Los inicios Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Cuando algo empieza pareciera que todo es bello: el inmenso amanecer de un día; la aparición de la luna apenas cae la tarde; el nacimiento de un niño con su grito abierto; el regreso a clases con olor a lápiz, el primer trago de café todavía en pijama. Entre esos prospectos que a diestra y siniestra ofrecen felicidad, también se cuentan los inicios de algunas obras literarias y de algunos discursos inolvidables.

Entre los inicios marcados en la memoria y que a cada lectura reviven el escalofrío necesario del asombro, se tiene el de “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, con el que degustamos, incluso con la memoria emocional, a una de las más célebres novelas, como es Pedro Páramo de Juan Rulfo. Qué decir de “Te digo que no es un animal… Oye cómo ladra el Palomo… Debe ser algún cristiano…”, de Los de debajo de Mariano Azuela. Y “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”, como empieza la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

Desde otro ángulo pero con el mismo toque de belleza inicial están los discursos célebres entre los que surgen uno, principalmente:  “Si el templete donde estamos está donde está, no es accidente, es porque de por sí, desde el principio, el gobierno está detrás de nosotros.” Subcomandante Marcos, en el Zócalo de la Ciudad de México.

Los inicios de un texto o de un acontecimiento o de una etapa suele ser muy significativo, porque en él se fincan las características que definirán el desarrollo de todo lo que siga. El inicio es determinante “de lo que será”. Tal y como sucede con las personas a quienes su infancia determina su estilo de vida y destino.

En un par de semanas estaremos atentos a los inicios de los gobiernos municipales que esperamos den muestra significativa de la expectativa ciudadana.

Martín Almádez
SEP 14

¿Qué, no? Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Siempre he sido un preguntón. Toda la vida hago preguntas. ¿Qué desayunaré hoy?, por ejemplo, es la primera del día; o ¿Qué pensará Dios de mí?, por ejemplo, antes de dormir.

Cuando vivía la abuela, traía conmigo un rosario de preguntas en todas partes a donde me llevara y que ella contestaba con desgano algunas, y otras con verdadera desesperación. Todo parecía indicar que la hartaba. ¿La habré hartado siempre?

Luego, cuando aprendí a leer, en el catecismo me encontré con las preguntas tan crudas del padre Alfredo R. Placencia, que siempre me han parecido tan sencillas y tan difíciles de contestar. Lo bueno que a mí no me gustan las respuestas. Solo las preguntas. Quizá por eso entre mis libros de cabecera está El libro de Dios.

Cuando más tarde me encontré con los Diálogos de Platón, entendí que hacer preguntas es una forma fácil de entender la vida o al menos creer en eso, porque las preguntas llegaban como relámpagos incesantes que me dejaban tan cansado como satisfecho por encontrarle la lógica al mundo, y sentir que la inteligencia era como una mascota fiel a mi lado. Todavía puedo recuperar la sensación de superioridad cuando supe por qué los hombres y las mujeres buscan, siempre, a su media naranja: Platón menciona en El Banquete a un ser que reunía en su cuerpo el sexo masculino y el femenino y/o masculino-masculino y femenino-femenino. Estos seres invadieron el Monte Olimpo y Zeus los partió con un rayo, quedando divididos. “Desde entonces, se dice que el hombre y la mujer andan por la vida buscando su otra mitad”. Siempre he creído que de no haber leído a Platón, de cualquier manera yo hubiera escrito eso mismo, o quizá solo me lo hubiera preguntado. Creo que solo lo hubiera preguntado.

Con Nietzsche fui un preguntón temeroso. Incluso llegué a pensar que preguntar después de haber leído a Nietzsche era así como preguntar lo que todos ya sabían responder. Y es que siempre me daba respuestas antes de que yo hiciera las preguntas y por eso lo quería y al mismo tiempo lo odiaba: no me daba oportunidad de ser, y en eso yo tenía mucha razón, solo que, yo tenía razón gracias a que él tenía razón primero: “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”.

¿Qué, no?

