¿La salvación por Hollywood? Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Desde hace unos cinco o seis años, o quizá más, ciertas series de televisión estadounidenses han comenzado a ser mencionadas entre los más altos exponentes de la ficción contemporánea. Los seriales pasaron, en menos de un decenio, de ser un placer culpable para iniciados a referencias prestigiosas. Obras extraordinarias como Los Soprano o The Wire son citadas ahuecando la voz, como si se hablara de Shakespeare. Los culteranos literarios, que antes se arranaban en un café para lucir su nuevo Murakami, ahora reverencian  Mad Men, Game of Thrones y Breaking Bad.

Esto podría no tener nada de particular. La ficción audiovisual nació con la literatura como nodriza. Si se purgaran del cine y la televisión los argumentos adaptados, tomados, imitados o inspirados en la narrativa literaria, no quedarían a salvo ni las películas de don Peter Greenaway. Tampoco asombra el respeto mitológico de algunos escritores y críticos: ya hace 50 años que Cabrera Infante, por ejemplo, construyó altares y quemó incienso en honor a Stanley Kubrick o Welles y otros tantos de que Boris Vian murió del berrinche ocasionado por una mala adaptación de una de sus novelas. No. Lo peculiar es que se esgriman excusas, que se divulguen explicaciones pseudoteóricas que hablen de vanguardias e innovaciones para justificar el gusto por la narrativa de las series. Porque, lo quieran o no sus conversos, esa narrativa es bastante convencional. Es decir, está centrada en el temperamento y los sucesos de los personajes y se presenta, tal como las novelas de caballería o las de aventuras, de forma episódica, con tramas confluyentes y desarrollos lineales  aderezados por algunas rupturas temporales. Y rebosa de subtramas y sube y bajas de tensión. Narrativa tradicional, ni más ni menos, la que suele ser rebajada como “decimonónica” por personas que nunca leyeron una novela del siglo XIX.

¿Han alcanzado las series una calidad equiparable a la de la buena narrativa literaria y el buen cine de ficción? Sin duda, al menos si hablamos de los principales exponentes del género. ¿Han innovado? Eso, francamente, y dejando de lado las cuestiones estrictamente visuales, no es defendible. Ni Lost es de imaginación e implicaciones más arriesgadas que los relatos de Philip K. Dick, ni 24 subdivide el tiempo más radicalmente que el Tristram Shandy, ni Breaking Bad explora los abismos de la droga a mayor profundidad que los escritos de William Burroughs (o la Novela con cocaína, de M. Agueev).

Las series han alcanzado cimas importantes en comparación con ellas mismas, sí, y ampliado sus registros estéticos, éticos y hasta políticos. Pero no han traído al mundo, aún, nada estrictamente nuevo. Apenas, acaso, han masificado recursos, ideas, procedimientos, que la narrativa había sacado a la luz con decenios de anticipación.

Son, además, y es bueno recordarlo, productos industriales, que responden a los afectos del público y están pensados para el consumo de ciertos colectivos. Es Hollywood, vaya. Aunque, hay que aceptarlo, un Hollywood que atraviesa un extraño periodo de lucidez.
 

Antonio Ortuño
JUN 16

Ánimo, Tom Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

“Escribo con un hacha”. Eso decía sobre sí mismo, rebajándose ante el afilado bisturí con el que comparaba la pluma de su primer héroe literario, el genial Evelyn Waugh. No fue un prohombre. Nunca fue candidato al Nobel o a cualquier otro premio de relumbrón. Al contrario que tantos otros escritores, obsesionados con tomarse la foto y posar de comprometidos, Tom Sharpe prefirió tomar la cámara en las manos.

Así comenzó su carrera: autoexiliado en Sudáfrica, en los años cincuenta del siglo pasado, durante el momento del más crudo Apartheid, Sharpe se dedicó a documentar con su cámara fotográfica las salvajadas de los blancos, tanto anglosajones como boers, en contra de la población nativa. Sobrevivía como profesor de un colegio particular en el cual estaba prohibido que estudiaran negros. Aquello le pareció tan estúpido que escribió una primera obra de teatro que, cuando se montó en público, le ganó un arresto por “incitar a la rebelión”. Se le calificó de “comunista alborotador” y 36 mil de sus negativos fueron incinerados.

