¡Cuidado, oposición! Por El Informador opinion@informador.com.mx

Vamos viendo que oponerse al chavismo en Venezuela seguirá siendo algo difícil e incluso arriesgado también ahora, tras la muerte del carismático presidente. El esforzado Nicolás Maduro (su esfuerzo consiste en intentar ser una segunda edición, disminuida pero sin correcciones, del líder desaparecido) ha revelado nada menos que una conspiración de la CIA para eliminar al líder de la oposición Henrique Capriles, con el fin de desacreditar internacional y nacionalmente al régimen postchavista. Atribuir conspiraciones a la CIA es algo tan cómodo y tan difícil de refutar como achacar amoríos al rijoso Dominique Strauss Khan, pero en este caso encierra cierto peligro añadido. Hay solicitudes letales para quien desean proteger y profecías que tienden ominosamente a cumplirse a sí mismas. De la advertencia de Maduro sólo hay una cosa indudable, entre varias dudosas: que Capriles corre peligro. Puede aplicar a su biografía el título inolvidable que el joven Hussein de Jordania, también rodeado de conspiraciones, eligió para la suya: “Insegura está la cabeza”.

Y para no tomarse a broma el asunto basta recordar el fatal destino del opositor Osvaldo Payá en Cuba, cuyo régimen ha servido de inspiración en tantos aspectos al actual venezolano. Como se sabe (mejor dicho, como oficialmente quieren que se sepa), Osvaldo Payá murió en un accidente de carretera junto a otro disidente cubano, Harold Cepero. En el vehículo siniestrado viajaban también otras dos personas simpatizantes con la oposición cubana, un sueco y el español Ángel Carromero. Primer milagro del suceso, los dos extranjeros resultaron ilesos (también el español, que era el conductor) y los dos cubanos murieron en el acto, un resultado convenientemente selectivo. Desde el principio, se habló de la presencia de un segundo coche que hostigaba al de los disidentes y que terminó por forzarle a salirse de la carretera. Fueron los ocupantes de ese vehículo, según testigos del accidente, los que rescataron velozmente a los extranjeros del coche accidentado y los alejaron del lugar. En cuanto a los dos disidentes cubanos… ¡quién sabe!

El sueco sólo ha contado después que iba dormido y no se enteró de nada: vamos, que se hace el sueco. Carromero, acusado de conducción temeraria y condenado por las dos muertes, ha guardado un prudente silencio hasta verse de nuevo repatriado a España, donde por fin ha confirmado a la familia de Payá la existencia del segundo vehículo agresor. La hermana de Osvaldo, Rosa María, quiere que se investigue el asunto, pero ha tropezado con el decepcionante desinterés del Gobierno español que prefiere no profundizar en lo ocurrido… a pesar de que Osvaldo Payayá era español, porque tenía la doble nacionalidad. Ahora Rosa María va a acudir al Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, apoyada por tres expresidentes latinoamericanos. Por su parte el pseudoprogresismo hispánico se ha dedicado a burlarse de Carromero: si el muerto hubiera sido un opositor de izquierdas a una dictadura derechista, creo que hubieran reaccionado con menos indiferencia.

Antes y después de la muerte de Osvaldo, la familia Payá –como otros opositores al régimen castrista– han sufrido el hostigamiento persistente de sayones gubernamentales. Esperemos que Capriles y su opción democrática no padezcan de aquí a las próximas elecciones venezolanas un maltrato semejante.
 

El Informador
MAR 24

Robin Hood, reseteado Por El Informador opinion@informador.com.mx

El mundo de internet —es decir, ese mundo dentro del mundo que parece confirmar el dictamen del poeta Eluard: “Hay otros mundos, pero están en éste”— se ha visto conmocionado por el suicidio de Aaron Swartz. Tenía solamente 26 años, pero ya era muy conocido en las redes por sus innovaciones en materia de programación, su destacada colaboración con la Open Library y con Wikipedia así como su activismo contra SOPA, la ley norteamericana contra el fraude en internet y en defensa de la propiedad intelectual. En 2011 fue acusado de haberse descargado del JSTOR, una entidad sin ánimo de lucro ligada al MIT, casi cinco millones de artículos científicos, reseñas y publicaciones protegidas por el copyright para compartirlos gratuitamente con otros sitios de descargas. En el proceso que estaba abierto contra él podría haber llegado a ser condenado a 35 años de prisión y más de un millón de dólares de multa, aunque la fiscal Carmen Ortiz (que ya se ha convertido en la bruja mala de este cuento) ha apuntado después de su muerte que el asunto podría haberse arreglado con seis meses de prisión menor, según un acuerdo rechazado en principio por la defensa del joven.

