Huicholes y bicicletas Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

La tierra de los huicholes es ardua. Su manera inmemorial de ocupar el territorio hace que las comunidades que establecen tengan una considerable separación física entre ellas. Esto obliga a largas caminatas por los terrenos, a menudo abruptos, de las sierras de la región, en las que suelen invertir considerables cantidades de tiempo y de fatiga.

Por ello, la iniciativa de introducir el uso de la bicicleta entre los huicholes es una muy buena idea (EL INFORMADOR, 27/04/2013). La Agencia por la Renovación Socio Ambiental y Wixabikla se han dado a la tarea de proveer a esta etnia de bicicletas, apoyados por generosos patrocinadores. Con buen tino, los primeros 20 biciclos, dentro de un programa piloto, han sido entregados a niños que asisten a la escuela de San Andrés Cohamiata y que actualmente deben invertir entre una y tres horas en tal desplazamiento.

La caminata puede ser un placer. Pero no pasa lo mismo cuando los recorridos son desgastantes y se vuelven rutinarios, aburridos, y consumen un tiempo que a menudo se puede emplear en otra cosa deseable. La bicicleta acorta radicalmente los tiempos y, allí sí, es un verdadero placer ir y venir en tan noble vehículo. Es importante aclarar que las asociaciones concernidas se preocupan en prestar las enseñanzas necesarias para su uso y manejo, así como en las reparaciones básicas que se requieran.

No es frecuente ver iniciativas como ésta, sencilla, inteligente y efectiva. El mismo Gabriel Zaid, gran pensador e impulsador del progreso verdaderamente productivo, la aprobaría. Merece un apoyo más amplio y generoso. Fábricas y distribuidores de bicicletas incluidos. Y particulares. Así como la bicicleta potencia y alivia el desplazamiento humano, así pueden ser las positivas consecuencias sociales de su introducción en un pueblo que requiere todo nuestro respeto y solidaridad.

Nunca faltan objeciones. Una señora investigadora dice muy seria, en la misma edición del periódico, que “el beneficio resulta a medias”, porque “no se pueden transportar en bicicleta muchas cosas” y “el comercio queda fuera”. Extraño razonamiento. Sin duda no se tomó en cuenta que con los aditamentos adecuados es posible trasladar en bicicleta cargas considerables (similares a las que traslada un hombre a pie). Es cuestión de fijarse en las calles lo que hace tanta gente que mueve cargas diversas sobre sus biciclos. Además es como decir que los camiones “funcionan a medias” porque adentro no caben los tractores, o las mulas. Para ello hay otros métodos. Los huicholes se las arreglarán y usarán la bici para lo que les sirva, y para lo que no, pues no. Pero lo que llama la atención es la necesidad de, ante un proyecto evidentemente positivo, poner peros y piedritas en el camino. Modos muy locales.

Por lo pronto es de celebrarse y apoyarse esta iniciativa. Y mencionar a su principal impulsor, Esteban Gutiérrez Hermosillo Rentería, como un ejemplo de lo que jóvenes despabilados y generosos como él pueden hacer, en el terreno de los hechos, por la comunidad.

 

Juan Palomar Verea
JUN 14

Reflexión sobre un cruce de caminos Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Hace años, al principio de la década de los noventa, el Ayuntamiento de Zapopan se dio a la tarea de intentar salvar el Valle de Tesistán. Como bien se sabe, esta extensión geográfica de miles de hectáreas constituía uno de los grandes valores ecológicos de toda la región. Por su capacidad de infiltrar enormes cantidades de agua a los mantos freáticos, por la pasmosa productividad agrícola de sus suelos (casi inigualada en este país), por su paisaje y sus diversos parajes naturales. La lucha era contra la urbanización desaforada y perversa que ya había iniciado.

