La del Torneo de Apertura fue una Final heterodoxa, sorpresiva: ni Tijuana ni León, sus protagonistas, habían sido incluidos por los expertos en la lista de los aspirantes. La del Torneo de Clausura será una Final lógica, ortodoxa: la disputarán dos equipos señalados a priori, por su historial y por el material humano de que están hechos como serios aspirantes.
Aquella había sido una Final provinciana. Esta será una Final capitalina…
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El desenlace de los duelos decisivos de la Semifinal era previsible: si el América había sacado el empate (2-2) de la cancha del Monterrey, era de esperarse que en el partido de vuelta, en casa, ratificara su superioridad sobre un adversario que alcanzó el boleto para la “Liguilla” con las uñas, literalmente. En el otro duelo, si el Cruz Azul había ganado, como visitante, por 3-0, se antojaba cuestión de mero trámite que consiguiera el resultado que le hacía falta para complementar la faena.
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Al margen de circunstancias como los yerros defensivos de los “Guerreros” que facilitaron el primer gol de los “Cementeros”, y de las desatenciones que se pagaron con las expulsiones de Quintero y Baloy –sin los cuales en la cancha la empresa de revertir el resultado era, al pie de la letra, “misión imposible”–, los dos finalistas llegan a la cita decisiva sin que haya un claro favorito.
Se trata, en ambos casos, de equipos que tienen deudas pendientes con sus aficionados, porque llevan varias temporadas con resultados mediocres: indignos de su historial, frustrantes para sus devotos. Se trata, por otra parte, de dos planteles respetables. Uno y otro tienen, además, jugadores descollantes en el medio: Benítez en el América, Giménez en el Cruz Azul, tienen un peso específico significativo. Además, no son los únicos: desde Muñoz y Corona, los guardametas, hasta los habituales suplentes (Mina con los cremas, el “Chuletita” Orozco con los “Cementeros”), pasando por la alineación íntegra, está claro que no hay puntos débiles en ninguna de las escuadras.
Por lo que hace a los técnicos, aunque el temperamento efervescente del “Piojo” Herrera contrasta con el de Memo Vázquez, menos estridente, más reposado, ambos han armado equipos cuyos alcances están a tono con la calidad de las individualidades, y ambos demostrado el don de mando que se necesita para llegar a un paso de la cima, con razonables perspectivas de redondear su obra.