Martín Almádez
AGO 30

El Sultán Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

El Sultán era el más popular entre los niños que salíamos de la escuela. Era de color verde olivo y sus ventanas cristalizadas de camión urbano, también verdes, trazaban un mundo tan real como fantástico en el que aparecían las vacas de don Roberto y los puercos de don José tan lentos o rápidos, como el camión avanzara por la carretera que separaba los sembradíos del valle de Tesistán.

Todos lo esperábamos con las mochilas bien pegadas a la espalda y con la moneda de 20 centavos en la mano. Todos nos disputábamos los asientos con ventanilla y apenas estábamos en su pasillo todo el Sultán era oscuridad con tantas pantallas como ventanas, tal y como creíamos que así debería ser el cine al que no conocíamos.

Era una gran ilusión regresar a clases por el olor de los cuadernos, por los zapatos nuevos y porque los pantalones hechos por mi hermana, estarían de mi tamaño; pero sobre todo, por la gran aventura que significaba ver el mundo verde desde El Sultán.

Los niños nunca son iguales y menos cuando pertenecen a tiempos distintos. Los de ahora no tienen un Sultán que les descubra el mundo, más bien tienen muchos, cientos de sultanes que les describen con rapidez muchos mundos a la vez. Tampoco les parece que por 20 centavos entran al cine, ellos separan ahora muy bien un camión de lo que es el cine. Y si hay vacas y puercos lo más seguro es que estén en los anuncios espectaculares o bien en una reunión de conductores con agentes de vialidad.

Lo que no cambia es el entusiasmo por el regreso a clases. Y es que parece el inicio de un año nuevo, porque los niños descubrieron en vacaciones un nuevo juguete o truco el que habrán de mostrar como noticia mundial durante todo el mes, tal y como sucedía en otros tiempos al contar a quien se dejara sobre el fantástico viaje en El Sultán.

Martín Almádez
AGO 23

El muladar que nos toca Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Alguien dice que el centro de la ciudad está intransitable por tanto comercio callejero. Que hace apenas un par de años no estaba así y que ahora es un tianguis desbordado.

Ese alguien tiene razón. Mucha.

El centro de la ciudad se nos volvió loco, se nos desordenó más todavía y nadie quiere hacerse responsable, ni el que trabaja de alcalde.

Es un gran tendedero de baratijas, de gritos y olores, las esquinas de los portales se muestran escudadas por puestos de fruta multicolor y churros azucarados, chamarras que cuelgan como estandartes sobre el parquímetro, medicamentos inauditos con el vegetal de donde provienen, exhibidos en un acto insólito y dramatizado por el curandero en plena vía peatonal.

La ciudad es la misma de siempre solo que más sucia y caótica, rehén de la corrupción y de intereses privados.

Alguien que trabaja de alcalde dice que esto no es cierto. Que solo se trata de la vida normal de una ciudad. De algo normal como el hacinamiento de comerciantes informales que delinquen y trafican solapados por la misma estructura de gobierno.

La corrupción también se dice ser formal porque tiene licencia para comerciar. Porque formalmente se talaron 139 árboles para que prospere el comercio de los anuncios espectaculares, ningún árbol será motivo de enriquecimiento económico particular. Pero el que trabaja de alcalde nos tranquiliza y pone las cosas en su lugar cuando dice que no se dio cuenta de lo acontecido y tampoco puede tener a un policía en cada esquina. Además ya ordenó reforestar.

Para mucha gente el orden comercial de una ciudad y sus zonas verdes son fundamentales para su calidad de vida. En Guadalajara sus autoridades oficiales no lo son porque no resguardan lo que la ley les obliga resguardar, más bien son autoridades de facto y fácticas porque responden a intereses de grupo sin ser conscientes de la trascendencia de su (ir) responsabilidad. O peor, siéndolo.

Martín Almádez
AGO 17

Ley antigraffiti Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Emprender la prohibición de un acto -más si lo prefieren los jóvenes- es una manera segura de expandirlo.
Los diputados han aprobado penalizar con siete años de cárcel a todo aquel que se atreva a practicar el graffiti. La iniciativa es de un diputado tricolor.

