El Gobierno de Enrique Peña Nieto está diseñado bajo un esquema de centralización dogmática. Por ejemplo, salvo el caso de Luis Videgaray, secretario de Hacienda, a ningún otro miembro del gabinete, ni siquiera a su amigo el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, le permitió nombrar a sus subsecretarios. Desde el inicio de la administración, los secretarios de Estado tienen que enviar a Los Pinos diariamente por la noche un informe de lo que hicieron ellos y sus subalternos, y sistemáticamente tienen que informar sobre los avances de su gestión. El control es totalmente vertical.
Bajo un modelo semiautoritario, el Gobierno busca ser eficiente y controlar por completo la comunicación política —que va más allá de la comunicación social—, que incluye la imagen institucional, discurso, el formato de escenarios —hasta ahora homogéneo—, y la calendarización de eventos. En ese sentido ha sido ejemplar, y hasta hace unos días, esa estrategia sólo se había roto cuando se trastocó para atender la explosión en Pemex. Aquello fue un factor inesperado, pero la semana pasada, al aparecer los videos donde funcionarios de la delegación de Desarrollo Social en Veracruz y del Gobierno estatal planeaban el uso de programas sociales con fines electorales, el Gobierno peñista se descuadró por completo.
El Presidente tensó la relación política con la oposición por un discurso desafortunado donde respaldó a la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, y desató la primera crisis política del sexenio al poner en riesgo el Pacto por México. Fue la paradoja del diseño de Gobierno presidencial, la que lo atrapó. Robles no pudo cargar con toda la responsabilidad en ese escándalo porque salvo a su coordinador de asesores y a su oficial mayor, a nadie más pudo nombrar en Sedesol. Todas fueron imposiciones.
El subsecretario responsable de las delegaciones en el país es Ernesto Nemer, quien fue secretario de Desarrollo Social y líder del Congreso en el Estado de México, cuando Peña Nieto era gobernador. Pero los delegados federales, como el de Veracruz, tampoco los nombró Nemer, sino Osorio Chong, en negociaciones bilaterales con los gobernadores o con las fuerzas políticas del PRI en cada Estado. Y quien avaló al final la propuesta del secretario, fue el Presidente.
La verticalidad del Gobierno peñista funciona a la perfección cuando el entorno se encuentra estable, y bajo condiciones de normalidad es una maquinaria política muy aceitada. Pero en la política, el factor humano es una variable inestable y en cualquier momento se puede descomponer. Veracruz es el ejemplo. En unos cuantos días contaminó la política económica y alteró los planes del anuncio de la reforma financiera, ante lo cual las deficiencias conceptuales en el diseño de operación gubernamental y sus consecuencias, los llevaron, como no se había visto, a improvisaciones.
Videgaray, posiblemente nervioso por la suspensión del anuncio de la reforma financiera, ignoró a la Presidencia y machucó a Osorio Chong al informar en las redes sociales antes que sus jefes —uno nominal y otro en el gabinete—, que se pospondría el evento donde anunciaría la reforma, sin importar violentar el diseño de tutela autoritaria de Los Pinos. Ante el desplome de la idea construida por meses que los priistas sí sabían hacer política y eran eficientes, que el Gobierno perdiera su eje fue lo menos importante.
¿El sentimiento de culpa sobre la metralla política que recibió Robles llevó al Presidente a darle el espaldarazo que detonó la crisis? No es tan claro como sí lo es, con los nuevos datos disponibles, que la responsabilidad de Robles es parcial, a diferencia de la de Osorio Chong, quien fiel a la arquitectura presidencial para tener bajo yugo al Gobierno, determinó con método de micro administración el esquema de delegados. La crisis política y el cisma en el Pacto por México terminaron de romper la luna de miel de Peña Nieto con la sociedad política, y mostró las deficiencias de esa ingeniería, en lo que podría describirse como el momento cuando el diseño se mordió la cola.