Deportado, tuvo que volver a su odiada Inglaterra y ganarse la vida dando clases en una escuela técnica en Cambridge, un sitio oscuro, decadente y depresivo que era como una colección de horrores: estudiantes pobres, a quienes el Estado enseñaba a ser obreros y carniceros mientras, a pocos kilómetros, en la egregia Universidad de Cambridge, los hijos de la aristocracia y la alta burguesía eran preparados para recibir la herencia de un Imperio. Allí había estudiado Sharpe, becario pobre en medio de príncipes. Detestaba a la Universidad con toda su alma.

Supo convertir en sarcasmo su ira. Se volvió, pues, un satírico. Publicó su primera novela, Rioutus Assembly (Reunión tumultuosa) en 1971. En progresión imparable, en tan sólo 15 años dio a la imprenta otras 10 obras. Sus tramas hilarantes y crueles y su agudo sentido social lo volvieron muy popular. Pudo dedicarse de tiempo completo a las letras a mediados de los setenta y vivir como una suerte de jubilado prematuro. Entre 1985 y 1995 no escribió una sola palabra. Ese mismo año dejó Inglaterra para siempre (odió como pocos a Margaret Thatcher y su legado) y se mudó a España. Allí recobró el ánimo y volvió a publicar.

En su bibliografía se encuentran varias joyas. Como la saga del profesor Wilt, educador de un instituto técnico que se ve envuelto en intrigas delirantes y logra salir avante de toda clase de acusaciones, en un escenario rebosante de policías imbéciles, maestros melancólicos y maldad generalizada. Y, desde luego, esa risueña denuncia del mundo académico y literario que es La gran pesquisa (The Great Pursuit, 1977), quizá la más ruda sátira sobre “el mundillo” publicada en decenios.

El sello Anagrama tradujo al español casi toda su obra. Vale la pena internarse en ella, doblarse de risa y, a la vez, anhelar la aparición de uno, 15 o 100 nuevos Tom Sharpe. Nos vendrían de maravilla.
 

Antonio Ortuño
JUN 9

Decálogo del presentador de libros ajenos Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

1.    Es indispensable llegar a último momento a la presentación de un libro y darle un abrazo infinito a la primera persona conocida que uno se tope, para dar a entender que se ha atravesado el Gobi y el Amazonas para llegar.

2.    Todo resulta mejor si no se pone uno de acuerdo previamente con el autor sobre la mecánica que seguirá el acto. De lo contrario, podría evitarse el caos que sobrevendrá.

3.    Al tomar el micrófono es menester titubear y entrar en pánico. El pánico se controla carraspeando al micrófono y diciendo la sílaba “eh”.

4.    No debe haberse leído más que superficialmente el libro que se presentará. Leer los libros que se presentan es una inelegancia.

5.    Si el libraco en cuestión es una novela, hay que repetir, mutatis mutandis, las sabias consideraciones de la contraportada sobre la trama. Un giro estupendo: declarar que no se comentará el final de la novela para no arruinárselo al lector. En caso de que sea un libro de cuentos, hay que explicar sin pudor alguno que no se revelarán los finales de los 26 relatos reunidos, etcétera. Tampoco se revelarán los principios, desde luego. La única revelación posible es la imbecilidad del presentador.

6.    Por tanto, será necesario eludir cualquier mención directa al texto y, en su lugar, recordar la historia de la relación personal del presentador con el autor, con énfasis en las becas compartidas, los viajes comunes y las borracheras pretéritas juntos (eso hará las delicias de las 12 personas reunidas).

7.    Otras posibilidades brillantes: llamar a las 12 personas (en adelante, el pueblo) a levantarse en armas contra el supremo Gobierno; quejarse del Conaculta; combinar ambas y llamar al pueblo a levantarse contra el Conaculta

8.    Enlazar chistes y/o comentarios jocosos al respecto de la apariencia del autor del libro es considerado de mal gusto, por lo que debe elegirse a una persona mansa y de preferencia estúpida entre los asistentes (un viejo amigo al que se lleve tiempo sin ver resulta ideal) y afligirla señalándola con el dedo y metiéndose con ella, a la vez que se le sonríe con el fin de tranquilizarla.

9.    Cuando se haya perorado sin sentido durante 12 minutos exactos (menos que eso es considerado debilidad y más, abuso) señalará uno al autor y dirá: “Es ya momento de darle la palabra a menganito, que es para escucharlo que vinimos”. Si se ha titubeado en demasía, intentemos lavar nuestra imagen jalando un aplauso para menganito. El método para lograrlo es simple: si uno se pone a aplaudir, al menos cinco de las 12 personas lo seguirán maquinalmente. A todos nos gusta aplaudir.

