Andamos confundidos Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Creo que todos entendimos mal cuando los actuales funcionarios de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ) dijeron que algunos de los puntos en los que trabajarían durante su gestión, serían la profesionalización de las artes y la “re vocación” de los espacios (culturales, por supuesto).

Es raro que ellos crean que la profesionalización de la comunidad cultural se conseguirá cerrando la licenciatura en artes que se imparte en el Instituto Cultural Cabañas, o que el hecho de no pagarles a los maestros que ahí laboran, los hará comprometerse más con su trabajo y buscar eso… la profesionalización, que al parecer se encuentra escondida en algún sitio.

Tal vez, pienso para mis adentros, todo este asunto es algo así como un rally y la SCJ está dictando —para sus adentros— las pistas para dar con la mentada profesionalización, recurso que —supongo— tendrá en abundancia el equipo que ha formado la secretaria de Cultura, Myriam Vachez Plagnol.

En cuanto a la “re vocación” de los espacios, parece que el asunto se resume a cobrar en exceso por el uso de los mismos, sitios que en su mayoría están para llorar. Yo, por ejemplo, me resisto a asistir a la Sala Higinio Ruvalcaba que —con la pena— es un pésimo sitio para la danza o el teatro, simplemente porque los únicos espectadores que ven, son los que ocupan las 10 sillas de adelante y los de atrás, nos quedamos papando moscas, mientras nos echamos aire con la mano, porque el calor se pone insoportable.

Dicen que esto de cobrar por el uso de los recintos culturales  sería para el beneficio de los propios espacios e incluso del personal que ahí labora. Pero, según recuerdo, los ingresos de los espacios van directo a la Secretaría de Finanzas, que luego se encarga de hacer la repartición a diestra y siniestra de los dineros. En resumen: por favor, no nos quieran ver la cara.

Cierto es que ya existían tabuladores para el cobro por el uso de los espacios, siempre y cuando se tratara de asuntos que nada tengan que ver con la cultura: desde la entrega de reconocimientos para los egresados de una escuela, hasta la presentación del festival de otoño de la “Academia de ballet de Lupita”.

En fin…. Y para que lo sepan, eso nada tiene que ver con la “re vocación” de los espacios, para ello habría que hacer un replanteamiento de sus usos.

¡Híjole… qué pena con nuestras autoridades culturales! Espero que no me vean como una quejumbrosa “mala leche”, así que expondré la otra parte de mi opinión: perdón compañeritos teatristas y bailarines (artistas en general), pero ¿de qué privilegios gozan para suponer que “papá gobierno” tiene que solucionarles la vida? Si bien la SCJ tendría que comprometerse a apoyar a los creadores, la verdad es que a quien sirve es a los ciudadanos, a todos… Claro que ustedes también lo son. Pero si ustedes no quieren que les cobren por el uso de los espacios, déjenme decirles que nosotros (los ciudadanos) tampoco queremos pagar por ver sus espectáculos. Entonces, ahí ¿de a cómo nos toca?

Para cerrar, el anuncio: fíjense que hoy estaré en Teatro Laboratorio Rabinal (Prisciliano Sánchez 675, segundo piso) hablando de periodismo y teatro, y de cómo ustedes (artistas de la escena y público) y nosotros (reporteros y espectadores) vamos caminado de la mano por la viña del Señor. La cita es a las 19:00 horas. ¡Vayan… anímense! Sería fantástico verlos por ahí.

 

Aimeé Muñiz
MAY 18

Lo que no fue en tu año… Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Dicen que "lo que no fue en tu año, no fue en tu daño", y aunque la frase es bonita y rima perfecto, la verdad es que no creo que Myriam Vachez, secretaria de Cultura de Jalisco, pueda afirmar eso.

El asunto es que tras el despido de Guillermo Covarrubias (quien fue titular de Artes Escénicas durante 11 años)  en la gestión de Alejandro Cravioto, "quesque" porque habría una renovación en algunas direcciones del área de Actividades Culturales, el también teatrista interpuso una demanda a la institución por despido injustificado y porque pretendían darle un finiquito ínfimo a lo que merecía por tantos años (sudor y lágrimas) entregados a la Secretaría de Cultura (SC).

