El porrómetro Viernes, 20 Mayo 2011 por Sergio Aguirre
El Estado nación tal como lo conocemos, se encuentra en una crisis generalizada mundial. Por ello, el problema no es endémico de la “ínsula mexicana”, como les da por afirmar a tantos personajes. La crisis no sólo obedece a que el viejo sistema ha resultado poco dúctil para encausar la dinámica y complejidad global, sino que además no se ha comprendido, o más bien, no se ha querido entender a la llamada revolución de la información, la cual afecta de manera sustancial al sistema democrático tradicional.
En efecto, dicha revolución al facilitar la formación de una opinión pública mucho más realista, informada y genuina, le da nuevos bríos al principio de representación y además disminuye los peligros que antes significaban algunos mecanismos de democracia directa o participativa.
No sólo en países no democráticos o en proceso de consolidación, sino incluso en aquellos con democracias evolucionadas, el común denominador de la clase política ha sido reaccionar al estilo avestruz al de plano negar dicha revolución, bien tratando de limitarla ingenuamente o incluso en un desplante de cinismo, tratar de montarse en ella para legitimar sus propias “revoluciones” personales, de tal suerte que la palabra revolución también se utiliza de manera indiscriminada para casi cualquier cosa.
Si bien incluso en algunos países cuyo sistema democrático facilita los acuerdos y el diálogo entre sus fuerzas políticas, sus gobiernos no han podido generar suficientes políticas gubernamentales para afrontar adecuadamente esos retos, en lugares como en México, donde la regla general es el monólogo y el desacuerdo; la situación es catastrófica. Los partidos políticos fuera de meterle el pie al vecino, no hacen otra cosa más que afirmar sus supuestos principios de manera dogmática, como si la ultra endogamia fuera la respuesta para detener a la revolución de la información. Asimismo, nuestros legisladores prefieren no modificar las políticas públicas sino congelarlas prácticamente a manera de chantaje. En otras palabras: nuestro Congreso no legisla, echa porras: el Congreso de la Unión se ha convertido en un porrómetro.
La endogamia como reacción se ha materializado en la contrarreforma electoral pasada, al reforzar el monopolio de la política por los partidos en prejuicio de los ciudadanos y ahora más recientemente en la negativa para aprobar las candidaturas ciudadanas, entre otros métodos de democracia directa. Dichos métodos directos que antes parecían complementarios e incluso en algunos casos no muy idóneos, han sido revestidos de utilidad en combinación con los nuevos medios de comunicación electrónicos y en concreto con las mal llamadas redes sociales.
El movimiento “no les votes” en España, si bien obedece a las particularidades de dicha nación, parece un prolegómeno de lo que ocurrirá en México, ya que desgraciadamente todo indica que la clase política mexicana va a optar por el conservadurismo al no reformar nada, cuando lo que se necesita es precisamente lo contrario: innovar. CARGANDO COMENTARIOS...