Vamos viendo que oponerse al chavismo en Venezuela seguirá siendo algo difícil e incluso arriesgado también ahora, tras la muerte del carismático presidente. El esforzado Nicolás Maduro (su esfuerzo consiste en intentar ser una segunda edición, disminuida pero sin correcciones, del líder desaparecido) ha revelado nada menos que una conspiración de la CIA para eliminar al líder de la oposición Henrique Capriles, con el fin de desacreditar internacional y nacionalmente al régimen postchavista. Atribuir conspiraciones a la CIA es algo tan cómodo y tan difícil de refutar como achacar amoríos al rijoso Dominique Strauss Khan, pero en este caso encierra cierto peligro añadido. Hay solicitudes letales para quien desean proteger y profecías que tienden ominosamente a cumplirse a sí mismas. De la advertencia de Maduro sólo hay una cosa indudable, entre varias dudosas: que Capriles corre peligro. Puede aplicar a su biografía el título inolvidable que el joven Hussein de Jordania, también rodeado de conspiraciones, eligió para la suya: “Insegura está la cabeza”.
Y para no tomarse a broma el asunto basta recordar el fatal destino del opositor Osvaldo Payá en Cuba, cuyo régimen ha servido de inspiración en tantos aspectos al actual venezolano. Como se sabe (mejor dicho, como oficialmente quieren que se sepa), Osvaldo Payá murió en un accidente de carretera junto a otro disidente cubano, Harold Cepero. En el vehículo siniestrado viajaban también otras dos personas simpatizantes con la oposición cubana, un sueco y el español Ángel Carromero. Primer milagro del suceso, los dos extranjeros resultaron ilesos (también el español, que era el conductor) y los dos cubanos murieron en el acto, un resultado convenientemente selectivo. Desde el principio, se habló de la presencia de un segundo coche que hostigaba al de los disidentes y que terminó por forzarle a salirse de la carretera. Fueron los ocupantes de ese vehículo, según testigos del accidente, los que rescataron velozmente a los extranjeros del coche accidentado y los alejaron del lugar. En cuanto a los dos disidentes cubanos… ¡quién sabe!
El sueco sólo ha contado después que iba dormido y no se enteró de nada: vamos, que se hace el sueco. Carromero, acusado de conducción temeraria y condenado por las dos muertes, ha guardado un prudente silencio hasta verse de nuevo repatriado a España, donde por fin ha confirmado a la familia de Payá la existencia del segundo vehículo agresor. La hermana de Osvaldo, Rosa María, quiere que se investigue el asunto, pero ha tropezado con el decepcionante desinterés del Gobierno español que prefiere no profundizar en lo ocurrido… a pesar de que Osvaldo Payayá era español, porque tenía la doble nacionalidad. Ahora Rosa María va a acudir al Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, apoyada por tres expresidentes latinoamericanos. Por su parte el pseudoprogresismo hispánico se ha dedicado a burlarse de Carromero: si el muerto hubiera sido un opositor de izquierdas a una dictadura derechista, creo que hubieran reaccionado con menos indiferencia.
Antes y después de la muerte de Osvaldo, la familia Payá –como otros opositores al régimen castrista– han sufrido el hostigamiento persistente de sayones gubernamentales. Esperemos que Capriles y su opción democrática no padezcan de aquí a las próximas elecciones venezolanas un maltrato semejante.