10.    Al concluir el acto, invítese al autor a beber desmecatadamente. Ya en la fiesta, confiésesele que no se leyó su libro (para hacerle evidente que uno ha llevado la lealtad por él al extremo heroico de hacer el ridículo) y espérese su gratitud. En el peor de los casos habrá golpes y la anécdota servirá para rellenar el tiempo en futuras presentaciones: “Una vez presenté a un sujeto que me agarró a golpes luego; por tanto, seré breve…”.
 

Antonio Ortuño
JUN 2

Malditos periodistas Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Oscar Wilde escribió alguna vez aquello de “el periodismo es ilegible y la literatura no se lee” y, humor aparte, reveló el desprecio que numerosos escritores han sentido por sus colegas (¿contrapartes?) dedicados a difundir información. Ya Baudelaire había dicho que no entendía como una mano sensible podría tomar un periódico “sin estremecerse de disgusto”. Auden, Handke, Woolf, Kierkegaard, mil más, han dejado sentencias tonantes contra el periodismo y quienes lo practican, aforismos que a veces son prejuiciosos, a veces acertados y otras, simplemente, síntomas de una suerte de clasismo arrogante.

La prensa escrita, pues, ha debido cargar a lo largo de los años con un papel de hermano tonto, sensacionalista y poco dotado que es, en rigor, injusto. Sin las “corresponsalías” de Hemingway o el empleo de Kipling en una redacción, sus universos literarios serían más pobres. Y más allá de casos particulares, es muy defendible la idea de que el discurso periodístico ha desarrollado herramientas y abierto espacios para la creación literaria y la ha influenciado tanto o más que otra larga serie de disciplinas y fenómenos. Sin las “crónicas de sucesos” decimonónicas no se entendería a Balzac, Zola o Dostoievski; sin la nota policial sería imposible pensar en la “novela negra” de Hammett, Chandler, Thompson y Cain (y, desde luego, en algunas obras cardinales de Capote o Mailer). El propio Proust no leyó en vano las secciones de sociales (y su prosa lo registra, con plena ironía) y por ello fue rebajado por algunos críticos a “mero periodista”. Pero ¿acaso los escritos de autores tan disímiles como Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter S. Thompson, Ryszard Kapuscinski, John Lee Anderson o Robert D. Kaplan no son tan capaces de problematizar la realidad y sus infinitos matices por medio del lenguaje como las obras de los narradores, ensayistas o poetas?

En lengua española hay dos géneros en el que el periodismo ha resultado motor y combustible de las letras: la crónica y el articulismo. Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, el propio García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Ibargüengoitia, Monsiváis, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós, Juan Villoro, Alma Guillermoprieto, o, ahora mismo, Diego Osorno y algunos otros en nuestro país, así como el núcleo de narradores iberoamericanos de “no ficción” agrupados en torno a la espléndida revista Etiqueta Negra son ejemplos de ello.

Es cierto que gran parte del periodismo es pasajero y superficial (y por ello, prescindible), y que la buena prosa no abunda en él, sino que es escasa como el plutonio. Es cierto también que la crisis por la que pasan los medios ha convencido a muchos de sus empresarios de empobrecer los contenidos y sacrificarlos aún más a la inmediatez y la frivolidad. Pero la era digital también ha puesto en crisis a las letras.

No hay terreno firme al cual escapar. Y quienes escriben, desde una u otra orilla, tienen ante sí el mismo problema de toda la vida: intentar que sus textos sirvan de algo a los demás o resignarse, interesadamente, a que sólo le sirvan a ellos mismos.
 

Antonio Ortuño
MAY 26

Después de irse Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

GUADALAJARA, JALISCO (19/MAY/2013).- Mayo es mes robusto en efemérides. Hace 33 años, el 18 de mayo de 1980, se quitó la vida Ian Curtis, líder, cantante y compositor de la banda británica Joy Division. Sucesores de la ola punk, pioneros del dark y, más allá de etiquetas, grupo por excelencia del underground de finales de los setenta, la influencia de los de Manchester ha crecido con los años hasta llevarlos a ser una de las primeras referencias del rock contemporáneo y objeto ya habitual de homenajes de todo tipo, desde covers de U2, Nine Inch Nails o Radiohead hasta compilaciones de “tributo” de bandas sudamericanas, griegas o rusas.

