Antes del proceso electoral mi voto se inclinaba por anular todas las boletas con independencia de mis fobias, filias o neutralidades respecto de los candidatos que cada partido eligiera. Esta postura no era gratuita: la llamada partidocracia (otra práctica monopólica a vencer) cerró todos los partidos a su natural relevo generacional y/o de ideas y con ello, se condenaron al pasmo retardatario que vemos por consecuencia en el Congreso, a pesar de la nítida y enervante crisis estructural en la que nos encontramos. Y a cambio de esa cerrazón –que ha perjudicado muchísimo al país–, obtuvieron como contraprestación el mantener el control de sus partidos y consolidar y ampliar sus cotos de poder. No en balde surgió el movimiento #YoSoy132 al no existir para esta elección válvulas de escape (como las candidaturas independientes) para darle cauce a los efectos de dicho entrampe.
No obstante, anular para mí no tiene valor por sí mismo; es solo una simple táctica política al alcance del gobernado y por lo tanto su criterio de calificación es su idoneidad o no, dependiendo de la circunstancia. Además, no considero reprochable –bajo cualquier perspectiva– anular, en todo caso lo considero riesgoso, ya que se deja en manos de otros el resultado. Igual riesgo se corre al abstenerse, pero con la diferencia de que en este último caso, no se plasma la protesta. De ahí la conveniencia de acudir a las urnas, se haga lo que se haga con cada boleta.
Decía arriba que mi voto afín previo a las campañas era anular y en efecto así lo haré; pero solo parcialmente. Las campañas no lograron hacerme cambiar de opinión para diputados locales y federales, ni para senadores. Las opciones que corresponden al distrito donde votaré (octavo de Jalisco) y las candidaturas al Senado me parecen tan igualmente tóxicas que no tengo ningún inconveniente en encomendar dicho resultado al azar o a la decisión de los otros. Lo anterior lo afirmo, sin desconocer la importancia que tienen los congresos (local y federal). No obstante, en general los perfiles de dichas candidaturas pronostican legislaturas fácilmente controlables por sus partidócratas; situación que paradójicamente le resta importancia al poder, donde la estructura nacional y local ha de ser actualizada. No olvido que hay gente valiosa candidateándose para hacedora de leyes por la que hubiera votado de ubicarme en otro distrito, como por ejemplo Macedonio Tamez por el Distrito 4 local en Jalisco, y tantas otras personas que el lector conocerá.
En este sentido, a mi parecer, las candidaturas a los ejecutivos (presidencia, gubernatura y alcaldía) cobran especial importancia en esta contienda dado que, según el tipo de liderazgo y la capacidad de autocontrol del elegido (no hay mecanismos efectivos de limitación especialmente en las entidades federativas) veremos gobiernos, más o menos autoritarios, arbitrarios e irresponsables, con independencia del partido (todos cargan con pesos muertos notables, si bien los más visibles son los del PAN por ser el partido de más recientes gobiernos ejecutivos). Así pues, las candidaturas de Josefina Vázquez Mota, Fernando Guzman y Alberto Cárdenas me convencieron de no anular mi voto. Para mí, sus flaquezas y debilidades (que todos tenemos), son superadas por sus cualidades que son muchas más que las otras, de las cuales resalto la honradez, entendimiento de la importancia de la legalidad y la capacidad y conocimiento del arte de negociar, para mí un elemento esencial para los tiempos que están por venir: el carisma, el maniqueísmo y el impulso irreflexivo con tintes de venganza, no son parte de la solución.
El domingo iré a votar. Ojalá se respete lo que digan los árbitros (IFE, IEPC) y se acate lo que resolverán los tribunales electorales respecto de las contiendas jurídicas que se avizoran. Es momento de dejar atrás los desencuentros y de recordar que los políticos no valen tantos corajes ni molestias, amén de lo estrafalario y dañino que es vivir en el pasado. En todo caso, el voto es sólo un mecanismo de selección de líderes que nos pueden jugar a favor o en contra, pero la realidad es que si queremos rediseñar al país, el 1 de julio debe de considerarse también como la fecha de inicio del proceso para crear el antídoto, tanto para el veneno que beberemos simbólicamente al votar (limitando a los gobernantes e impulsando en los congresos las agendas ciudadanas), como para aquel que nos hace ser tan serviles en prejuicio de la construcción política de un México democrático.