Se pregunta José Manuel Villalpando (Juárez, Editorial Planeta) en el inicio de su prólogo: “¿Cuál es la visión de Benito Juárez que debemos tener los mexicanos de hoy?”. A lo cual el mismo se responde de manera contundente: “La del primer gobernante verdaderamente modernizador de la nación”.
Figura de contrastes: amado irracionalmente por unos y odiado igualmente por otros (la visión del héroe adorado —como si de un santo laico se tratara— de los textos oficiales de la época de hegemonía revolucionaria, contrasta con la del villano destructor de la nación, de los textos usados en esos tiempos en los colegios católicos), al generador de la primera modernización mexicana; se le imputan notorias falsedades, así como se le atribuyen cualidades e ideas que simplemente no tenía o no le importaban.
Su entendimiento del momento histórico —la necesidad urgente de modernización so pena de comprometer la existencia del país (México fue centro de luchas mundiales en tiempos del imperialismo y estaba muy debilitado por su falta de identidad nacional) —, su habilidad política y notable inteligencia, su humildad, sobriedad, congruencia, pero sobretodo su perseverancia y tenacidad fueron características indiscutibles del oaxaqueño.
Sus grandes ideas y legado: igualdad ante la ley (desaparición de corporaciones y estamentos que legalizaban la desigualdad), el impulso a la clase media mexicana mediante el acceso a la compra de bienes inmuebles (prácticamente no había transacciones inmobiliarias en virtud de que ni la Iglesia ni las comunidades indígenas los comerciaban), libertad de prensa, el respeto de México en el mundo y con ello el inicio de la consolidación de nuestra identidad nacional, la gran importancia que le dio a la educación, como arma para salir de la ignorancia y la pobreza. Paradójicamente, Juárez comprometió muy seriamente la existencia del país con tal de encaramarse al poder e imponer su visión (al igual que sus adversarios de guerra buscó la asistencia extranjera y para lograr el favor de Estados Unidos firmó el aberrante tratado Mac Lane–Ocampo, mediante el cual prácticamente se entregaba la soberanía nacional, mismo que no fue aprobado milagrosamente por el Gobierno norteamericano por cuestiones de política interior) y cometió errores que derivaron a su vez en problemas dramáticos como la intervención. (El gobierno francés pretextó la moratoria de pagos para incursionar y luego tomar arteramente casi todo el territorio) Juárez pertenecía a los liberales puros o radicales, los cuales a diferencia de los moderados, no creían ni en el gradualismo ni en la reconciliación con el adversario (aún con el país destrozado no llamó a la unidad de los antiguos bandos).
Lastimó demasiado y le faltó magnanimidad a la victoria, llegando a la crueldad en muchas ocasiones. En términos actuales, se le podría catalogar como un vil revanchista, con lo que pospuso la pacificación del país cuando urgía más. También, su adicción al poder fue legendaria y no le interesaba el tema democrático: llegó incluso a cometer fraude electoral y se mantuvo en el poder por más de 14 años, los cuales hubieran sido más, sino es por su muerte.
El inicio de la expulsión del gobierno de los religiosos, si bien es algo loable y muy positivo, la forma de realizarlo polarizó terriblemente a los mexicanos: expulsó del país a obispos y derrumbó templos, entre otras dagas. En el sentido económico, sus ideas hoy podrían tacharse por la izquierda anacrónica, como las más neoliberales. No atacó (ni pudo hacerlo) directamente a la pobreza, sino que confiaba en que el sistema económico liberal luego se encargara de solucionarla. En este sentido, se le podría catalogar como un capitalista irredento.
En los albores de la revolución de la información y la globalidad económica, hoy México se encuentra paralizado. La modernidad está en crisis, cuando aquí ni siquiera la hemos degustado. Ello, de alguna manera se puede trasformar en fortaleza, si bien no siempre estará ahí la oportunidad de levantar miras y dar ese deseable golpe de timón, que sofistique y amaestre la modernidad, en lugar de destruirla. Ya no son tiempos de caudillos como lo fue el Benemérito, sino de ciudadanos modernizadores libres y activos, que entiendan no sólo la necesidad de modificarnos, sino el enorme valor de la democracia y la reconciliación para ello.
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Hoy cumplo cuatro décadas de vida. Julia, la niña más bella del mundo (que hoy también cumple años), Juan Pablo y Sergio, mis amigos más queridos y divertidos. Ustedes son mi motor.