Al efecto, se elaboró un plan pertinente y se consultó hasta la saciedad con ejidatarios y particulares. Finalmente fue aprobado, publicado y registrado. Teóricamente, así se contenía el insensato crecimiento del cemento sobre tierras preciosas y se preservaba un recurso vital para toda el área metropolitana. Se previeron lugares adecuados para la construcción pero se guardaban miles de hectáreas (la gran mayoría) para seguir generando cosechas muy productivas y agroindustrias vitales. Se sabía que cada vez iba a ser más caro y más absurdo traer alimentos perecederos de cada vez más lejos. Era el granero y la huerta natural de toda la gran Guadalajara. Sin hablar de los servicios ambientales que se aseguraban para las futuras generaciones.

Obviamente, y conforme a los intereses de siempre, el plan fue abandonado y suprimido por otras administraciones. El resultado está a la vista. Un territorio tonto. Muy salpicado aquí y allá por urbanizaciones horizontales poco sustentables, inconexas y mal comunicadas. Pero qué negocio. Se han perdido así muchas cosas, como las que arriba se mencionaron. Con un extraño orgullo se habla del “ex municipio maicero”.

Si el lector trata ahora de transitar por el cruce de los caminos que van hacia el pueblo de Tesistán o hacia Colotlán en horas pico, podrá comprobar varias cosas. Que tardará mucho en pasar. Que los dos caminos son angostos. Que no hay el menor asomo de una solución vial decente. Que este predicamento lo sufren miles de habitantes o usuarios de la zona. ¿Por qué sucederá esto?

Pues porque es el reflejo fiel de la manera como se han venido haciendo las cosas. Ganancias exorbitantes para pocos y malestar y baja calidad de vida para muchos. Que, en medio de tanta pérdida, no haya sido posible canalizar algo de los miles de millones generados por la explotación urbana de la demarcación con el fin de dotarla de las mínimas infraestructuras —a las que, por otro lado, la ley obliga— manifiesta de una manera elocuente la falta de previsión (?) de autoridades y la deficiencia en la concertación de lo que allí debe suceder. Y la voracidad con la que se siguen haciendo desarrollos cada vez más lejanos carentes de conciencia y sentido.

Haber dejado echarse a perder al Valle de Tesistán es un grave descalabro para toda la zona conurbada, para toda la región. ¿Se podrá salvar todavía algo?

Juan Palomar Verea
JUN 12

Vivienda: ¿Crisis, cuál crisis? Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Así se llamaba un disco de Supertramp de los lejanos años setenta: ¿Crisis, cuál crisis? Pues, entre otras, la de la vivienda. Ya lo hemos ido viendo todos en las notas de prensa. Las grandes compañías productoras de desarrollos habitacionales están en graves problemas. Pues claro: se les movió el contexto. Desde hace años se viene repitiendo algo que ya explotó: el modelo de la vivienda masiva en México es inoperante. En muchos sentidos.

Faltaba nomás que el Gobierno federal tomara una postura a la que se vio obligado a recurrir en vista de los fracasos y de los altísimos costos del modus operandi de las grandes acciones de vivienda. La proliferación sin ton ni son de “desarrollos” horizontales lejanos de todo llevó —como mucho se advirtió— a un límite insostenible. El costo humano, ecológico y económico de la desbocada carrera hacia las periferias lejanas es exorbitante. Simplemente compruébese la existencia de millones de nuevas viviendas abandonadas por ser, literalmente, inhabitables. Detrás de cada uno de esos casos está la frustración y el desamparo de familias que abrigaban legítimas aspiraciones para tener una casa digna.

Todo es el resultado de la ambición económica que hizo su agosto a partir de una ecuación en la que la satisfacción de los usuarios no era tomada en cuenta. Una ecuación en la que la principal variable era la tierra barata, y por lo tanto lejana y desprovista de servicios. Además, como resultado de esta matemática de la usura se generaron “casas” de tamaños cada vez más ridículos, incapaces de darle a una familia un mínimo de dignidad y satisfacción espacial. Todo por la ganancia por parte de los vivienderos y por la búsqueda de la estadística políticamente favorable por parte de las autoridades. Romper récords y todo eso. Ahora muchas compañías constructoras de estas viviendas se han quedado (como se les advirtió) con enormes inventarios de tierra supuestamente urbana que ahora es un tremendo lastre. Desde esta columna se sugirió hace un buen tiempo que dedicaran dichos terrenos a la generación de agroindustrias. Y que regresaran a la ciudad y a otros modelos de habitación.

