Es innegable que Enrique Alfaro tiene un gran talento político. Al margen de los partidos que disponen de una fuerte estructura logró meterse en el segundo lugar de la carrera para gobernador y quedó más cerca del primero que del tercero.
No salió de la nada ni se “inventó en sólo 90 días”: desde hace al menos un par de años se hablaba de él como de un candidato que “podría darles un susto…” y el pronóstico se cumplió. Desde tiempo atrás se había hecho fuerte en Tlajomulco, habiendo llegado ahí como parte de la hueste del PRI y, a partir de ese bastión, se proyectó a una buena parte de Jalisco. No a todo, por cierto, y ahí estuvo lo que le hizo falta.
Pero quizá lo más sorprendente fue su capacidad de jalar votos pertenecientes a otros candidatos y de sumar bandos en principio antagónicos de raíz.
Supuestamente su base era la izquierda jalisciense o un gran cacho de ella. Con él andaban muchos nombres reconocidos como progresistas y perseguidores, no del “bien común” panista, sino de la “justicia social”. Algunos de ellos en verdad impolutos, otros no tanto, y no faltaron algunos que dejan un fuerte hedor a su paso. Con base en ellos consiguió incluso el respaldo de López Obrador, lo que no dejó de atraerle partidarios que lo prefirieron a él por encima del ex panista Fernando Garza. De hecho la filiación original blanquiazul de éste le ayudó sobremanera a Alfaro.
Sin embargo, a fin de cuentas, la mayoría de los votos por él provino de grupos panistas que abandonaron a Fernando Guzmán. Es curioso que sectores tan conservadores votaran por el candidato de AMLO, a quien antaño y ogaño han tenido como “un peligro para México”. Recuérdese la nutrida votación que obtuvo en el distrito 10 y en numerosas casillas del 8, donde el PAN arrasa siempre. En la que yo estuve laborando, por ejemplo, Alfaro sacó el mismo número de votos que Bebeto para presidente municipal, mientras Guzmán caía estrepitosamente.
Creo que se equivoca mi admirado Diego Petersen cuando dice que este voto diferenciado habla de “una madurez política como la que nunca hemos tenido”. Más bien es lo contrario: alguien dio la consigna y monjitas, amas de casa y demás panistas recalcitrantes obedecieron a pies juntillas. Es decir: habla de un borreguismo del que no nos hemos podido desprender.
Petersen, con su gracia natural, dice con tino que Alfaro es “una buena marca”. Mi pregunta es ¿quién es el dueño de ella? Dicho de otro modo: en caso de haber ganado y se hubiera tenido que poner a favor o de la izquierda o de la derecha. ¿Cuál de las dos se habría quedado con un palmo de narices? En otros términos: a la hora de la verdad ¿hubiera seguido a Emilio y a los fraccionadores o a López Obrador y la muchachada que, llena de ilusiones, tiene a su alrededor?