Desde hace unos cinco o seis años, o quizá más, ciertas series de televisión estadounidenses han comenzado a ser mencionadas entre los más altos exponentes de la ficción contemporánea. Los seriales pasaron, en menos de un decenio, de ser un placer culpable para iniciados a referencias prestigiosas. Obras extraordinarias como Los Soprano o The Wire son citadas ahuecando la voz, como si se hablara de Shakespeare. Los culteranos literarios, que antes se arranaban en un café para lucir su nuevo Murakami, ahora reverencian Mad Men, Game of Thrones y Breaking Bad.
Esto podría no tener nada de particular. La ficción audiovisual nació con la literatura como nodriza. Si se purgaran del cine y la televisión los argumentos adaptados, tomados, imitados o inspirados en la narrativa literaria, no quedarían a salvo ni las películas de don Peter Greenaway. Tampoco asombra el respeto mitológico de algunos escritores y críticos: ya hace 50 años que Cabrera Infante, por ejemplo, construyó altares y quemó incienso en honor a Stanley Kubrick o Welles y otros tantos de que Boris Vian murió del berrinche ocasionado por una mala adaptación de una de sus novelas. No. Lo peculiar es que se esgriman excusas, que se divulguen explicaciones pseudoteóricas que hablen de vanguardias e innovaciones para justificar el gusto por la narrativa de las series. Porque, lo quieran o no sus conversos, esa narrativa es bastante convencional. Es decir, está centrada en el temperamento y los sucesos de los personajes y se presenta, tal como las novelas de caballería o las de aventuras, de forma episódica, con tramas confluyentes y desarrollos lineales aderezados por algunas rupturas temporales. Y rebosa de subtramas y sube y bajas de tensión. Narrativa tradicional, ni más ni menos, la que suele ser rebajada como “decimonónica” por personas que nunca leyeron una novela del siglo XIX.
¿Han alcanzado las series una calidad equiparable a la de la buena narrativa literaria y el buen cine de ficción? Sin duda, al menos si hablamos de los principales exponentes del género. ¿Han innovado? Eso, francamente, y dejando de lado las cuestiones estrictamente visuales, no es defendible. Ni Lost es de imaginación e implicaciones más arriesgadas que los relatos de Philip K. Dick, ni 24 subdivide el tiempo más radicalmente que el Tristram Shandy, ni Breaking Bad explora los abismos de la droga a mayor profundidad que los escritos de William Burroughs (o la Novela con cocaína, de M. Agueev).
Las series han alcanzado cimas importantes en comparación con ellas mismas, sí, y ampliado sus registros estéticos, éticos y hasta políticos. Pero no han traído al mundo, aún, nada estrictamente nuevo. Apenas, acaso, han masificado recursos, ideas, procedimientos, que la narrativa había sacado a la luz con decenios de anticipación.
Son, además, y es bueno recordarlo, productos industriales, que responden a los afectos del público y están pensados para el consumo de ciertos colectivos. Es Hollywood, vaya. Aunque, hay que aceptarlo, un Hollywood que atraviesa un extraño periodo de lucidez.