Sábado por la noche Por El Informador opinion@informador.com.mx

Zhaotong

Por: Roberto Gallegos

Sábado por la noche. La juventud tapatía está ansiosa por festejar y desatar su energía en los diversos clubes de baile y discos que hay por toda la ciudad. Entre ellos yo, que a mis 18 años puedo ingresar legalmente a cualquier lugar que quiera. Bueno, cambiemos eso de “a cualquier” por “algunos” y a esos “algunos” pongámosles un: DEPENDE.

A las afueras del antro Bosse mi amigo Fernando aboga por mí para que me dejen entrar, pues mis zapatos o mi apariencia no son los suficientemente “adecuados” para cumplir con las normas de vestimenta del lugar. No soy el único, existen decenas como yo que gritan como desesperados para llamar la atención del guardia y juez de la puerta llamado Poncho: “Poncho aquí”, “Poncho, déjanos entrar”, “ándale Ponchito”, se puede escuchar con diferentes tonos de voz la súplica que proviene de las voces de los jóvenes adolescentes que desean entrar. Poncho, un adulto de 30 años con un audífono en la oreja, mueve constantemente su mano hacia el oído como si estuviera recibiendo instrucciones importantes de algún ser superior que lo está viendo todo. Entonces abre esa cadena delgadita que lo separa de las masas y con su dedo señala al grupo de afortunados que pueden ingresar al exclusivo lugar.

Años más tarde, 12 años por si fuera poco, me encuentro en China un sábado por la noche pedaleando por la carretera para llegar a una pequeña ciudad llamada Zhaotong donde sospechamos que hay un hotel donde podemos pasar la noche. El frío y las condiciones del terreno afuera de la carretera no son propicias para acampar esa noche. No tenemos otra opción más que seguir. La emoción es grande, es subida y hay un poco de niebla en la carretera. No sabemos cuántos kilómetros más para llegar al hotel. Es un día largo, llevamos seis horas y media sobre el asiento incómodo y estamos cansados. No podemos parar, pues nuestras luces se podrían apagar por falta de batería. Pedaleamos con cautela en el carril de emergencia de la poco iluminada carretera, nos sentimos seguros a pesar de la situación. Por fortuna los carros son muy condescendientes con nosotros y nos iluminan el camino, alguno de ellos nos escoltan. Ahí estamos Annika  y yo bajo la noche china con sus estrellas brillantes. Me siento vivo. En fin, estamos inmiscuidos en una aventura en dos llantas.

Cuando comparo la manera en que invertí mi sábado por la noche aquella vez con respecto a la más reciente, me es inevitable concluir: ¿Por qué desperdicié esa noche en un lugar donde tenía que esperar y pagar alcohol en busca de una noche inolvidable? Esa noche en bici yo mismo me sentí exclusivo del tiempo, de una escena que difícilmente se va a repetir en mi vida. Me sentí un poco culpable de haber desperdiciado tantas horas enfrente de una cadena. Pudieron haber sido más sino no fuera porque descubrí los bares y la vida nocturna de mi querida Colonia Americana.

Aquella noche a mis 18 logré entrar después de varias suplicas de mis amigos. De la noche no recuerdo nada, ni siquiera si me la pase bien. Pero de aquél sábado sobre llantas recuerdo casi todo. Tengo muy claro cómo voy a invertir mis fines de semana cuando regrese a casa, y ¿por qué no?, hasta con amigos y un par de cervezas bien heladas al finalizar la paseada.

Les deseo una buena excursión en bici a una playa o de perdida a Chapala. ¿O qué planes tienes para el próximo fin de semana?

El Informador
MAY 5

Un paseo por Chengdu Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Roberto Gallegos

Era sábado y, lo más importante, el sol se había asomado en Chengdu, la gran capital de la provincia de Sichuan en China, caracterizada por ser una ciudad donde predomina el clima nublado (el chiste local dice que cuando el sol sale hasta los perros le ladran). Se nos presentaba una oportunidad única de visitar la ciudad en dos llantas. Así que Dahne, nuestro amigo de Warmshowers, Annika y yo tomamos nuestros transportes no motorizados y decidimos descubrir la ciudad montados desde el asiento incómodo.

Nuestro primer destino en esta metrópolis de más de 10 millones de habitantes fue el parque ecológico Jinjiang situado a 10 kilómetros de las afueras de la ciudad. En el camino, por la ciclo vía, pasamos por una carnicería donde Annika logró identificar una peculiaridad china: un gran pedazo de carne con forma de cola de un can. “¿Es eso lo que me imagino Dahne?”, preguntó Annika. “Así es mi estimada, es carne de perro y de hecho es más cara que la de puerco o la res”, respondió con una risa contagiosa.