En cualquier caso, la tensión del proceso y la amenaza penal parecen haber sido demasiado para Swartz, que ya había tenido episodios depresivos durante años. Y sólo cabe lamentar que todo este asunto tuviese un desenlace trágico evidentemente desproporcionado con la gravedad del daño que este “hacker bueno” —como le denominan sus numerosos partidarios— hubiera podido cometer. Aunque también es posible que el suicidio no se deba al proceso judicial sino a los problemas psíquicos constantes de Aaron, como sostiene su amigo el periodista Cory Doctorow en el homenaje póstumo que le dedicó. Sea lo que fuere, pues con ese tipo de muerte nunca se sabe nada de cierto, Aaron Swartz se ha convertido ya en un mártir de cierta idea de libertad total en internet para Anonymous y muchos ciberactivistas, que han aprovechado el drama para atacar al Departamento de Justicia (especialmente a la fiscal Ortiz, por su intransigencia) y hacer un llamamiento popular a la reforma de la legislación sobre delitos informáticos.

Pero la cruel fiscal Ortiz, sean cuales fueren sus excesos de celo, dijo algo perfectamente razonable al sustentar su acusación: “Robar es robar, sea lo robado una cartera o un archivo informático y tanto si se roba con una ganzúa como con un ordenador”. Impecable. Añado: y tanto si se roba para repartirlo entre los pobres, a lo Robin Hood, como para lucrarse. Amigos y familiares de Swartz aseguran que él repetía que lo único que quería era “cambiar el mundo”. Admirable idealismo aunque en sí mismo encierra una amenaza, porque el mundo puede cambiar para mejor o para peor: nadie menos de fiar que quien cree que todo cambio es bueno por ser cambio, advirtió hace tiempo el filósofo Odo Marquard. Ahí tenemos por ejemplo a un hacker de indudable peso, Kim Dotcom, cuyo idealismo presenta más dudas que el de Aaron Swartz. Sin embargo, él también nos anuncia que su nuevo sistema de almacenamiento MEGA “cambiará el mundo”. Significativa coincidencia del gángster y el desprendido profeta. Tal parece que ambos creyeron que la transformación del mundo que viene se basa en que el robo deje de ser robo, maldita sea la fiscal Ortiz: la diferencia es que para Aaron Swartz habría de convertirse en virtud y para Kim Dotcom me temo que en vicio impune…

En esas estamos, entre Swartz y Dotcom, aunque ambos me parecen igual de equivocados. Los dos tienen muchísimos seguidores en internet y puede que, a pesar de ser moralmente tan diferentes, compartan la mayoría de ellos. Les llaman “genios”: yo sigo considerando que los genios aportan contenidos y no sistemas para aprovecharse de lo imaginado por otros. Anticuado que es uno. Por cierto, no entiendo por qué los mismos que se indignan de la corrupción de los políticos son tan tolerantes con los corruptores de la red…

El Informador
FEB 3

Individualismo colectivo Por El Informador opinion@informador.com.mx

Hace tres décadas, el antropólogo francés Louis Dumont sostuvo una teoría interesante. A su juicio, las características más negativas, arrogantes e insolidarias del peor individualismo (negarse a lo común, a la igualdad de derechos con los diferentes, a renunciar a privilegios para potenciar la armonía social, a imponer valores y creencias persiguiendo a los discrepantes, etc…) no se dan sólo en individuos sino también en grupos o colectivos. Es decir, hay colectividades que se individualizan negativamente dentro de comunidades mayores o incluso de la universalidad humana, para afirmar sus ambiciones particulares por encima y contra los derechos de los demás. Dumont señalaba a los nacionalismos del siglo XX, empezando por el nazismo hitleriano, como ejemplos no de colectivismo extremos sino más bien de extremados individualismos colectivos.

Valga lo que valga esta teoría, que resumo de memoria y quizá de manera injustamente simplificadora para el pensamiento de su autor, creo que tiene cierta utilidad para enjuiciar las dificultades por las que atraviesa hoy la democracia española. Los nacionalismos separatistas se comportan al modo de esos individuos insufribles que constantemente se están vanagloriando de lo excelso de sus dones, de lo guapa que es su familia y lo único y excelente que resulta su linaje frente a la vulgaridad opaca del común de los mortales. ¿Cómo se les va a confundir a ellos con los demás? ¿Cómo se les va a degradar a la altura de sus vecinos o confundirlos en una misma unidad con ellos, por muchas ventajas que hayan obtenido en el pasado y obtengan en el presente de su pertenencia a esa comunidad?

Cualquier reducción de su excepcionalidad es vista como una agresión a su idiosincrasia cultural, víctima de la exigencia de homogeneidad propia de un país plural pero unido en aspectos básicos. Tal es por ejemplo la disputa en tono a la inmersión lingüística en Cataluña. Si los tribunales superiores o el ministerio de educación deciden defender el derecho de los catalanes a ser educados si lo prefieren en castellano, sin que ello elimine el derecho de otros a preferir como lengua vehicular el catalán, ello es visto por los nacionalistas como un feroz ataque a su identidad propia. El mal no estriba en que se les prohíba estudiar como ellos quieren sino en que se permita a otros estudiar en una lengua distinta, que resulta ser además la común del estado constitucional del que forman parte. Esa reivindicación de un derecho elemental, que atiende a la realidad social de la Cataluña de hoy, es presentada como una muestra del “españolismo más rancio”, como si proclamar para justificarse la milenaria existencia de una Cataluña anterior a España fuese una muestra de lozanía intelectual y política.

