Tuvo que venir el CEN del PAN a poner orden en los equívocos y ambigüedades con que Felipe Calderón parecía poner la Presidencia de la República a remolque del convoy de López Obrador. Y lo hizo justo antes de que AMLO desate mañana jueves su esperada aceleración, a toda marcha, en ruta contra el proceso electoral y sus resultados, con la pretensión final de embestir de frente el convoy ganador de Peña Nieto.
En su frenética irrupción en el debate poselectoral, Calderón fue escalando día a día una santa indignación anti-PRI que pareció anticipar una respuesta afirmativa a la petición del PRD de ir junto con el PAN en la impugnación a las elecciones. Y, lo más grave, pareció también avalar con la firma presidencial las acusaciones de AMLO de la hasta ahora supuesta compra de votos en favor del candidato priista. Además, el desplante presidencial se constituyó en una presión indebida sobre la Fiscalía Especializada para Delitos Electorales, dependiente del propio Ejecutivo, y sobre el Tribunal Electoral, que no ha terminado de recibir las impugnaciones al proceso.
Claro, la dramatización presidencial alcanzó tal valor noticioso —y entusiasmó tanto a los seguidores de AMLO— que medios y activistas dejaron en un plano perdido el matiz, expresado por el mandatario en letras chiquitas, sin énfasis ni entusiasmos, de que nada de lo dicho, actuado y sobreactuado por el Presidente, significaba que fuera a cambiar el sentido de la elección.
Las cartas sobre la mesa
La resolución de antenoche del CEN del PAN marcó el final del juego —doble— del Presidente Calderón con López Obrador. Y con la anunciada decisión de AMLO, a concretarse este jueves, de exigir la anulación o la invalidación de las elecciones, quedaron definidas, al parecer, las estrategias de las dos grandes fuerzas políticas derrotadas en la elección, en contraste con la estrategia del candidato ganador. Éstas parecen ser las cartas sobre la mesa:
Todo indica que AMLO apostará mañana todo a la configuración de un escenario de suma cero en el que no aceptaría nada menos que la anulación o la invalidación de las elecciones. Al efecto transitará tanto por el carril jurídico, por precarias que sean las bases de las impugnaciones ante el tribunal, como por el carril de las movilizaciones, hacia una doble trampa: habría caos si no se atiende a la presión de la calle de anular la elección, o habría crisis de transmisión de poderes si se cede a la pretensión de invalidar el proceso electoral.
A su vez, la estrategia del PAN consistió, hasta el lunes, en aparentar ir con la izquierda e incluso alentarla su protesta —y allí se explicaría el doble juego del coqueteo calderonista con AMLO— con miras a mantener en la calle a los lopezobradoristas y alejar a esa segunda fuerza electoral del juego parlamentario. Ello le permitiría a la derecha erigirse —desde la tercera fuerza electoral— en el interlocutor privilegiado del nuevo gobierno a la hora de acordar la agenda nacional. Ahora el PAN probablemente endurecerá o flexibilizará sus impugnaciones como arma de negociación, para propiciar o encarecer los acuerdos con el nuevo gobierno y su primera fuerza parlamentaria.
Lo engañan, señor…
Mientras tanto, la estrategia de Peña Nieto parecería ser la misma de la campaña: afirmar su agenda de gobierno desde la posición del ganador y no comprar agresiones ni del presidente, o mucho menos del presidente. Al rebrote antipriista que afectó a Calderón en días pasados, Peña respondió con la fórmula del presidencialismo priista que no admite en público equivocación ni dolo propios en el portador de la banda: —Lo engañan, señor presidente, con el cuento de la compra de votos, lo apaciguó.
Pero todavía no se ven salidas al futuro entre las invocaciones al pasado que agobian el debate público: el pasado del PAN que no termina de irse, el pasado que todavía se teme con el regreso del PRI, y el pasado que ya nos alcanzó otra vez, del desconocimiento por AMLO del veredicto electoral. ¡Uf!