La tendencia a la confirmación es un fenómeno mental, que “concierne a nuestra forma de filtrar indicios a favor o en contra de las diversas teorías e hipótesis, y de considerar más sólidos o relevantes los que respaldan lo que ya creemos, que aquellos que lo socavan. De hecho, podemos llegar a prestar escasa o nula atención a pruebas en contra, centrándonos casi exclusivamente en las que reafirman nuestras convicciones previas”. (¿Se creen que somos tontos?, Julian Baggini, Ed. Paidós)
Uno de los problemas que implica la revolución de la información en su etapa digital es, precisamente, el exceso de información, el cual, aunado a un deficiente entendimiento de la epistemología —doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico—, provoca notarialmente y a manera de pandemia, errores como la tendencia a la confirmación de la que aquí hablamos. Amén de las causas, como lo es el deficiente sistema educativo, no se ha visto una propuesta seria de políticas públicas para atacar el problema que representa la necesidad de saber filtrar información según reglas del conocimiento científico, ante un complejo e inteligible mar de información.
Por otro lado, el mismo autor señala algo de capital importancia: el creyente es mucho más susceptible a caer en este error que el no creyente. También pone como ejemplo del fenómeno de confirmación, al tema de las armas de destrucción masiva en Iraq. Pero en México tenemos nuestros propios ejemplos. Hay quienes creen en un fraude electoral con base en indicios tales como patos, chivos, pollos, cerdos, etcétera, menospreciando los indicios que no le dan verosimilitud a su postura; quienes caen en paranoias tales como la generada recientemente en redes sociales, en atención a supuestos hechos de violencia indiscriminada en Ciudad Neza (confirmación de violencia); y en general, los derivados de la pereza intelectual a la que estamos acostumbrados. Estoy seguro que al lector no le costará mucho trabajo encontrar otros casos recientes donde parte de la opinión pública o del ánimo social, se ha ido con la “finta” de forma muy difícil de explicar.
Es relativamente fácil evitar esta trampa mental en la consecución de nuestras creencias y posteriores decisiones relevantes: Tomando en consideración, que para el no creyente en lo susceptible a confirmarse, resulta mucho más sencillo abstraerse del fenómeno, es menester para el creyente procurar colocar honestamente todos los indicios de los hechos en un plano de equivalencia valorativa (por más chocante que resulte) y además si es posible, contrastar su posición final con la de un no creyente. Para ello, es prerrequisito entender que el criterio de verosimilitud es al que más nos podemos acercar tratándose de conocimiento. Así, nadie es, ni puede ser portador de la verdad absoluta, pero al evitar trampas como la que aquí se explica, el resultado será mucho más cercano a la realidad y por lo tanto la decisión correspondiente será mejor, tanto en el contexto individual, como en el social.