Y lo mismo puede decirse de la reivindicación de un “derecho a decidir” que en realidad consiste en la exclusión del derecho a decidir del resto de los españoles sobre algo que les afecta indudablemente, como la posible independencia de Cataluña. Según  tal planteamiento, es impecablemente democrático que una gran mayoría de los ciudadanos del país del que hasta hoy forman parte —y no precisamente desde ayer— deban verse privados de voz y voto respecto a una pérdida crucial de su soberanía. Creo que hablar de individualismo colectivista insolidario y posesivo no es muy desacertado para caracterizarlo.

El Informador
ENE 27

Sin filosofía Por El Informador opinion@informador.com.mx

El asturiano José Gaos fue catedrático de Filosofía y socialista. Ocupaba el rectorado de la Universidad de Madrid (el más joven en el puesto, 36 años) cuando tuvo que exilarse a México a causa de la Guerra Civil. En la UNAM ejerció un largo y hondo magisterio, de cuya fecundidad son prueba tantos discípulos ilustres. Murió de un ataque al corazón mientras presidía un tribunal de doctorado, un destino lleno de dignidad académica, pero cuya perspectiva tratamos de evitar quienes nos jubilamos anticipadamente… A mediados del pasado siglo mantuvo un seminario con varios de sus mejores alumnos, ya emancipados en gran parte de su tutela (Ricardo Guerra, Emilio Uranga, Luis Villoro y mi añorado Alejandro Rossi), sobre una cuestión muy orteguiana: la vocación filosófica. ¿Qué es lo que lleva a alguien a dedicarse profesionalmente a la investigación y la docencia de la filosofía?

Los planteamientos iniciales del seminario (Gaos ligaba esa vocación a tendencias individuales como el afán de goce sensual o estético, la soberbia pasión intelectual de dominar, el erotismo del saber), las rebeldes e irónicas respuestas de los discípulos que se atrevían a dejar de serlo, las contrarréplicas cruzadas entre estos y las admoniciones defensivas del contestado maestro a todos ellos constituyen una suerte de psicodrama de alto nivel ahora al alcance de los lectores, ya que Fondo de Cultura Económica acaba de publicar las actas del seminario (Filosofía y vocación). En esas pocas páginas se encierra, para quienes saben leerlas o comparten su inquietud inicial, el insoluble desafío de pensar más allá de lo que conocemos y de tratar de enseñar lo inenseñable. La aventura que nos hace humanos para unos, o simple pérdida de tiempo para los que reclaman que todo sea manejable y brinde netos beneficios.

Resulta evidente que el nuevo plan de estudios de Bachillerato va a decantarse por la segunda opción. Montaigne dijo que “la filosofía tiene discursos para la infancia tanto como para la vejez” (la idea proviene de Epicuro), pero el Ministerio prefiere que se queden sin ella tanto unos como otros. La historia de la filosofía desaparece y la filosofía misma queda como una opción diluida entre otras muchas (tampoco la literatura sale mucho mejor parada). Se pretende reforzar las asignaturas instrumentales —lo que está bien—, pero a costa de guillotinar las que sirven para reflexionar sobre los fines que pretendemos alcanzar con tales herramientas. A quien pregunte por ellos se le remitirá a las cotizaciones de la Bolsa o en general a la eficacia, entendida como maña para obedecer a la necesidad. La ausencia o minimización de la filosofía permitirá luego ir prescindiendo del resto de las humanidades, porque sin ella el arte o la historia quedarán como estrategias político-publicitarias que pronto serán sustituidas por mecanismos menos engorrosos. Mientras avance la tecnología, nadie lamentará el retroceso del pensamiento, esa jaculatoria de nostálgicos…

El vacío de sentido dejado por la filosofía lo llenarán a paletadas clericales (aquí “paletadas” viene de paleto, no de pala) las iglesias y los nacionalismos. Su enemigo común es el laicismo, que defiende a los pensantes frente a los creyentes: unos lo verán como guerra a la religión, y otros, como guerra a la identidad cultural. La enseñanza volverá a su cauce teológico e identitario, apoyándose unas veces en unos partidos y otras en los opuestos. Nos forzarán a abjurar de la democracia laica tanto las derechas hechizadas por la Iglesia como la izquierda idiotizada por los nacionalismos. Aunque eso sí, como Dios aprieta pero no ahoga, tanto unos como otros procurarán mantener abierta la vía de acceso al supermercado. A su entrada, con el carrito de la compra, nos pertrecharán de unos cuantos dogmas anestesiantes. ¡Habrá que aprender a resignarse… aunque no podamos tomárnoslo con filosofía, porque eso es precisamente lo que ya no habrá!

