Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Del jardín. Una estramancia enorme y multicolor aparece en medio del claro de zacate. Se bambolea con gestos de gelatina. Un alarmante ruido de motor fuera de borda acompaña su ascensión. Se trata de un resbaladero provisto de juegos de agua, que allí esperará a la tropa infantil cuyo asalto será, sin duda, temible. Dos niños celebran el tránsito de sus años con una banda de amigos. El guayabo, azorado, mira como crece el recién llegado, se expande y ocupa cada vez más campo, como un convidado confianzudo y ampuloso. El jazmín, ajeno a la festiva intromisión, sigue concentrado en lo suyo. Queda una cajita de madera llena de sus flores, con una de ellas como bandera, en testimonio de sus trabajos.

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De México. Otra vuelta de tuerca. El taxista de ida divierte con su cháchara voluble y simpática. Al final, con un truco de prestidigitador, cambia un billete por otro y se lleva una lana extra, como los verdaderos y clásicos pícaros, esa especie indestructible e inmemorial. Ya en la de los palacios, otros taxistas despliegan sus variados talantes que oscilan entre el huraño (y agradecible) silencio y la locuacidad chilanga. Frente al bosque de Chapultepec la torre del optimismo sigue alcanzando nuevas cotas. Trepando por los andamios es ya posible llegar al nivel en que las copas de los árboles son un mar de pasmosa belleza. Más abajo, un claro entre las frondas revela una inesperada ventana por la que árboles más lejanos se asoman y dan una impensada profundidad al panorama. El concreto de los muros relumbra con flamas oscuras y rojizas mientras los albañiles almuerzan con ritual puntualidad. Luego, trepan por las varillas desafiando al vértigo, armados de una enigmática sonrisa y provistos de las alas que tienen sólo ciertos albañiles tocados por la gracia. Desde la azotea de la casa verde, entre el fragor de rayas y humaredas, una vista oblicua deja ver a los bravos operarios, suspendidos en el vacío, interperritos. Uno fumaba.  

Capoteando a trovadores y vendedores, tres amigos comen sobre una banqueta de la Condesa. La señora había llegado provista de sendos regalos: dos libros cuidadosamente escogidos, enfundados en primorosos envoltorios. A su salud es la reunión y los tequilas que se levantan. Pascal Quignard cita a San Juan de la Cruz: Para venir a lo que no sabes/ has de ir por donde no sabes.

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www.youtube.com/watch?v=r8NZa9wYZ_U  David Bowie tiene unas canciones horrorosas. Otras oíbles. Muchas espléndidas. Como corresponde a un camaleón. En 1986 Julien Temple dirigió en Londres una extraña película: Absolute beginners. El soundtrack está encabezado por una canción del mismo nombre compuesta e interpretada por Bowie. El video que se enuncia al principio de este párrafo recrea el espíritu del filme, y sobre todo, reproduce el tema del otrora Thin White Duke, mientras éste recorre las callejuelas londinenses en pos de una muchacha elusiva y fascinante. El de los ojos bicolores no deja de asombrar con su inventiva. Recién ha publicado un disco que se llama The next day, su primero en 10 años. Disparejo, como corresponde al personaje. Pero, volviendo a Absolute beginners: una de las mejores canciones de que este espectador tiene memoria. As long as you’re still smiling/ that’s all I really need/ I absolutely love you/ but we’re absolute beginners…

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Un libro en la casa de los amigos siempre está esperando. En veces se encuentra a la primera, como puesto allí cuidadosamente para los ojos del huésped. Otras ocasiones requieren de una cierta búsqueda, de un curioseo por libreros y mesas que nunca debe ser demasiado inquisitivo. Así, a la distraída, aparece exactamente ese volumen que algo tiene que decir a quien llega a la casa. Y luego, releer El Aleph de Borges. Y, para cerrar el círculo, el prodigioso objeto, como casualmente, está sobre el descanso de la escalera. Y convoca al universo. Luego las notas de Satie, insomnes, se sucedían desde los dedos sabios de una muchacha bellísima. Ya desde el tapanco, la irradiación sutil y potentísima del aleph guía al que pasa por sueños inconcebibles que se borran, escritura en la blanda arena, con el oleaje del día que despunta. Pero algo queda. Como las notas del piano, oídas desde la terraza a la que amparan el jardín en sombras y la brasa intermitente de un cigarro. Y llueve.  

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Pasajeros a clientes. En algunas líneas aéreas les ha dado por cambiar el nombre lleno de prosapia y encanto de quien aborda un aeroplano: pasajero. Ahora se le denomina, con crasa vulgaridad, cliente. Como el de una zapatería, etcétera. Se ignora de dónde partió tan singular iniciativa. ¿Regulaciones nuevas o más mercadotecnia de baja estofa de las aerolíneas? A saber. El caso es que quieren borrar la ilustre condición de quien se aventura y aborda una nave, de quien cruza mares y territorios, de quien así afronta el misterio y el azar: pasajero. Del que pasa, como todo en este universo insondable.

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Avistamiento en la sierra del Tigre. Fue hace ya años y no se borra su huella. Ya pardeando, el que pasaba, remontado en la sierra, se bajó del coche para abrir un falsete. El bosque era denso y apenas se distinguía la brecha polvorienta y pálida. De pronto, como una aparición, llegado del aire delgado, allí estaba. A una veintena de metros, sobre el camino. Un puma al que rodeaba un espectral y potentísimo silencio. Muy quieto, olfateaba el aire. Giró la cabeza luego y consideró al que pasaba con infinita condescendencia. Dos, tres minutos. Pegó un salto y se esfumó en la oscuridad, dejando atrás el asombro y la indeleble huella de su remota majestad. Y este recuerdo que no ceja. Tiger, tiger, burning bright/ in the forest of the night…

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Los compañeros, en las fotos, revelan el trabajo de los años. Los presentes. Quién se perdió en el camino, quién tomó rumbos ignotos, quién cambió de costumbres y ya no habita el planeta. Pero los presentes, a lo lejos, ríen y beben sus destinos con el calor que emiten las temporadas del colegio y sus trasuntos, cada vez más lejanos. El patio del Instituto de Ciencias, con sus respectivas transformaciones, abriga el alegre condumio. En misa, las mismas voces deben haber repetido las mismas palabras, recordado a los ausentes. Desde muy lejos un compañero nunca vuelto a ver en cuatro décadas manda unas líneas: tanto fuego, tanta flama. Y esto.

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Juan Palomar Verea
JUN 16

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Atmosféricas. El calor permanece atrapado en el taller un buen rato después de que es de noche. Las plantas del jardín, desmayadas por el sopor, cum       plen puntualmente su trabajo y emiten una frescura cuyo origen es muy hondo. El que pasa, acostado en el medio del jardín, contempla largamente el pedazo de cielo que sobre esta tierra le es asignado: la estrella de la tarde arde a través del aire turbio que dejó el trasiego del día. Un círculo casi perfecto de copas de árboles, un resplandor rojizo que todo lo redime y lo levanta, el vuelo indeciso de un pájaro desvelado, el paso livianito de un niño que se va a dormir: plenitudes secretas, esenciales razones para bendecir al tiempo y sus zozobras, a la oscuridad que profundiza despacio su amparo.