El graffiti ha sido y es una expresión de rebeldía social por parte de grupos inconformes con el sistema de gobierno, quienes usan principalmente los muros, sin importar si son públicos o privados, para comunicar sus demandas y afrentas en grafías cifradas, sólo reconocidas y leídas por los suyos.

De ahí que el graffiti tenga un origen clandestino, con una alta connotación política y social, identificado como una expresión subversiva, a la cual se le ha querido aniquilar con mecanismos represores que solo alientan su buen estado de salud y creciente bonanza.

Los diputados optan por una iniciativa lejana a la solución que buscan, porque no han querido leer con sensibilidad el problema que presumen atender. Continuar con la política donde se criminaliza a los jóvenes y todavía más grave coartar con el peso del Estado la libertad de expresión, es un modelo inigualable de legislación retrógrada que, vaya realidad, promovieron los que se ostentan como diputados cercanos a la gente. La ignorancia no respeta ideologías y menos cuando éstas son etiquetas para el mejor comprador.

Solo como acto de memoria, hace unos meses, también una diputada tricolor se envolvió en la bandera del derecho al acceso de la cultura y en su euforia generosa, “proclamó” al graffiti como “arte urbano efímero”, al mismo tiempo que emprendía una cruzada por imponerlo como una más de las bellas artes.

Delincuencia o arte, el graffiti es una innegable expresión cultural que como tal debe ser atendida desde esa óptica, que implica una respuesta más compleja y exige conocimiento del fenómeno. Solo con seriedad y sensibilidad en la solución, se podrá llegar al objetivo. Dar manotazos de gorila y garrotazos de cavernícola nos regresa a un pasado que todos creíamos superado.

Diputados de la misma Legislatura y del mismo partido, aunque con visiones distintas y muy lejanas de la necesidad real: Marco Antonio Barba Mariscal y Rocío Corona Nakamura. La diputada acabó por renunciar a su Molino de Viento y sería conquistada por la idea deslumbrante del diputado. Ahora los dos próceres ven cumplida su misión y su encargo desde el pasado 27 de julio (en respuesta a su demandante que desde luego no es el pueblo de Jalisco), que se concreta en siete años de cárcel para quienes se atrevan a expresar lo que piensan o sientan, con graffiti.

Martín Almádez
AGO 9

Vale más la plata Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Sigo convencido y reafirmo en tiempos de Olimpiadas, que el entusiasmo del mexicano peca de cándido por decir lo menos y peca de condescendiente por decir lo justo.

Son innegables y dignos de celebrar los triunfos medallistas de los tapatíos como parte de la Delegación mexicana en Londres 2012 al obtener la plata. ¿O el casi bronce de los tiradores de arco, galardonados hasta con el Premio Jalisco? Luego del festejo se piensa si ese triunfo responde a un resultado de mínima equidad: Jalisco ha sido campeón nacional durante los últimos 12 años y ejerció recientemente su liderato, parcial,  en los Juegos Panamericanos celebrados en esta ciudad. Queda sin ser descrito, todo el presupuesto público que un programa de estas dimensiones conlleva. Con esos antecedentes, históricos y sostenidos por más de una década, cualquiera podría concluir que la plata obtenida por los deportistas mexicanos es muy inferior al resultado justo. No pretendo la descalificación ni el “cascarrabismo” solo busco remitir a los esfuerzos hechos por tantos años y darle medida a la magra plata.

Sin embargo, el hambre que como mexicanos tenemos de triunfo, empuja a mostrar un espíritu social de ganadores encabezado por el propio Presidente de la República, hecho eco interminable por las televisoras que con dosis inigualable de dramatismo convierten en héroe a quien se propongan, de tal forma que Iván y Germán son convertidos en nuestros, muy nuestros, Rómulo y Remo.

Solo por comparar lo que sucede entre el deporte y la cultura, me viene a cuentas la figura internacional que ha conseguido ser el bailarín también tapatío, Isaac Hernández, quien ha triunfado en Estados Unidos y ahora, aclamado, es invitado a Europa, lo que es sin duda un gran éxito para todo México. Pero la cultura, todavía, no ha sabido vender tanto como el deporte.