El Informador
ENE 20

Aprendiendo a empeorar Por El Informador opinion@informador.com.mx

Puede que la presente crisis económica (que también es social, educativa, cultural… y desde luego política) no nos enseñe que es necesario cambiar de forma de vivir pero al menos nos va dando severas lecciones sobre como acostumbrarse a vivir peor. Por ejemplo, en la España obligada a drásticos recortes y a sacrificar gran parte de su presupuesto en enjugar su déficit con Europa, ya hay españoles que confiesan: “Ahora comprendemos cómo se las han visto los países latinoamericanos durante tantos años con la dichosa deuda externa”. En efecto, ese inacabable débito bloquea el desarrollo, jibariza la protección social, aumenta la desigualdad en todos los campos (sobre todo en el fundamental de la educación) y deteriora sustancialmente la confianza en las instituciones democráticas. Y cuando éstas pierden apoyo —porque no sólo son cuestión de razón sino también de fe, como casi todo— el vacío que dejan se rellena con su caricatura, la mermelada populista. Algunos han dicho —yo, sin ir más lejos— que el populismo es la democracia de los ignorantes: añadamos, para ser justos, que es también la democracia de los decepcionados…

El populismo es el sueño de una democracia sin trabas ni remilgos, un sistema instantáneo en el que la voluntad generosa y solidaria del pueblo se realizase sin interferencias. Pero lo malo es que precisamente son las trabas (es decir, los procedimientos, garantías y contrapoderes) los que constituyen la democracia, mientras que la pretensión de que hay una sola voluntad popular (y que por tanto lo que piense cada ciudadano es irrelevante o nocivo salvo que coincida con ella) es la negación misma del sistema democrático. Actualmente las instituciones democráticas dejan insatisfechos a los ciudadanos en bastantes países europeos y por tanto el populismo gana terreno en ellos, como viene ocurriendo una y otra vez en América latina. Está pasando desde luego en Grecia, con el auge de un grupo neonazi como Amanecer Dorado, y en Hungría, donde la extrema derecha pide publicar la lista de los judíos por ser peligrosos para el país, pero también en Francia con una derecha radicalizada y próxima a posturas xenófobas o en Italia, donde no es impensable ya ni siquiera el regreso político del aborrecible y recurrente Berlusconi. Incluso en Gran Bretaña cunde la desconfianza respecto a la BBC (lo que en ese país preludia el vértigo del abismo), aumenta el número de aislacionistas euroescépticos y Escocia pide la secesión para escapar de la quiebra del hasta ahora incombustible reino.

En España, el populismo también se reviste de gesticulación disgregadora. La apuesta separatista de Artur Mas en las pasadas elecciones opuso a la legalidad democrática de las instituciones la expresión vocinglera y sin trabas de un pueblo al que no podrían detener reglamentos constitucionales. Por suerte los votantes se han mostrado bastante más cautos que los representantes políticos y han demostrado que sigue habiendo más partidarios de la ciudadanía que del oleaje populista. Sin embargo se han producido serias fisuras en nuestro ordenamiento político que no van a ser fáciles de reparar a corto plazo. Mientras continúe el desasosiego laboral y los recortes en servicios públicos, la tentación populista seguirá activa, al acecho de otras oportunidades. Y los ciudadanos tendremos que acostumbrarnos a vivir en peores condiciones políticas de lo que creíamos ingenuamente ya consolidado por siempre jamás…

El Informador
DIC 30

El hombre intranquilo Por El Informador opinion@informador.com.mx

Algunos popularísimos personajes de ficción han sufrido significativas mutaciones al pasar de la novela al cine. Especialmente notables fueron las de Sherlock Holmes, convertido ya desde un comienzo en personaje de acción y no de reflexión: el inolvidable Basil Rathbone acuñó el físico ideal del gran detective pero sus aventuras son las de un agente secreto, no las de un investigador cerebral. Hubo que esperar hasta la serie de Granada TV protagonizada por Jeremy Brett para encontrar un trasunto razonablemente fiel de los relatos de Conan Doyle. Las últimas versiones en cine y televisión del gran sabueso son ya puro manierismo, a veces divertidas pero estrafalarias respecto al original.

Por cierto, ahora se cumplen los primeros 125 años de la publicación de Estudio en escarlata, que no es lo mejor de la saga inmortal —aunque el título es insuperable— pero sí la excelente pieza inaugural. Debolsillo acaba de conmemorarlo sacando una buena edición en pasta dura (traducción de Esther Tusquets), con la portada original e ilustraciones de la época para ambientar el texto.

En cambio, la serie cinematográfica de James Bond es mucho más fiel a los relatos originales de Ian Fleming, pese a que últimamente parece seguir el camino inverso a las adaptaciones de Holmes: en Skyfall el héroe de acción, sin dejar de serlo, se hace menos vertiginoso y más agónico. El director Sam Mendes es consciente de que Bond, James Bond, no envejece y sin embargo los fans de sus aventuras sí y ensombrece al personaje para que sigan pudiendo disfrutarlo sin puerilidad, lo cual es de agradecer… aunque en el fondo sea un poco humillante.

James Bond nunca había sido antes reflexivo en la pantalla ni apenas en los libros: héroe profesionalmente intranquilo y acelerado, sin sosiego, rapidísimo por tierra mar y aire, apenas tiene tiempo para degustar el champán que elige con erudición de suplemento gastronómico y ya debe volver a salir corriendo. Hablando de correr, a la chica a veces se la liquidan en la cama, sin tiempo de pasar por el bidé. Abroquelado tras su licencia para matar, es desde luego un ejecutor —un verdugo— pero también un ejecutivo, alguien que tiene prisa.