El joven jardinero multiplica su ingenio, inventa recursos para lidiar con sus trabajos, encuentra de repente alarmantes dispositivos para ahorrarse afanes. Quizá con los años irá aprendiendo que para los jardines existe un material básico e irreemplazable: el tiempo. La callada dedicación con la que su abuelo, con sabiduría inmemorial, trataba este mismo jardín: y era feliz. Pero ya amanece y una prodigiosa mañana apunta sus fulgores con una frescura reconfortante. Abrir entonces todas las puertas. Acordarse de la voz lejana de una señora que ya no está, diciendo, esperanzada y jovial: al buen día meterlo en casa… I demand a better future, canta ahora Bowie.

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México repite su emborucada trama a través del tráfico indescifrable, de los millones de trayectos que se entrecruzan y fecundan formando a cada vez esta maravillosa y desconcertante ciudad de esplendores y desastres. La preparación de un recorrido centenares de veces cumplido a través de paisajes y lejanías se disuelve al contacto con la durísima materia de la que los desfiladeros urbanos —como de lodo petrificado— están fabricados. La casa de Tacubaya abre una vez más puertas y ventanas para la llegada de aires nuevos. Un cuadrángulo de fervores y proyectos alza entonces una condensación por la que los sueños se vuelven herramienta, y el afecto por lo que se sabe esencial se torna en propósitos que se echan a andar con la combustión de lo que, se sabe, merece dejar allí una parte de la vida. Sacar cuentas, reconocer el camino andado, trazar alternativas. Todo para que un cierto resplandor que trastorna para siempre a quien lo mira siga sucediendo.

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La feria. Releer una y otra vez este prodigioso libro de Juan José Arreola. El milagro acontece reiteradamente: las voces extintas, los giros de frases que conformaron un pueblo, los retratos de personajes irrepetibles, todo toma una nueva vida que, se conoce, perdura secreta y resistente en la raigambre de Zapotlán el Grande. Retrato de cuerpo entero, a veces huidizo y oblicuo, de un lugar entrañable, y a la vez remoto e inmediato, que a través de estas páginas indelebles encuentra su medida, su radical espíritu. La modernidad de Arreola, su adopción de un punto de vista ubicuo y de diferentes intensidades, su calado —como sin querer— en lo más hondo de conciencias y resortes anímicos, su magistral y elegantísimo —dandy al fin— manejo de los asuntos que describe, no dejan de asombrar. La afortunada y temprana frecuentación de este espectador con el Sur jalisciense entrega la constancia de esas mismas voces, de esos caracteres y paisajes que transfiguraron para siempre a quien los vivió. Arreola cada año que pasa escribe mejor.

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Jinete último en la última barranca. Es la mitad de la tarde, el que pasa se asoma al borde del terreno. Una barranca que por rara fortuna no fue, como tantas, rellenada por la urbanización. La vegetación, a pesar de los disturbios, es de una rara belleza. Guamúchiles y mezquites, huizachera, zacatal y persistentes arbustos de flores blancas e innombrables. La tierra es dorada y algunas veredas apenas se insinúan por unos parajes en los que casi nadie anda. Las casas circundantes elevan estúpidos muros ciegos e ignoran la maravilla. La barranca igual reparte sus bendiciones, ejemplar sobreviviente de la tontería y la corrupción. Un caballo flaco pace plácido en la grama reverdecida de una orilla. De repente, al fondo de la barranca, aparece un jinete. En el silencio de la hora se puede oír el ruido de los cascos. Parece buscar algo. Mira hacia uno y otro lado, cambia de rumbo. Luego da con su objetivo y comienza a subir por una vereda empinada; al acercarse destaca su porte altivo, su larga costumbre de cabalgar, la clara estampa del caballo. Se acerca al flaco equino que pace, que muestra su inquietud y como que hace por escapar. El jinete le dirige palabras que mezclan la rudeza con el afecto, hace ruidos tranquilizadores. Luego, ambas monturas se dan la vuelta y enfilan barranca abajo. Al pasar, el hombre levanta el ala de su sombrero y profiere un sonoro “buenas tardes”. Y ya se aleja, jinete último en esta ciudad extraviada, trotando por el inicial paisaje nutricio de la última barranca.

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Cita ambulante. Algo llama la atención en un coche cualquiera estacionado en la calle. Una inscripción, casi como un tatuaje, se distingue sobre la salpicadera de adelante. Acercándose, se puede leer algo que hace pensar por un largo rato, mientras la caminata repite lo leído: “Lo que vale es el espacio que resguardan entre sí las palabras. Importa que las palabras floten como nubes de lluvia. Y relampagueen.” Raúl Bañuelos.

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Se murió El Gallo. 53 años en la misma esquina. Robles Gil y Mexicaltzingo: reparando llantas. El Gallo fue durante todos esos años un personaje insustituible en estos barrios. Trabajador como el que más, cumplido y diligente, maestro de su oficio, dueño de un buen humor a prueba de cualquier cosa. Ejemplar. Sus últimos años, aquejado por la edad, se sentaba junto a la ventana de la esquina mientras sus hijos, siguiendo fielmente las enseñanzas paternas, prosiguen los trabajos. Decía un señor que ya no está que la maestría del Gallo era tal que otro amigo era capaz de participar en arduas carreras de coches utilizando llantas revitalizadas a conciencia por él. Las ciudades las construyen gentes buenas, simpáticas y trabajadoras como El Gallo: la irradiación que su presencia genera es la materia básica con la que la comunidad se teje. Descanse, ahora, en el Cielo de quienes se lo ganan a pulso.

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Juan Palomar Verea
JUN 9

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Atmosféricas. El calor da sus últimos, bravos, apretones. Un par de veces llovió, agua de mayo, y la tierra ávida dio pronto cuenta de los caudales que su memoria reconoce. El jardín manifiesta los rigores de la estación y la luna riega la plenitud de sus luces en la madrugada para consolar, de otra sutil manera, su sed. El gato, mientras todo sucede, se dedica a extender y perfeccionar su señorío sobre la casa. Revisa sus rincones, inspecciona todo entresijo, asegura sus dominios. Silencioso, se sienta en la entresombra a sacar sus inescrutables cuentas.

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Las cariátides de la Acrópolis. Nunca puede el viajero olvidar la visión, hacia el poniente de la acrópolis griega, de las esbeltas muchachas que sostienen sin esfuerzo una cornisa sagrada y liviana. Desde entonces el porte de las mujeres tiene un impar modelo. Con cierto desencanto, aprende después el que pasa que las estatuas no son más que fieles reproducciones de las que, al abrigo de la intemperie ateniense, guarda el museo del sitio. Por estos días una muchacha relata lo que su madre, griega, vio —con sus ojos o con los de su propia madre— antes de que la operación del cambio de las esculturas sucediera. Así, por ciertas tardes, era posible mirar cómo las túnicas de las marmóreas doncellas, por instantes, ondulaban suavemente con el viento mediterráneo. Este leve milagro cesó cuando la sustitución tuvo lugar. Por más que las copias, en material, textura y forma, imitaron hasta la exageración sus modelos: la antigua magia producida por los centenares de miles de amaneceres contra el mar azul de las cariátides, por los giros del sol y la ronda de las estrellas, por la contemplación ferviente de generaciones que ininterrumpidamente llegaron a sus pies, se evaporó. Pero en las calles de Atenas todavía las abuelas repiten el relato del perdido prodigio.

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Dice Anne Michaels: “¿Cómo pudo componer Beethoven toda su música, sin haber visto jamás el mar?”

Luego, una cita de Jorge Luis Borges: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un solo día en el que no estemos, por un solo instante, en el paraíso.”

