El diseño se mordió la cola Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

El Gobierno de Enrique Peña Nieto está diseñado bajo un esquema de centralización dogmática. Por ejemplo, salvo el caso de Luis Videgaray, secretario de Hacienda, a ningún otro miembro del gabinete, ni siquiera a su amigo el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, le permitió nombrar a sus subsecretarios. Desde el inicio de la administración, los secretarios de Estado tienen que enviar a Los Pinos diariamente por la noche un informe de lo que hicieron ellos y sus subalternos, y sistemáticamente tienen que informar sobre los avances de su gestión. El control es totalmente vertical.

Bajo un modelo semiautoritario, el Gobierno busca ser eficiente y controlar por completo  la comunicación política —que va más allá de la comunicación social—, que incluye la imagen institucional, discurso, el formato de escenarios —hasta ahora homogéneo—, y la calendarización de eventos. En ese sentido ha sido ejemplar, y hasta hace unos días, esa estrategia sólo se había roto cuando se trastocó para atender la explosión en Pemex. Aquello fue un factor inesperado, pero la semana pasada, al aparecer los videos donde funcionarios de la delegación de Desarrollo Social en Veracruz y del Gobierno estatal planeaban el uso de programas sociales con fines electorales, el Gobierno peñista se descuadró por completo.

El Presidente tensó la relación política con la oposición por un discurso desafortunado donde respaldó a la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, y desató la primera crisis política del sexenio al poner en riesgo el Pacto por México. Fue la paradoja del diseño de Gobierno presidencial, la que lo atrapó. Robles no pudo cargar con toda la responsabilidad en ese escándalo porque salvo a su coordinador de asesores y a su oficial mayor, a nadie más pudo nombrar en Sedesol. Todas fueron imposiciones.

El subsecretario responsable de las delegaciones en el país es Ernesto Nemer, quien fue secretario de Desarrollo Social y líder del Congreso en el Estado de México, cuando Peña Nieto era gobernador. Pero los delegados federales, como el de Veracruz, tampoco los nombró Nemer, sino Osorio Chong, en negociaciones bilaterales con los gobernadores o con las fuerzas políticas del PRI en cada Estado. Y quien avaló al final la propuesta del secretario, fue el Presidente.

La verticalidad del Gobierno peñista funciona a la perfección cuando el entorno se encuentra estable, y bajo condiciones de normalidad es una maquinaria política muy aceitada. Pero en la política, el factor humano es una variable inestable y en cualquier momento se puede descomponer. Veracruz es el ejemplo. En unos cuantos días contaminó la política económica y alteró los planes del anuncio de la reforma financiera, ante lo cual las deficiencias conceptuales en el diseño de operación gubernamental y sus consecuencias, los llevaron, como no se había visto, a improvisaciones.

Videgaray, posiblemente nervioso por la suspensión del anuncio de la reforma financiera, ignoró a la Presidencia y machucó a Osorio Chong al informar en las redes sociales antes que sus jefes —uno nominal y otro en el gabinete—, que se pospondría el evento donde anunciaría la reforma,  sin importar violentar el diseño de tutela autoritaria de Los Pinos. Ante el desplome de la idea construida por meses que los priistas sí sabían hacer política y eran eficientes, que el Gobierno perdiera su eje fue lo menos importante.

¿El sentimiento de culpa sobre la metralla política que recibió Robles llevó al Presidente a darle el espaldarazo que detonó la crisis? No es tan claro como sí lo es, con los nuevos datos disponibles, que la responsabilidad de Robles es parcial, a diferencia de la de Osorio Chong, quien fiel a la arquitectura presidencial para tener bajo yugo al Gobierno, determinó con método de micro administración el esquema de delegados. La crisis política y el cisma en el Pacto por México terminaron de romper la luna de miel de Peña Nieto con la sociedad política, y mostró las deficiencias de esa ingeniería, en lo que podría describirse como el momento cuando el diseño se mordió la cola.
 

Raymundo Riva Palacio
ABR 26

El fiscal en entredicho Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Cuando el presidente Felipe Calderón designó a Marisela Morales como su tercera procuradora en el sexenio en la primavera de 2011, parecía el sueño de los panistas para el año electoral que se venía. Había sido funcional al Ejecutivo, y por sus antecedentes, existía la posibilidad de que, dado el momento y la necesidad, torciera la ley en beneficio de objetivos políticos. “Denme el beneficio de la duda”, replicó a este espacio cuando se le  criticó. “Nunca lo he hecho y nunca lo voy a hacer”.

El 19 de abril de ese año se publicó en la columna Estrictamente Personal: “Morales es la metáfora de la burócrata que por disciplinada y gris llega a la cúspide de su carrera. Fue revivida por el entonces procurador Eduardo Medina Mora, que la nombró jefa de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), tras descubrir que sus mandos trabajaban para el narcotráfico. En una paradoja que marcó su destino, estaba tan excluida y arrumbada en la última fila de la SIEDO que no fue contaminada por la corrupción imperante.

“Entró al cargo empapada de miedo. No quería aparecer en conferencias de prensa y en las primeras en las que participó pedía que no le tomaran fotografías de la cara. Entró en la tormenta de la ‘Operación Limpieza’… Lo que sí le encargaron fue el llamado Michoacanazo, la acción en que se detuvo a una treintena de políticos michoacanos por su presunta vinculación con los cárteles de la droga. Prácticamente todos los detenidos se encuentran en libertad, en parte porque no se integraron al expediente todas las pruebas de que disponían las autoridades. La jefa de la SIEDO no hizo bien su trabajo, debido a lo cual una operación judicial de gran envergadura se convirtió en un asunto meramente político. Jurídicamente, se puede argumentar que fue un fiasco. No importó en su designación. La forma como se ha prestado a la politización de casos jurídicos parece ser hoy una virtud.

“El caso más famoso fue el desafuero contra el entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, cuando lo acusaron de haber violado la suspensión de un amparo en el predio El Encino. El caso, paradigmático en el gobierno de Vicente Fox, lo construyó el procurador Rafael Macedo de la Concha, quien responsabilizó de ello a Morales, que era la coordinadora general de Investigaciones de la PGR… En vísperas de que se girara orden de aprehensión en contra de él, Fox fue persuadido del error político que estaba cometiendo —por una falta administrativa menor que alcanzaba fianza— y reculó.

