Detesto las películas musicales, son el remedo de una fórmula artística que resulta adecuada en el teatro, y un lastre ridículo en el cine. No obstante, reconozco que, más de alguna vez, han dado momentos genuinamente bellos y divertidos a la cultura de masas del siglo 20. Los miserables es una obra en donde todo se canta, y las melodías no cesan durante ninguna actividad. Sus precursores son Broadway, las óperas, y una portentosa novela decimonónica. El combinado tiende, en distinto grado, a la espectacularidad visual, el sentimentalismo sinfónico, y la monotonía dramática.
Los seres que inventa la trama parecen gente apasionada, con una fuerte inclinación al infortunio, deambulando por una época marcada por la desigualdad social, las convulsiones políticas, y un sentido de la justicia con efectos prácticos muy negativos. Entre las muchas historias que rondan en Los miserables la que adquiere más peso trata de la rivalidad de dos hombres buenos, enfrentados por la creencia de que un criminal nunca puede quedar moralmente exonerado. Desde las adaptaciones anteriores –que se dice suman más de 50- tal conflicto asoma como un desafío a la verosimilitud de los personajes, pues la novela toma cerca de mil 500 páginas para desarrollarlo, explicarlo y matizarlo, y el teatro o el cine deben hacerlo en el lapso de unas pocas horas. La dificultad deriva, por lo general, en un tratamiento esquemático del comportamiento que los vuelve figuras de telenovela histórica, sin credibilidad emocional o psicológica.
Para darle identidad propia a esta versión de la escenificación de gran éxito desde los años 80, tanto en los Estados Unidos como en Londres, los productores pusieron cuidado en dos aspectos que no han dejado de presumir durante la campaña de lanzamiento de la cinta. Primero, la selección de los intérpretes de los roles principales. Consiguieron actores de moda con la habilidad de entonar canciones mientras representan a su personaje. Si bien la obra tiene exigencias vocales modestas, lo problemático está a la hora de hacer melodiosas las conversaciones. Uno de esos casos curiosos es el duelo entre Javert y Valjean al pie del lecho de muerte de Fantine, en el que, entre estocada y estocada, cantan. Lo segundo, el sonido directo. El director impuso la obligación de grabar las canciones mientras se filmaban las escenas, recurso que no se utilizaba desde hace 60 años, y que se sustituyó por la costumbre del playback, es decir actores simulando que cantan. Esa decisión, tiene su momento triunfal cuando Fantine interpreta El sueño que soñé, el tema más emblemático de la obra. Según dicen nada más se hizo una toma porque la actriz alcanzó en ella algo irrepetible, sin importar la penumbra y los continuos desenfoques de la cámara.
Hay cerca de 48 canciones más en dos horas 30 minutos de duración. La mayor parte del tiempo la película entretiene, pero tanto decorado y tanta actuación apasionada desembocan también en un buen tramo de aburrimiento.
Los miserables (Les Misérables), Gran Bretaña, 2012; Dirección: Tom Hooper; Guión: William Nicholson, Alain Boublil, Claude Michel Schönberg, Herbert Krezmer; Actuación: Hugh Jackman, Russell Crowel, Anne Hathaway, Amanda Seyfried.