Con Joy Division ha sucedido uno de esos fenómenos de revaloración póstuma que a veces se dan en el arte y al cual no fueron ajenos, por ejemplo Van Gogh o John Kennedy Toole, ignorados en vida y fulminantemente populares cuando ya no podía importarles serlo (y ni hablar del caso de Roberto Bolaño, quien falleció al comienzo de un tsunami de popularidad que lo ha llevado a desbancar a García Márquez como el escritor en lengua española más citado en el mundo).  

Mientras que esa suerte de justicia extemporánea aparece a veces, se da también el caso de que algunos de los grandes leones culturales de su época pierden, al morir, su lugar aparentemente perpetuo en el Parnaso y acaben olvidados. Juan de Dios Peza, por ejemplo, fue la gran figura literaria del siglo XIX mexicano y hoy está acorralado en unas pocas antologías de poemas cursis. Hace unos días, un columnista se preguntaba si tal sería el destino de la obra de Carlos Fuentes, quien justamente hace un año, el 15 de mayo de 2012, murió.  A riesgo de profetizar en balde, como los falsos mayas del fin del mundo, el debate me parece desatinado. La obra de Fuentes, especialmente la temprana, sigue leyéndose y estudiándose. Mucho más se perdería de lo que se ganaría al pretender borrarla del mapa. Quizá, incluso, su desaparición física permita leerlo de un modo menos displicente y prejuicioso de como muchos lo leímos en su día.

Un caso muy distinto es el del pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila. Ayer se cumplió el centenario del nacimiento de un autor todavía poco reconocido entre nosotros, pero del que cada vez se habla más y que quizá fue uno de los más grandes autores de aforismos en lengua española de todos los tiempos.  Gómez Dávila, conservador y misántropo hasta la médula, no se ocupó de difundir mayormente sus obras. Hoy, un siglo después de su nacimiento y a casi 20 años de su muerte, se le puede leer sin la interferencia de las polémicas coyunturales que conllevan sus ideas y disfrutar de su estilo a la vez preciso, crispado y sarcástico.

Curiosa paradoja: Gómez Dávila fue escépticamente radical con respecto al mundo moderno pero Twitter se ha convertido en uno de los grandes impulsores de sus aforismos.
 

Antonio Ortuño
MAY 19

Historias de portada Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

“Mi portada iba a tener un muralote de Diego Rivera espléndido pero al final nos negaron el permiso y terminamos poniéndole un cuadrito de la sobrina del editor con unas flores todas churidas. Y por eso no lo compraron ni las moscas, claro”. Así justificaba un poeta, hace tiempo, la presencia en su sala de 20 cajas con la edición íntegra de un volumen de su autoría. Quizá sea un caso extremo el suyo. Pero es verdad que una buena portada puede auxiliar a que un libro promedio no pase del todo inadvertido. Y una mala, aniquilarlo.

En principio, una buena o una pésima presentación material, portada incluida, no tendría por qué incordiar demasiado. Se supone que el lector de raza se interesa en el texto más que en su formato. Pero, a la vez, cualquiera que frecuente y atesore ediciones impresas sabe que la diferencia entre una sobria y otra ridícula puede llegar a ser abismal.

De entrada, una buena solución parecería ser la de diseñar portadas simples, de colores sólidos y poco llamativos y tipografías con predominio de líneas rectas. Pero la mayoría de los editores consideran que un libro así es un lujo que sólo pueden permitirse autores que vendan un millón de ejemplares y no tenga nada que demostrar. No: lo que muchos editores y no pocos autores anhelan son portadas de convicciones tutti frutti que atraigan al cándido como la luz fluorescente atrae a las moscas y lo inviten a comprar el libro de marras y llevárselo a su casa.

Y allí comienza el problema, porque las ideas que tienen los diseñadores editoriales de “atractivo” son tan amplias y contradictorias como la propia Humanidad. Yo conocí a un diseñador que, cual Quijote informático, embestía contra lo que llamaba “aburriciones”. Es decir, detestaba las portadas que no invitaran a sacarse los ojos de las cuencas. Su principal recurso era agenciarse la imagen de una rubia desnuda y acosarla con letras garigoleadas. ¿Que el libro carecía de rubias en cueros? Entonces cortaba la imagen de modo que se le vieran a la muchacha tan solo las piernas. Si tampoco eso funcionaba, el sujeto declaraba que un libro sin desnudos no valía la pena de leerse y dejaba la labor a su ayudante, un tipo apodado Pilo, que era un morboso y llenaba el cuadro con manchas de sangre y pistolas humeantes.