“El desafuero de López Obrador causó el despido de Macedo de la Concha y el retiro temporal de la PGR de Morales, quien ya había abusado antes de su poder. En 2005 se le abrió una investigación por falsificación de pruebas y delitos contra la administración de justicia, por haber acusado a Benjamín Sánchez Magallán, ex coordinador de la Unidad Especializada en Delincuencia Organizada —antecesora de la SIEDO—, de sustracción de documentos del caso del crimen del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.  Morales lo acusó en 2003 de desaparecer la declaración del nuncio papal Jerónimo Prigione, por lo que lo arrestaron. Sánchez Magallán se amparó y la denunció por las irregularidades en su consignación”.

Cuando con esos antecedentes se le señaló de ser funcional a los intereses del Ejecutivo, ella protestó. Se le dio en aquél momento el beneficio de la duda y que, como se había escrito, cambiara la idea de que “por años ha chapaleado en el lodo, como soldado incondicional del Presidente en turno, a costa de la ley que está obligada a procurar”. Tres años después, con el PAN fuera del poder, las cosas se le volvieron a voltear. Esta semana, el tramo de la “Operación Limpieza” que le tocó realizar, se derrumbó y aquellos a quienes metió en la cárcel como parte de una purga de funcionarios contra el narcotráfico, la acusan hoy de falsificación de pruebas.

No son nuevas las imputaciones y ella misma, a lo largo de este tiempo, las fue negando. Contaba, en cambio, todo el trabajo que hacía. Desde que como jefa de la SIEDO viajó múltiples veces para hablar con “Jennifer”, el testigo protegido de la DEA y pieza central en la “Operación Limpieza”, y posteriormente como procuradora a Texas, para entregar información a jueces federales sobre ex gobernadores priistas en Tamaulipas. Como el caso del Michoacanazo, que inició Medina Mora y profundizó ella le costó la gubernatura al PRD –no la ganó el PAN porque el gobernador Leonel Godoy movió la maquinaria de la izquierda a favor del PRI en el último mes de campaña-, en Tamaulipas le costó dos puntos al PRI en la campaña presidencial y un desprestigio que afectó la imagen del candidato Enrique Peña Nieto.

Morales había regresado a la PGR con Medina Mora por recomendación del secretario de la Defensa, general Guillermo Galván, y se convirtió en su gente de confianza durante la “Operación Limpieza”. Cuando Medina Mora renunció por no querer usar la justicia para fines políticos contra el PRI, como sí hizo contra el PRD, propuso a Morales en la terna, pero el Presidente se inclinó por Arturo Chávez, que tuvo un paso efímero por la PGR porque no aceptó mezclar la ley con la política.

Llegó el turno de Morales, quien siempre tenía en la punta de la boca una frase que repetía como si fuera la descripción de su vida: “Cuando te toca, aunque te quites; cuando no te toca, aunque te pongas”. ¿O no es así?, afirmó una vez ante su interlocutor como si fuera pregunta. No había, en efecto, mejor frase que se le aplicara, en todos los sentidos. Ese destino que tuvo en algún momento, ha girado caprichosamente ahora en busca de otro destino, muy ominoso, que la persigue.

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Raymundo Riva Palacio
ABR 20

La suerte del general Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Cuatro años después de haber sido jubilado del Ejército al cumplir 65 años —como marca la ley, pero inusual cuando el militar tiene el rango de subsecretario de Defensa—, el general Tomás Ángeles participó en un foro organizado por la Fundación Colosio, durante la campaña presidencial en mayo de 2012, donde las fuertes críticas a la estrategia de seguridad del Gobierno de Felipe Calderón, reventaron tímpanos en Los Pinos. Calderón le pidió al secretario de la Defensa, Guillermo Galván, que le explicara por qué, si había sido parte de la misma estrategia, Ángeles ahora hablaba en contra. De acuerdo con quienes conocieron de esa plática, el general Galván le respondió que ya antes le había dado informes sobre las deslealtades del ex subsecretario.

El general Galván tenía tiempo de estar molesto. A espaldas de él, el general Ángeles buscó mediar con el EPR tras los bombazos en instalaciones de Pemex en represalia por la desaparición —hasta hoy en día—, de dos de sus jefes, Gabriel Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya. En este mismo espacio se publicó el 18 de mayo de 2012: “El punto de quiebre fue en 2007, (cuando) ofreció al entonces director del Cisen, Guillermo Valdés, sentarlo a negociar con el EPR. El propio secretario Galván ofreció todo el apoyo al general Ángeles para servir de puente con la guerrilla y tener un canal de comunicación alterno para resolver el problema de los desaparecidos y evitar futuras acciones militares.

“La primera reunión fue un fracaso, pues de entrada, a quien Ángeles llevó como jefes del EPR dijeron que ellos no pertenecían al EPR sino a otro movimiento no clandestino. Desconcertados sus interlocutores, Ángeles se defendió y explicó que no les habían tenido confianza, por lo que se arregló otro encuentro. Fue lo mismo. Entendieron que el aún subsecretario de Defensa, los había timado. No duró mucho más el general Ángeles en el cargo pues fue destituido y congelado. Al mismo tiempo…, en la Secretaría de la Defensa Nacional comenzaron a recuperar viejas líneas de investigación sobre datos de inteligencia que lo vinculaban presuntamente a la delincuencia organizada, y le empezaron a armar un expediente. El general Ángeles no se inmutó”.

El presidente Calderón, que lo llegó a considerar como secretario de la Defensa ante el apoyo de quien fue su asesor más confiable, Juan Camilo Mouriño, no sólo estaba desconcertado por las palabras del general Ángeles, sino indignado. En ese foro en la capital potosina, el general Ángeles respondió a una pregunta: “No tenemos una estrategia de seguridad nacional. No tenemos un apropiado marco de referencia sobre seguridad nacional; no tenemos una base de partida”.