Se rumoró por la vida que la razón del despido de Covarrubias y Nesly Mombrun, quien fungía como director de Danza, tenía que ver con la salida de Santiago Baeza de la entonces Dirección de Actividades Culturales; como que alguien pensó que eran cuatísimos del alma y no podían quedar en la SC los amigos de ese funcionario.

En fin, el caso es que Guillermo puso su demanda en tiempos de Cravioto y a Vachez le llegó la factura al paso de los años (tres más o menos), así que a la frase de "lo que no fue en tu año, no fue en tu daño", solamente es eso: una frase.

Al final, a mí me parece muy bien que finalmente haya llegado la resolución y Guillermo Covarrubias sea reinstalado en la Secretaría de Cultura, ahora ya no en la Dirección de Artes Escénicas, que incluso creo que ya no se llama así -por cierto, qué afán de los partidos políticos de cambiarle el nombre a todo-.

Además, ello implica que le paguen los salarios caídos -se dice que hasta un millón de pesos-, así que sí, siendo absolutamente redundante: lo que no fue en el año de Vachez, sí le hará daño… al menos en lo que tiene que ver con el subsidio de la Secretaría de Cultura (SC) destinado a los sueldos.

Lo bueno de esto es que al menos habrá una cara conocida en la SC; que Guillermo ya no tendrá que lidiar directamente con los teatristas, pues aunque es un gran conciliador (en un gremio tan complicado), supongo que eso significa un desgaste en el ánimo, aunque claro, seguro su ánimo está mejor ahora, luego de tres años de dedicarse al quehacer teatral y al estudio de una maestría en gestión cultural.

Bien por Guillermo Covarrubias, ahora estaremos al pendiente de esa otra cosa que hará y que tendrá que ver con eventos de alto impacto, cosa que sinceramente no sé qué signifique.

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Aimeé Muñiz
ABR 27

¿Cuándo? Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Hace casi un mes y medio que Myriam Vachez asumió la titularidad de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ) y la información sobre las cabezas de las diversas direcciones, coordinaciones y anexos, se ha dado a cuenta gotas (por no decir que básicamente no sabemos nada); así como los detalles, en general, respecto a programas y agrupaciones que forman parte de esta dependencia. Eso sí, los rumores corren y corren cual gacelas voladoras.

Y aunque me ha quedado ligeramente aclarada la duda que tenía respecto a uno de los temas que más me interesan, entiéndase el futuro de las seudo compañías de danza y teatro, aún tengo muchas dudas y ya quiero saber quién cuernos nos va a dar más detalles de esto y otros asuntillos.

Así que quiero saber ¿cuándo? (y hasta lo pongo en otros tres idiomas por si la pregunta no queda clara: when?, wann?, quand?), ¿cuándo vamos a saber algo?, ¿cuándo tendremos una certeza?

De momento, la secretaria de Cultura ha dicho que –y estoy de acuerdo con eso– lo que hay actualmente no es una verdadera compañía de danza, para lograrla se tienen que hacer muchas cosas y esencialmente se requiere de un mayor presupuesto… yo le sumaría una dirección más dirigida (valga la redundancia), variedad de programas (repertorio), más funciones e incluso mayor transparencia respecto a los integrantes.

El proyecto que inició en la gestión de Alejandro Cravioto parecía bueno, al menos en el papel, y me refiero al comunicado de prensa e incluso a las entrevistas que dieron sus múltiples directoras cuando se presentó la agrupación y se anunciaron las audiciones para conformar la agrupación. Pero también, desde el principio aquello parecía gestarse en la oscuridad, ni siquiera había oportunidad de asomarse con tranquilidad al Foro de Arte y Cultura (su sede); había que acudir de incógnito (gorra, chamarra y lentes oscuros, incluidos), subir sigilosamente las escaleras, cazar a los integrantes y rogarles para que dijeran algo. O esperar a verlos en el escenario en alguna de las tres o cuatro funciones que programaban al año.

La verdad es que desde el principio la Compañía de Danza Clásica y Neoclásica de Jalisco estuvo lejos (lejísimos) de ser una verdadera compañía… y con el paso del tiempo, eso quedó más que demostrado. Hoy, con Guillermo Hernández al frente (no sé hasta cuándo) al menos le quedan las ganas de permanecer, con el ímpetu de este bailarín y coreógrafo que ha demostrado su compromiso con la danza.