Otra de las tácticas de Pilo, que me atrevo a considerar universal, era imitar la disposición tipográfica, los colores y cajas de texto de colecciones famosas, para ver si alguien se confundía. Con eso dejaba muy satisfechos a sus autores, cuyas filas estaban repletas de rechazados por los sellos a los que imitaba.

La única esperanza que me deja la crisis de los formatos impresos es que los Pilos del mundo se extingan y con ellos su legado.
 

Antonio Ortuño
MAY 12

Tierra incógnita Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Durante años fui escéptico de las bondades de la colección Tierra Adentro, de Conaculta, que publica desde 1990 narrativa, poesía, ensayo y dramaturgia de autores jóvenes mexicanos. Primero, porque algunos de los primeros títulos con los que tuve contacto eran horrorosos (acá puede argumentarse que tuve mala suerte o mal gusto para elegir, desde luego). Segundo, porque al igual que la mayoría de los mexicanos, descreo por principio de lo que gestionen y organicen las autoridades, especialmente en materia cultural. “Allí publican puros sobrinos de diputados”, me dijo un librero por allá de 1997, justificando el poco interés de sus clientes por los volúmenes de la colección que abarrotaban uno de sus estantes y que él pensaba devolver apenas pudiera. No le creí pero tampoco me pareció necesario constatarlo.

Sin embargo, el escenario ha cambiado lo suficiente para que incluso un desconfiado (o prejuicioso) lo note. Desde hace ya más de un lustro, con la llegada de la escritora Mónica Nepote a la coordinación editorial de la serie, Tierra Adentro es un sello que con, frecuencia notable, presenta obras que exceden el promedio de lo que se edita en el país. Varios de los autores más interesantes aparecidos en el panorama nacional en años recientes han publicado allí: Carlos Velázquez, Daniel Espartaco, José Mariano Leyva, Luis Jorge Boone, Iris García, Luis Panini, Mariño González, Óscar David López, Arturo Ramírez Lara, Edgar Omar Avilés, Claudina Domingo, Karla Olvera, José Noé Mercado, Liliana V. Blum, Gonzalo Soltero y muchos más han publicado en el sello a partir de 2007.

En los últimos meses, la colección ha dado a luz otros textos bastante disfrutables: Motel Bates, de Yussel Dardón; Melamina, de Daniel Herrera; Signos vitales, de Vanessa Téllez; Vórtices viles, de Ruy Feben; Fiat Lux, de Paula Abramo; Los rumores del miedo, de Darío Zalapa; Despertar con alacranes, de Javier Caravantes, etcétera.

La presentación material de la serie es muy sobria y sus portadas suelen ser preferibles a las de tantos sellos enamorados de las explosiones de color (quien hace las portadas de Cal y Arena, por ejemplo, siempre me ha parecido un bromista incorregible). Otro mérito nada menor es su precio: 60 pesos por pieza, tres o cuatro veces menos que el común de las novedades editoriales. En un sistema en el que los jóvenes leen poquísimo o nada por motivos que no excluyen la imposibilidad de adquirir libros de 300 pesos, Tierra Adentro es una alternativa excelente.

Pero no quiero cerrar con un final feliz. Porque una cosa es que editen libros interesantes y otra muy diferente que alguien los llegue a leer: la distribución oficial suele ser pésima. Peor aún: si el criterio de una buena editora ha conseguido que el catálogo mejore, nada garantiza que, el día que otro llegue al puesto, no terminemos leyendo las confesiones sentimentales de un Community Manager o, por qué no, los “piensos” de Lady Profeco en persona.