Después de media hora de pasar por calles no muy transitadas y sumergirnos en el ambiente local llegamos al parque, el cual contaba con un mapa que ilustraba las distintas ciclo vías que se podían seguir. Algunas de ellas marcaban trayectos de hasta 30 km de paisajes verdes y aire puro que hacían olvidar fácilmente los estragos de la ciudad. “Maravilloso”, le decía a Dahne mientras presenciaba un número importante de ciclistas chinos pasar a nuestro lado, entre ellos una pareja de edad madura, quizá en sus cincuentas, que paseaba en su bicicleta doble entre los jardines botánicos y ríos artificiales del complejo ecológico. Por un instante, y aunque la semejanza es muy poca, me transporté a un alegre domingo en bici recorriendo el Parque Metropolitano de nuestra ciudad.

Llegó el mediodía y salimos del parque para almorzar. Aunque nos tomó más de una hora para llegar a nuestro destino, los dos carriles exclusivos en cada sentido para los ciclistas y las señales de tránsito claras y lógicas facilitaron nuestro movimiento. Desde que la bicicleta se introdujo a este país, por el año de 1866, la planeación urbana de todas las ciudades en China contempla carriles que favorecen la coexistencia de los vehículos motorizados y no motorizados, como la bicicleta. Existe un carril amplio por cada sentido de la calle exclusivo para las bicicletas. El tráfico por estas vías es impresionante, pero mucho más tolerable que compartirlo con camiones y carros. Después del parque visitamos un templo budista y hasta fuimos al supermercado. Aquel día recorrimos más de 50 km por la ciudad.

Terminé cansado pero de andar en bici, no de preocuparme por la amenaza de accidentarme con un camión o auto.

En muchas revistas de negocios se habla de que China está haciendo bien las cosas. Claro, esta afirmación la soporta su crecimiento económico de 7.8% en 2012 y la cantidad de construcciones que existen por todos lados. Hay muchas cosas que envidiarle al país de los dragones danzantes en materia económica e incluso social, como sus programas de integración para las 55 minorías que habitan aquí. Sin embargo yo añadiría una cosa más, pues dado que tiene la mayor cantidad de bicicletas en el orbe (cerca de 500 millones), considero que en cuestión de movilidad urbana China también tiene mucho que presumir al mundo.

El Informador
FEB 10

García Crespo Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Roberto Gallegos

Curiosamente el mismo mes que Annika y yo cumplimos nuestro primer aniversario de andar en bici (septiembre) una de las personalidades sobre ruedas que más respeto cumplió 39 años de usar este medio como su transporte usual. Me refiero a nuestro querido profesor del ITESO, Pedro Rafael Crespo Mendoza, mejor conocido como Crespo.

Quizá pocos lo sepan pero su afición nació después de darse cuenta que su vocho no contribuía al mejoramiento del ya lastimado ambiente contaminado del Distrito Federal. Así que a sus 25 años decidió venderlo y cambiarlo por una bicicleta. Y fue así como él, junto con su mejor amigo hasta el día de hoy, Don Jaime, se transportan de sus casas al trabajo en dos llantas.

Tres años después, en el fabuloso año de 1974 cuando ABBA ganó el concurso de música de Europa “Eurovision” con la canción Waterloo, Don Jaime y Crespo emprendieron un épico viaje del otro lado del charco. Se subieron a un barco y con trabajo abordo pagaron su pasaje hacia el Viejo continente. Su idea original era rentar una combi pero al poco tiempo sus planes cambiaron. Al notar que la cultura urbanística era distinta en cuanto a los ciclistas decidieron viajar de Montepellier a Paris sobre dos ruedas. Les gusto tanto que decidieron alargar el viaje y seguir viajando en bicicleta. Don Jaime alguna vez me platicó: “Crespo era un bohemio, llevaba su guitarra y su casa de acampar sobre la parrilla de su bici”. Me dijo que era imposible ver a Crespo desde atrás de su bicicleta.

Crespo cuenta que ese viaje, que cubrió un poco más de 12 kilómetros, ha sido uno de los más memorables y más bellos que ha tenido en su vida. Dice que viajar en bici es una experiencia inigualable para los sentidos. “En bici vas observando el panorama sin distracciones, oliendo, sintiendo y escuchando cada detalle del trayecto”,  platicaba a su hija y mi amiga María. También narraba cómo la bici le brindaba la oportunidad de retar a su mente y a su cuerpo a hacer cosas fascinantes como aguantar frío, hambre y cansancio hasta merecer el calor, su comida y un lugar para dormir después de un día productivo montado sobre ese asiento incomodo.

Otra cosa que Crespo platica con alegría en sus ojos, es sobre la gente maravillosa que tuvo la oportunidad de conocer en el lento camino en bici. Para Crespo, la bici es más que un transporte, es una forma de vida.