Martín Almádez
AGO 1

Como un domingo sin sol Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Los días sin clases son como un domingo sin sol. Todos los domingos tienen sol y eso los hace soportables, porque hay que enojarse con el calor y salir de la cama sudado, con hambre, mucha hambre, abrir el refrigerador y encontrarlo vacío, limpio, con un limón agüitado en el fondo y una mantequilla que ha sobrevivido a la Navidad; entonces el páramo dominical se convierte en día lleno de cosas por hacer que le vuelven a uno el carácter de hombre importante con agenda llena: ducharse para poder abrir mejor los ojos, salir a las calles desiertas y refugiarse con conmovedor entusiasmo en el súper, único espacio donde se puede afirmar que el domingo debería ser promulgado Día de la Multitud. Mientras, el sol en todas partes, recargado. Es domingo. Día ferozmente productivo.

Pero un día sin clases es como un domingo sin sol. No hay durante todo el día la sensación de que todo lo aburrido que pudiste sentirte y pegajoso que te dejan los 30 grados a la sombra, valdrán la pena porque algo importante cambiará tu vida gracias a la película que verás por la tarde. Ni siquiera las llamadas de personas que solo te recuerdan los fines de semana y que sin embargo, esa llamada los hace presentes en la sala con sus risas desbocadas saliendo por el balcón del sexto piso. Nada de esas multitudes en un día sin clases.

En un día sin clases que es como un domingo sin sol no hay frontera entre la cama y la no cama porque todo es cama. Apenas se abren, los ojos se internan en los paisajes y laberintos de Paula. Ella y su olor se extienden por toda la recámara, entrelazados nos vamos al sofá, al comedor, al cuarto solo y vacío que no tiene cama pero mucho suelo sí, y juntos preparamos el café del mediodía y regresamos a la cama de donde sentimos nunca debes salir, porque nada nos llena que sentirnos uno solo y el mismo, sentir cómo los ojos de Paula se agrandan en la zozobra y se cierran para el amor, cómo se muestra con certeza aunque titubee en la inseguridad de su corazón, se entrelaza en un ir y venir de esperanza, de autodeterminación por ser la mujer íntegra que no requiere de un hombre para ser feliz, y entonces la interrogo molesto y celoso por su intento de disminuirme casi desaparecerme como elemento estratégico de su felicidad, la sacudo y la cuestiono, le reclamo explicación mirándola firmemente y ella apenas sonriente, diluye sus ojos entre las páginas que la construyen.
 

Martín Almádez
JUL 25

Las casas que uno vive Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Mientras tomaba el café de la mañana el periódico me susurraba lo triste que se encuentran las casas, casonas, casotas del centro de la ciudad. Me dijo que algunas, ya pasaditas en años, no quieren saber nada de sus moradores ni sueñan con un futuro, ni en recrear viejos tiempos, ni recuerdan siquiera a sus muertos; a otras les aterra imaginarse convertidas en centros comerciales o en estacionamientos improvisados; las más pobres de espíritu ya no quieren saber nada de nadie, incluso han hecho de sus adobes terreno fértil para el brote de todo tipo de hierbas, convencidas de que con ello, más temprano que tarde, una vaca entrará a sus pastizales y acabará por derribarles la poca dignidad que les queda.

Yo ya no pude seguir con mi café porque me invadieron los recuerdos y los momentos de nostalgia. Conocí a algunas de esas casas. A muchas de ellas solo de fachada. A otras nomás por la referencia con las que mi abuela las dibujó en mi memoria. (Mi abuela siempre me dibujaba todo). Pero a otras muchas, muchas otras, las conocí en la claridad de sus patios y en los recovecos de sus habitaciones, incluso en lo adusto de sus muebles y en alguna que otra hasta en la intimidad de sus noches de luna clara con olor a naranjo.