En su origen fílmico, a comienzos de los años sesenta del pasado siglo, James Bond supuso una notable revolución moral entre los protagonistas aventureros: es obediente con los superiores y cínico con todos los demás, brutal bajo su refinamiento, promiscuo y sin perplejidades éticas. Un héroe envidiable pero antirromántico, despreocupadamente inmoral y con todo simpático. Su única cualidad positiva es la eficacia y su capacidad de sobreponerse a las dificultades más angustiosas, gracias a su entrenamiento físico y a la ayuda que le prestan artilugios tecnológicos exclusivos (hoy cualquiera de nosotros los puede comprar mejores en la tienda de la esquina). Los espectadores que le admiran se identifican con él por sus ventajas (fuerza, seducción, dinero, paisajes, máquinas…) pero no por sus virtudes, salvo que sea virtud arreglárselas siempre y como sea para triunfar. En el fondo le envidiamos de una manera más desvergonzada y menos hipócrita que a otros santos redentores de la pantalla…

La galería de malvados contra los que se emplea James Bond es sin duda uno de los mayores atractivos de la serie. Ni siquiera en su primera época (con la excepción de Desde Rusia con amor) esos adversarios pintorescos respondieron nunca ortodoxamente a los estereotipos de la guerra fría. Siempre han tendido más bien a representar la extravagancia contemporánea del poder, que se hace tanto más dudoso cuanto más se personaliza.

El mal como estructura es evidente pero cuando se convierte en individuo tiende al ridículo: la omnipotencia no puede dedicarse fructuosamente a desordenar, para eso ya estamos todos los demás. Lo que rinde buenos dividendos es inocular pequeñas alteraciones sabiamente dosificadas en el orden como coartada para reforzarlo luego mejor… Pero eso es demasiado complicado para James Bond, al que siempre vemos agitado y sacudido como un martini mezclado por un barman torpe. Ahora parece que se va volviendo más introspectivo, de modo que se acerca la hora de su indeseable jubilación…

El Informador
DIC 23

La selección españolista Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Fernando Savater

Leyendo las crónicas y comentarios periodísticos sobre los resultados de las últimas elecciones catalanas, con la imprevista nalgada a Artur Mas, he confirmado una sospecha que me venía rondando desde tiempo atrás. En este país —¡ay, Larra!— se puede ser vasco, catalán, andaluz o extremeño sin problemas pero difícilmente español. Los españoles son en realidad españolistas. Es una condición pintoresca, fruto probablemente de aquella diferencia específica caracterizada en tiempos inolvidables con el lema Spain is different. Los franceses pueden serlo políticamente sin ser franchutistas (ni siquiera chovinistas), los alemanes no son forzosamente alemanistas ni los italianos italianistas y lo mismo les ocurre a los afortunados poseedores de la nacionalidad holandesa, polaca o británica. ¡Felices ellos en su despreocupación! Aquí hay que conformarse con ser españolista y eso si no se convierte uno en ultraespañolista, lo que puede ocurrir a poco que te descuides.

De modo que, según dice la prensa, en los comicios catalanes ha subido bastante “el voto españolista”, es decir que han recibido mayor apoyo que otras veces los partidos españolistas, caracterizados por la atrabiliaria pretensión de que no se mutile la integridad del país del que son ciudadanos y no precisamente desde ayer. Supongo que el resto de quienes somos españolistas habituales —ya saben, en el sentido en que hay sospechosos habituales— debemos consolarnos con ese tímido ascenso frente a otros males de la patria.

Y toca recordar que más complicado fue no hace mucho ser españolista en el País Vasco, sobre todo si no se quería morir en el intento. Por eso se inventaron derivaciones eufemísticas, como vasquista, que era una forma de que a los españolistas no se les notara tanto el peligroso hedor a enemigo del pueblo. Por la misma razón también supongo que hay catalanistas, a los que sin embargo no se debe confundir con los catalanes de pata negra. Y en istas estamos…

Españoles, lo que se dice españoles, solo puede haberlos de extrema derecha. Para rastrear los orígenes y causas de tal anomalía conviene repasar el excelente estudio La herencia del pasado. Las memorias históricas de España (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), con el que el profesor Ricardo García Cárcel acaba de ganar el Premio Nacional de Historia. En alguna entrevista a propósito de su libro, García Cárcel se queja de que a veces dé la impresión de que el concepto de España lo haya inventado Felipe V o el mismísimo Franco. Señala, con toda lógica, que hay una tradición republicana española a la que pertenecen Manuel Azaña, María Zambrano y tantos otros: los mejores, los que de verdad perdieron, los que nunca tuvieran ocasión de ser rentistas de la Guerra Civil. A los que podemos añadir, digo yo, quienes mucho más jóvenes quieren vivir hoy en una democracia no por nacional menos plural, tan defendible y tan reformable como las demás europeas, que se ha ganado dolorosamente su derecho a no ser mutilada en beneficio de trincones y mitómanos.