Recuerdo un día que llegó desde los Gavilanes, donde él radica, hasta el Teatro Diana tan sólo para asistir a un concierto. Nadie lo forzó, era domingo y aún no existían los paseos en bici por la Avenida Juárez.

Lo que quizá aún menos personas saben y razón por la que quiero dedicar ésta columna a Crespo es que fue precisamente de él de quien escuché por primera vez hablar a alguien sobre el tema de viajar en bici. Y fue él quien me inspiró a tomar la bici para moverme por la ciudad de Guadalajara, y estoy seguro que no soy el único. Así que quiero aprovechar éste espacio para decirte Gracias Crespo, por contribuir a que hoy en día esté viviendo uno de los viajes más hermosos de mi vida, en bici. A nuestro regreso Annika y yo deseamos hacer un viaje en bici contigo. Las playas de Colima sería una buena idea. ¿Qué dices?, nosotros llevamos la chelas si tú llevas tu guitarra, invitamos a Jaime también.

El Informador
ENE 13

Kirguistán. Subir es sólo la mitad del camino Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Roberto Gallegos

“Todo lo que sube, tiene que bajar”. Y con ese dicho en muchas primarias de nuestro país el profesor de física explica los fundamentos de la ley de gravedad universal de Isaac Newton. Los efectos de esta ley de la mecánica clásica (según Einstein, no es de aplicación universal) son muy evidentes en la práctica. Sobre todo cuando uno anda en bicicleta. Y bajo este principio Annika y yo esperábamos ansiosamente “la bajada”, luego de la cuesta más empinada a la que nos habíamos enfrentado en todo nuestro viaje. El mapa decía tres mil 180 metros por encima del nivel del mar. El país: Kirguistán, caracterizado por tener muchos retos como éste a lo largo y ancho de toda su geografía.

Ya habíamos subido algo, según yo, los días anteriores. Tan sólo faltaban según nuestros cálculos 25 kilómetros de pendiente, los cuáles esperábamos hacer durante todo ese día. Incluso, preguntamos a los dueños del hotel donde nos quedamos si el pase efectivamente estaba a 25 kilómetros, y nos respondieron con una afirmación bastante convincente. Total, confiamos en ellos.

Iniciamos nuestra subida un poco tarde, más bien muy tarde, como al medio día. Annika y yo calculábamos subir en un máximo de tres horas. Nos sentíamos muy confiados pues no era la primera vez que nos enfrentábamos a pendientes de 12 por ciento.

Los primeros 20 kilómetros fueron bellísimos. Las montañas tienen su encanto y más cuando sigues el origen de un río. Después llegó el tan ansiado kilómetro 25 y Annika y yo tan sólo esperábamos la señal salvadora que indicaba el final de la subida y el inicio de una larga y divertida bajada. Pasaron cinco kilómetros más y nada, el río se hacía cada vez más pequeño, pero las montañas seguían. Decidimos tomar una pausa para comer e hidratar nuestros cuerpos sedientos.

Fue en el kilómetro 33 y después de cuatro horas de pedalear que nos dimos cuenta que la cima aún estaba lejos. Ahora sí la montaña se veía como de tres mil metros. Ni un sólo árbol y nieve por todos lados. Nos sentíamos con suerte, pues el sol aún brillaba y no había ninguna nube que creara aterradoras sombras que enfriaran nuestros esfuerzos. La altura empezaba a afectar. Yo me sentía un poco mareado y mis piernas flaqueaban al pedalear después del kilómetro 35. Ya un poco desesperado, pregunté a los automovilistas cuánto faltaba para llegar. Muchos de ellos no nos entendían o inventaban cifras para sacarse del apuro: dos, cinco o seis kilómetros, eran las respuestas más frecuentes.

Desde que inicié el viaje nunca me había sentido tan derrotado por las pendientes de 12 por ciento. A cada 500 metros tenía que parar para recuperar fuerzas para seguir.

Cerca del kilómetro 38, a unos 300 metros, vimos la señal. Por fin habíamos llegado a la cima. Annika y yo nos felicitamos mutuamente y nos tomamos la foto de la victoria, al menos eso creíamos. Nos había tomado un total de seis horas llegar hasta ahí, lo cuál significaba que el sol a las seis de la tarde también dejaba de brillar con intensidad. Un camión en la cima nos ofreció un aventón hasta Bishkek. No lo tomamos. Nuestro orgullo era muy grande. Annika y yo nos preparamos para el descenso… y cuál fue nuestra sorpresa: la bajada, el ímpetu de la bajada, enfrío nuestro cuerpo como nunca en la vida. Sin guantes y sin ropa decente de invierno, nos rendimos a los tres kilómetros. Los dedos de mis manos parecían trozos de pescado congelados y me dolía cada articulación. Inmediatamente nos paramos y en medio de la calle suplicamos por ayuda. Al poco tiempo un par de camiones se detuvieron para llevarnos.