Ante la molestia de Calderón por las declaraciones del ex subsecretario, y como sucede con los presidentes y las salidas plausibles, no hubo necesidad de dar una orden expresa para que se alistara el viejo expediente que hacía raíces en el despacho del secretario de la Defensa. Una semana después, de acuerdo con personas que conocen detalles del episodio, la ex procuradora Marisela Morales recibió una llamada de Lomas Sotelo para decirle que le llevaban detenido al general Ángeles para que procediera en su contra. Toda la acción legal la habían hecho militares, pero ella tendría que darle la cobertura civil. Morales, muy cercana al Ejército —vivía dentro de la Primera Zona Militar—, procedió en su contra por presuntos nexos con el narcotráfico. El general Ángeles se dijo siempre inocente de los cargos y aseguraba que las acusaciones provenían de la cúpula del Ejército, que lo veía como candidato al cargo en el siguiente sexenio.

El general Ángeles vio en la cárcel la llegada de un nuevo Gobierno en México, y en vísperas del relevo se comenzó a aflojar su caso. Descongelaron sus cuentas y regresaron bienes inmuebles a su familia. Once meses después fue puesto en libertad porque la PGR se desistió por falta de pruebas que sustentaran los dichos de testigos protegidos, y en el inicio de un nuevo episodio, pero no de narcopolítica, sino del probable uso faccioso y discrecional de la justicia, utilizado de manera estomacal, en el Gobierno de Calderón.

Raymundo Riva Palacio
ABR 19

Las travesuras de “Jennifer” Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Un juez federal absolvió este lunes a Noé Ramírez Mandujano, fiscal antidrogas en el Gobierno de Felipe Calderón, por el delito de delincuencia organizada. Es el último funcionario de alto nivel en dejar la cárcel, después de que hace casi cuatro años y medio, el entonces procurador Eduardo Medina Mora, y Marisela Morales, quien se convirtió en la fiscal estrella del calderonismo, desmantelaran toda la estructura de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de la Delincuencia Organizada (SEIDO), bajo la acusación de que trabajaba al servicio del cártel de los hermanos Arturo, Héctor y Alfredo Beltrán Leyva, en la llamada “Operación Limpieza”. La libertad de Ramírez Mandujano no es sólo un acto de justicia, a decir del juez, sino la metáfora de lo que se está conformando como uno de los periodos más oscuros dentro de la PGR, donde Morales, que llegó a ser su cabeza, empieza a emerger como un ícono en la fabricación de delitos.

Ramírez Mandujano, como otros dos ex jefes de la SEIDO detenidos por su presunta relación con los Beltrán Leyva, fue acusado por “Jennifer”, un testigo protegido de la DEA que trabajó como abogado cercano a Joaquín “El Chapo” Guzmán, que vive en Estados Unidos. “Jennifer” fue la fuente principal de la “Operación Limpieza”, e incriminó también al ex comisionado de la Policía Federal, Gerardo Garay, al ex director de Operaciones Especiales de la Policía Federal, Francisco Navarro, y al ex secretario de Seguridad Pública de Quintana Roo, Salvador Rocha Vargas. Asimismo, fue fuente recurrente de la ex procuradora Morales, y a quien ella o sus colaboradores interrogaron regularmente en Washington, en viajes no se publicitados.

Morales se convirtió, desde que era una funcionaria de recién ingreso a la SEIDO pocos meses antes de la “Operación Limpieza”, en la fiscal más estimada por el hoy ex presidente Felipe Calderón, quien la hizo procuradora al final de su sexenio. Medina Mora, quien la conoció en Los Pinos cuando en el Gobierno de Vicente Fox él era director del Cisen y ella llevaba el caso de “El Encino” en contra del entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, la llevó a la PGR. Hoy, ambos son arrastrados por “Jennifer” y la “Operación Limpieza”. ¿Ingenuidad o incompetencia? ¿Deseos de vendetta o ganas de quedar bien con Calderón? O, simplemente, la obsesión para encarcelar funcionarios, que los cegó ante otras evidencias o a valorar las pruebas de los acusados, colocan al actual embajador en Estados Unidos y a la académica en la Universidad de Florida, en una situación altamente incómoda.

Menos visible, pero quizás más desvergonzada, es la actitud de la DEA, que vendió a “Jennifer” como un testigo infalible. Ex funcionarios federales recuerdan que Morales hizo junto con la DEA su proceso de verificación, y designó a dos ministerios públicos federales, doblemente pasados por controles de confianza por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, para interrogarlo y llevar los casos, que tomó como un asunto  personal. “Jennifer” es testigo también en otros casos de impacto, como los del ex alcalde de Cancún, Gregorio Sánchez, y el ex jefe de Interpol, Rodolfo de la Guardia, quienes fueron liberados por falta de pruebas. También es uno de los que acusó al general retirado Tomás Ángeles Dauahare, actualmente en prisión, en espera de la sentencia del juez.

“Jennifer” es el hombre de la DEA que ayudó a construir en Estados Unidos la percepción de un Estado fallido, donde las instituciones estaban infectadas por el narcotráfico, que controlaba el territorio mexicano. En este mismo espacio, en un texto intitulado simplemente “Jennifer”, se concluyó a finales de enero de este año, cuando la tendencia de las acusaciones del testigo dibujaban la hecatombe judicial: ‘“Jennifer” fue un arma a la cabeza de México, utilizada por Calderón sí, pero que contribuyó al descrédito de un país bajo el disfraz de la guerra –que fue real- contra el narcotráfico, y a la subordinación de su Gobierno a Estados Unidos”. Hoy, se ratifica la afirmación.
 

Raymundo Riva Palacio
ABR 17

Ebullición insurgente Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

A simple vista todo parece estar coordinado. El sábado antepasado, como sucede cada primer sábado de mes, el Ejército Popular Revolucionario (EPR) distribuyó su periódico El Insurgente, donde planteó que “la autodefensa armada de las masas debe ser impulsada, pero no desde una perspectiva mediática, sino desde un proceso real de autodeterminación, (y) verdadera autodefensa”. Al día siguiente los grupos de autodefensa en Guerrero —varios de los cuales se encuentran en zonas de presencia guerrillera— pactaron un movimiento popular junto con la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación. A simple vista, los planes insurgentes parecen seguir su ruta de acción.