Urge una nueva ecuación para producir vivienda, bajo otros términos. El esfuerzo federal de los DUIS (Desarrollos Urbanos Integralmente Sustentables) fue acertado en sus intenciones y es ahora, como dicen, el nuevo paradigma. Crecimiento compacto, vertical donde sea pertinente, vinculado a las funciones urbanas, incluyente… Pero lo importante en la nueva ecuación es que ya no se regatee la calidad —en todos los sentidos— de las nuevas casas. Tomar, por principio, un límite mínimo de metros cuadrados habitables para cada vivienda: y que ese límite sea irrenunciable. Pero además asegurarse que exista una habitabilidad integral en cada nueva acción de vivienda. Para esto, ya se sabe, es indispensable operar con supuestos económicos y financieros diferentes. Pues a construirlos. Porque es inadmisible darle a las actuales generaciones de mexicanos algo menos que casas apropiadas para vivir con la plenitud a la que tienen derecho.

jpalomar@informador.com.mx
 

Juan Palomar Verea
JUN 7

Buenas nuevas para el Cerro Viejo Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Es definitivamente, algo digno de celebrarse. A pesar de todos los peros que se le puedan poner a esta acción. La declaración como área protegida del Cerro Viejo-Chupinaya-Los Sabinos, más de 23 mil hectáreas del territorio de Jalisco, es un paso en firme rumbo a la deseable sustentabilidad de nuestro medio ambiente. No es justo escatimar el reconocimiento a las autoridades que al fin lograron esta declaratoria. Aunque sea de “buen tono” ponerle peros a todo.

Es evidente que las cosas no pueden quedarse en una simple declaratoria, pero es el primer paso. Se requiere aterrizar esta disposición general mediante un plan de manejo, los reglamentos apropiados y ajustes muy puntuales en los respectivos planes municipales de desarrollo de los municipios de Jocotepec, Tlajomulco, Chapala e Ixtlahuacán de los Membrillos. La correcta operación de esta área protegida requerirá también que se asignen por parte del Estado los necesarios recursos. Lo anterior es obvio, y esperemos que todos los interesados, autoridades, ONGs, investigadores y simples ciudadanos ejerzan una adecuada presión para que se actúe efectivamente en dichos aspectos.

Ha costado decenios el instalar en la comunidad la necesidad de cuidar el medio ambiente. Aunque esta instalación tenga aún muchas y lamentables lagunas. Pero ya son del dominio común las nociones de ecología, de equilibrio ambiental, de cuidado por el entorno natural. Sin embargo, establecer cauces concretos y eficaces para que estos principios tengan incidencia en la realidad es una labor aún incipiente. Y urgente.

El Estado tiene herramientas a mano para afianzar entre el gran público acciones como la declaratoria del Cerro Viejo. Una de ellas, y muy poderosa, es la utilización de los medios masivos de comunicación dentro de los tiempos correspondientes al uso oficial. Bien valdría la pena darle una fuerte y contundente difusión a la noticia que pasó fugazmente por la prensa. Documentando la riqueza y trascendencia naturales del sistema Cerro Viejo-Chupinaya-Los Sabinos, el efecto climatológico, hidrológico, paisajístico y de protección de flora y fauna de estas 23 mil hectáreas sobre una extensa región.

Ahora, es necesario avanzar con presteza en la declaratoria como área natural protegida de otro de los elementos fundamentales de la región de Guadalajara: la Barranca de Oblatos (su nombre histórico)-Huentitán. Este importantísimo ecosistema, actualmente muy degradado, ofrece de cualquier modo un potencial invaluable para todo el contexto en que se encuentra.

Por lo pronto, insistimos, enhorabuena. El querido, entrañable Cerro Viejo, motivo de tantas excursiones y contemplaciones en toda su grandeza, tiene ahora mayores posibilidades de perdurar en buen estado. Hay que trabajar todavía mucho: pero por algo se empieza.
 