Claro que no las conocí en sus mejores tiempos, pero sí en el momento crucial en el que todo lo viejo -solo por el hecho de serlo- se magnifica y se lo trata como emblemático, luego vendrá el desprecio y hasta el olvido que es la etapa más cruel. Y es justo de la que da cuenta ahora el periódico:

(Algunas de ellas serán transformadas en museos, otras en galerías privadas, y algunas, muy pocas, serían consideradas refugios especiales para invitados distinguidos de la ciudad. La mayoría permanecerá como hasta hoy, en el pleno y auténtico abandono, aunque esto último quedaría en entredicho si le pidiéramos opinión a los roedores, drogadictos y miembros sobresalientes del crimen organizado de autopartes, quienes en verdadera muestra de tolerancia étnica conviven en armonía al interior de estas fincas).

El periódico traía imágenes y las vi con tanto detenimiento que me fue necesario retomar mi café. Suspiré cuando apareció, entre las casas nombradas, a todo color, la misma casa que en la memoria me había dibujado la abuela.

Martín Almádez
JUL 18

Hoy la Bestia ha engendrado Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

I
Amaneció en día gris con chorros de agua contaminada. No podía ser de otra manera. Apenas la noche anterior una tempestad se dibujaba ante la incredulidad de tanta gente. Y la ciudad con oídos sordos frente a mí. Apagada, diluida, indiferente. Por sus banquetas, los perros merodeando al ras de las cortinas cerradas. Por sus calles el silencio y las formas del olvido. Mientras, por la televisión surgían imágenes de triunfalismo y felicitaciones entre los equipos de transmisión. Algo habían hecho bien en la pantalla que en las calles no se encontraba.
 
II
Me pregunto, todavía en lo irreconocible de lo ilógico, si el silencio del árbol y la mudez de la piedra es también parte de este silencio nuestro. Tan desbordado por la sordidez que nos ahoga y nos clausura el derecho al futuro, el derecho a la esperanza. Porque si en la soledad del hombre el acto de caer en el error guarda la posibilidad de que el Otro acierte, cuando la mayoría de los hombres se equivoca la esperanza se pierde.
 
III
Hoy la Bestia ha engendrado.
Nudos de moco y baba sus brazos.
Ay, hay ahí que ver con cierta delicadeza
a la Bestia:
harapos sus escamas y cuernos viles ahora
las uñas.
 
IV
¿Qué ciudad y país son estos, que nacen desde hoy en la incongruencia con su gente? Son la prueba de que seremos capaces de encontrar en el diálogo una forma justa de apaciguar a la bestia, que por herencia y desgracia nos ha vuelto a amenazar.

Martín Almádez
JUL 4

Vamos por la mañana Por Martín Almádez martin.almadez@informador.com.mx

Entonces le dije que había caminado las calles de la ciudad algunas veces de tarde y otras de noche. Que me había encontrado con casas grandes, pequeñas, blancas o color ladrillo y unas cuantas de orgulloso adobe. Que pude sopesar a cada paso el tránsito oloroso de las banquetas. Que entré a callejones y mercados, jardines y plazas. Que todo aquello lo daba por conocido y no. Que no era así. Que en realidad apenas empezaba a conocer la verdadera ciudad, la que respira el desaliento, el abandono y el desamparo. Y que seguiría buscando porque yo sabía, muchos sabíamos que aparecería.

Me miró con sus ojos incrédulos, en silencio.

Entonces le dije que toqué todas las puertas y muchas se abrieron y pocas no tenían llave. Que surgieron de ellas rostros extrañados, brazos abiertos, tímidas voces, manos extendidas y algunos gestos enfurecidos por la duda. Que ofrecí la palabra como única prueba certera para escucharnos, para encontrarnos entre lo pardo de la tarde y lo amenazante de la noche. Que la palabra es el mejor patrimonio que tenemos para que florezca la mañana. Que es la mañana a la que esperan ver los más jóvenes, que es la mañana lo más grande que podemos darle a los más niños, que es en ella donde todos nos podemos ver a los ojos, y es solo con ella con quien podremos reconocernos. Que la haremos llegar, que a eso le apostamos, que en ella nos la jugamos.

Me volvió a mirar y escudriñó en mis ojos.

Entonces le dije que me ayudara, que es más fácil si todos la buscamos, que falta poco, que no hay tarde gris ni noche oscura que aguante la claridad de la mañana.

Fue entonces cuando me sorprendió sin sorprenderme, su mano extendida y abierta.

Martín Almádez
JUN 27