Ese día aprendimos una gran lección. Bajar, aunque sea divertido y mucho más sencillo, también es parte del camino.

El Informador
DIC 2

Entre bosques y castillos Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Karla Suárez

Vincennes, ciudad colindante con París, debe su nombre al bosque de Vincennes situado al Sur de la misma y es conocida por tener uno de los castillos más importantes de la historia de Francia. Visité varias veces esta villa, pero nunca antes había tenido la posibilidad de pasar una larga temporada y poder recorrerla en bicicleta. Ahora estoy aquí y gracias a mis paseos en bici he podido comprobar que no es casual que haya ganado el título de “Ciudad de arte e historia” que da el Ministerio de Cultura y Comunicación francés, porque Vincennes es una pequeña joya.

Sus calles son planas y en casi todas hay carriles ciclísticos bien señalizados. Salgo de casa sin rumbo fijo y me pierdo por ellas. Descubro la arquitectura: edificios Art-deco, barrios de casitas individuales, elegantes construcciones en ladrillos. Siempre me impresionó la historia de Jules Védrines, el aviador que aterrizó sobre el techo de las Galerías Lafayettes de París convirtiéndose en el primero que lo hacía sobre un edificio, y resulta que este hombre vivió en Vincennes: yendo en bici me he topado con la placa que señala cuál era su casa. Pedaleando sin rumbo encuentro el Liceo Berlioz, me llama la atención su nombre y más tarde descubro que el músico también vivió aquí. Doy un giro y me interno en el barrio que está al Sur. Hoy es una zona de residencias pero antes fue industrial. Allí Charles Pathé fundó, junto a su hermano, la compañía cinematográfica Phaté Fréres que durante mucho tiempo dominó el mercado del cine en todo el mundo. Antes de Hollywood, existió Vincennes. No puedo cerrar los ojos, porque voy en bici, pero imagino el micromundo, los estudios, los centros de fabricación de películas, el movimiento.

Saliendo del barrio, una calle me lleva frente al llamado Donjon, la torre principal del castillo de Vincennes, que impresiona por hermosa y por su buen estado de conservación. El viejo castillo fue construido en el siglo XIV y tres siglos más tarde se levantó a su alrededor otro más moderno que es hoy el más grande que existe en Europa. A lo largo del tiempo el castillo ha sido destinado a varios fines: fue refugio de caza, residencia de reyes, fábrica de porcelana, de armas y prisión. Muchos personajes famosos están ligados a su historia, entre ellos el Marqués de Sade, encarcelado allí por mala conducta, bajo pedido de su propia familia. Y ya entrado el siglo XX, la seductora espía Mata Hari, quien murió fusilada dentro de sus muros.

Detrás del castillo se abre el bosque de Vincennes, que en otoño llega a un punto de máxima belleza con las diferentes tonalidades de colores en sus árboles: rojos, amarillos, ocres, verdes. Casi parecen pintados. Yo llevo un mapa en mi bolsillo y cuando no sé dónde estoy, me detengo, respiro y trato de encontrar mi posición. Transito por calles, caminos o pequeños senderos, atravieso puentecillos encima de los riachuelos, me cruzo con varios jinetes a caballo, llego al lago de Daumesnil, recorro sus islas, sigo pedaleando. La primera vez que estuve en el bosque, en una de las calles me llamó la atención un gran portón que decía Cartoucherie. Luego supe que hace mucho tiempo ese sitio fue una fábrica de pólvora, que en 1970 el Théâtre du Soleil encontró sus viejas instalaciones y allí empezó a trabajar y que hoy la Cartoucherie es otro micromundo, en este caso teatral, porque allí funcionan cinco teatros que, como en los cuentos de hadas, nos hacen vivir historias en el corazón de un bosque. Castillos, reyes, productores de cine, aviadores, mosqueteros, cárceles, músicos, hace falta más de un viaje en bicicleta para conocer la historia de Vincennes.

El Informador
NOV 11

Al fin del mundo en bici Por El Informador opinion@informador.com.mx

Isla de Ouessant

Por: Karla Suárez

Llegué a Ouessant en un avioncito de ocho plazas. Esta isla francesa se encuentra al Oeste de Bretaña, marcando la entrada Sur del Canal de la Mancha. Las condiciones climatológicas determinan el modo de acceso y como aquel día el cielo estaba despejado, pudimos tomar el avión y disfrutar la belleza del archipiélago de las llamadas islas del poniente, algunas habitadas y otras no. Desde arriba, Ouessant parece una muela de cangrejo, es la última y la más grande, aunque apenas tiene ocho kilómetros de largo por cuatro de ancho y unos mil habitantes.