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Georges Moustaki. Se murió pues el querido griego de Alejandría, uno de los compositores perdurables de estos tiempos. Una sola canción, escrita para su admiradísima Édith Piaf, hubiera bastado para salvarlo del olvido: Milord. Queda la memoria de las letras de sus canciones primeras, traducidas por una bellísima muchacha —muy bonita letra de tinta azul, cuaderno francés de rayitas— que acompañaron los primeros deslumbramientos ante las composiciones de quien originalmente se llamara Giuseppe Mustacchi. Un natural buen gusto musical, con la fuerte influencia de Georges Brassens, un fino olfato para la poesía: resultado, una plétora de canciones que marcaron a varias generaciones. Con el 68 todavía en plena explosión realizó un concierto y un disco memorables: Bobino 70. Reunía allí varias de sus primeras canciones en las que mezclaba un llamado a la insurrección general contra la grisura de la vida, una ruda ternura y un raro humor. Publicó varios libros entre los que Les filles de la mémoire resuena aún con inteligentes reflexiones. Pero su lirismo alcanza, de repente, cotas muy altas. Va la traducción de una de sus obras más entrañables, dedicada a su santo patrono: Joseph: He aquí pues lo que es José/ haber tomado/ la más bonita/ de entre las hijas de Galilea/ a esa que se llamaba María// Hubieras podido, mi viejo José/ tomar a Sarah/ o Deborah/ y nada hubiera sucedido/ pero tú has preferido a María// Hubieras podido, mi viejo José/ quedarte en tu casa/ tallar tu madera/ antes que de irte a exiliar/ y a esconder con María// Hubieras podido, mi viejo José/ tener chiquillos/ con María/ y enseñarles tu oficio/ como tu padre te lo había enseñado// Por qué ha tenido que ser, José/ que tu hijo/ este inocente/ haya tenido esas extrañas ideas/ que tanto han hecho llorar a María// A veces pienso en ti, José/ mi pobre amigo/ cuando se ríen/ de ti que no habías más que pedido/ vivir dichoso con María.

Luego era 1977. Por una callejuela de una ciudad de provincias de Francia, había un café al que los estudiantes favorecían. A la salida de un concierto, el grupo recaló allí en busca de una cerveza y de la conversación que descifrara lo que antes se había oído. Ya tarde, el que pasa camina rumbo a la salida. De repente, entre las mesas, taciturno, apareció el artista: Georges Moustaki. El tiempo se ha llevado las pocas frases de la conversación. No así al talante bondadoso, el gesto lento de señor levantino, la sonrisa discreta de quien oye elogiar su trabajo, la chispa cómplice de quien se sabe entendido. Es todo.

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Tres calandrias bajan alegremente por la calle desierta. Hace rato que pardeó y el silencio poco a poco gana terreno. En el carruaje del frente, una pareja calla, muy sonriente. En las dos calandrias de atrás se reparte trabajosamente el mariachi completo. Trompetas y guitarrones emergen por los bordes de los vehículos. Entonan una canción melancólica, las voces rebotan contra los muros de las casas en sombra. Tres caballos cumplen su oficio y arrastran el convite rumbo al Centro. Sus pasos se acompasan discretamente y el sonido de los cascos da el exacto contrapunto del huapango que se aleja.

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Letrero indicativo de una ventanilla en una oficina cualquiera del Registro Civil (visto en el feisbuc): “Búsqueda de inexistencias”. De la ontología burocrática profunda. Resuena ese otro letrero visto en un estacionamiento público: “No ocupe dos lugares a la vez”. Prevenciones contra los ubicuos.

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La vieja cantina marcha a su velocidad de crucero. En la barra, los parroquianos alternan portes huraños con gestos expansivos y alegres. Un olor inconfundible e indefinido embarga el ambiente mientras un saxofón —no sin cierta incongruencia— entona Begin the beguine. Pero bien mirado, no hay tal desconexión: por las mesas, desde lo alto del nicho de la bicicleta, a través de las caras que buscan su reflejo, la llama del alcohol levanta, otra vez, sus espejismos. Y con cada trago recomienza. La mesa de los amigos, damnificada por el exilio forzoso de La Alemana, encuentra poco a poco su campo.

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Juan Palomar Verea
JUN 2

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

A la una y cincuenta del jueves el sol atravesó, como cada año, su cenit en la región de Guadalajara. 23 grados de declinación desde el Ecuador hacia el Polo Norte: latitud bajo la que todos estos afanes suceden. Recordar otra vez al entrañable maestro Díaz Morales quien entre sus vastos saberes incluía el de la astronomía: hablaba por teléfono pocos minutos antes del suceso y giraba una orden  terminante: “Salte al sol y pon un escalímetro perfectamente perpendicular sobre el piso: verás que las sombras han desaparecido.” Y así era a través de los años: el ritual se repetía puntualmente. Ahora nadie habla para dar cuenta del extraordinario e inmemorial fenómeno por el que esa segunda presencia de cosas y gentes se disuelve en el aire ardiente. Pero el recuerdo se obstina. Quedamos así, por unos segundos, en la orfandad de nuestra propia sombra, desnudos ante el poderío absoluto del universo. Pero declina un poco el sol y bajo la pérgola refulge, a la salud del viejo maestro, el tequila que marca el promedio de estas vueltas de los años y la memoria de una voz ya imposible que crepitaba, imperativa y cariñosa, por el hilo del teléfono.

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Leonardo Padura, el cubano, se inscribe en esa línea de escritores que han sabido encaminar sus inquisiciones sobre el mundo a través de eso que se llama, por facilidad, novela policiaca. Andrea Camilleri, Vázquez Montalbán, Paco Ignacio Taibo II, Donna León, Henning Mankell… Otros tantos escritores contemporáneos que han creado un personaje capaz de enfrentarse a situaciones límite, a misterios humanos, y resolverlos o desentrañarlos. La creación de un héroe que, con sus variantes, tiene aún un fondo de bondad y de búsqueda de la justicia que reside en el fondo de sus resortes vitales. Este principio ético (y estético) subyace con mayor o menor evidencia en las andanzas de estos caballeros a la caza de criminales molinos, dentro de una realidad cada vez más incierta y ambigua. El detective de la serie de libros de Padura que aborda esta temática es Mario Conde: un treintañero cercano a la cuarentena, calvicie incipiente, sin mujer ni hijos, íntimo de un inválido de la absurda intervención cubana en Angola, aficionado acérrimo a una novena de beisbol que no le da más que disgustos, navegante de La Habana y sus espejismos. En Pasado perfecto se las arregla para hacer, como sin querer, un retrato devastador y socarrón del régimen comunista y sus particularidades y corruptelas. Pero la espléndida ciudad que pinta, la comida, los sencillos placeres de la amistad y de sus calles: todo hace del libro una lectura más que disfrutable.

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Volver a los versos de Góngora, a propósito de estas temporadas giratorias:

Mal te perdonarán a ti las horas,

las horas que limando van los días,

los días que royendo van los años.