Antonio Ortuño
MAY 5

Un libro, una rosa, dudas Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

El Día Mundial del Libro (que ha terminado aparejado con el festejo catalán a San Jorge cada 23 de abril, en el que es tradición obsequiar libros y rosas) resulta un buen caso de estudio para asomarse a lo que sucede en nuestro país con respecto a la relación entre el ciudadano promedio y la letra impresa. Por un lado, instituciones como la UNAM, la UdeG, Conaculta, etcétera, organizan lecturas públicas y ventas de fondos editoriales que, por lo general, cuentan con una asistencia notable de interesados. Otras instituciones, con menos presupuesto o ganas de figurar, se “unen” a los eventos y los replican o al menos invitan a visitarlos. Algunas más no hacen nada y el Día Mundial del Libro, Sant Jordi y el resto del año les pasan de noche.

Numerosas casas editoriales, tanto las que pertenecen a grupos transnacionales como las independientes, aprovechan los fastos oficiales para promover a sus autores y vender algunos ejemplares a los incautos. La prensa, que es menos abúlica de lo que se piensa en estos casos, hace una profusa cobertura del tema. Hay notas respectivas en todos los diarios, enlaces radiofónicos con los eventos y hasta es posible toparse con notitas relativas en televisión. Se charla con autores, editores y funcionarios, se enaltecen las ventajas de asomarse a los libros por sobre las de ser un bruto iletrado y no falta el locutor que aproveche para editorializar y asiente que leer es asunto de seguridad nacional en un país sumido en crisis perpetuas (y donde al Presidente y los diputados les tiemblan las rodillas si tienen que citar una sola lectura).

A la vez, es evidente que el festejo se va a terminar, cada año, sin que se muevan un ápice los bajísimos índices de lectura del país. Y sin que el hábito de la lectura (y la posibilidad material de llegar a los libros, ya sea comprándolos  o teniéndolos disponibles en bibliotecas) arraigue un milímetro más de como estaba.

El reducido círculo de los lectores frecuentes y especializados y el ligeramente más amplio de los lectores ocasionales parecen conservarse siempre iguales en términos absolutos, como si cada que un viejo lector muriera otro, más joven, tomara su lugar en el ecosistema y ya. ¿Por qué sucede esto? Porque los programas de promoción llegan hasta donde alcanza los presupuestos y las ideas de los funcionarios, que no han variado en decenios, y porque las editoriales privadas son, finalmente, negocios: su asunto es vender lo que se pueda, no arreglar los desastres de la educación nacional.

¿Son inútiles los festejos por el Día del Libro? Seguro que no. Pero son parte de la inercia entre las instituciones, la empresa y los lectores de siempre y no puede esperarse que resuelvan por sí mismos el problema. ¿Qué hace falta? Una reforma profunda a los programas escolares y una inversión oficial en educación que no se quede en salarios y jarabe de pico para los profesores.

¿Son inútiles los festejos por el Día del Libro? Seguro que no. Pero son parte de la inercia entre las instituciones, la empresa y los lectores de siempre

El gobierno se prepara para realizar una cruzada contra el hambre, acción que hace que la mayoría del infelizaje se alegre
 

Antonio Ortuño
ABR 28

El sótano de Gerardo Arana Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Hace casi un año, en abril de 2012, murió en Querétaro el escritor, dibujante, profesor y tallerista literario Gerardo Arana Villarreal. Tenía 25 años de edad. Apenas un puñado de medios locales transmitió la noticia. Como suele suceder, para la mayor parte del mundillo cultural ajeno a la ciudad la tragedia pasó de noche. Pero no era cualquier creador, Arana. Supe de él meses después de su fallecimiento, al leer un poemario llamado Bulgaria Mexicali, publicado por el sello independiente Herring. Un texto impresionante ?amargo, irónico, emotivo?, uno de los mejores testimonios literarios que conozco sobre la ola de violencia bestial que ha sufrido este país en los últimos años y, a la vez, un juego de referencias literarias e históricas entre la poesía del zacatecano Ramón López Velarde y la del búlgaro Geo Milev. En esta misma columna, en diciembre pasado, lo propuse a los lectores como la primera entre una serie de publicaciones destacadas de 2012.

Más tarde, gracias a la generosidad de Horacio Lozano Warpola, un escritor cercano a Arana, he podido leer otros de sus trabajos, tanto de poesía como de narrativa, además de revisar material gráfico (realizado bajo el seudónimo de Saúl Galo) y algunos videos y remixes regados a lo largo de la web. No todos son trabajos tan redondos y precisos como Bulgaria Mexicali pero dejan en claro que el talento literario de Arana era mucho más que una “promesa” (categoría engañosa, que rebaja lo que pretende realzar).