Y bueno, la compañía de teatro (que tampoco era una compañía hecha y derecha, por cierto) parece que pasará a mejor vida: “Es un proyecto a futuro”, dijo Myriam Vachez en una entrevista publicada en este diario el 1 de abril. Aunque –la verdad–, no me queda claro qué significa esto… y me pregunto: ¿cuándo lo entenderé?

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Aimeé Muñiz
ABR 13

El encanto de Salvador Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

La semana pasada fui a ver Salvador: el niño, la montaña y el mango —que yo dejaría simplemente en Salvador— con Víctor Castillo saltando de un personaje a otro, y al salir de la función (la última de la temporada) quedé extasiada y un poco mormada por las lágrimas que me provocó la historia de ese pequeño niño con barba y lentes.

Luego de ver a Víctor Castillo en Demetrius o la felicidad a 12 meses sin intereses ¡mi canpión!, puesta en escena que dirigió y en la que actuó interpretando a varios personajes, pensé que este hombre era bueno para eso de las transiciones; aunque, confieso, dudaba un poco, pues aquello era un trabajo de comedia y esto, Salvador, le tira más al drama… como Otelo, una obra que (en verdad, lo juro) quisiera borrar de mi mente.

Mientras lo veía en el escenario, sentado en una silla al tiempo que pulsaba con fuerza las teclas de una máquina de escribir, rodeado de gente —nosotros, los espectadores—, en un estudio que después se convertiría en muchos otros escenarios, pensé: “¡Wow, esto es fantástico!”.

Después me percaté que efectivamente lo era. En tres patadas vi a Víctor convertirse en Benedicta, una señora que lava la ropa de los ricos; en Teresa, una niña especialista en el chisme; en José, un chico que primero me cayó mal y luego me hizo llorar; en Ana, la pequeña que enseña a su hermano a escribir, aunque ella no supiera hacerlo aún; en la esposa del doctor, la mujer más bella del mundo que hace que los hombres mueran de sólo mirarla; y en Salvador, un niño encantador con una sabiduría tan grande como su inocencia.

Víctor lo hace genial. Nos lleva de una emoción a otra: reímos con él, nos sorprendemos justo después de que él lo hace y hasta nos damos la oportunidad de lagrimear un poco. Algunos más, quizá, voltean la mirada a sus recuerdos de infancia, los sueños perdidos, las personas olvidadas, los caminos recorridos…

Salvador es un montaje bello por varias razones: el texto de Suzanne Lebau es fantástico; la dirección de Víctor Biau es muy buena, el trabajo actoral de Castillo es magnífico (le creí todo), y la adaptación que hicieron a la obra logra ajustarse a nuestra realidad, aunque algunas personas la pescan mejor que otras.

Antes de acudir a ver la puesta en escena, eché un vistazo a lo que se decía sobre la obra de la autora canadiense (a quien, por cierto, le estamos muy agradecidos porque no cobró regalías por el derecho a presentar Salvador), pero lo que leí —aunque me pareció interesante— dista muchísimo de lo que vi en el Teatro Experimental de Jalisco. Ojalá la obra regrese pronto a la cartelera, hay que verla —creo— al menos dos veces.

Al terminar la función pensé que no podía irme de ahí sin decirle a Víctor Castillo que ésta era la segunda vez que me hacía llorar… y ahora —a través de esta vía— le diré otra cosa: “Trataré de borrar a Mr. T de mi memoria, te lo prometo”.

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Aimeé Muñiz
MAR 30

Me da cosa Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Aunque no me considero fan de Chespirito, debo reconocer que hay algunas frases de sus personajes que han quedado en mi memoria, me gusten o no, y de vez en cuando me vienen a la mente, e incluso a la boca. Así, me he escuchado decir “se me chispotió”, “no te juntes con esa chusma” o, como hoy, “me da cosa”.

Qué más quisiera yo que decir algo como: “Sí me animo”, léase con el tono del Chapulín Colorado; pero no… lo siento, en lugar de eso salta el “me da cosa” del doctor Chapatín.

Le saco… como que quiero y no puedo; creo que tendría que… pero luego me acuerdo de experiencias pasadas y pienso (grito hacia dentro): “¡NO!” y me resisto.