Estos planes, que se vienen construyendo desde hace varios meses, giran en torno a la creación de un frente de masas, dibujado en los 27 comunicados que emitió el EPR el año pasado, dirigidos a sindicatos, organizaciones de derechos humanos, periodistas, madres y familiares de desaparecidos, y comunidades afectadas por la guerra contra el narcotráfico. Ese frente tuvo una primera prueba el 1 de diciembre, cuando durante la toma de posesión del Presidente Enrique Peña Nieto desestabilizaron el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde el secretario de Agricultura, Enrique Martínez, resultó herido —no de gravedad— por un petardo que estrellaron en su vehículo.

La primera acción de gran envergadura en la capital federal fue todo un éxito, medido en que ninguno de los cuadros militares que provocaron los enfrentamientos resultó detenido. La segunda se dio con la emergencia súbita en varios estados de policías comunitarias y grupos paramilitares que fueron avalados en un principio por gobiernos estatales y el federal, donde se mezclaron aquellos que legítimamente se sentían desprotegidos por la autoridad, y aquellos que defendían intereses particulares —como narcotraficantes y talamontes—, o que perseguían una agenda política e ideológica —como el EPR—. La tercera se dio con el conflicto en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, donde, según los órganos de inteligencia del Estado, hay un núcleo de unas 200 personas muy beligerantes, entre quienes se mezclan cuadros guerrilleros. La cuarta se encuentra en ebullición: la lucha por la contrarreforma educativa.

Los vasos comunicantes entre los maestros y la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias de Guerrero, que nació en 1998 en las zonas de mayor influencia del EPR y de una de sus escisiones en ese estado, el Comando Justiciero 28 de Junio, son antiguos. Públicamente niegan cualquier vinculación con la guerrilla, aunque un frente de masas no necesariamente opera como una estructura orgánica, sino como un movimiento tras el cual un movimiento insurgente esconde sus objetivos últimos. El EPR tiene entre sus fundadores a maestros, e inclusive algunos de los viejos dirigentes de la Sección 22 de la Coordinadora en Oaxaca participaron en 2005 en ese estado, cuando intentaron derrocar al gobernador Ulises Ruiz.

La movilización en Guerrero evoca lo que sucedió en Oaxaca hace ocho años, cuyo contexto era la movilización magisterial ante la negociación salarial, y a la cual se le sumaron organizaciones sociales y cuadros del EPR, que tuvieron en sus calles un laboratorio de pruebas para la guerrilla urbana. Las condiciones para la insurgencia, sin embargo, son mejores hoy que entonces, al existir la variable de las policías comunitarias y los grupos de autodefensa civil, armados y aceptadas social y políticamente por las autoridades. Adicionalmente se encuentra el factor geoestratégico. En 2005 Oaxaca era una ínsula. En 2013 es la cuenca del descontento. Actualmente, el mapa de riesgo lo concentran Oaxaca y Guerrero, pero Michoacán está en la misma situación, y Chiapas se encuentra a punto de explotar por las mismas razones públicas de inconformidad por la reforma educativa.

El EPR deslindó la “autodefensa de las masas trabajadoras” como planteamiento político, de los grupos de autodefensa civil y las policías comunitarias que han aparecido. Sin embargo, para efectos de la política en el marco de la ley, son lo mismo. Los vasos comunicantes son la inconformidad, la insurgencia y el Estado como enemigo común. La ingenuidad de las autoridades estatales y federales ayudó involuntariamente al EPR en la formación del ideal perseguido por décadas, su frente de masas que construya el anhelado cuerpo político a su brazo militar existente.

La movilización en Guerrero evoca lo que sucedió en Oaxaca hace ocho años, cuyo contexto era la movilización magisterial ante la negociación salarial y a la cual se le sumaron organizaciones sociales y cuadros del EPR

Las condiciones para la insurgencia, sin embargo, son mejores hoy que entonces, al existir la variable de las policías comunitarias y los grupos de autodefensa civil, armados y aceptadas social y políticamente
 

Raymundo Riva Palacio
ABR 15

Echeverría en blanco y negro Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Santiago 126, en San Jerónimo al sur de la Ciudad de México, es una dirección que no dice nada a muchos. La puerta de madera es discreta y con el ancho para sólo un vehículo. Al cruzarla se abre un gran jardín que creció en una hondonada. En el fondo se encuentra una casa, no inmensa, nada espectacular. Es donde Luis Echeverría ha vivido por casi medio siglo y que habla en silencio de su personalidad. Los muebles son mexicanos y alrededor de lo que era la mesa familiar, sólo hay equipales. La vajilla es de Talavera y los cuadros que saturan las paredes son Riveras, Orozcos y Tamayos. Hay libros apilados por todas partes y fotografías de la historia gloriosa del presidente de México que soñó en el Tercer Mundo.

Echeverría tiene 91 años y la historia no lo deja en paz. Pero no por las razones que ambicionó algún día. Esta semana WikiLeaks difundió alrededor de un millón de cables diplomáticos, incluidos miles de documentos del periodo de Henry Kissinger como secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford, en los cuales hay decenas que tienen que ver con el ex presidente, y que en la visión crítica de quienes los redactaron, se muestran los blancos y negros de un político que no polariza, sino que enciende la ira en su contra. Los cables, particularmente aquellos firmados por el embajador de Estados Unidos en México durante los setenta, Joseph John Jova, son tan críticos que parecen, si el referente es el nacionalista, un elogio.

Político de formación burocrática, Echeverría fue una persona cuya cara no mostraba sentimientos. Frío por dentro y por fuera, fue funcional como secretario de Gobernación durante la administración de Gustavo Díaz Ordaz, un colaborador al que no le temblaba la mano para actuar, como cuando a los pocos meses de su sexenio, tras haber heredado el movimiento médico, ordenó su represión con grupos de choque de burócratas, la toma de tres de los grandes hospitales en paro con médicos militares, secuestros de enfermeras, despido de doctores y el encarcelamiento de sus líderes.

El sistema era rígido y en 1968, como parte del levantamiento juvenil contra un mundo construido sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, estalló en México y en otras ocho naciones, la rebelión estudiantil. Creció por la represión policial y la negativa del Gobierno a abrirse políticamente. La conclusión el 2 de octubre de 1968 fue una matanza en Tlatelolco, que ha sido ampliamente documentada a diferencia de la lucha en el gabinete donde Echeverría respaldó la mano dura Díaz Ordaz, contra la postura conciliadora del secretario de la presidencia y viejo amigo del presidente, Emilio Martínez Manatou. Sin pruebas suficientes para demostrar la hipótesis, se ha planteado que ese conflicto definió también la candidatura en 1969, que le permitió a Echeverría ser presidente en 1970.