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Era una casa amarilla y alta, casualmente atrapada en la red de las calles del poniente tapatío. Debía datar de mediados del siglo XIX. Una estancia de alguna hacienda vecina, o una casa de rancho con cierta relevancia. Ya para los años setenta del pasado siglo era un tugurio habitado por varias pintorescas familias y, en la esquina, un tendajón clásico atendido por una viejita malhumorada y achacosa. En el patio se entreveían algunos mezquites y un corro de gallinas custodiadas por tres perros flacos y amarillos. Arriba, dando a la fachada principal, una muy bonita galería abierta —especie de loggia— servía a ratos de tendedero. Nadie vio nunca las posibilidades de tal reliquia, de sobria y maciza construcción. Hubiera podido ser la mejor casa que nuevo rico (o rico) alguno ha podido procurarse. Hubiera sido un estupendo colegio o la sede de algún improbable empresario ilustrado. (Y, como se ve, el hubiera sí existe.) Total, antes de 1980, sin que ninguna autoridad interviniera, la casa fue demolida inmisericordemente. Hoy es un lote baldío que sirve de estacionamiento. Queda en la memoria el día en que un amigo tragón apostó con la viejita, y ganó, el reto de comerse tres panes de grasa de un solo bocado y no pagarlos; queda la estampa de la viejísima y noble casa como un reproche a la amplia mediocridad contemporánea; queda la sombra protectora que acogía, por la banqueta y rumbo a la casa, a quien regresaba tarde de los afanes de las rayas y las perspectivas. Pero sobre ese solar, en el mejor de los casos, habrá una nueva y esperanzadora edificación. Tal vez.

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No poco a propósito, vienen al caso estas líneas del entonces cardenal Bergoglio: “Es tal la unión que existe entre verdad y bien que podemos afirmar que una verdad no bondadosa es, en el fondo, una verdad no verdadera.” Y luego: “Algo grave e inhumano ocurre si en una comunidad se pierde el gusto por lo que es bello. Una señal de alarma aparece en el horizonte cuando la vulgaridad, la vanidad, lo chabacano, no son vistos como tales sino que pretender reemplazar a la belleza. Se da entonces ese proceso de banalización de lo humano que termina siendo esencialmente degradante.” (No pueden sino venir a cuento las cuantiosas pérdidas en la dignidad y la belleza de la liturgia católica, sustituidas a menudo por patéticos gestos “al gusto” de la parda época.) Este espectador debe el hallazgo de estas citas del ahora S.S. el papa Francisco a la meritoria existencia de una publicación periódica producida por la aguerrida generación 1948-1953 del Instituto de Ciencias, y que se llama Pensamiento. Número 46, año 17, Mayo 2013.  

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Algunos años apenas separan de los ventarrones que abatieron el árbol venerable. Un nuevo ejemplar, de la misma especie, fue prontamente sembrado en su lugar. Poco a poco, fue levantando su alzada, prosperando tranquilamente a la vera de un fresno cuya sombra se mantiene a prudencial distancia. He aquí que por estos precisos días la joven jacaranda emitió, por todo lo alto, su primera floración. Y un novel resplandor azul ilumina así los días.

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Juan Palomar Verea
MAY 26

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

GUADALAJARA, JALISCO (19/MAY/2013).-Camina mayo y sus calores de este año son, de alguna manera, más clementes. Desde el patio de las espinas se mira transcurrir la noche y un viento suave hace vibrar ligeramente la veleta del gallo. Un frescor inesperado sube entonces desde el jardín y aleja, por el momento, cualquier sofoco que la tarde interminable fue fermentando por el barrio. Aclara el cielo: sobre el cemento rojo, entre las risas y la amplitud de la cerveza, pasa el trazo infalible de una estrella remotísima pero que, ahora, estos muros contienen.

La semilla de la parota aguarda pacientemente. Se sabe una de millones que han de perpetuar la especie. En el más que incierto juego de las probabilidades, el árbol pasmoso apuesta por la largueza del número. Así, por esta temporada reparte en su generoso perímetro abundantes vainas que esbozan una espiral más vasta: de allí emergen los granos que, ahora, descansan con sus brillos enigmáticos sobre la mesa. Y cada semilla es la promesa de un ser viviente capaz de transformar cualquier páramo en un esplendor de verdes y de ramas de trazos imposibles y certeros. ¿De quién fue la idea de sembrar estas dos parotas a la vera de una banqueta cualquiera? Muerto quizás hace años dejó tras de sí, muy por lo menos, este par de frondosas bendiciones que a diario alegran la vista de los transeúntes, apaciguan la vida de los vecinos, dan cobijo a centenares de pájaros agradecidos. No es poca cosa para ser recordado.

Ahora, esta semilla interroga al mundo desde su modesto rincón. Sobre su superficie, un óvalo de refinadísimo dibujo está circundado por una franja más clara: anuncio ya de los espléndidos tonos que su madera puede rendir algún día. Inopinadamente, de su durísima contextura emerge un mínimo rizoma pálido: una antena que habrá luego de guiar a las raíces poderosas y hondísimas. Toda la información de su estructura, todo el intrincado juego de claroscuros que definirán su sombra, todos los insondables viajes de su savia imbatible, toda la delicada arquitectura de su construcción están aquí encerradas: mínima piedra que rueda contra el tiempo y los crueles azares. Pueda encontrar un lugar bajo el amparo de los días.   

Chuparrosa desvelada. Un aletear muy rápido sorprende al que pasa en el taller oscuro. Con la luz queda revelado el fino trazo del pájaro livianísimo que se ha extraviado y busca, a altas horas de la noche, la salida. Trayectorias raudas y equivocadas lo hacen chocar contra los muros, estrellarse contra los libreros, vagar frenéticamente de un lado a otro. Se sabe que cualquier auxilio humano será leído por el ave como una más de las amenazas que ahora la angustian. Y que no cejará hasta encontrar una salida o yacer derrotada en un rincón, presa ya de una muerte temprana. Queda el verla por un rato, criatura de aire y velocidad inaudita atrapada en un recinto que le es totalmente ajeno, alegoría de todos los cautiverios, cifra del encierro que sobre cada uno se cierne. Las puertas del cuarto esçtán, sin embargo, ampliamente abiertas sobre la terraza oscurecida. Apagar las luces entonces, dejarla a la ventura de su instinto. Seguir luego, horas de madrugada, considerando su suerte. Al amanecer, muy temprano, el pájaro se ha ido: queda nomás una pluma invisible anunciando que, aquí, se cumplió un designio anunciado y medido desde el inicio de los días. No se mueve una hoja…

¿Flyers? Este espectador manifiesta, azorado, su modesta oposición a que las cosas que aprendimos a decir en buen español se tornen gradual y fatalmente en sonidos extranjeros que erosionan la manera de entender al mundo que para todos era común. Habrá quien juzgará de nostálgicos y aún de inútiles estos reparos en la era de las computadoras y la globalización galopante. Asomarse a la jerga que domina las comunicaciones en el feisbuc basta para entender que una vasta mutación en el lenguaje nos rodea. ¿Mutación o involución? Caldo de cultivo de donde emergerá un valiente mundo nuevo en el que una media lengua bárbara y esquemática reducirá la realidad a unas cuantas nociones rudimentarias. O, a la mejor, fermento y riqueza que la lengua asimilará con su inmemorial poderío. A saber. Por lo pronto no se ve por qué la gente dé en decirles a los papelitos que siempre se llamaron “volantes”, “flaiers”. No es más elegante, ni más preciso. Sí es muy chocante y, como tantas otras cosas parecidas, encarna un ridículo empeño en ser “otros”. (Aquí le vengo manejando lo que viene siendo este flaier…)