Para mi alegría, la bicicleta es uno de los medios recomendados para visitarla. En Lampaul, la capital, hay cuatro sitios de alquiler de bicis donde aclaran que está prohibido tomar en bicicleta las rutas costeras que se extienden a lo largo de 54 km, ya que, siempre dependiendo del clima, la falta de visibilidad puede volver peligroso el paseo. Esta es una de esas cosas que nos dicen y aceptamos pensando que al final vamos a hacer lo que nos de la gana, hasta que nos ponemos en marcha.

Recorrí la isla en bicicleta en días distintos, pero cada vez me pareció estar en una isla diferente. La primera mañana, por ejemplo, el cielo estaba completamente gris y la niebla lo cubría todo. Partimos de Lampaul, rumbo al faro de Creac’h. Una de las atracciones de Ouessant son sus cinco faros, dos en tierra y tres en el mar, que han tratado durante siglos de guiar a los barcos, aunque, por supuesto, estas aguas han visto muchos naufragios. De Creac’h seguimos por la carretera hacia el otro extremo de la isla donde está el faro de Stiff, el más antiguo de los que aún funcionan en Francia. En ese recorrido me di cuenta de que el hombre de las bicicletas tenía razón, si hay niebla mejor ni acercarse a la costa, porque incluso por carretera no se veía nada. A veces escuchábamos voces y al rato nos cruzábamos con ciclistas que aparecían en medio de la bruma como zombis que no saben adonde ir. Tal era así que pasamos junto al Stiff y ni lo vimos, a pesar de sus dos gruesas torres de 32 metros de altura.

Rumbo sur, hay una larga bajada hasta la playa Arlan, donde un bretón se bañaba con total alegría para sorpresa de esta caribeña que no mete los pies a menos de 25 grados. A lo lejos se entreveía el Kéréon, último faro monumental construido en el mar y aquí sucedió algo extraño: poco a poco el cielo comenzó a despejarse y no sólo el Kéréon se volvió nítido, sino que el lejano Stiff reapareció de la nada. El panorama cambió, de repente, era otra isla: luminosa, verde y florida.

Por el Sur llegamos a la punta Oeste (una de las muelas del cangrejo) para ver en la distancia el faro de La Jument. Luego viene una subidita que bordea la bahía de Lampaul y atravesando nuevamente la villa llegamos a otra punta (la otra muela) donde se divisa el faro de Nividic. Hoy los faros son automáticos, pero antes existían los fareros. Si a Kéréon y La Jument era posible acceder por barco, aunque era peligroso debido a las violentas corrientes marinas, a Nividic sólo se podía llegar usando un teleférico que partía desde la tierra, del cual quedan unos impresionantes pilotes. Allí, contemplando cómo el mar del Norte choca contra las rocas, me di cuenta de que estaba en el “fin del mundo”, en Finisterre, pero hasta el fin del mundo se puede llegar en bicicleta.

El Informador
SEP 23

Baños calientes Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Roberto Gallegos

Llegamos a Vienna en un día lluvioso.  A cada cruce de calle, los postes de los semáforos cuentan con una agarradera especial para el ciclista, que belleza. Y aunque llovía, la ciudad lucía esplendorosa y atractiva. Mi emoción de descubrirla aumentaba.

Tenía planes ambiciosos para esta ciudad, entre el más importante, visitar el Palacio Belvedere para ver con mis propios ojos las obra del maestro Gustav Klimt: El Beso. También deseaba ver el famoso penacho de Moctezuma en el Museo de Antropología, la colección de arte en Museo Leopold y la elegancia de los caballos en la Escuela Española de Equitación.

Así que con muchos lugares por visitar, costosas entradas y un presupuesto moderado Annika y yo teníamos la confianza de poder lograrlo gracias a un gran detalle, nuestro alojamiento estaría cubierto. Todo esto gracias a una de las maravillosas comunidades que se han podido establecer en internet : Warmshowers.org.

Fundada en los noventa por un par de ciclistas en USA, baños calientes en su definición literal al español, es la comunidad más famosa de alojamiento gratuito entre los ciclistas de turismo. A través del  sitio puedes, con la calidad de viajero en dos llantas, contactar a otros ciclistas que te ofrecen la posibilidad de alojarte en su casa o en algunos casos en su jardín para acampar. El servicio no tiene costo alguno, tan sólo te pide a cambio que tú ofrezcas lo mismo en tu hogar cuando no estés viajando. Una excelente forma para crear comunidad.

En nuestro caso tuvimos la gran suerte de hospedarnos con Bine y Uli, una pareja Alemana-Austriaca que logró darle la vuelta al mundo en bici en 2010, pasando por México.