Los cables de WikiLeaks no hablan de Echeverría como secretario de Gobernación, ni su papel como un activo de la CIA —como definían a personas en posiciones de poder que servían a intereses de Estados Unidos—, como lo denunció el ex agente Philip Agee en un demoledor libro sobre latinoamericanos al servicio de la compañía en 1975. Dos años después, el reportero Bob Woodward publicó en The Washington Post que por sus servicios, Echeverría había estado en la nómina de la CIA. Pese a ello, reflejó Jova en sus cables, veía con escepticismo a Echeverría, quien al llegar a la presidencia se volvió un cruzado de los países del Tercer Mundo.

Echeverría tomó ese rumbo socialdemócrata, aunque era un rabioso anticomunista. Perverso y vengativo, puso una trampa a Alfonso Martínez Domínguez, muy cercano a Díaz Ordaz y que cuando fue presidente del PRI, opinó en contra de Echeverría para que fuera el candidato presidencial. Una vez en el poder, Echeverría lo nombró regente de la Ciudad de México, y en 1971, una manifestación estudiantil para recordar el 2 de octubre, fue reprimida con trabajadores del Metro y grupos de choque integrados por policías y militares, provocó su caída. Martínez Domínguez no sabía de esos grupos, ni tampoco lo que se había preparado para esa tarde del 10 de junio en las calles de la Ciudad de México.

La experiencia de 1968 llevó a Echeverría a co-optar algunos de los intelectuales que simpatizaron con el movimiento o que habían coqueteado años antes con movimientos armados. Sedujo a escritores como Carlos Fuentes y Fernando Benítez, e incorporó al Gobierno a políticos como Cuauhtémoc Cárdenas y Víctor Flores Olea. El Jueves de Corpus, como se le conoció a la represión de 1971, resultó también en el surgimiento de las guerrillas, al concluir varias decenas de mexicanos que no había ninguna otra forma de enfrentar al poder. Los años de la Guerra Sucia iniciaron.

Su Gobierno estuvo lleno de paradojas. En concordancia con las políticas de Estados Unidos, expulsó a más de 50 diplomáticos soviéticos, que habían hecho de México una de las oficinas de la KGB más importantes del mundo, y denunció a Corea del Norte por entrenar guerrilleros mexicanos. Pero, al mismo tiempo, cuando el presidente Nixon lo amenazó con tomar represalias si votaba por la incorporación de China a las Naciones Unidas, dio instrucciones a la cancillería de cabildear a favor de la entrada de Beijing al sistema de naciones internacional. Las amenazas nunca se cumplieron.

Echeverría fue el único presidente que tuvo una política de apertura hacia África y que exploró Asia. Fue un latinoamericanista que respaldó siempre a Salvador Allende y cuando le dieron el golpe de Estado, le abrió la puerta a toda la clase política chilena que encontró en México un santuario. En 1975, en contraposición a la Doctrina Estrada de no intervencionismo y autodeterminación de los pueblos, se enfrentó públicamente al dictador español Francisco Franco ordenó la muerte de cinco miembros del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota con el salvaje garrote vil.

Pero no fueron esas gestas internacionalistas por las que se le recuerde, sino por su política interna. Le tocó enfrentar el shock petrolero que cambió todo, cuando los precios se dispararon y el mundo entró en crisis. Una política económica populista de poco control del gasto lo condujo a una crisis en los últimos meses de su Gobierno que acabó con el “milagro mexicano” del desarrollo estabilizador, y en agosto de 1976, 20 años de estabilidad del peso se colapsó: el tipo de cambio se fue en horas de 12.50 pesos por dólar, a 22. La incertidumbre generó temores de un golpe de Estado e inclusive, en alguna medida instigados por la Embajada de Estados Unidos —aunque Jova dice que eran rumores externos—, circularon versiones que asesinaría al presidente electo, su amigo de juventud, José López Portillo.

Todavía hoy se recuerda con odio su política económica. Otros sienten lo mismo pero por diferentes razones. Perseguido por el Gobierno de Vicente Fox por su participación en la matanza de Tlatelolco, fue el primer funcionario citado a declarar. En ese 2002, arrancó un proceso judicial en su contra que cuatro años después terminó con su arresto, que por razones de salud cumplió con arraigo domiciliario. Nuevas batallas penales lo tuvieron en vilo hasta marzo de 2009, cuando un juez federal decretó su libertad absoluta y lo exoneró de la matanza de Tlatelolco.

Echeverría se encuentra muy delicado de salud, y sólo lo que le queda de su fuerza física lo mantiene atado a una vida que hoy sólo le tiene malas noticias y un recuerdo negro sobre su persona que siempre, como él mismo, se ha negado a morir.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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Raymundo Riva Palacio
ABR 14

Detrás del atentado fallido Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

El frustrado atentado contra los hermanos Ricardo y David Monreal busca ser llevado al terreno de lo político por algunos que quieren sacar raja de ello. Algunos, como Andrés Manuel López Obrador, creen que se descubrió el plan criminal porque su ex coordinador de campaña era espiado por el Gobierno. La realidad es diferente. No fue resultado de espionaje político del Cisen sobre Monreal, como piensa el líder de la izquierda social, sino de una investigación sobre delincuencia organizada focalizada en el empresario Arturo Guardado, iniciada en enero para determinar si estaba vinculado con Los Zetas.

Guardado es señalado como presunto autor intelectual del fallido atentado y se encuentra detenido desde el jueves antepasado, cuando la PGR capturó simultáneamente a la célula que tenía la misión de asesinar al senador David Monreal. El plan no se concretó porque, el martes señalado para el crimen, se les perdió al salir del Senado en el auto de un colega legislador. Pero la molestia de Guardado y la orden de eliminar en su lugar al diputado Ricardo Monreal, es lo que permitió al Gobierno neutralizar a los asesinos.