Sé que para este día, yo ya debería de haber ido a ver al menos tres obras de teatro locales, y si bien es cierto que a veces se me complica por el horario; en otras ocasiones simplemente decido no hacerlo, porque temo –como Judas temió– que me encontraré con un trabajo malo, insulso, aburrido, laaaaargo… o con algo hecho a la medida de ciertos espectadores, los habituales del grupo en cuestión, que seguro lo único que harán es alabar el patético trabajo de quienes se han vuelto sus ídolos o sus amigos del “Feis”.

El asunto es que también “me da cosa” ir al teatro por las actitudes de quienes estarán junto a mí; un público –en la mayoría de las ocasiones– tan acostumbrado a la televisión o a las historias baratas que se ríe siempre de los mismo, llora igual y nunca se cuestiona; o, por otra parte, resulta que es súper complaciente y decide aplaudir la mediocridad solamente porque seguro eso requirió de mucho esfuerzo.

Perdón, pero creo que me asalta en este momento un terrible conflicto interno: por un lado pienso que ya es hora de un nuevo divorcio del teatro, un descanso para olvidarme de tantas obras, actores, actrices y directores malos, pero con harto entusiasmo y vanidad; y por el otro, pienso que siempre hay que dar segundas oportunidades, terceras y hasta cuartas y quintas… pero en el fondo “me da cosa”.

En fin… tendré que cambiar el teatro por la danza. Y ahora que hablo de esto, sólo quiero compartir que me siento sumamente sorprendida de que la Compañía de Danza Clásica y Neoclásica de Jalisco esté en “el limbo”. ¡No lo puedo creer! Y menos puedo creer que los bailarines se quejen (hasta ahora) de malos tratos por parte de Karina Saldaña (ex titular de Danza), y que además den los nombres de los directores que les gustaría tener, como Sergio Vicencio, quien –por cierto– fue uno de los personajes que presentó un proyecto de compañía al ingreso de la administración de Emilio González Márquez. En fin… cosas de la vida.

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Aimeé Muñiz
MAR 2

Lo que preocupa Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Una de las preocupaciones de los teatristas (además de la falta de espacios, trabajo bien remunerado y prestaciones de ley) es la escasa –a veces escasísima– afluencia de espectadores al teatro.

Por ello es que algunos se ocupan en el tema y buscan la forma de acercar el público a las funciones, haciendo promociones en la calle –con vestuario– para encantar a la gente. Claro, no todos… si acaso un 20% de ellos.

Algunos otros, cuando el espacio se los permite, hacen promociones de dos por uno en las entradas al teatro u ofrecen algo más a los espectadores para que se motiven: por ejemplo, una cerveza en la compra del boleto.

El resto se dedica a quejarse porque la gente no va al teatro. Situación tristísima, por cierto. Pero aún más triste es que la mayoría de teatristas ni siquiera son espectadores. Tampoco es ésta una gran novedad, simplemente me acordé del tema cuando leí una entrevista a Ricardo Delgadillo, Eduardo Rodríguez y Juan Romo (director y actores de la obra Cosmética del enemigo) publicada en este diario el pasado 9 de enero.

Ahí, en el segundo párrafo dice que “confiesan no ser espectadores muy constantes”. No son los únicos, la justificación a esto –por cierto– se repite con mucha frecuencia. Dicen los teatristas que no van a teatro a ver otros trabajos porque siempre se empalma con sus funciones. Excusa que aplica en unos casos, y aplicaría siempre si todos los días de la semana todos los actores y directores tuvieran funciones exactamente a la misma hora. Uy, si así fuera, probablemente estaríamos asqueados de tanto teatro. Pero no es así.

La verdad es que a los teatristas (creo) no les importa realmente si la gente va o no al teatro; solamente les interesa tener público en sus funciones; si fueran a ver el trabajo de sus colegas y fueran mucho más críticos con el propio, probablemente entenderían por qué el teatro no tiene tantos espectadores como se quisiera.

La premisa fundamental aquí es que no puedes promover algo que no conoces; no puedes ser, por ejemplo, un promotor de la lectura si en tu vida has leído un libro. Al final, me da la impresión de que a los teatristas (quisiera no generalizar, pero es imposible no hacerlo) en realidad les importa un cacahuate si la gente va o no al teatro, a ellos les interesa simplemente que vayan a ver sus obras, porque eso significa una entrada de dinero, porque en las artes escénicas la gente paga le guste o no el espectáculo; no es como en la plástica, por ejemplo, que vas y ves una exposición y si te gusta algo lo compras, pero en ningún momento te cobran sólo por ver.

