Ya se llegó la semana y todavía hay muchos mexicanos (debo confesar que me incluyo, me avergüenza) que no deciden por quién votarán el domingo. Y es que, a pesar de la vigorosa entrada de los jóvenes estudiantes en el proceso electoral, la parte medular de esta renovación de autoridades quedó intocada: salvo a su voto duro, los candidatos entusiasman poco y las diferencias entre ellos no son importantes.
Aquí es cuando saltan más de dos lectores para decir que cómo va a ser igual el representante de un partido que gobernó más de seis décadas con prácticas autoritarias a la abanderada de un partido que trajo la alternancia o al gallo de lo que se supone es la izquierda mexicana.
Pero es verdad. Las diferencias que tienen no son definitivas para la vida del país. Si me apuran, creo que la principal diferencia sustantiva tiene que ver con la manera en la que abordan la religión y lo público, pues Enrique Peña Nieto sí defiende la impartición de clases de religión en las escuelas como un derecho de la colectividad y el resto de candidatos se opone tajantemente a ello para defender al Estado laico.
¿Esto qué quiere decir? Que la elección, o mejor dicho, el resultado de la elección, no traerá consigo un impacto sustancial en el rumbo del país. No solamente porque no existen abismos entre los grandes proyectos (si acaso son matices sobre la universalidad de los programas de apoyo o el orden de factores a apoyar para impulsar la competitividad internacional), sino porque además la elección está en tercios y eso se verá reflejado en la cámara.
El más grande impacto se produciría si gana Andrés Manuel López Obrador pero no porque pueda darle un viraje al país como asegura, sino porque sería la primera vez que ese partido asume la Presidencia y la estructura misma de la burocracia se vería cimbrada. Sería un sacudidón entre funcionarios y clase política.
Fuera de eso, esta elección no determina cambios históricos, virajes a la derecha, a la izquierda o al pasado. Esta elección es una elección sin tragedia.
Enrique Alfaro
El trabajo de Enrique Alfaro en el sistema político de Jalisco es notable. No tiene que ver solamente con la elección de este domingo. Independientemente del resultado, el ex alcalde de Tlajomulco cambió la estructura partidista del Estado. Nunca se había visto que un partido de izquierda fuera realmente competitivo en la Entidad y que además, ese partido de izquierda no estuviera ligado al llamado Grupo UdeG (estará ligado a otros temas, pero ese es otro cantar). Alfaro, gane o pierda la elección, será sin ninguna duda un actor fundamental para la vida pública en los próximos seis años.