Así que al llegar a Vienna, Uli ya nos esperaba en bici para guiarnos hasta su casa. Al llegar nos mostró nuestro cuarto y nos entregó con una copia de las llaves de su casa. Después subimos a su terraza y  destapamos tres cervezas. Entre la alegría de recibir visitas y nosotros de conocerlos, platicamos hasta altas horas de la noche. Uli nos platicó la sorprendente historia de su viaje.  Resulta que él y Bine se conocieron en un foro de ciclistas justo antes de iniciar sus respectivos viajes. Como los dos  partían del mismo lugar decidieron pedalear juntos por el inicio de su aventura. Sin embargo durante el viaje se enamoraron y después de haber recorrido el mundo juntos, se casaron. Uli nos mostro fotos de su boda en donde aparecen felizmente casados pedaleando en conjunto un carrito blanco tipo bicicleta. Tenía una gran sonrisa en su rostro mientras nos lo contaba. Esa noche Uli también nos dio valiosas recomendaciones para poder sacar lo mejor de nuestro tiempo y dinero en la ciudad. Al próximo día, Bine le mostro a Annika su biblioteca de libros de viajes en bici. Annika leyó lo que pudo y tomó nota de la información más importante para el nuestro.

Al final de los cuatro días que convivimos con ellos, no sólo tuve la oportunidad de visitar todos los lugares que quise, sino que también tuvimos el tiempo para perdernos dentro de la ciudad y descubrir una tienda de productos mexicanos donde vendían tortillas de máquina. La última noche que nos hospedamos con ellos les hice de cenar unas quesadillas con una salsa roja que improvisé y un queso austriaco soberbio.  

Pensé como algo tan insignificante como inscribirse a éste sitio web puede hacer la gran diferencia para un par de turistas como nosotros. La última vez que revisé, en GDL hay un número respetable de personas inscritas, pero sé que pueden ser más. No porque haya muchos ciclistas, sino porque hay mucho qué ver en la Perla Tapatía y esta herramienta puede ayudar a promoverla ante los turistas del mundo. Sobre todo para aquellos que desean gastar su dinero en la ciudad y no en un hotel o en un costoso transporte privado.

El Informador
SEP 16

The people´s republic of Portland Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Eugenio Arriaga

Mientras paseaba en bicicleta hace unos días me dio por pensar en la que creo es una representativa característica de los portlandenses: la búsqueda de un modelo alternativo al sistema capitalista de libre mercado, basado en el hiperconsumo, la competencia, la diferenciación social y un exacerbado individualismo, que, entre otras curiosidades, ha incrementado los niveles de desigualdad y pobreza en este país desde 1980. Supongo que la búsqueda de esta alternativa económica se da, en parte, por la confluencia de dos elementos: un contexto político progresista que atrae a esta ciudad a personas que se identifican con valores políticos liberales y políticas de gobierno progresistas, así como a una crisis económica que no ha permitido crear el suficiente número de nuevos y bien pagados empleos.

Ante esta situación suena lógico apostar por la búsqueda de alternativas que permitan acceder a una buena calidad de vida, sin tener que pagar demasiado por ella. En el caso de Portland creo que se combinan distintos elementos para lograr esto: una apuesta por la generación de bienes públicos, planeación de un modelo de ciudad compacto con uso de suelo mixto, y valores que priorizan la cohesión social por encima del individualismo, la diferenciación social y la competencia. Me explico: en el ámbito gubernamental se producen y mantienen en muy buenas condiciones bienes públicos: parques, transporte público de calidad, servicios de salud accesibles para grupos de bajos ingresos, una cultura que promueve el transporte (gratuito) en bicicleta, un alto número de actividades culturales y deportivas gratuitas, o escuelas públicas de calidad; que junto con un concepto de planeación que asegura barrios con acceso a bienes y servicios básicos y diversos en sus inmediaciones, facilitan la creación y mantenimiento de comunidades cohesionadas en las que se vive muy bien y de manera relativamente económica.

La razón es precisamente que una buena parte de la clase media consumen los bienes y servicios públicos, ahorrando recursos que de otra forma se destinarían a pagar educación privada, uso del auto particular o clubes privados.

Desde mi llegada a esta ciudad hace un par de años me ha sorprendido gratamente la sencillez con la que viven mis amigos, cuyo propósito antes que acumular bienes materiales —me parece— es disfrutar de la vida en compañía de sus familias y amigos. Es precisamente en este contexto que la serie de televisión Portlandia esculpió la genial frase para referirse a esta urbe como el lugar al que van a retirarse los jóvenes.