Está bien que los teatristas quieran que vayan a sus funciones, pero creo que sería un “bonito” detalle de su parte, si de vez en cuando (aun sin cortesías) se dan una vuelta a ver el trabajo que hacen sus colegas, y entonces, a partir de una visión más amplia del quehacer teatral, se ponen a trabajar en estrategias para que la gente vaya al teatro, se nutra y aprenda de las propuestas de sus creadores e intérpretes en general, y no sólo del trabajo de algunos de estos quejosos.

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Aimeé Muñiz
ENE 19

La última y nos vamos Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Sí, es la última, y no porque esté cerca el fin del año, sino porque estamos a poco de que concluya la administración de Emilio González Márquez, con Alejandro Cravioto Lebrija al frente de la Secretaría de Cultura (SC), y al menos en lo que respecta al teatro difícilmente podremos esperar que suceda algo mínimamente bueno de aquí a marzo.

Con la llegada de Cravioto a la SC se recuperó la Dirección General de Actividades Culturales, jefatura que quedó acéfala en mayo de 2004 luego de que Sofía González Luna, entonces secretaria de Cultura, tuviera una diferencia con Francisco Lozano por unos hula hula que al parecer fueron sumamente ofensivos para el mundo tapatío.

Unos meses después se estrenó el primer montaje de la Compañía Estatal de "Tiatro", dirigida por Ricardo Delgadillo, un proyecto que ha sido criticado por la comunidad teatral, aunque aún muchos directores responden a las convocatorias, pues al final de cuentas se trata de un ingreso seguro que en las temporadas difícilmente se obtiene. Sin embargo, se puede decir que ése fue un logro de González Luna, con sus "asegúnes" sí, pero es algo que no se había podido hacer en décadas.

Santiago Baeza, director de Actividades Culturales en la primera parte de la gestión de Cravioto, "pretendió" actualizar el proyecto de la compañía -que desde su creación ha sido un grupo subvencionado por el Gobierno estatal para ofrecer algunas funciones- con la creación una especie de taller de formación actoral, pero nada de nada… Y nada aún.

El asunto, para no hacer largo el cuento, es que ni Cravioto, ni Baeza, ni Carlos Sánchez (actual director general de Actividades Culturales) han hecho algo para mejorar mínimamente las condiciones del teatro en la ciudad, y digo en la ciudad porque los alcances de la gestión son mínimos, empezando porque la compañía, por ejemplo, nunca ha sido verdaderamente estatal.

La problemática en los espacios de la SC sigue siendo la misma; desde hace siglos se ha propuesto que se establezcan días para cada tipo de teatro, por ejemplo: martes de teatro universitario y viernes y sábado de profesional… para que el público sepa si va a ver a amateurs en el escenario o puede esperar un trabajo de mayor calidad.

La muestra de teatro, festival o cómo se llame, es un circo en el que se presenta cualquiera; no hay ningún criterio en la selección de los trabajos. Y bueno, si es una muestra al menos pedimos que no sea concurso, pues como eligen a cualquiera, la competencia es absolutamente injusta. Y, por otra parte, ¿realmente necesitamos premiar al alguien?

En teatro, la Secretaría de Cultura ha tenido una larga lista de desaciertos, uno de ellos, el hecho de que ni siquiera hay alguien que ponga un poco de orden en el área, en 2009 Guillermo Covarrubias tuvo que abandonar su cargo para dejar a un "coordinador" que brilla por su ausencia.

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Aimeé Muñiz
DIC 22

Mala memoria Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Hace un par de semanas me refería a “los olvidados”, teatristas como Ana Luz Navarro que a pesar de que hacen un trabajo súper importante con algunos colectivos –pienso ahora mismo en los presos–, salen poco en los medios.

Así pasa con Jorge Ángeles, de Teatro Rabinal; un tipo que desde 1985 trabaja el arte teatral, con una perspectiva que, en mi opinión, se basa en lo más primitivo del hombre, por eso es común que los trabajos de esta agrupación sean como un grito desgarrado (a veces sofocado) que surge desde las entrañas del ser humano.