El postigo y el misterio. Desde muchos años hace ese particular detalle de una casa célebre había sido observado. Un remate sobre la puerta de la cochera, especie de torreón mínimo incrustado en el muro, provisto de dos aperturas terminadas en triángulo. La amabilidad del dueño, en un inopinado encuentro, permite al fin conocer por dentro la morada. Casa para los niños, cuyos juguetes alegran la generosidad de los cuartos bien dispuestos, espacios serenos que entregan al final un patio magistral y preciso, provisto con un juego de escaleras cuyo vuelo prefigura futuras síntesis asombrosas. El cuarto que contiene el remate se abre. Su penumbra apenas hace sospechar lo que guarda. No demasiado amplio, sus proporciones, sin embargo se adivinan cuidadosamente templadas. De repente, sucede el prodigio. Al abrir un postigo mimetizado en el muro se revela el motivo por el que el enigmático remate había sido hecho. Se trata de un altar que en el hueco del muro forma la concavidad del pequeño torreón: sus dos aberturas iluminan con sutiles matices todo el cuarto y centran en la íntima ara el foco absoluto de la contemplación. Dos gradas a sus pies confirman la intención sagrada del espacio. Quienes tal revelación consideran se quedan un rato en silencio (ese silencio que hace bruñir los cálices…). La fecha de la edificación de la casa confirma el descubrimiento: 1929, lo más álgido de la Cristiada. La persecución y los oratorios clandestinos, la búsqueda por guardar, en ciertas casas, un reducto de aquello que le daba un final sentido a los días… Se cierra el postigo, la magia se desvanece. Los asistentes salen al sol de mayo. Quedan en las retinas esas incisiones exactas, como de un bisturí de luz que abre el alma a otros ámbitos. La herida no cerrará fácilmente, si es que jamás lo hace, y una canción viene a la memoria: the first cut is the deepest…

Juan Palomar Verea
MAY 19

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Atmosféricas. El tabachín de Lulio es una gozada por estos días: su copa es una explosión de rojos y anaranjados que alegra a quien pasa y ennoblece al amable establecimiento. Sembrado hace muy pocos años, este árbol es una lección de lo que se puede lograr para mejorar nuestras calles, banquetas y perspectivas en el corto plazo. Por mientras el pendiente por el plúmbago doméstico prevalece y los lirios padecen el solazo. Pero por otros rumbos del jardín la estación se muestra más benévola y los humildes prodigios perseveran en su callada labor de hacer los días y los calores más llevaderos –y aún gozosos.

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Really don’t mind if you sit this one out/ My mind but a whisper your deafness a shout/ I may make you feel but I can’t make you think… Son los primeros versos de Thick as a brick, una de las mejores (y más largas) composiciones de un grupo legendario en la historia del rock: Jethro Tull. Su líder, Ian Anderson, ha personificado como nadie al juglar contemporáneo, danzando asombrosamente mientras toca la flauta transversal. Al azar de la cajita de las canciones, aparece ésta muy de mañana y da entonces el talante al día que se levanta. Era la calle de Mar Tirreno y era, quizás, 1972: llegábamos bajo las jacarandas a una casa umbría y hospitalaria en donde los hermanos mayores tenían siempre nuevas cosas para oír. El rayo que significó el descubrimiento de Jethro Tull y sus insólitas armonías sigue brillando a través de los años.

Déjame contarte las historias de tu vida de

tu amor y del corte del cuchillo

La opresión infatigable

La sabiduría que destila

El deseo de matar y ser matado.

Déjame cantar de los perdedores que yacen en la calle mientras pasa el último camión

Los pavimentos vacíos: las alcantarillas que corren rojas –mientras el cretino

Saluda a su Dios en el cielo.

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Tocante al helicoide. Se sabe desde hace tiempo que una de las claves de la vida se encuentra en las estructuras helicoidales del DNA. Los científicos han desarrollado complicados esquemas en donde se muestra la delicada y asombrosa arquitectura de la vida en sus orígenes. Pues habría entonces que considerar con cuidado a los guamúchiles: sus frutos incomparables nos son entregados por estos árboles prodigiosos bajo la forma de una refinada espiral que, si se la mira con detenimiento, acata una rigurosa geometría que revela una inteligencia que se hunde en lo más profundo del océano de las edades. Hace algunos años se recibió una petición, por parte de una vecina, de demoler el árbol que, según eso, estaba manchando el fino pavimento de cemento de su cochera. Ni con un minucioso examen con lupa pudo detectarse mal alguno. Por supuesto que nunca iba a acatarse tal despropósito, de cualquier manera. Pero los guamúchiles no manchan: más bien nos regalan con su espléndida estampa uno de los espectáculos que redimen la cada vez más pelona ciudad. Y además, por esta temporada, sus frutos blancos y de un sabor inolvidable nos regresan a la más remota infancia y al recuerdo de potreros bravíos cuyos bordes guardaban las hileras de guamúchiles aguerridos. Larga vida al árbol de la casa, mientras se investiga y dibuja su helicoide, la estructura esencial que, en sus vainas, repite quizás el misterio de la vida sobre este planeta.

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Vivir sin aire acondicionado. Cada vez más extendido, el fenómeno de vivir a la merced de ese aire enrarecido y artificialmente enfriado que luego anda causando toda suerte de gripas. Un amigo entrañable que vive en Monterrey tenía hace años la costumbre de desplazarse en una traqueteada pick-up blanca, sin aire acondicionado, por supuesto. Desarrolló entonces una interesante teoría sobre la relevancia de atreverse a vivir y experimentar plenamente el clima de un lugar como condición para su cabal comprensión. Arquitecto, desarrolló luego en sus obras inteligentes medidas para paliar y hacer soportables los rigores de los calores regiomontanos. De la misma manera, desde hace generaciones, los tapatíos supieron acondicionar sus casas para capotear con éxito los estiajes. Patios y corredores, macetas, arbolados y pilas no eran simplemente un adorno. Techos altos, ventanas mesuradas, ventilaciones cruzadas. Todo lo que el cretinismo arquitectónico en boga olvida y suprime. Se ven ahora grotescos ventanales al poniente, construcciones pintadas de negro (horror), recubrimientos que atraen el calor, alturas bajas e innobles: cualquier cantidad de disparates climáticos (y estéticos). Pero eso sí, con sus aparatotes de aire acondicionado que contribuyen a ampliar la huella de carbono y a acentuar el deterioro general del medio ambiente. Haría falta ese noble y amable estoicismo de los mayores para vivir con tino y elegancia. Para saber vivir, tout court.

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Liszt y la noche. Contra una arboleda espléndida, Bogányi Gergely, todo de plateado él, se inclina sobre el piano. Las primeras notas establecen una atmósfera que levanta el jardín sobre sí mismo, que convoca una serie de silencios puntuados por delicadísimos sonidos que avanzan y profundizan la noche. La estampa del extraordinario pianista húngaro recuerda de inmediato al mismísimo Franz Liszt, cuya música interpreta con una pasión contenida y poderosa, como quien se rifa la vida en cada acorde. El viento contribuye al pasmo que se adentra en quienes la oyen: el rumor del aire entre las frondas y el tintinear seco de los candiles mecidos por las rachas –como de castañuelas en la lejanía- enriquecen de manera insólita la audición y la vuelven en algo que el que pasa sabe que habrá de recordar por siempre. La generosidad de los anfitriones, el genio del pianista, la noche tapatía y sus árboles de sombras, el rojo resplandor que ilumina los días, la música que alza sobre sí mismo a quien la atiende. El piano insomne prosigue en la memoria mientras unas manos vuelan sobre el teclado como un aleteo vertiginoso cuya magia transporta a un pasado que nunca desaparece, a un futuro que estas mismas notas habrán de acompañar. La Consolación número 3, efectivamente, consuela: y alienta esa filosa sed por la belleza que, siempre, se va escapando…