Para tener el derecho a ser español sin aguarse en españolista hay que abandonar la política y dedicarse al deporte. Alonso, Nadal, Gasol y demás son españoles a mucha honra propia y de todos. Y por el momento también tenemos una selección española y no españolista de fútbol, aunque no faltan algunos que protestan —incluso agresivamente, como cierta criatura municipal en Donosti— contra semejante desafuero. De modo que para no vernos aquejados de españolismo tendremos que aficionarnos al balompié incluso los más remisos a tan omnipresente juego. Al final van a tener cierta razón quienes nos advierten de que el deporte redime de las limitaciones de la vida… Ahora escucho en una tertulia radiofónica a un opinador estableciendo que el partido Ciutadans es españolista, mientras que UPyD es en cambio ultraespañolista. No me atrevo a decir, Dios me libre, que dicho ente parlante sea un mentecato: pero que al menos es bastante mentecatista, seguro que sí.

El Informador
DIC 9

Hacerse el loco Por El Informador opinion@informador.com.mx

Por: Fernando Savater

Aseguraba Churchill que una regla elemental de etiqueta política prohíbe vocear “yo ya lo dije” cuando los acontecimientos históricos le dan a uno la razón. De modo que me limitaré a preguntarme que más debíamos haber dicho los que nos dedicamos a estas cosas, intelectuales o como nos llamemos, para advertir de lo que estaba pasando en Cataluña y prevenir contra lo que ya pasa ahora. No es fácil establecerlo, porque tradicionalmente se ha considerado en este país —sobre todo entre quienes se consideran progresistas— que decir o, aún peor, hacer algo nítidamente claro contra los nacionalismos de tendencia separatista era empeorar las cosas. Si uno argumentaba contra las falacias de los agravios históricos o fiscales, contra las identidades milenarias, contra la inmersión lingüística que conculca el derecho a elegir ser educado en la lengua común, etcétera… siempre había un asno solemne para advertirnos de que estábamos “fabricando independentistas”.

Si uno seguía la corriente al independentismo, planteando sólo aquí y allá una pega venial para minimizar daños, los independentistas ya fabricados nos utilizaban como argumento a su favor y nos animaban a dar el paso final, pasándonos del todo a su bando. O sea, tanto de un modo como otro, el resultado parecía ser inevitablemente más independentismo. Pares o nones, la casa siempre gana cuando los dados están trucados.

Por eso lo que se decía y lo que se callaba tenía un cierto tufo de manicomio: o se les daba la razón como a los locos o directamente uno se hacía el loco ante sus razones. Y así hemos ido tirando, hasta que las cosas se han puesto feas de verdad. El separatismo es una enfermedad política oportunista, que ataca a los organismos debilitados por estados carenciales. Y para Estado carencial, el español. Sin embargo, algunos nos negamos tanto a hacernos los locos como a dar por buenas locuras o aceptar fraudes ideológicos. Porque dar por buena y normal la locura en este terreno supone una profunda deslealtad: no con magníficas entidades como España o Cataluña, sino con nuestros compatriotas.

Ya sabemos que mantenerse leal a la cordura tanto propia como ajena puede tener consecuencias negativas para la reputación. Así, si uno recuerda ante ciertas proclamas lo que dicen las leyes vigentes que nos hemos dado los ciudadanos de este país (sobra decir que los catalanes como los demás), los nacionalistas le reprocharán que este “amenazándoles”. ¿Amenazando con qué? ¿Con aplicar la ley? ¿No será más amenazante decir que se está dispuesto a violarla o que se olvidará su aplicación si conviene a unos cuantos? Si se aportan datos contra la leyenda del expolio fiscal que padece Cataluña o se recuerda que ese lema de “damos más de lo que recibimos” es lo que dicen todos los ricos de este mundo frente a la obligación impositiva para sostener instituciones asistenciales que ellos no creen necesitar, se nos acusará de dar “patadas y puñetazos” a los catalanes cuando en realidad se les está tratando como a seres razonables. Etcétera.

El problema es que, en este asunto, cuanto podamos decir será utilizado en nuestra contra. Por eso resulta tan pueril la pretensión de buscar cambios legislativos para conseguir que los catalanes “estén cómodos” en España. Los catalanes no nacionalistas están comodísimos en España, negocian con ella, viajan por ella como por su casa (que lo es), comparten sus triunfos deportivos o su música, etcétera… la critican y la encomian con total naturalidad. Incluso a muchos nacionalistas les pasa lo mismo. Otros, en cambio, ni están a gusto ni piensan estarlo próximamente porque su razón de ser ideológica consiste en gestionar tal disconformidad.

