?”.

Ese era Martini: demasiado libre; demasiado cristiano, tal vez, para ser Papa.