jpalomar@informador.com.mx
 

Juan Palomar Verea
MAY 12

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Los lirios amarillean bajo el rigor de los calores y su rincón de pronto deviene una zona de urgencia. Más agua, habrá que decir —más sombra también. El plúmbago que cubría esa esquina ha venido flaqueando y muchas de sus guías son ahora una pálida imagen de lo que saben ser en las aguas: habrá que hablar de remedios, abonos, un manteado protector si se ofrece. Pero el tabachín de enfrente es un incendio pacífico y jubiloso: su sombra vaga, liviana, por los ladrillos pardos. Un árbol a uno, hay que defender. El hule de a la vuelta sufre los amagos de quienes consideran a los coches sobre cualquier cosa: pero es un árbol público, de toda la ciudad: habrá de prevalecer con su estampa generosa que cruza la calle y saluda a toda la perspectiva de la cuadra. Como si no fuera más que evidente, en esta temporada de inclemencias solares y terregales, que si de algo no podemos prescindir es de la compañía y el alivio de cada árbol posible.
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El poeta se acerca al faro. Eduardo Vázquez Martín, el entrañable, desde México comunica por la red su reencuentro con el pasado, la música que lo guía, el resonar de unos versos de Caetano Veloso:
“Hoy fui a celebrar el día del libro al Faro Tláhuac, a cuyo libro club se incorporó una parte sustancial de mi vieja biblioteca. Mis libros de juventud, de universidad, libros heredados por amigos, de mi padre, libros de diferentes naufragios, de diferentes matrimonios y casas. Me dio nostalgia verlos ahí, en el Libro Club, y también me dio gusto que ahora son de muchos más que podrán encontrar en ellos infierno y paraíso. De camino al Faro me puse a traducir (no soy traductor ni conozco a fondo el portugués, discúlpenme ustedes) la canción Livros, de Caetano. Les comparto el resultado de ese viaje hasta las zonas lacustres de la ciudad tarareando a Caetano y traduciendo sus versos.”

Livros

… Tropezamos como astros torpes
Porque no teníamos libros en casa
Y la ciudad no tenía librerías.
Los libros que en nuestra vida entraron
Son como la radiación de la materia oscura
Que genera la expansión del Universo
Porque la frase, el concepto, la trama o el verso
(Sin duda, sobre todo el verso)
Pueden lanzar mundos al mundo.

Tropezamos, astros torpes
Sin saber que la ventura y la desventura
De la calle que va de la nada a la nada
Son libros y la luz de luna contra la cultura.

Los libros son objetos trascendentes
Pero podemos amarlos con amor táctil
Como elegimos los paquetes de cigarros.
Podemos domarlos, o cultivarlos en acuarios
En estantes, en jaulas, en hogueras
O lanzarlos por la ventana
(tal vez eso nos libre de lanzarnos)
O lo que es mucho peor podemos odiarlos
O simplemente escribir uno.
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Transcurre por el barrio a bordo de una vistosa bicicleta de cuernos adornada con espejos a la manera de los mods londinenses de hace años. Su catadura es dura, implacable y determinada. Como un insecto desmesurado va de basurero a montón de desperdicios a otro basurero. Selecciona con cuidado sus hallazgos y, displicente, sigue su recorrido calle abajo. Es claro que por lo magro de su morral y la fragilidad de su vehículo debe meditar cada nueva carga. Qué hará con su botín, se queda el que pasa pensando: en cuál cuarto que le da abrigo en las noches descarga sus haberes, los clasifica, reflexiona sobre lo conseguido. Porque lo que se lleva es un apretado resumen de la vida que en la ciudad transcurre y la lectura de los sobrantes que la gente desecha retrata fielmente la intimidad de los buenos vecinos: poco sospechan éstos que en algún rincón oscuro, medio alumbrado por un foco mosqueado, el mod de la bicicleta reconstruye para sí mismo la necedad o la prudencia, el dispendio o la tacañería, las ilusiones consumistas o el parco decoro de cada casa. Luego establece sus cuentas, hace sus juicios, define sin saberlo plenamente el destino del desaprensivo barrio.
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Constantino Cavafis vivió, exactamente, setenta años. Nació el 29 de abril de 1863 y se murió otro 29 de abril: en 1933. Así que esta semana se cumplieron 150 años de que vio la luz uno de los mayores poetas del siglo XX. Alejandría quedó por siempre transfigurada por su paso. Nunca publicó nada pero de repente imprimía hojas con algún poema y se las regalaba a quien pensaba que podría entenderlo. Imaginarlo ahora, caminando por la ciudad de Alejandro, escogiendo con cuidado a quien entregarle unas letras que —bien sabía —  lo habrían de salvar de la grisura de su vida y del olvido. Así, en esta página, llega en su homenaje este poema que el ánima del poeta de algún modo sigue repartiendo:

Los sabios los hechos que se aproximan…

Pues los dioses perciben los hechos futuros;
los hombres, los ya ocurridos; los sabios, los que se aproximan.
Filóstrato, Vida de Apolonio
de Tiana, VIII, 7
Los hombres conocen los hechos que ocurren al presente.
Los futuros los conocen los dioses,
plenos y únicos poseedores de todas las luces.
De los hechos futuros los sabios captan
aquellos que se aproximan. Sus oídos
a veces en horas de honda meditación se
conturban. El misterioso rumor
les llega de los acontecimientos que se aproximan.
Y atienden a él piadosos. Mientras en la calle
afuera, nada escuchan los pueblos.
 

Juan Palomar Verea
MAY 5

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Atmosféricas. El día amanece nublado y anuncia un respiro pasajero ante los calores tapatíos que arrecian conforme avanza abril a su término. Los pájaros se entregan a sus saludos matinales con agradecible alegría. Alguien habla de una pila que, a la sombra de una casa serena, cubre la superficie de sus aguas con hojas doradas, como monedas de la esquiva suerte que, mágicamente, flotaran. Sus brillos iluminan ahora esta mañana.  

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Trocadero. Así le puso don Mario Collignon de la Peña, quien tenía su negocio a la vuelta, al tianguis de antigüedades que organizó –seguramente junto con otros anticuarios y chachareros– en el camellón de la Avenida México, enfrente de San Camilo. Cada domingo la voluptuosa Madre Patria que preside la plaza de la República que hizo Julio de la Peña (primo hermano de Mario) contempla con benevolencia el tenderete de puestos en donde se pueden encontrar las cosas más disímbolas, disparatadas, divertidas. Trocadero: lugar en donde las cosas se trocan por otras, o por algunos pesos. E irónica alusión a la plaza que en París enmarca, del lado poniente, a la torre Eiffel. Es un placer trocar también algunas horas dominicales –provistos de un aconsejable sombrero– por el desfile de tiliches, muebles, cuadros, medallas y monedas, libros, antiguos juguetes y un sinfín de cosas que atraen la atención y distraen la memoria.

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Instrumentos. Dónde pues se puede hacer uno de la flauta pasmosa del afilador. Alguien, docto en cuchillos, aseguraba el otro día que los encargados de este oficio no afilan, sino que amuelan, el delicado instrumental punzocortante. Que afilar se hace de otro modo, con otras herramientas. Ignaro en estos terrenos, este espectador celebra, como lo ha hecho siempre, el melodioso llamado de la flauta a cuyas órdenes se despiertan en los cajones y alacenas los filos amellados de los domésticos cuchillos, de las tijeras parsimoniosas. Larga vida a este eco de temporadas venturosas, a esta afirmación de que la ciudad marcha en orden, de que hay alguien que camina por las calles y se gana el pan con honradez y buen humor.