Cambiar las cosas sólo para dar gusto a quienes no piensan estar a gusto nunca mientras sigan dentrodesazona a muchos y no contenta a los demás. Por ejemplo, la renovación del Estatuto. Antes de emprenderla, las encuestas decían que los catalanes eran una de las autonomías mas satisfechas con su reglamento. El referéndum para aprobar el nuevo —con ínfulas de Constitución alternativa— contó con una participación popular más baja que mediana. Ni en el parlamento español ni en el Tribunal Constitucional fue rechazado, sólo se hicieron esfuerzos para hacerlo compatible con la legislación estatal, tratando de que estar cómodos en España no consistiera en incomodar a España…como luego pareció ser el verdadero objetivo. En particular el Tribunal Constitucional, con un largo retraso fruto del pánico a desagradar, sentenció ciertos cambios a partir de un esfuerzo de interpretación que atenuara las flagrantes inconstitucionalidades en traviesos malentendidos. Pues nada, su dictamen fue considerado como un atropello imperdonable por quienes ideológicamente necesitaban una tiranía que padecer y no un estatuto del que disfrutar.

Ahora los contemporizadores apuestan por el federalismo, una propuesta que en su día —más anteayer que ayer— podría haber servido para clarificar los límites de los autogobiernos regionales pero que ni ayer ni hoy contentará a quienes precisamente pretenden abolirlos. El objetivo de las federaciones es organizar a quienes están separados y quieren unirse, no dar cauce a la asimetría y la desunión de los ya unidos. Por tanto el federalismo despierta mediano entusiasmo entre los que no son separatistas y rechazo entre los que lo son. Pero lo más sorprendente es que algunos no nacionalistas propongan aceptar como muestra de buena voluntad el posible resultado pro-independentista de un referéndum celebrado solamente en Cataluña, que por lo visto obligaría a replantearnos el Estado español.

Si se concede ese poder discrecional a una parte del territorio nacional, es que ya se la considera de facto como independiente: de otro modo, serían como es obvio todos los ciudadanos del país los consultados en cuestión tan trascendental. No sólo se trata de preguntar a los catalanes si quieren dejar de ser también españoles, sino a los españoles si quieren renunciar a ser también catalanes. Porque la automutilación y sus consecuencias no afectan sólo a los derechos de unos, sino a los de todos: el olvido de algo tan elemental como que el derecho a decidir unilateralmente la independencia es ya la independencia misma y por tanto la dimisión del estado existente viene a ser en sí mismo más patético y dañino que el posible resultado del propio referéndum.

De modo que, en vista de lo visto, habrá muchos que añoren la época dichosa en que tan simpático y fácil resultaba seguir haciéndose los locos.

El Informador
NOV 18

Blasfemia Por El Informador opinion@informador.com.mx

Siento cierta unidad de destino en lo universal, como se decía en otros tiempos, con Salman Rushdie. Cuando vino hace décadas a España para presentar su primer libro Hijos de la medianoche, editado por una incipiente Alfaguara, nuestro querido Jaime Salinas ofreció el acostumbrado cóctel en Torres Blancas y allí descubrí que prácticamente habíamos nacido el mismo día del mismo mes y año. Compartíamos desde la cuna un mismo astro desastrado, lo que más tarde nos deparó incomodidades semejantes en nuestro itinerario vital (el suyo mucho más glorioso, pero también más amenazado que el mío, desde luego). Nos tocó padecer la inquina de brutos con armas y sin humor.

Por eso he leído con mayor interés que otras veces su último libro, Joseph Anton (Mondadori), en el que narra con bastante prolijidad su vida de perseguido por la supuesta fetua de Jomeini. El título es el seudónimo que eligió para su semiclandestinidad, formado por los nombres de dos de sus autores favoritos, Conrad y Chéjov. Llamó “supuesta” a la fetua porque por lo visto estrictamente no fue tal, según explica Sadik Jalal al Azm en el interesante ensayo que dedica al caso de Los versos satánicos en su libro Ces interdits qui nous hantent (Parenthèses). Este pensador sirio es un caso insólito en el mundo árabe, porque se declara ateo y ha escrito una Crítica del pensamiento religioso. En su texto sobre Rushdie da cuenta de algo poco conocido entre nosotros, los numerosos y arriesgados apoyos que la libertad de expresión del maldito encontró en destacados autores de países mayoritariamente islámicos. Y señala que el escándalo persecutorio es resultado de la globalización, cuando el anuncio de un supuesto agravio religioso recorre el mundo en cuestión de minutos.

Tras Los versos satánicos vinieron las caricaturas danesas de Mahoma y más recientemente la película satírica contra el profeta, nuevas caricaturas y por supuesto reacciones violentas. Como en el caso de Rushdie, no han faltado también hoy quienes culpaban a los “provocadores” de la persecución en su contra: en su día me hubiera gustado poder dejar de leer en represalia a tales apoyos de los inquisidores, como John Le Carré, pero ya había tomado esa precaución antes por causa del aburrimiento. Otros, en cambio, defienden estas obras ofensivas —aunque las consideren en ocasiones mediocres— en nombre de la libertad de expresión. No creo que sea el enfoque más adecuado. También la libertad de expresión tiene límites legales, a los que se puede apelar para repudiar ciertos abusos. Lo inaceptable es la desproporción del castigo que exigen los fanáticos para tales “blasfemias”, la pena de muerte para ellos y sus compatriotas. También en los países occidentales se castiga el robo —por lo menos algunos…— pero no cortando la mano o la cabeza a los ladrones. En cualquier caso, las democracias no pueden aceptar que “pecados” como la blasfemia se conviertan en delitos, como pretenden imponer los teócratas, ni mucho menos delitos capitales…

