Grafito Lunes, 20 Agosto 2012 por Jaime García Elías

Podría decirse, puestos a buscarle el lado amable al asunto, que el tapatío trae al grafito (el vocablo castizo, para evitar los barbarismos “graffiti” o “grafiti”) en los genes. En la tierra de Orozco (si no la natal, sí la adoptiva, donde “El Manco de Zapotlán” plasmó lo mejor de su obra), se explica que los artistas plásticos busquen desesperadamente espacios abiertos, para compartir con sus coterráneos los mensajes subyacentes en sus murales. Lo de menos es que éstos estén condenados a ser efímeros, bien por culpa de los vándalos que los ensucian, rayan, maltratan, pintarrajean o simplemente descuidan, o bien por obra y gracia de los elementos... y, al final de cuentas, del tiempo.

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Por supuesto, faltaría distinguir entre el “grafito artístico”, al que se reconoce cierto valor estético —al margen de que, en muchos casos, se trate de reproducciones de composiciones hechas con pintura en aerosol por “artistas urbanos” de Los Angeles, Nueva York, Madrid o Roma— y el grafito a secas. La Academia define a este último como “letrero o dibujo grabado o escrito en paredes u otras superficies resistentes, de carácter popular y ocasional, sin trascendencia”. (En Roma, en una barda a la orilla del Río Tíber, amaneció una mañana un rótulo estridente: “Francesca, sei una putana”. Pocos días después, al calce, con letras más pequeñas, con la misma caligrafía, amaneció el corolario: “Ma ti amo”... ¿Hay necesidad de decir que la teórica intrascendencia del grafito que plantea la Academia, admite hermosas, soberbias, memorables excepciones...?).

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El tema del grafito en Guadalajara y anexas, como manifestación vandálica, se deslizó subrepticiamente entre los temas informativos de la semana, por la enésima intentona de atajarlo mediante penalizaciones más severas, a partir de que se trata de un delito (daño en propiedad ajena o daño en las cosas)... o mediante la cacareada “concientización”. Lo primero es punto menos que imposible: uno de los componentes esenciales del grafito es el clandestinaje: la habilidad de sus autores para perpetrarlo cuando los vecinos duermen... y cuando los policías pestañean. Lo otro se queda en el terreno de las buenas intenciones, porque el grafitero, al decir de los estudiosos de fenómenos sociales —y, al cabo, del alma humana—, hace constar, en sus agresiones al patrimonio ajeno y en las “marcas” de su territorio, la revancha del individuo ante la incapacidad de las autoridades y de la sociedad en general, para hacerlo sentir que esa ciudad a la que sistemáticamente daña y afea, es —como sucede en donde aún se practica el civismo, entendido como todo acto de respeto a los demás ciudadanos— la extensión de su propia casa.