Y luego el silbato del cartero. Especie sónica en rápida extinción, preludio inefable de las noticias, las decepciones, la buena estrella. Ya el internet, como antes el fax, los servicios de paquetería rápida y los nuevos modos se han encargado de marginar al noble y antiquísimo oficio del cartero. Alguien decía que la vieja oficina de Correos de Belén había sufrido una radical amputación. Ya no se ven a los carteros en su bicicleta cargando su mochila de buen cuero. Porque cada uno de ellos era –aún es y hasta cuándo– la encarnación del mensajero. Ese ser mitológico que, con su aparición, transfiguraba o arruinaba vidas y haciendas. Ese, que apelando a lo más alto, alado y misterioso, llegó con una muchacha para anunciarle que cambiaría para siempre al mundo.

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Tremor esencial. Así se llama una condición física que hace al pulso, en mayor o menor medida, titubear. Nombre ontológico, de sugerentes resonancias kierkegaardianas: recordemos una de las obras centrales de este autor: Temor y temblor. El pulso es un instrumento delicadísimo, y esencial. (Que lo diga el hijo de Guillermo Tell.) Pero afirman que el mismo Leonardo era incapaz de sostener un vaso de agua sin que el líquido se derramara. El temple con que la vida se recibe –fogoso burel– está en el fundamento del terreno tránsito. Recibir, templar y mandar, dice el mandamiento taurino. Así, recónditas neuronas mandan impulsos eléctricos que producen entrecortadas variaciones en la manera como la mano maneja la herramienta, levanta el vaso, dirige el lápiz. Todo se vuelve un poco borroso, un tanto distante. Como el latido de un espejismo, como la respiración de ciertas plantas, el pulso deletrea –telégrafo imposible– algún mensaje que el cerebro emite desde el fondo de sus circunvoluciones. Algo de esos códigos indescifrables queda entonces inscrito en las líneas temblorosas que van trazando, trabajosamente, una nueva torre. Y, cuando su sombra promedie al mediodía futuro, sus muros cantarán inaudiblemente la huella de un corazón que, siguiendo su suerte, así templó al destino.

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Navegando por el Cuarteto de Alejandría. Reencontrando los tomos de esta tetralogía famosa de Lawrence Durrell, pueden recuperarse algunas cosas invaluables: el fervoroso canto de amor por la ciudad de Cavafis que a lo largo de la obra, entrecortada y obsesivamente emerge. Y el amor que no quita conocimiento: Alejandría como el lugar de todo lo posible, horrores y maravillas, mezquindades minuciosas y grandes gestos generosos, amores y desencuentros, intrigas y traiciones, bellísimas ceremonias, olores nauseabundos, putrefacción; gloria de la carne y sus delicias. El gran molino, dice Durrell. Y luego las intermitencias con las que aparecen personajes, lugares, paisajes que así van tejiendo una red que poco a poco cerca la presa: al mismo lector. Justine, digamos: la mujer de los ojos de sombra que fatalmente deja a su paso tempestades y zozobras, iluminaciones, destellos cegadores. Una electricidad que se aprende a reconocer cruza las páginas cada que ella, como una reina extraviada, comparece. Oyendo las consejas de los viejos lectores, esos que devoraron el Cuarteto desde su aparición, a principios de los años sesenta, se vuelve a entender esa poderosa magia que el lenguaje de Durrell –a pesar de digresiones y pasajes más o menos plúmbeos– desplegó para toda una generación. Y aquí, ahora, al filo de los avatares de Nessim, el magnífico copto, algo hondo y definitivo exhala esta escritura a la que, con una mirada superficial se puede calificar de datée. Y los clarísimos espejismos del desierto, la bruma que se eleva sobre el lago de Mariotis, el balanceo de los barcos que en la bahía lentamente son presas del óxido y el tiempo, las callejuelas del barrio árabe y sus santuarios, todo esto y mucho más va construyendo una ciudad cuya huella queda en los siglos y que se ahonda, con extraña felicidad, en quien ahora lee estas páginas.

jpalomar@informador.com.mx
 

Juan Palomar Verea
ABR 28

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

El jardín prosigue su paciente peregrinación rumbo a las lejanas aguas. Un inclemente cielo sin nubes despliega sus azules y las banquetas pelonas reverberan despiadadas. Pero bajo el arrayán una sombra liviana sosiega al fin la caminata. Llegan los amigos de siempre y el tequila opera sus prestidigitaciones en el mediodía luminoso del corredor. El jardín por mientras acumula sus reservas de silencio que el jardinero hace trizas luego con su estruendosa  podadora. Extrañar entonces aquellas máquinas de rodillos y de tracción manual que producían un rumor acompasado y pacífico que tranquilizaba el ánimo y adormecía las horas matinales.  

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En una calle tapatía, un bravo establecimiento de evocaciones borgianas: Lonchería El laberinto del sabor. Las infinitas bifurcaciones entre el lomo y la pata, la pierna, la panela o el jamón, con y sin salsas, incluyendo verdura o no, a la plancha o natural, la hora tardía o temprana, el humor del comensal…

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Un sábado cualquiera en un campo del mero Huentitán el Bajo. La afición se acomoda para ver el partido entre dos equipos infantiles. El personal del barrio se instala con toda propiedad a la sombra de unos buenos árboles para alentar al equipo local. Sillas plegables, bastimentos de diversa procedencia, el pico de gallo que circula generosamente, las risas, las imprecaciones al sufrido árbitro, los gritos de ánimo y los chistoretes que salpican el transcurrir del partido, las porras entusiastas: la misma exacta fuente de donde procede la indomable pasión por el rebaño sagrado. En una de esas, un orondo aficionado, sentado mero adelante, avienta un grito de batalla estentóreo y de una remota procedencia: “¡Vamos chivitas que un ciego las vino a ver!”

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Idiotas con música. Como se sabe, la palabra idiota se usó originalmente entre los griegos para designar a aquellos ciudadanos privados y egoístas que no se preocupaban de los asuntos públicos. También se sabe lo que esta palabra designa ahora. Ambos significados se aplican con extensa plenitud a esas gentes que encuentran placer en circular en coches más o menos ridículos haciendo funcionar a todo posible volumen las bocinas de su vehículo. Síntomas no tan superficiales de una descomposición social que incluye la ignorancia más palmaria del derecho de los demás a no ser arrollados por el muro sónico que avientan a su alrededor estos barbajanes. Y qué decir de lo que el lenguaje burocratés llama las “fuentes fijas”: un mínimo figón de cuatro mesas con seudomúsica suficiente para sesenta y aún le sobra. Le sobra todo aquello que moleste al vecindario. Cómo decía un señor que ya no está: “Pon tu música de modo que nomás tú la oigas.”  

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Idiotas con moto. Otro tanto va para esos motociclistas que equiparan el decibelaje que emiten a su paso por las calles con su propia valía. Machismo de petardeo, complejos demasiado audibles y “compensados” por el ruidajal, desprecio integral por el silencio que para otros puede ser vital. Además, con frecuencia insólita, circulan a velocidades absolutamente demenciales, sin que los cuicos parezcan nunca hacer nada. Delicias del subdesarrollo.