De acuerdo con la investigación del Cisen, el interés sobre Guardado lo propició la forma como creció en los 18 últimos meses en Zacatecas. De empresario chilero con una gasolinera en Fresnillo, incursionó en la industria de la construcción –está vinculado con la tienda Sam’s en esa ciudad–, en la de medios –adquirió un canal de televisión por cable–, y compró dos gasolineras más. La compra de las gasolineras es lo que generó más alerta, ante el involucramiento de Los Zetas en el robo de combustible de Pemex, para cuya venta instalaron gasolineras clandestinas o adquirido concesiones a través de terceras personas.

Por esa investigación, el teléfono de Guardado estaba intervenido. Hace casi un mes, el  Cisen escuchó que le decía a alguien no identificado aún en aquél Estado, que había enviado “gente” a la capital para que “hicieran un trabajo”. El Cisen detectó a la célula antes de que entrara a la Ciudad de México y la siguió. La célula llegó el lunes 1 de abril, y antes de registrarse en el Hotel Prim, donde los detuvieron días después, fueron al Senado para localizar las oficinas de Monreal, como quedó registrado en las cámaras de seguridad en el edificio. Al salir, le dijeron a Guardado: “Ya está ubicado ‘D’. Quinto piso del Senado”.

Cuando se les escabulló el senador, Guardado, muy molesto, les ordenó que si no era él, que mataran a su hermano. Guardado se refería a ellos como “el diputado R” y “el “senador D”. Al tener las siglas “R” como diputado y “D” como senador, el Cisen estableció que se trataba de los hermanos Monreal e informaron al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien el miércoles por la noche, le mostró al diputado fotografías de la célula –donde identificó al chofer de Guardado, Javier Vázquez Delgado–, de la camioneta en la que se desplegaban –con placas de Fresnillo–, y escuchó las grabaciones donde identificó la voz de Guardado. “¿Te hace sentido?”, le preguntó Osorio Chong. “Totalmente”, respondió Monreal.

La relación de Ricardo y David Monreal con Guardado estaba rota desde hacía casi un año, porque el empresario los responsabilizaba de no haber hecho lo “suficiente” para aclarar la desaparición de su hermano Juan Carlos y su chofer Francisco –hermano del chofer de Arturo– en 2011, que es lo que las autoridades consideran como el móvil del asesinato. Informados los Monreal, se ordenó la detención de la célula, la madrugada del jueves en el Hotel Prim. Guardado, que había viajado a la Ciudad de México y estaba vigilado, fue detenido en un hotel cercano a la Central de Abasto, a donde solía ir por razones de su negocio.

El plan del asesinato incluía también la ruta de escape, según las grabaciones de Guardado, quien le dijo a uno de los integrantes de la célula que una vez que asesinaran a David –que era el objetivo central–, dejaran la camioneta en una pensión junto al hotel Premier, cercano al Prim, donde los esperaría una persona en otro vehículo para sacarlos de la ciudad. La investigación no se ha detenido. Se busca determinar si Guardado tenía cómplices, o si las detenciones cancelan el contrato para asesinar a los Monreal. También se busca sustentar el caso en el terreno la delincuencia organizada, y no quede sólo en la intentona de asesinato. El atentado fallido contra los Monreal, está visto, no tocó fondo con las capturas.
 

Raymundo Riva Palacio
ABR 12

El problema de López Obrador Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Andrés Manuel López Obrador no se encuentra en el mejor momento de su vida.

Golpes políticos y personales lo han minado en las últimas semanas y su discurso provocador y agudo, ha perdido fuerza. Tampoco parece encontrar la tranquilidad interna de otros tiempos que le permitía dibujar sus nuevas estrategias y construir alianzas en torno suyo, producto no sólo de lo vertiginoso y espectacular de los acontecimientos cuya agenda él siempre dominaba, sino porque se quedó sin los apoyos que le ayudaban a no pensar en la sobrevivencia, sino sólo en lo que es la razón de su vida, la política.

López Obrador está descuadrado políticamente. El flujo continuo de recursos que tuvo durante los seis años del Gobierno de Marcelo Ebrard en el Distrito Federal fueron cortados, por lo que sus finanzas se han deshidratado. Dos casas que tenía en la Ciudad de México Morena, la placenta de su próximo partido, fueron desalojadas ante la falta de dinero para pagar la renta.

Y la reducción de aportaciones que entregaban diputados y senadores de izquierda a su causa, limitaron sus esfuerzos proselitistas en el país. Ni siquiera en su natal Tabasco, donde ahora gobierna el perredista Arturo Núñez, encontró un pequeño cuerno de la abundancia, al establecerse como techo el compromiso del gobernador con él en seis secretarías, pero nada de dinero en efectivo.

La política es un arte, pero para que se pueda desarrollar y extender, para persuadir y construir, se necesitan recursos. Ya no los tiene López Obrador, quien en medio de esta crisis financiera que aún no muestra públicamente su profundidad, perdió el mes pasado a una de las personas más cercanas que ha tenido en su larga carrera política, Alberto Pérez Mendoza, su alter ego durante más de tres décadas, quien murió como consecuencia de un derrame cerebral.

López Obrador, gran lector de las actitudes políticas, tampoco ha podido descifrar al Gobierno de Enrique Peña Nieto, y sus afirmaciones saturadas de lugares comunes, han sido contradichas, perdido impacto, o chocado contra el piso. La primera fue haber asegurado que la maestra Elba Esther Gordillo formaba parte de la mafia que había regresado al PRI a Los Pinos y que recibiría como premio la Secretaria de Educación.

Le sucede también al no terminar de comprender que el relevo de Gobierno no sólo fue de partido sino generacional y de conceptos, y que colocar a todos sus adversarios en una misma bolsa, lo empuja a tener errores de diagnóstico. Felipe Calderón dejó la presidencia hace más de cuatro meses y aún acude a la etiqueta de “títere” para poder justificar su dicho que Peña Nieto es el siguiente “títere” de los poderes fácticos encabezados por el ex presidente Carlos Salinas, quien es su molino de viento.

La fijación con Salinas lo bloquea para elaborar nuevas formas de análisis y entender que el mundo negro y blanco en el que vive, se volvió totalmente obsoleto. López Obrador no es un político tan primitivo como para que el maniqueísmo sea la díada en la que se maneja. Pero sí lo usa intensamente en el discurso, que ha ido perdiendo seguidores al no saber transformarlo sin que al hacerlo traicione a su núcleo más fiel de seguidores que, a la vez, se encuentran entre los grupos políticos menos sofisticados, aunque más beligerantes.