Juan Palomar Verea
JUN 5

Las calandrias de Guadalajara Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Estos legendarios carruajes de caballos están en la memoria colectiva de los tapatíos desde que todos podemos acordarnos. Son parte integral del paisaje urbano, de las costumbres que ayudan aún a darle una cara reconocible a la ciudad. No son un anacronismo: son una legítima subsistencia de un pasado que encuentra su vigencia en nuestros días a través de sus centenares de usuarios. Como la arquitectura patrimonial, como la música, como todas las tradiciones vivas que no necesitan permiso de nadie para continuar su existencia. Como bien se sabe, las calandrias deben su nombre a los pájaros cuyos colores replican (o replicaban…ya se hablará de esto).

Recorrer la ciudad a bordo de una calandria es una experiencia que no se parece a ninguna otra. El rítmico paso del caballo, su sonido, la moderada y agradable velocidad del trayecto, la cómoda altura desde la que se va considerando el paisaje: todo esto no es una reliquia en retirada, es un sistema de locomoción —de movilidad— tan valedero como cualquier otro. Es un instrumento de apropiación de la ciudad valioso y único.

En estos tiempos el tráfico automotor intenta dominar y ejercer una tiránica hegemonía sobre cualquier otro medio de transporte: desde la marcha a pie, las bicicletas y, naturalmente, las calandrias. Hay ahora voces que cuestionan la presencia en las calles de estos carruajes de caballos por “estorbar” la fluidez de la circulación. Luego van a exigir que los peatones crucen las calles a paso veloz para poder arrancar más rápido. Claro.

Las calandrias ejercen un derecho fundamental de quien recorre la ciudad: el de la lentitud. Un sentido utilitarista, pragmático y finalmente fascistoide quiere que todo en las calles suceda según los fines de la “eficiencia” (muy en duda, por cierto) de las velocidades de los vehículos automotores. ¿Dónde dice, quién en nombre de qué, exige tal cosa? Como si la gente mayor, o impedida, o simplemente quien va bobeando por las banquetas no tuviera derecho a ir, a su propio paso, lentamente. El ritmo con el que cada quien recorre las calles sigue siendo una elección libre: ahí están los cortejos fúnebres, los manifestantes, los desfiles, las ambulancias y patrullas… Cada quien experimenta y se adueña de la ciudad con su particular paso y talante. La lentitud es un derecho que permite experimentar los ámbitos públicos bajo el gusto y las necesidades de quien así lo determine.

Ahora bien. Es cierto que habría que revisar ciertos aspectos del funcionamiento de las calandrias. La sanidad y el buen trato a los caballos es uno de ellos. Su imagen es otro aspecto fundamental. De tener una imagen uniforme, sobria y elegante, se ha derivado, sin ninguna restricción, a ocurrencias y modificaciones de los vehículos que no por pintorescas dejan de lesionar gravemente el paisaje patrimonial del que son parte integral. Colguijes, ventanitas en forma de corazón, colores chillones, toldos improvisados de cualquier modo. Habría que regular —como pasa con los coches de sitio o taxis— su apariencia y estampa. La ilustración que acompaña esta columna, debida a la mano de Alejandro Rangel Hidalgo y realizada para la Primera Gran Feria de Jalisco en 1953, resulta una adecuada estilización de lo que siempre fueron estos entrañables carruajes. Habría que recuperar esta perdida elegancia. Sin embargo, más allá de cualquier pero: larga vida a las calandrias tapatías.

 

Juan Palomar Verea
MAY 31

SOS por un árbol Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

¿Qué tanto importa un árbol? Muchísimo. Árbol por árbol se hacen los bosques. Árbol menos árbol, los desiertos. Se ha repetido hasta la saciedad —lo que parece ser, a todas luces, insuficiente— que la presencia vegetal es indispensable en las ciudades. El caso que nos ocupa es más dramático. Se trata de un robusto hule de más de cincuenta años que presta esenciales servicios ambientales al contexto donde se ubica. Esta semana comenzó a ser mutilado con vías a su derribo total para aprovechar el espacio para los coches. La zona de las colonias, alguna vez generosamente arbolada y jardinada ha perdido estas cualidades. El afán por destruir los jardines de las servidumbres para hacer seudocajones (que muchas veces ni siquiera tienen las medidas reglamentarias) hace aún más grave el hecho de que en los alrededores no hay ningún parque público. Por otra parte, nadie se ha ocupado por reemplazar los árboles sacrificados, también para darle lugar a los coches, o sustituir los que por su edad han tenido que ser retirados.