Al menos así es en mi recuerdo Toca la tierra, el primer espectáculo que vi de Teatro Rabinal (entre 1996 y 1997) en el Instituto Goethe –tan bonito lugar, por cierto– que antaño se encontraba en Morelos. Había, según recuerdo, mucha energía en aquel montaje. Hacía un frío endemoniado, pero eso no importaba.

Y como mi vida ha sido un ir y venir del teatro, hacia el teatro y lejos del teatro; dejé de verlo una temporada. Después, como reportera, varios años más tarde, me tocó de nueva cuenta acudir a una rueda de prensa sobre Anamorphosys, una obra basada en un pasaje oscuro de la Biblia, en donde Dios entra en contradicción con su propia creación. Así lo dijeron entonces, unos días antes de estrenar la obra en el Teatro Experimental de Jalisco.

Los reporteros que acudieron a la cita no tenían ni la más remota idea de quién cuernos era Jorge Ángeles, y eso de Teatro Rabinal les sonó a “teatro de rabinos” o algo por el estilo. Sólo yo, como la más ruca de todos, tenía en mi memoria a la agrupación.

A Anamorphosys le tocó la mala suerte de que la influenza AH1N1 llegara a la ciudad, y que los teatros y cualquier otro espacio de reunión se cerraran o que se extremaran precauciones para evitar contagios. Así, la temporada del grupo se fue al caño. Y su recuerdo también. Porque, al parecer, en Guadalajara los reporteros tienen una pésima memoria y si el teatrista en cuestión no se llama Fausto, Miguel o Sara, no hay nada qué decir de él.

Siempre, día tras día, los nombres en los diarios se repiten. He leído millones de veces Fausto y Miguel, principalmente, en los últimos años. Que si mueven un dedo… nota. Que si darán una función en una extraña población llamada Guanchinjeiris de la Colina… nota. No importa lo que hagan, siempre hay nota, en tanto que otros creadores de la ciudad (como Ana Luz Navarro, Jorge Ángeles y otros tantos) se quedan perdidos en el abismo.

A principios de año Jorge Ángeles fue a Krefeld, Alemania, a montar una obra de teatro con actores de allá; el trabajo se ha mantenido durante una temporada y aquí, a los reporteros de artes escénicas, sólo les importa que Fausto y Miguel, bla, bla, bla.

Ah… y por cierto, Teatro Rabinal presenta hoy (a las 20:30 horas) la obra ACTUM, en su casa –porque ellos también tienen su foro teatral–, en Prisciliano Sánchez 675, segundo piso. Aunque quién sabe si eso sea nota.

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Aimeé Muñiz
NOV 10

Los olvidados Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

No, nada que ver con la película de Luis Buñuel; aunque sí, aquí –en esta ciudad– hay personajes a veces tan olvidados como los de la cinta de 1950.

El asunto es que en estos días me fleté el noticiero de Carlos Loret de Mola un par de veces y vi un reportajito sobre un grupo de teatro que se presenta esencialmente con jóvenes, para enseñarles –a través de las artes escénicas– la importancia de tomar decisiones que no perjudiquen su desarrollo. La novedad en ese caso es que se trata de una agrupación integrada por ex presidiarios, hombres y mujeres que estando en prisión se sumaron a un proyecto teatral tras las rejas y ahí, sobre el escenario y ante sus compañeros, sentían que eran libres.

Debo decir que sí… eso suena muy bien. Pero no… no es la primera vez que se hace. De hecho estaría genial que se hiciera en todas partes. El caso es que me acordé de Ana Luz Navarro, fundadora y directora del grupo Teatralerías, quien hace un trabajo súper bonito (como diría una amiga) con los presos. Hace poco más de 10 años tuve la oportunidad de acudir a la develación de una placa, a cargo de Sofía González Luna, por 50 representaciones de la obra El encanto de la muerte. En ese entonces el grupo (Del otro lado de la luna) cumplía tres años en Puente Grande.