Es una comunidad que optó por darle la espalda al hiperconsumo. La cultura del consumo local es todo un orgullo. Alcanza a los cafés, tendejones y supermercados del barrio, volviéndolos rentables. Pero no termina ahí. Las personas en los supermercados optan por productos elaborados en Oregón, como la cerveza, el vino, las bicicletas o las frutas y verduras, porque saben que esto produce empleos locales.

También la autoproducción es un fenómeno fascinante: jardines comunitarios en los que los vecinos se juntan a cultivar legumbres, frutas y verduras, al tiempo que se ponen al tanto de lo que sucede en el barrio.

Ni que decir de la cultura del trueque. Aquí uno puede intercambiarlo todo: ropa, videojuegos, bicicletas o tiempo. También se puede intercambiar en el “banco de tiempo” servicios, digamos, una consulta dental por una de nutrición, o la pintura de la fachada de una casa por la impermeabilización de un techo.  

Creo que el pegamento que termina volviendo funcional este modelo es la extendida cultura del voluntariado: desde el entrenador del equipo de béisbol del barrio, hasta quienes recogen los boletos de entrada al zoológico contribuyen con su tiempo al fortalecimiento comunitario.  Así se vive en “the people´s republic of Portland” (La República popular de Portland).

Beneficios

En 20 minutos

Dos tercios de los viajes que se realizan en Portland no son para ir y volver al trabajo. “Aquí manejamos 20% menos que en otras ciudades de tamaño similar, y como no fabricamos autos, producimos petróleo ni tenemos compañías aseguradoras de autos, cada dólar que no gastamos en otros lados, se queda en nuestra economía. Hay alrededor de 850 millones de dólares que se quedan en los bolsillos de las personas de Portland por manejar menos. Con barrios de 20 minutos (con sus áreas de salud, educación, comida, entre otros), también se reducen los congestionamientos y podemos llegar a nuestros objetivos climáticos”, declaro en una entrevista el alcalde de Portland, Sam Adams.

El Informador
AGO 19

La salvabici Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Roberto Gallegos.

No era la primera vez que veía nevar en mi vida. Sin embargo, era la primera vez que veía nevar mientras andaba en mi bici.

Era el invierno de 2011, enero, si mal no recuerdo. Había una reunión en nuestra casa y todos estaban esperándome. La razón no era que añoraban mi carismática presencia, sino que muy por encima de eso, yo cargaba con la más preciada de las mercancías para el momento: las cervezas.

Annika y nuestros amigos, acabábamos de disfrutar de una noche de música proveniente de la mejor rocola de la ciudad. Desde luego, la habíamos acompañado con tarros de cerveza de medio litro, que para los precios de la ciudad alemana de Bremen, eran una opción más que aceptable. Sin embargo, después de varios tarros nuestros bolsillos ya sentían el rigor de la falta de dinero y decidimos mover la fiesta a nuestro departamento.

Para trasladarnos había un carro, un conductor sobrio, dos bicicletas y seis personas. Annika, portadora de una de las bicis, se nos adelantó 10 minutos para poder abrir el departamento, mientras que Florian (mi cuñado) y yo pagábamos la cuenta. Después, yo me ofrecí a pasar por la tienda que quedaba en mi camino y comprar una caja de cervezas que transportaría cómodamente en el carrito trasero de la bici. Los animé a que se adelantaran con Annika mientras yo realizaba las compras.

Contrario a lo que quizá muchos pudieran pensar, andar en bici por esta ciudad no sólo es un deleite, sino una comodidad. Como toda ciudad del Norte de Alemania, la topografía de Bremen es plana. También cuenta con caminos especialmente hechos para este tipo de transporte que enlazan prácticamente a toda la ciudad. Los caminos cuentan con señales propias e incluso prohíben a los peatones usarlos como pista de atletismo, aunque durante el día se crucen un par de despistados. Así que con todas esas condiciones a mi favor inicié la ruta, borracho. Llegue a la tienda y compré la caja de cerveza, borracho. Cargué la caja de 20 cervezas y la puse en mi carrito, borracho. Finalmente me subí a mi bici y empecé a pedalear, así es, borracho.

Al sentirme aún más seguro de mi transporte, saque mi MP3, me puse los audífonos y lo encendí para buscar ser sorprendido por alguna canción. La elegida fue Wake Up del grupo canadiense Arcade Fire. A los pocos segundos de iniciar la canción empezó a nevar. En ese momento, no quería estar en ningún otro lugar en el mundo. Al finalizar la pieza, como si todo hubiese estado planeado, llegué a la casa sano y salvo para entrar felizmente a la fiesta con la tan esperada mercancía. La post-fiesta fue un éxito rotundo.