La contaminación en el microentorno del hule es muy alta gracias al humaredal de los camiones de varias líneas que pasan por la calle, el ruidajal que producen, la consecuente polvareda y el deterioro ambiental descrito. Esquina con esquina hay dos viejas casas —que alguna vez fueron patrimoniales— cuyos jardines de servidumbre con sus árboles, y los de las banquetas, fueron arrasados hace años para ser sustituidos por cemento. En la otra esquina hay un kínder cuyos niños necesitan urgentemente de la presencia bienhechora del hule. En el área inmediata viven niños, personas mayores y población en general para los que ningún árbol de las características del que nos ocupa es prescindible. Para los pájaros tampoco.

El atentado ecológico fue denunciado de inmediato a las autoridades. En el rato que tardaron en llegar el hule había sido ya parcialmente destrozado. Por fortuna, la cuadrilla (de particulares, no de Parques y Jardines, OJO) fue detenida en sus trabajos y se fue. El montón de ramas que quedó tirado representaría más o menos la mitad de los servicios ambientales que hasta antier el hule prestaba a la ciudad.

¿Cómo es posible que en Guadalajara, en 2013, tengamos este tipo de incidentes? ¿Cómo es posible que los intereses de un particular —amparados en un absurdo “permiso de poda”— estén por encima del bien común? Es necesario dejarlo bien claro: el hule ni estaba desequilibrado, ni enfermo, ni pegado a ninguna construcción, ni había levantado la banqueta. Estaba perfectamente sano. ¿Cuál poda y quién la autoriza? Es un árbol público, propiedad de toda la ciudadanía, como todos los que están en las banquetas.

Es desalentador comprobar cómo es necesario aún defender contra este tipo de actos lo que toda la población sabe que es su patrimonio y parte de su salud. Pero hay que hacerlo, a cada vez. Árbol por árbol.

Juan Palomar Verea
MAY 29

Argumentaciones contra el desaliento patrimonial Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

“Siempre el coraje es mejor / la esperanza nunca es vana”, dijo Borges.

Un amable lector hace a este columnista el siguiente comentario, a propósito de su visión de la conservación de Guadalajara: “Nos basta y nos sobra con ver lo que han hecho del Centro de nuestra ciudad, completamente destruido su patrimonio arquitectónico.” Habría que ir por partes: Es bien comprensible el pesimismo de la afirmación dada la ingente cantidad de fincas de valía, que han sido demolidas, mutiladas o desfiguradas durante los últimos 65 años; más, si esa destrucción llega hasta nuestros días, en los que una casa completa de Díaz Morales fue demolida en plena avenida Unión, sin que ninguna autoridad o grupo interesado dijera “esta boca es mía”.

Pero es conveniente matizar. Guadalajara tiene, al día de hoy, un inmenso patrimonio arquitectónico que va del siglo XVI al XXI. Mucho más de lo que se ha perdido. Lo que pasa es que muchos de estos valores están nublados bajo una capa de incuria y de inacción por parte de los responsables de su conservación (propietarios y autoridades). Camine el lector con cuidado por el Centro: decenas y decenas de casas patrimoniales están maltratadas, despintadas, llanas de pegotes: pero todas son susceptibles de restauración con una mayor o menor facilidad.