La parte donde quedó más desprotegido al no tener un nuevo discurso fue el Pacto por México, el acuerdo cupular que le ha permitido al nuevo Gobierno establecer una cooperación con el PRD y el PAN para sacar adelante una serie de reformas que fueron prácticamente extraídas del programa de Gobierno que propuso López Obrador en materia social, educativa, a favor de los pobres y contra los monopolios. Este andamiaje de las élites políticas, al que repudia sistemáticamente, lo puso en la contradicción de oponerse a lo que por largo tiempo él mismo ha propuesto.

Por la misma razón que no puede cuestionarlo de fondo, López Obrador se queda en la forma y, como consecuencia, su crítica se vuelve superficial y débil, difícil de articular. Por ejemplo, esta semana, cuando el Gobierno federal informó que habían frustrado un atentado en contra del diputado Ricardo Monreal, quien fue su coordinador de campaña presidencial y el único político de envergadura que se mantuvo fiel a él en los peores momentos del proceso, y de su hermano, el senador David Monreal, hizo malabares retóricos para mostrar su escepticismo.

“Nuestra solidaridad con David y Ricardo Monreal”, escribió en su cuenta de Twitter la madrugada del 5 de abril. “Cortina de humo, intimidación, terror, y de parte de quién? Debe saberse pronto la verdad”. Ricardo Monreal, su fiel escudero, expresó su confianza en la PGR, en abierta contradicción con López Obrador. Sus preguntas, sin contexto, quedaron sin sustento. Cortina de humo, ¿para ocultar qué cosa? Nunca lo explicó. ¿“Intimidación” y “terror”? No abundó en cuál podría ser la razón de ella o quién o qué grupo podrían ser los destinatarios de esa acción.

El caso de los hermanos Monreal es como el de la maestra Gordillo: las categorías sobre las cuales analiza los actos públicos, son obsoletas. López Obrador no las ha cambiado, y la pregunta es sí tendrá la determinación para modificar los referentes para ver la realidad de hoy. Le urge la construcción de un nuevo discurso que le permita recuperar los espacios mediáticos que los nuevos protagonismos en la izquierda le han arrebatado por entender mejor los tiempos que se viven.

López Obrador se encuentra muy solo. Los gobernadores de izquierda optaron por una ruta de entendimiento —y beneficios presupuestales— con el Gobierno de Peña Nieto. Una de sus bases de apoyo, la corriente de René Bejarano y Dolores Padierna, se separó de él hace tiempo y ha usado a Ebrard como parapeto para acercarse, paradójicamente, al Gobierno de Peña Nieto y ofrecerle sus servicios políticos para las elecciones en el Distrito Federal en 2014. Sin dinero ni bases electorales, el futuro de López Obrador no se ve promisorio.

Sin embargo, López Obrador es un animal político a quien nadie puede dar por muerto. En dos ocasiones, tras derrotas en Tabasco y las presidenciales en 2006, se lanzó a una gira de introspección y reconstrucción de bases por el país, del cual regresó con mayor fuerza. Hoy se encuentra nuevamente en ese proceso. Necesita  convertir a Morena en un partido para 2014 y que le lleguen los recursos que hoy no consigue por ningún lado. Necesita  sobrevivir la sequía unos meses más en estos momentos tan bajos de su vida política.

Pero a diferencia del pasado, no será suficiente. Hoy enfrenta una realidad que le quitó banderas y propuestas, que hizo que sus enemigos sean ahora sus aliados y que lo hayan colocado en una contradicción. El problema más profundo que tiene López Obrador es él mismo, y la prueba definitiva es si será capaz de cambiar sus formas de pensamiento, análisis y diagnóstico para desarrollar nuevos planes de acciones para adecuarse a la transformación de la política que aún no logra aceptar.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Twitter: @rivapa

Raymundo Riva Palacio
ABR 7

La nueva narco-realidad Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Lo de menos para el Gobierno mexicano es la advertencia de la consultora Stratfor sobre la estrategia de combate a la delincuencia organizada que autorizó el Presidente Enrique Peña Nieto, caracterizada con sobrio sarcasmo como “la política de las manos fuera”. Lo que sí importa es que esta empresa conformada por ex agentes de inteligencia, que entre sus clientes tiene al Gobierno de Estados Unidos, refleja de manera regular y precisa el pensamiento de las élites en Washington, bastante escépticas de lo que ven en materia de seguridad al sur de su frontera.

Un informe de Stratfor el 28 de marzo firmado por su vicepresidente de Análisis, Scott Stewart, y su experimentado analista Tristan Reed, cuestiona la hipótesis mexicana de que si el gobierno suaviza su investigación sobre crímenes vinculados al narcotráfico, la violencia decrecerá.

“Desafortunadamente, la reducción de los niveles de violencia no es tan simple”, agregaron. “(Por) la naturaleza y los orígenes de la violencia… relajar simplemente la persecución de los crímenes del narcotráfico, tendrá poco impacto en el nivel de la violencia. Por tanto, ese argumento teórico, se quedará solamente en eso”.

Stewart y Reed añadieron: “El Gobierno no inicia la mayoría de los incidentes violentos en México y ni siquiera está involucrado en la mayor parte de la violencia. Muchos de los incidentes más letales en México no tuvieron participación gubernamental en absoluto, como la emboscada en mayo de 2011 en Nayarit, donde 29 miembros de un cártel fueron asesinados; la emboscada en Sonora en julio de 2010, donde 20 sicarios fueron asesinados; el incendio en el casino en Monterrey en agosto de 2011, donde murieron 52 personas; el asesinato de 72 migrantes en un autobús en Tamaulipas en agosto de 2010; y los cientos de víctimas en las fosas clandestinas donde los tiraron Los Zetas y el Cártel de Sinaloa en 2011 y 2012. Inclusive, en los prolongados enfrentamientos en Reynosa en marzo de 2013, hay reportes que el Gobierno permitió que grupos criminales se pelearan entre ellos antes de intervenir”.

“Actualmente en Tamaulipas, la Policía Federal y el Ejército controlan la seguridad, mientras que la Policía local ha sido desarmada en algunas ciudades como Reynosa. En tal entorno, será imposible que el Gobierno federal se desentienda sin antes reconstruir las fuerzas policíacas locales y estatales para que provean seguridad. Al final de cuentas, dado que el Gobierno federal no inició la mayor parte de la violencia en México, la decisión de no perseguir a los narcotraficantes conseguiría reducir la violencia muy poco”.

