Nos gustaba hacerle broma al maestro Arturo Azuela Arriaga en dos sentidos: que sus iniciales (triple “A”) sugerían su pertenencia a esa terrible organización que tantos estragos ha hecho en Centroamérica. Pero el escarnio preferido, dado que fue un hombre polifacético, era decirle que como matemático –sus estudios primeros– se había convertido en un buen historiador, como tal había pasado a ser un buen escritor y, finalmente, se había logrado convertir en un gran conocedor de música.
Sabía responder poniendo cara de malvado, con alguna cuchufleta respecto de la actividad de cada quien. Así se fue consolidando no solo una amistad, sino una auténtica fraternidad.
Entre otras cosas nos unía mi comentario de que era un chilango que no lograba dejar de ser jalisciense. También tenía una buena respuesta declarando que él era de Lagos mas no de Jalisco. Tenía razón: siendo nieto de quien era, el gran escritor de la Revolución, Mariano Azuela, se sentía enraizado en el solar nativo de su abuelo. De él se nutrió, precisamente, para escribir su primera novela que, según mi entender, resultó excelente. Trata justamente del tránsito de una familia –la suya– desde la Revolución en su hábitat provinciano hasta la capital en la que la matanza de Tlatelolco acaba dominando el panorama. Se trata de El tamaño del infierno (1973).
Hubo más, por supuesto. El conjunto de su obra le hizo ganar varios premios importantes dentro y fuera de México: destacan el Villaurrutia (1974), el Nacional de Novela (1978), el Libros de Otoño, en España (1983) y el Carlos V de Bélgica (1995). Fue también un promotor de las letras y de los libros; director de revistas y escuelas. Desde 1986 ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua y al Seminario de Cultura Mexicana, del cual fue presidente hasta su fallecimiento, hace ocho días.
Con facilidad, gracias a su bonhomía, logré superar los cinco años que me llevaba y Arturo estuvo mucho más cerca de ser mi cuate que mi maestro, no obstante que aprendí muchas cosas de su amistad. No tan solo por lo que hace a sus escritos –siempre enriquecedores– sino su conversación sustentada siempre por su interés en mis quehaceres y el mío por sus experiencias.
A diferencia de algunos parientes suyos que se han cargado a la derecha e, incluso, han sido abyectos seguidores de los últimos y nefastos gobiernos, mi querido Arturo estuvo más bien cargado al otro lado: comprometido con los más necesitados y hecho a la búsqueda del progreso colectivo y no solamente de unos cuantos. Ello le costó algunos tropezones, pero nunca se quejó.
Con su muerte, aquella consabida frase tiene en su caso valor real. No desaparece pues sus libros darán fe de él siempre. ¡Descanse en paz, que bien ganado se lo tuvo!