Lo que falta es una vigorosa iniciativa oficial capaz de alentar la utilización provechosa e inteligente de ese patrimonio inmobiliario, y una voluntad por parte de los propietarios de abandonar una cómoda indiferencia de la que ellos mismos son los primeros perjudicados. El Centro, a pesar de todas las pérdidas, podría ser un entorno extremadamente atractivo e interesante poniendo en valor el patrimonio existente, armonizando lo no patrimonial y asegurando condiciones adecuadas de habitabilidad. (Poner en orden los camiones, los cableados, los ambulantes, el ruido…)

Lo mismo se puede decir de las colonias. La Francesa, Americana, West End, Moderna, Obrera, contienen al día de hoy grandes valores arquitectónicos, en muchos casos también maltratados pero no perdidos. Una real recuperación de sus banquetas y arbolados podría generar insospechados resultados positivos. Santa Teresita o la Capilla de Jesús también podrían ser sorprendentemente armoniosos e interesantes, si se efectuaran parecidas acciones. Por no hablar de San Juan de Dios, Analco, San Andrés, Tetlán, Mezquitán, Mexicaltzingo, la Parroquia, etcétera. Todos estos contextos contienen suficiente patrimonio arquitectónico y urbano, para convertirse en entornos altamente satisfactorios.

Lo que pasa es que es relativamente sencillo envolverse en la bandera de la derrota total y aventarse a la barranca de la desesperación y el desánimo paralizado y paralizante. (Lo que es “redituable” socialmente, en el nivel más bobo.) Seguir lamentando la pérdida del Palacio de Medrano o del Colegio de Santo Tomás o del Cine Reforma o de muchas otras tristes cosas y refugiarse en fáciles descalificaciones. Lo que requiere esta ciudad es lucidez para reconocer lo perdido (que es mucho), lo existente (que es más) y trabajar activamente y con creatividad en poner en valor y recuperar todas las riquezas recuperables, y seguir yendo al Hospicio Cabañas, Santa Mónica, la casa González Luna-Iteso Clavijero, el Mercado de San Juan de Dios o tantos otros lugares que nos animan y muestran que nuestro patrimonio sigue vivo y actuante.
 

Juan Palomar Verea
MAY 24

Más áreas verdes, menos crímenes Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Un reciente reporte periodístico que, justamente, llamó la atención, describe cómo en las áreas urbanas mejor provistas de zonas verdes suceden menos crímenes. No es de extrañarse: los contextos que ofrecen mayor habitabilidad y amabilidad inciden naturalmente en mejores comportamientos por parte de la población. Una ratificación más de que en Guadalajara urge aumentar nuestro deficitario índice de áreas verdes por habitante.

Por ejemplo: en la zona Oriente existe, por el rumbo de Oblatos, una serie de grandes predios que es factible de convertirse en un gran parque lineal que uniría, de manera virtual y en el sentido Norte-Sur, el Parque San Jacinto con el Parque Juan Soriano, pasando por el histórico Molino de Oblatos, cuyas ruinas habría que restaurar (ojo, INAH). Hay que mencionar que los dos parques citados son sendos ejemplos raros de espacios verdes construidos en zonas urbanas consolidadas en los últimos años.

Por ejemplo: comprar una casa en ruinas y sin mayor mérito en el corazón de Santa Teresita y convertir el terreno en un parque. Existe la posibilidad. Sería una inversión razonable —comparada con lo que cuesta cualquier paso a desnivel— y tendría un cuantioso impacto favorable en esa densa zona. Por cierto: ¿dónde quedaron las áreas de donación en toda esa área?

Por ejemplo: comprar, también con dinero público, pequeños terrenos o edificaciones obsoletas ubicados de manera estratégica, de preferencia en esquinas, en las zonas más necesitadas de la ciudad (que son casi todas), para convertir dichas áreas en “parques de bolsillo” en cuya gestión y mantenimiento se involucre a los vecinos. Las posibles alternativas son múltiples.

¿Cuántos nuevos espacios verdes se han hecho en la zona consolidada de la ciudad desde hace 40 años? Habría que sacar cuentas.