En el otro extremo, hay ciertas expresiones abusivas que no reciben más escarmiento que el repudio de las personas decentes, como en el caso del programa de TV3 en el que se tiraba al blanco contra el Rey y un periodista. Me recordó otro que vi en la misma cadena hace unos meses, en que un tipejo presentaba —con un niño como introductor— un juego de la oca basado en los “agravios” de España contra Cataluña y el modo de defenderse de ellos, ante una tertulia de autosatisfechos mangantes. Algo dice esa programación de cómo se ha llegado al “espontáneo” antiespañolismo de algunos catalanes… Por cierto, las bellas almas no dejan de repetirnos que cada ofensa al nacionalismo multiplica los independentistas; me pregunto si, en reciprocidad, ciertas muestras de antiespañolismo zafio hará que algunos reconsideren sus convicciones… Probablemente no: en el nacionalismo rige lo que Ferlosio llamó la moral del pedo, para la que sólo huelen mal los de los otros.

El Informador
OCT 21

El compromiso de Chillida Por El Informador opinion@informador.com.mx

Diez años después de su muerte, cada cual puede celebrar de Eduardo Chillida la faceta artística o humana que prefiera. Por mi parte me gusta recordarle en las concentraciones de Gesto por la Paz en la plaza de Guipúzcoa de San Sebastián, a las que asistió asiduamente desde el primer día. No es fácil olvidar su presencia, amablemente erguido sin arrogancia en compañía de Pilar, primero porque no éramos muchos los reunidos —un par de docenas todo lo más— y luego porque sin duda era la personalidad más célebre del grupo. Después esas concentraciones se hicieron multitudinarias y acudieron fotógrafos y prensa, pero en aquellos comienzos se mantenían casi clandestinas. No se ganaba precisamente popularidad ni renombre público asistiendo a ellas, más bien lo contrario: sólo piadosas burlas en el mejor de los casos, amenazas abiertas o encubiertas en el peor. Pero allí estuvieron junto a los demás, con nosotros, Eduardo y Pilar. Sin alharacas ni aspavientos que no les iban, pero firmes.

El pasado agosto tuvo lugar en Chillida Leku una jornada de recuerdo y homenaje al escultor, con música y palabras. Y los asistentes no pudimos dejar de lamentar que ese lugar, a mi juicio y al de otros más solventes uno de los museos al aire libre más hermosos de Europa, permanezca cerrado al público en general por culpa de malentendidos burocráticos y trabas económicas. Sería un oprobio para todos que no se solventasen pronto los problemas que motivan tal clausura. Uno de los alicientes de la jornada de homenaje fue la presentación del libro Cien palabras para Chillida, ideado y editado por Susana Chillida, en el que más de un centenar de amigos y admiradores del artista, tanto españoles como extranjeros, dejamos breve constancia escrita de nuestra estima por él.

Ayer dediqué la tarde a repasar esos textos. Los hay emotivos y simpáticos sobre la calidez humana de Eduardo, otros de expertos que encomian la autenticidad de su arte y no faltan los que se arriesgan al ejercicio poético, tanto en su faceta más sugestiva como —ay— en la cercana a la cursilería. El conjunto es desde luego muy estimable no sólo por la calidad de las colaboraciones, sino por la diversidad y nombradía de quienes las firman. Sin embargo, hay un vacío que me llama la atención en ellas. Ninguna, absolutamente ninguna (salvo la mía, que cuenta poco), menciona el compromiso personal de Chillida en las manifestaciones cívicas de repudio al terrorismo etarra. En algún caso se alude a sus piezas dedicadas a celebrar la tolerancia, pero ni una palabra a su frecuente presencia entre quienes se arriesgaban a salir a la calle para rechazar pública y personalmente la violencia organizada que ha minado durante décadas a nuestra sociedad. Se diría que ese gesto, nada usual por cierto entre personalidades de la cultura vasca, modesto y democrático, pero lleno de valiente dignidad, es algo ignorado o, aún peor, que no merece especial comentario.

Naturalmente, no ignoro que el prestigio duradero del artista se basa en otros méritos. Pero me parece dolorosamente revelador que ahora, hoy, en los llamados “nuevos tiempos”, se silencie o pase por alto un compromiso humano que ayudó a muchos que se sentían abandonados por todos a soportar tiempos atroces. Y se queda uno pensativo ante la omisión de tal reconocimiento. ¿Acaso ya semejantes actitudes cívicas carecen del debido glamour en el momento actual? ¿Es preciso callarlas para no dejar en mal lugar a quienes las omitieron o las criticaron en su día? ¿Resulta inconveniente recordar, mientras se intenta fraguar una imposible memoria oficial que contente incluso a los desmemoriados, que no todos se quedaron prudentemente en casita hasta ver en qué quedaba la cosa?.

El Informador
OCT 7