Dicho de otra manera. Tanto el cambio de estrategia anunciado por el gobierno —prevención y ataque a las fuentes que dan origen a la violencia—, como el análisis que hacen expertos y periodistas sobre sus bondades —reales— a largo plazo, no resuelven ningún problema relacionado con la violencia en el corto plazo, cuya propia dinámica terminará derrotando al gobierno en el campo de la opinión pública, que así como no entendió el discurso del presidente Felipe Calderón que había que acabar con los cárteles para recuperar el país, difícilmente comprenderá ahora que no importa cuántos muertos haya ahora y cuánta inseguridad prevalezca, al final del camino se alcanzará paz.

Ni el combate frontal como única opción contra los cárteles, ni dejar hacer, dejar pasar a los cárteles, son buenas estrategias. La de Calderón, aunque cuestionada, es cosa del pasado, pero la de Peña Nieto es a la que se juzga actualmente en sus méritos. Las dudas que hay se multiplican por la naturaleza actual de los cárteles mexicanos, que dejaron de ser organizaciones de delincuencia organizada, a organizaciones criminales trasnacionales, como se califican hoy por la diversidad de los negocios en los que se expandieron: secuestro, tráfico de personas, trata, piratería, extorsión, minería y robo de carga aérea.

Sobre esos factores objetivos cuestiona Stratfor lo que se le ha dado a llamar la “nueva narco-realidad”. Pero si esto forma parte de un concepto teórico, hay otro que, como hipótesis de trabajo, puede plantearse: la estrategia inconfesable es que esa nueva narco-realidad pase por una pax narca; es decir, que un cártel solamente maneje el negocio en México para lograr la paz duradera. El tema exige otro análisis, aunque sea teórico.
 

Raymundo Riva Palacio
ABR 3

Postales: Cartagena Por Raymundo Riva Palacio rrivapalacio@ejecentral.com.mx

CARTAGENA, Colombia.—Detrás de los 11 kilómetros de muralla que rodean el corazón de Cartagena se encuentra el Portal de los Dulces, en donde los escribanos de “Amor en los Tiempos del Cólera” mecanografiaban las cartas de amor de los analfabetas, a unas cuantas cuadras en donde tiene su casa el autor, Gabriel García Márquez. También está el Hotel Santa Clara, donde un enamorado de esta ciudad, Bill Clinton, se hospeda siempre que viene. Su casco viejo tiene reminiscencias de lo que algún día fue La Habana o lo que la modernidad impide ser a San Juan, con música siempre, en los bares o en bicicletas, que invitan a bailar.

El casco viejo escapó al trazado medieval tras su fundación en el siglo 21, pero no a la magia de la cuenca caribeña que siempre se viste en amarillo y azul eléctricos, junto al blanco y el ladrillo de la región. Penetrar las murallas de Cartagena es como asomarse a la pequeña Bourbon Street en Nuevo Orleans, o caminar por el malecón de Saint John, la capital de Antigua y Barbuda, pero no hay comparación. La exquisitez de su gastronomía, con chefs que estudiaron en la academia Cordon Bleu de París, o la riqueza colonial de su arquitectura —sus balcones se asemejan a muchos en el centro histórico de Lima—, supera a todos. Esta joya de Colombia es uno de los destinos más hermosos de América Latina.

Pequeña, atrajo el año pasado a más de 200 mil extranjeros que hicieron crecer 16% al turismo en solo un año. Salvo sus hoteles boutique en el casco viejo, el resto de la ciudad no tiene ninguno que provoque suspiros, y a las 10 mil habitaciones existentes, se le sumarán en los dos próximos años las de tres de las cadenas hoteleras más importantes del mundo. Pero lo que debería ser una enorme alegría, es también una gran preocupación. Cartagena, padece dos enfermedades: la inseguridad y el turismo sexual.

Quienes se prostituyen no provienen sólo de hogares disfuncionales, sino cruzan las clases socioculturales. La Universidad de San Buenaventura de Cartagena encontró en un estudio en 2009 que 2% de las universitarias se reconocían como prostitutas prepago. El sistema era operado por agencias, según el estudio, que buscan mujeres “sexy, amables, responsables y puntuales”. Las cosas no han cambiado. Por 100 dólares, jóvenes de clase media y alta entre 17 y 25 años, ofrecen todo tipo de sexo durante 20 minutos, y según lo activas que sean, pueden llegar a ganar mensualmente entre dos mil 800 y cinco mil 500 dólares. Si el salario mínimo roza los 330 dólares mensuales, el incentivo para prostituirse es grande.

Pero el turismo sexual no es el mayor de los problemas. Más grave es la prostitución creciente de menores. La Fundación Renacer, cabeza de la cruzada contra la prostitución de menores, estima que hay 650 de 17 años o menos involucrados en el comercio sexual, de los cuales 70% son niñas, víctimas muchas ocasiones ¬—según la prensa local—, de los propios operadores de turismo, guías, botones y taxistas, que son intermediarios en este negocio. A diferencia de la prostitución entre jóvenes, la de menores está asociada con la pobreza: 55% del casi millón de personas en Cartagena viven por debajo de la línea de miseria.

En las zonas más marginadas de esta ciudad es donde se genera precisamente el fenómeno que por encima incluso del comercio sexual, preocupa a las autoridades: la inseguridad. Las autoridades dicen que son 15 las pandillas juveniles, formadas por jóvenes entre 14 y 17 años, que provocan la violencia que el año pasado dejó 105 muertos en las calles de Cartagena por sus enfrentamientos.  La delincuencia juvenil se da por la descomposición del núcleo familiar y la falta de escuelas, factores que se ven en otros países, y las autoridades no han encontrado la estrategia para enfrentarla.

Cartagena es una ciudad de claroscuros, donde los infiernos, pese a estar a la vista de todos, no se ven ni emergen fácilmente. Lo que hay es vida, música y alegría, en una mezcla de interacción cotidiana con quienes, muchas veces, habitan en los dos mundos.
 

Raymundo Riva Palacio
MAR 29