Observando viejos planos, es frecuente encontrarse casos en los que los planos originales marcaban parques en donde ahora se encuentran construcciones. Sin ir más lejos, la Capilla de Jesús contaba con un espacio así en donde se edificó, hace 71 años, el Mercado Cuarto Centenario. Esta creencia de que los espacios verdes pueden ser sustituidos por otras cosas (aunque sean públicas) ha causado un grave daño a la ciudad. En la Colonia Americana hay una manzana completa que estaba destinada a ser el parque del barrio (según consta en escrituras) y que fue construida por particulares. En el caso de esta colonia, asolada actualmente por una ola criminal, habría que proponerse encontrar predios adecuados para hacer parques. O adquirir alguna gran casa patrimonial y dedicarla al uso público, rodeada de sus jardines dedicados al desahogo y disfrute de la demarcación.

Recordemos que si la ciudad, como ha quedado establecido por las directrices oficiales, aspira a densificarse, es indispensable contar con más espacios verdes. Pero es necesario establecer esta política como una prioridad. Menos crimen, más árboles.
 

Juan Palomar Verea
MAY 22

¿Por qué los conservadores conservan tan poco? Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

La pregunta se puede desdoblar por lo menos en dos sentidos. Uno: ¿Por qué en Guadalajara, ciudad tradicionalmente conservadora se han cambiado tantas edificaciones de valía por baratijas o adefesios? Y dos: ¿Por qué en este contexto, donde abundan las gentes “conservacionistas” que se manifiestan de distintas maneras o incluso trabajan en dependencias oficiales relacionadas con el tema, no se ve que existan acciones efectivas, que propongan, que hagan algo sobre el terreno de los hechos?

Sendas perplejidades. Bien se sabe que las capas de la población que en nuestra ciudad toman decisiones con respecto al patrimonio, frecuentemente de su propiedad, se caracterizan por su conservadurismo. ¿Pero, bien a bien, qué es lo que buscan conservar? Sus propios intereses. Desde hace generaciones nos hace falta una elite económica ilustrada. Que tenga un sentido amplio de la cultura local y de su valía, que se dé cuenta de que su prosperidad está fincada sobre la riqueza colectiva. Y que parte muy significativa de esa riqueza está encerrada en el patrimonio construido. Por eso se han perdido tantas buenas edificaciones, generalmente casas, para ser sustituidas por construcciones cuyo único mérito es el de convenir económicamente a sus propietarios. Los ejemplos son muy abundantes. En vez de guardar lo valioso y buscar otros lugares para seguir aumentando su riqueza, deciden reutilizar, demoliendo, los solares propios —o los adquiridos para especulación— para “sacarles provecho”. Resultado: ver el Centro y las colonias. Un factor determinante de esta situación es la falta de imaginación (de ilustración) para reutilizar y hacer vigente con inteligencia el patrimonio.

¿Y qué ha sucedido desde el ámbito oficial? Que las autoridades, desde que se tiene memoria, han colaborado más o menos servilmente con los poderosos para que éstos hagan y deshagan con la ciudad a su arbitrio. Centenares y centenares de licencias de demolición, y de actos de tolerancia respecto a fincas valiosas están allí para comprobarlo. Las defensas legales del patrimonio han sido generalmente débiles y faltas de convicción. Laissez faire, laissez passer ha sido lo normal. A la fecha, la protección efectiva del patrimonio del siglo XX es prácticamente inexistente y un mediano abogadillo, o el Tribunal Administrativo, logran casi cualquier cosa. Por lo que respecta al siglo XIX, ahí están las más de 800 fincas en abandono en el Centro, entre las que hay decenas en peligro de colapso, sin que se oiga por parte del INAH ninguna iniciativa al respecto.

Ahora, grupos e individuos conservacionistas no faltan en Guadalajara. Con alguna frecuencia se oyen sus quejas y lamentaciones respecto al patrimonio. Pero no parecen pasar de allí. Porque quejarse y ganar credenciales de defensores del patrimonio sin pasar a la acción es redituable socialmente… y conservador. Conservador de un estatus quo en el que, sin propuestas audaces y comprometidas respecto a qué hacer en el terreno de la realidad, todo seguirá igual. No se hace mayor cosa, pero en el momento de que alguien intenta caminos nuevos para dar uso viable al patrimonio llueven las jeremiadas. Así, lo único que los conservacionistas conservan es su propio conservadurismo de buen tono. Es muy otra la actitud que podrá defender y promover lo mucho que nos queda, y que la actual situación, y los actuales ánimos, mantienen bajo amenaza.
 

