Zhaotong
Por: Roberto Gallegos
Sábado por la noche. La juventud tapatía está ansiosa por festejar y desatar su energía en los diversos clubes de baile y discos que hay por toda la ciudad. Entre ellos yo, que a mis 18 años puedo ingresar legalmente a cualquier lugar que quiera. Bueno, cambiemos eso de “a cualquier” por “algunos” y a esos “algunos” pongámosles un: DEPENDE.
A las afueras del antro Bosse mi amigo Fernando aboga por mí para que me dejen entrar, pues mis zapatos o mi apariencia no son los suficientemente “adecuados” para cumplir con las normas de vestimenta del lugar. No soy el único, existen decenas como yo que gritan como desesperados para llamar la atención del guardia y juez de la puerta llamado Poncho: “Poncho aquí”, “Poncho, déjanos entrar”, “ándale Ponchito”, se puede escuchar con diferentes tonos de voz la súplica que proviene de las voces de los jóvenes adolescentes que desean entrar. Poncho, un adulto de 30 años con un audífono en la oreja, mueve constantemente su mano hacia el oído como si estuviera recibiendo instrucciones importantes de algún ser superior que lo está viendo todo. Entonces abre esa cadena delgadita que lo separa de las masas y con su dedo señala al grupo de afortunados que pueden ingresar al exclusivo lugar.
Años más tarde, 12 años por si fuera poco, me encuentro en China un sábado por la noche pedaleando por la carretera para llegar a una pequeña ciudad llamada Zhaotong donde sospechamos que hay un hotel donde podemos pasar la noche. El frío y las condiciones del terreno afuera de la carretera no son propicias para acampar esa noche. No tenemos otra opción más que seguir. La emoción es grande, es subida y hay un poco de niebla en la carretera. No sabemos cuántos kilómetros más para llegar al hotel. Es un día largo, llevamos seis horas y media sobre el asiento incómodo y estamos cansados. No podemos parar, pues nuestras luces se podrían apagar por falta de batería. Pedaleamos con cautela en el carril de emergencia de la poco iluminada carretera, nos sentimos seguros a pesar de la situación. Por fortuna los carros son muy condescendientes con nosotros y nos iluminan el camino, alguno de ellos nos escoltan. Ahí estamos Annika y yo bajo la noche china con sus estrellas brillantes. Me siento vivo. En fin, estamos inmiscuidos en una aventura en dos llantas.
Cuando comparo la manera en que invertí mi sábado por la noche aquella vez con respecto a la más reciente, me es inevitable concluir: ¿Por qué desperdicié esa noche en un lugar donde tenía que esperar y pagar alcohol en busca de una noche inolvidable? Esa noche en bici yo mismo me sentí exclusivo del tiempo, de una escena que difícilmente se va a repetir en mi vida. Me sentí un poco culpable de haber desperdiciado tantas horas enfrente de una cadena. Pudieron haber sido más sino no fuera porque descubrí los bares y la vida nocturna de mi querida Colonia Americana.
Aquella noche a mis 18 logré entrar después de varias suplicas de mis amigos. De la noche no recuerdo nada, ni siquiera si me la pase bien. Pero de aquél sábado sobre llantas recuerdo casi todo. Tengo muy claro cómo voy a invertir mis fines de semana cuando regrese a casa, y ¿por qué no?, hasta con amigos y un par de cervezas bien heladas al finalizar la paseada.
Les deseo una buena excursión en bici a una playa o de perdida a Chapala. ¿O qué planes tienes para el próximo fin de semana?