La experiencia fue increíble… sabía, porque me lo dijeron, que eran asesinos, violadores, defraudadores, ladrones y distribuidores de droga; pero ahí, sentados en torno a su directora, yo los veía como actores. La verdad, resultó muy emocionante y aunque me hubiera gustado regresar, las autoridades ya no permitieron visitas del exterior. Y parece que no ha llegado la hora, pues cada vez que me encuentro a Ana Luz, me dice que sigue ahí, pero es probable que yo no pueda regresar a ver una obra.

Es una pena… aunque me alegra que los muchachos de Ana Luz (“mis muchachos”, como ella dice) sigan haciendo teatro tras rejas y liberándose con cada diálogo.

Lo triste del caso, es que Ana Luz Navarro es una de estas personas olvidadas, aunque me parece que tampoco es reconocimiento lo que busca, pero sí… habría que darle un poco, ¿no?

Por cierto, y aprovechando el espacio, Ana Luz dirige y protagoniza –desde hace 18 años– el monólogo La muerte irredenta que se presentará del 8 al 11 de noviembre en el Panteón de Belén, con cuatro funciones diarias: a las 19:30, 21:15, 23:00 y 24:30 horas. Vayan a verla.

Otro olvidado del que quiero hablar, pero ya no me alcanza el espacio en esta edición, es Jorge Ángeles, de Teatro Rabinal, que regresó hace poco de Alemania, donde montó un trabajo teatral con actores germanos; de hecho la obra sigue presentándose allá. Pero de él y los detalles, comentaré después.

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Aimeé Muñiz
OCT 27

¿Y la actualización, apá? Por Aimeé Muñiz lexeemia@gmail.com

Tal vez porque es muy curioso, o muy ocioso, Iván me pasó el otro día un sitio en el que un tal Yamil Nares Feria hacía una reflexión sobre los teatros que hay en México, refiriéndose en específico a una encuesta de 2007 sobre el interés de la gente en el teatro, su conocimiento de éste y su difusión. Los resultados, obviamente catastróficos; como si se tratara de un delito, nadie sabe nada y nadie vio nada.

De ahí, el brinco (también gracias a Iván) fue hacia la página del Conaculta, en su Sistema de Información Cultural, donde presentan un listado de los teatros que hay en el país, Estado por Estado. Por supuesto que el que me interesa, es Jalisco. Pero hay que decir, claro, cómo están las cosas en el ámbito nacional; por ejemplo, ahí dice que en todo el país hay 594 teatros para 103 millones 263 mil 388 habitantes. Según el Censo de Población y Vivienda de 2010, en México hay 112 millones 356 mil 538 habitantes. Esto es, nueve millones 93 mil 150 personas más, lo cual de entrada ya significa que esa estadística del Conaculta es errónea… o bueno, para que no se lea tan gacho, simplemente no está actualizada.

Así, la verdad es que hay cero confianza respecto a la cantidad de teatros que realmente existen en el país, toda vez que estos datos son presentados por personas de los Estados que, en algunos casos, ya ni siquiera ocupan el puesto que tenían al momento de proporcionar dicha información.

Por ejemplo, en el caso de Jalisco, donde se menciona que en toda la Entidad hay 23 teatros para seis millones 752 mil 113 habitantes (aunque en realizad ya somos 598 mil 569 personas más) se advierte que la información fue proporcionada por Kenia Elizabeth Fuentes García, coordinadora de Proyectos Especiales de la Secretaría de Cultura Jalisco, quien –según un currículo que circula por la red– trabajó en la SCJ de 1996 a 2002 como coordinadora operativa del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias, del Fondo Especial de Fomento a la Lectura, del Sistema de Información Cultural y de las Salas de Lectura del Estado de Jalisco (¡Uy, qué cargo tan apantallador!).

A lo que voy es a que en verdad es una pena que el Conaculta no tenga información actualizada y al parecer eso les viene valiendo sorbete. Luego uno se pregunta por qué las políticas culturales son tan vagas, y con esto es fácil responderse.

En esa mentada página (www.sic.conaculta.gob.mx) se presenta un listado de los teatros en Jalisco, pero al parecer la política para establecer esta lista es que cualquier sitio que ostente la palabra “Teatro” es un recinto teatral… me extraña que la cantina “El teatro” no esté por ahí, porque seguro si me voy al apartado de bibliotecas, me encontraré el bar “La biblioteca” que está por mi casa.

En fin… gracias por el dato tan atinado.

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Aimeé Muñiz
OCT 13