En uno de los obituarios que la prensa queretana le dedicó, el poeta Luis Alberto Arellano, que fue su mentor, confiesa directamente ante la pregunta de un reportero preocupado por la inmortalidad literaria de Arana que no tiene idea de si su obra seguirá siendo leída en unos años. Cómo tener tal certeza en una época en que la lectura parece desvanecerse. Sin embargo, me atrevo a sugerir que un libro como Bulgaria Mexicali debería seguirse estudiando por sus méritos literarios y para entender mejor la época virulenta que vivimos. Lo mismo puede decirse de los cuentos contenidos en La máquina de hacer pájaros y de otros, que ahora mismo deambulan en la red, como “El sótano de Alfredo Musset” o “El whisky del barbero espadachín”, así como el interesantísimo experimento colectivo (firmado junto a Lozano Warpola y Antonio Tamés) de textos híbridos entre la narrativa y la poesía que habitaron originalmente un blog y luego fueron seleccionados en la antología Neónidas (Herring Publisher). Quedan, también, dos novelas inéditas que cualquier buen editor debería estar revisando ya.

Otros poetas muertos de manera prematura y fuera del reflector son aún leídos y discutidos (José Carlos Becerra, Mario Santiago Papasquiaro). El sello Herring ofrece descargar gratuitamente Bulgaria Mexicali y otros títulos de Arana y el resto de los Neónidas (en http://es.scribd.com/HerringPublishers). La oportunidad, pues, de redescubrir a Arana Villarreal está dada. El paseo por sus textos, lo aseguro, es formidable.
 

Antonio Ortuño
ABR 21

Yogur sin azúcar Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Las campañas de promoción de la lectura, que han arreciado su nivel de su vociferación en los últimos años a medida que las estadísticas nacionales se hundían, parten de un par de premisas que me parece oportuno discutir. La primera, común a toda la publicidad, es que un aviso protagonizado por alguien más o menos conocido, como un cantante, futbolista o actor, resulta ideal para llamar la atención e interesar al público sobre un tema particular. La segunda es que la lectura es una actividad saludable, como comer yogur sin azúcar o correr por las mañanas, que le conviene a los espectadores en general, pero particularmente, y se hace énfasis en ello, a los niños.

A juzgar por sus resultados, es decir, el hecho innegable de que la lectura de los formatos tradicionales, como libros, revistas y periódicos, se encuentra en plena decadencia en el país, estas ideas no han sido precisamente atinadas. Las razones son varias. La primera es que un problema como el analfabetismo funcional no aparece de la nada, sino que corresponde a un entorno económico, educativo y social que para la mayor parte de la población del país es negro tirándole a rojo sangre. Vaya, por más populares que sean Pedrito Fernández o Memo Ochoa, va a ser muy complicado que alguien pase de no leer a hacerlo (así sea durante esos 20 minutos diarios por lo que clamaban los comerciales hasta hace poco) si debe ganarse la vida mediante trabajos mal pagados o si corre el cotidiano riesgo de perderla, nomás porque estos sabios varones lo anden recomendando en la tele.

Por segundo de cuentas, la lectura es un mecanismo educativo y un medio de obtener grandes placeres intelectuales, sin duda, pero ni es infalible ni es único. A nadie se le puede garantizar que, por leer, ascenderá socialmente ni que se divertirá tanto que no volverá a mirar la televisión. Según la Encuesta Nacional de Lectura 2012 de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, el consumo de libros, como casi todo en el país, se ha polarizado en los años recientes en favor de las clases media-alta y alta. Por supuesto que no se puede equiparar la compra de libros con la lectura efectiva, pero, al menos como indicador, resulta claro que el problema excede los límites de los “usos y costumbres” y se mete de lleno en una materia que para la mayor parte de los críticos culturales es ignoto como el fondo del mar: la economía.

¿Hay soluciones? Resulta incierto decirlo. La poca y mala lectura de los mexicanos, hay que insistir, no es un problema cosmético y aislado. No se trata de que por negligentes o perezosos andemos viendo telenovelas en vez de entrarle al nuevo de Lobo Antunes. Se requiere, me temo, una reforma educativa, sí, que multiplique las posibilidades de acceso a la lectura de millones de estudiantes. Pero, sobre todo, sería tiempo de asumir que un escenario de profunda desigualdad económica la falta de lectura no es enfermedad sino síntoma.
 

Antonio Ortuño
ABR 14