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Carlos Palomar y Arias (1892-1973) escribió cosas muy notables. Dueño de un humor inagotable, de un fino oído y de una pasmosa facilidad para la versificación, realizó también traducciones que son un dechado de ingenio y fidelidad a sus fuentes. De un recuento hecho con su admirable caligrafía y dedicado a una tía muy querida, procede el siguiente poema en prosa de su autoría y fechado en 1936:

Las letanías del gato

Gato,
animal de presencias insospechadas y de posibilidades magníficas,
esfinge de una piedra maravillosamente maleable,
personificación
de la morbidez,
acertijo de la póstuma finalidad del universo,

Gato,
ronroneo indecible de los estados transitivos
de conciencia
secreto de las voces innominadas e inaudibles,
perfil, arista y emergencia de las energías cósmicas,
lisonjero increíblemente egoísta e ilógico,
elasticidad de la materia animada,
elegancia supra- o infra-humana,
ensueños interrumpidos por la reflexión
de un rayo de luz en tu ojo ambarino,
patas aterciopeladas que envuelven
la potencia del acero,
lengua hurgadora de cosas indebidas,
piel eléctrica, acumulador de fuerzas incógnitas,
guardián infiel del hogar,
con tus juguetones zarpazos me estás
estorbando la escritura de este poema dedicado
a tu mayor gloria.

***

¡Gato!
Felino admirable, que yo envidio;
tú sabes todo,
tú lo comprendes todo,
pero te callas.
Duerme, duerme, duerme. Comunícame tus sueños.
Haz que penetre contigo en el mundo desconocido
que se encuentra más allá del bien y del mal,
en que la realidad se identifica con la fantasía,
eterno proceso creativo del ser mismo…

jpalomar@informador.com.mx

 

Juan Palomar Verea
ABR 21

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Y cada catorce de abril/ se le resbalan dos lágrimas/ vueltos los ojos y el ánima/ a las costas de Estoril… cantaba Serrat hace muchos años en esa canción entrañable que se llamaba Muchacha típica. Arrecia el calor y los grandes cruceros viales pelones y agresivos en todo su chapopote reverberan un vaho cálido y desagradable, muestra inequívoca de lo equivocado de la ciudad. Las primaveras mandan todavía sus señales amarillas que indican por dónde va la cosa: hay que plantar muchas más y completar ese viejo proyecto de reponer y aumentar la serie de estos árboles que está por La Paz. Atardece y la tierra reseca de algunos rincones del jardín vuelve a respirar con los riegos esforzados del jardinero de guardia. El jazmín, más trespeleque ahora, ruega quedamente por las lluvias distantes. Arde el aceite de media noche y las madrugadas despuntan sus afanes sobre las mesas cubiertas de dibujos. Porcupine tree acompaña la desvelada. Y Gazpacho.

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Fotografías de Tepatitlán. Alguien subió al internet una larga serie de viejas fotografías de Tepa: añoranza de todo lo perdido. Calles discretas, armoniosas, de gente que sabía vivir y construir y guardaba una cultura que así se manifestaba. Vistas de la plaza a la que todavía no agredían las construcciones “modernas”. Ojalá esa gente buena y trabajadora de Los Altos se ponga las pilas y recupere la tan agraciada imagen que llegó a tener Tepatitlán, en beneficio de ellos mismos, de toda su descendencia y de los eventuales visitantes que tanto cariño guardamos por esa aguerrida comunidad. Sería un ejemplo invaluable para toda la región alteña. Y para las otras. Sabiendo la energía y la diligencia de las que son capaces esas gentes, es más que posible.

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Dr. Atl. José Gerardo Murillo Coronado, tapatío del mero barrio de San Juan de Dios, es uno de los personajes más interesantes que ha dado la historia de Jalisco. Proteico, impredecible, genial en sus momentos más altos, contradictorio y apasionado como pocos, el doctor dejó, además de una enorme obra pictórica, una cantidad muy respetable —y poco conocida en general— de escritos que dan cuenta de su temperamento y de su impetuosa verba. La Secretaría de Cultura de Jalisco, en su notable colección “Letras inmortales de Jalisco”, publicó unas peculiares memorias bajo el título de Gentes profanas en el convento, con una presentación de Juan José Doñán. Vale mucho la pena leer el tomo y asomarse a una parte interesantísima de la historia nacional vista por los ojos del pintor. Sus descripciones del arruinado convento de la Merced (víctima como tantos otros patrimonios de las exacciones gubernamentales) son memorables. Otro tanto lo son las de sus ascensiones a las montañas: el recuento de las maravillas que las cumbres ofrecen debería ser lectura obligatoria para los del benemérito CAIC (Club Alpino del Instituto de Ciencias) y de todos los aficionados o aspirantes a subir cerros y volcanes. Dice: “La montaña parece un corazón con la punta vuelta hacia el cielo, congelada por la frialdad del destino indiferente y luminoso.” Y luego: “No quise persuadirla de que para excursionar no se necesita más que un traje cualquiera, una cobija, unos zapatos viejos y unas piernas de cabra.” Una ficticia correspondencia de dos amantes, recogida por Atl, hace sospechar que podría ser un recuento, una evocación o una prefiguración de sus turbulentos amores con la mítica Nahuí Ollin. De otra mujer dice: “Me asomé a ver. Era Mercedes que se bañaba a jicarazos. Esta niña, me dije, es de mi propia estirpe, bárbara, alegre y acuática.” Aunque las demasiadas erratas afean la edición, vale la pena conseguirla.

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See-saw. Así les dicen a los bimbaletes en inglés. Sabia, atinada expresión. Ver/visto. Subiendo y bajando, los niños alternativamente aparecen y desaparecen, con una magia elemental y poderosa. Niños subidos en un bimbalete rojo y amarillo que sabía machucar si no se ponía cuidado: cuántas décadas ya y los niños de hoy siguen, visto y no visto, experimentando con alboroto las leyes de la física para párvulos, la sensación de despegarse del suelo en un envión que maravilla y arranca risas transparentes, irrecuperables. Además así se llama otra canción de los Moody Blues: Ride my see-saw.

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“No hay nada tan hermoso como una llave mientras no se sepa lo que abre.” Así escribió Maurice Maeterlinck. Vuelven los ojos a un llavero con demasiadas llaves, una de ellas que no abre nada conocido. Es muy antigua, y está bruñida por los años y el uso. Corta y maciza, su asa tiene una curiosa forma de tricornio y su armonioso perfil preconiza la seguridad de su cerradura. Apenas unos rodeletes adornan su fuste. Nunca es tarde para que el misterio se disuelva y en algún lado un portón, una caja de alcanfor, un destartalado escritorio —largamente desaparecidos— esperan a que llegue, al filo del azar insondable, la llave que develará sus secretos. Mientras tanto, paciente, la llave aguarda y se calla.

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La belleza no es más que la promesa de la dicha: Stendhal. Puede haber sido en alguna página del “Rojo y el negro”, puede haber sido en alguna otra parte de la copiosa escritura del maestro francés. El caso es que dice una verdad como una iglesia. Diáfana y simple, la sentencia hace pensar de inmediato en el enamoramiento que súbitamente sucede: de un paisaje, una arquitectura, una mujer. Disparadores, chispas que inician el incendio, catalizadores de las voluntades del corazón. Portadores del secreto de la felicidad, guardianes del deseo, bálsamo de heridas, claves del alma: todo eso que sabe sublevar la sangre, querer más, ir más lejos. La belleza es una herramienta potente y pasmosa que nunca deja de sorprender. Una herramienta que se compone a sí misma y que transfigura la vida y el ánima de quien la considera. Del fondo del recuerdo emergen entonces ciertas tardes perdidas de la infancia, el asombro primero al contemplar los cañaverales que parecían infinitos, el primer destello de la cinta azul de la laguna, el restallar de la cascada al fondo de la cañada portentosa, el primer encuentro con una casa en Tacubaya, la sonrisa de una muchacha que sigue, igual a sí misma, leyendo estos renglones. La dicha, pues.

jpalomar@informador.com.mx
 

Juan Palomar Verea
ABR 14