El pavimento congelado, una noche de copas, el aislamiento del trafico público ocasionado por la música y la pobre visibilidad de la noche podrían haber sido una combinación peligrosa e incluso fatal en cualquier otro lugar en el mundo. Pero no aquí en Bremen, donde se comprueba una vez más por qué la bici salva vidas mientras te divierte en el proceso. Muero de ganas por vivir esto en Guadalajara. Espero  que ya no falte mucho: el número de ciclistas crece y opino que ya es tiempo de tener nuestros propios carriles.

Encadenados

Transporte para todos

Los datos del Departamento para la Construcción y el Medio Ambiente de Bremen señalan que los desplazamientos que se efectúan en la ciudad se realizan en: bicicleta (23%), transporte público (17%), y a pie (20%).

Parte del éxito de la movilidad en bicicleta se atribuye a que cuenta con una estación central, Radstation, situada en el principal transbordo entre transporte público. De este modo, los trabajadores pueden dejar sus bicicletas cuando se dirigen al trabajo o a casa, ya que ofrece mil 500 plazas de aparcamiento vigilado, además de servicios como reparación, alquiler y lavado de bicicletas.

El Informador
AGO 12

La tuya en bicicleta Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Roberto S. Gallegos Ricci

Tan sólo faltaban 32 kilómetros de camino cuesta abajo para poder gozar de un delicioso baño con agua caliente. Era lo único que nos importaba después de haber pedaleado durante cinco días seguidos y haber enfrentado en dos ocasiones cuestas de más de dos mil metros. Un baño era nuestra mejor recompensa. Sin embargo, para poder llegar a disfrutar de nuestro cálido premio, quedaba todavía un gran reto. Entrar a la ciudad.

“Odio entrar a las capitales”, me quejé con Annika, mi novia y fiel compañera de viaje. Y es que aún después de acumular experiencia durante más de cinco mil kilómetros recorridos en un lapso de nueve meses que llevamos viajando en bicicleta, las capitales siguen siendo los retos de mayor peligro a los que debemos enfrentarnos.

Una semana antes en Tbilisi, capital de Georgia, habíamos conocido a Mark, un inglés de 53 años de edad curiosamente apodado “The mexican psyco killer” debido a su corte de cabello. Nos contó que un año atrás en Ankara —capital de Turquía con más de siete millones de habitantes — un automovilista frenó su primer intento de darle la vuelta al globo en dos llantas: “Ni me di cuenta, tan sólo recuerdo haber aparecido en la calle con mi pierna extrañamente al lado de mi cara y un circulo de personas viendo lo que quedaba de mi bicicleta”, nos narraba con cierta amargura. Al final el conductor lo hospedó en su casa y le pagó todos los daños por el desafortunado accidente que protagonizaron en el verano de 2011. A consecuencia de eso, Mark tuvo que pasar nueve meses en rehabilitación intensiva y reinvertir en equipo para intentar la proeza que ambos deseamos lograr: la vuelta al mundo en bicicleta.

Con esta anécdota fresca en mi mente, me preparaba psicológicamente junto con Annika para entrar en una capital totalmente desconocida para nosotros: Ereván, Armenia. La señal marcaba la entrada oficial a la ciudad. La calle era amplia y tranquila. A nuestro lado un grupo de automóviles LADA, una reliquia automotriz rusa, nos pitaba la bienvenida. Hasta ese momento todo parecía andar como una llanta bien balanceada. Siguiendo nuestro trayecto, llegamos al primer semáforo. “Annika, ¡aguas con el camión!”, le gritaba nerviosamente. Para mi sorpresa y a pesar de que el semáforo estaba en verde, el camión no sólo nos dio el paso, sino que el chofer nos saludó con la mano y sin aparente prisa. De todos modos, veía a todos los carros con sospecha, era demasiado bueno para ser verdad. Poco a poco mis sensores de alerta se relajaron. La ciudad era nuestra amiga, y eso que, a decir verdad, no vimos a ningún otro ciclista en nuestro camino.

Una capital donde se practica la caballerosidad entre los personajes de la urbe: el peatón, el camión, el taxi y el ciclista. No dábamos crédito. Siempre había pensado que entre menos ciclistas pedaleando por una ciudad, mayor sería el riesgo de acabar con la espalda en el pavimento y rodeado por sonidos de ambulancia.

No cabe duda que del mundo no sabemos nada. Aquí ni critical mass, ni desnudos sobre ruedas para llamar la atención. Aquí tan sólo se tiene respeto y ya. Así de simple. No importa el medio de transporte con el que decidas movilizarte. Llegamos sanos y salvos con nuestra anfitriona —tan sólo 30 minutos después de haber entrado a la ciudad— para disfrutar de nuestro baño. Vamos a quedarnos aquí mínimo una semana, hay que disfrutar de la caballerosa capital.

El Informador
JUL 8