Juan Palomar Verea
MAY 17

Un viaje alrededor de la manzana Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Una manzana como tantas otras. Una mezcla fortuita de edificaciones, instalaciones, perspectivas. Vidas que transcurren paralelas, transeúntes que a diario pasan por enfrente, automovilistas que distraídamente circulan a su lado, paseantes en busca de los reductos de belleza que aún quedan. Una manzana, célula de la ciudad. Veamos.

Según se avanza, lo que mayor relieve tiene para quien camina es la banqueta. De entrada, comenzando el recorrido hay una casa de modestas dimensiones: su banqueta acaba de sufrir una intervención. Y el cemento con el que fue cubierta, sin dejar espacio para árbol alguno, remata con las superficies colindantes de torpe manera: dos tropezones como para romperle el fémur a cualquier viejita. Más adelante, una casa patrimonial ostenta en su banqueta una redonda placa alusiva: fecha y autor son incorrectos, y además está mal puesta y produce un pequeño e inconveniente desnivel. Todo el jardín de la servidumbre lateral de esta casa ha sido eliminado por el estacionamiento para los coches. Queda un árbol cuya presencia se sabe esencial contra el solazo y la contaminación. Los jardines que la finca, que hace esquina, debería de tener en la banqueta por ambas calles también se eliminaron.

Por la otra calle, leves resquebrajaduras en el pavimento requieren atención. Pero hay árboles. Enfrente, una vieja casa también patrimonial fue totalmente desfigurada hace años. En la siguiente esquina se mantiene una edificación de mérito cuya placa conmemorativa también está equivocada. Frontera a ésta, unos locales comerciales baratos dejaron, prisionera en su centro, y en andrajos, lo que queda de otra casa histórica. Tomando la tercera cuadra hay una larga jardinera paralela a la banqueta con algunos árboles y sin rastro alguno de cuidado de su vegetación: el jardín es un terregal. Sigue lo que fue la casa de un célebre arquitecto, construida en los años veinte, totalmente desfigurada. Luego dos bodegones con techo de asbesto sin siquiera los indispensables árboles que en algo rediman la vista. Y, ya dando la vuelta a la cuarta cuadra, un edificio de oficinas que optó, de manera totalmente ilegal, por quitar los estacionómetros y “disponer” allí un estacionamiento en batería que invade escandalosamente la banqueta sin que la autoridad haga algo.

Para rematar esta cuadra se puede observar, por la banqueta de enfrente, el largo jardín de la vía pública hecho un muladar, con sacos de basura y hasta un excusado y un aguamanil de desecho botados allí. Nadie barre, por supuesto. Para darle “vista” a la casa “clarearon” los follajes de varios árboles. Resultado: un buen porcentaje de fronda menos para purificar el contaminado aire. El edificio de este lado tiene agradecibles jardineras aceptablemente cuidadas y una imagen razonable. Pero para cerrar el recorrido por la cuadra inicial, la banqueta está destrozada. Las canalizaciones que hizo alguna compañía de teléfonos fracturaron los pavimentos y colaboraron a hacer de esta superficie algo intransitable para mucha gente. Acto seguido hay que sortear los coches que invariablemente ponen sobre la banqueta los empleados de un negocio allí establecido. Después, y para rematar, los inquilinos de otra casa de valía podaron severamente un árbol para darle vista a su local. Resultado: el gran ejemplar se está secando.

Una manzana cualquiera: daños y deterioros, bondades que resisten cada vez más aisladas: un retrato del declive “hormiga” de esta ciudad tan sumisa. Cada lector puede así recorrer la manzana de su elección; y sacar cuentas. Habría que dar las cotidianas batallas para detener la erosión del lugar donde vivimos todos.
 

Juan Palomar Verea
MAY 16