Salud para todos Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

Estoy segura de que no soy la única en admirar la valentía de Angelina Jolie. Y no sólo por someterse a esa doble mastectomía (una operación de brutal violencia cuando estás sana y se tienen, como ella, 38 años), sino, sobre todo, por decirlo públicamente, siendo como es uno de los mayores sex-symbol del momento. Podría haberse callado y haber seguido adelante con su carrera, pero ha dinamitado su futuro. A mí no me cabe la menor duda de que ningún productor la volverá a contratar para una superproducción en un papel estándar de “chica-maciza”: temerán que los espectadores piensen todo el rato en su operación. Y las superproducciones de Hollywood no suelen estar hechas para hacer pensar a la gente en temas incómodos. Al contar su situación, Angelina ha escogido convertirse en una guerrera. Siempre mostró su compromiso con diversas causas sociales, y luchar ahora por la prevención del cáncer de mama también es una manera de darle un sentido positivo a su indudable sufrimiento. Quiero decir que siempre es mejor verse como una amazona que como una enferma amputada. Los humanos no escogemos lo que nos sucede, pero sí podemos escoger cómo respondemos a lo que nos sucede, y el caso de Angelina Jolie es emblemático.

Todo esto fue lo primero que sentí. Y también gratitud hacia Angelina, porque en las pocas semanas transcurridas desde su anuncio ya he podido usarla de ejemplo en dos ocasiones ante dos conocidas que han tenido que someterse a una mastectomía. Sí, qué maravilla la visibilidad de Jolie, su normalización, su belleza. Pero luego también pensé en las desigualdades sociales; en cuántas personas en el mundo podrán someterse a esas pruebas detectoras y, después, a la doble operación y a la reconstrucción. Nos cuesta entenderlo, teniendo como tenemos un sistema de salud pública modélico, nuestra joya de la corona en derechos sociales, que hasta ahora ha atendido de la misma manera y con los mismos protocolos al indigente y al rico. Pero en otros países no es así. En Estados Unidos, si no tienes dinero para pagarte un seguro médico lo suficientemente bueno que te cubra la quimio, simplemente no recibes tratamiento para tu cáncer. No sé cuánto habrá mejorado la situación la reforma de Obama, pero me temo que no lo suficiente. Esta desigualdad en la extrema necesidad de la salud siempre me pareció algo inconcebible y repugnante.

Y el caso es, repitámoslo una vez más, que en España estamos ahora a punto de arrojar todo ese inmenso logro social por la borda. Que nos deslizamos hacia la suprema injusticia de los enfermos de primera y de segunda. De hecho ya están empezando a suceder cosas así. Voy a contar un caso sin salirnos del tema.

A L. E. se le detectó un cáncer de mama en agosto de 2011. Debía darse quimio para evitar la recaída, pero, en vista del tipo de tumor, le aconsejaron que se hiciera un test llamado Oncotype, que determina si es realmente necesaria la quimioterapia o no. El test tiene que ser enviado a EU y cuesta tres mil 200 euros. Por entonces no lo cubría de forma general la Seguridad Social, así que, urgida por la angustia, ella pagó con su dinero el test. Los resultados mostraron que el riesgo era bajo y que no precisaba quimio. Todas aquellas personas que hayan sufrido en sus carnes o en las de alguien cercano este tratamiento saben lo durísimo que puede llegar a ser. Ahorrárselo, si es innecesario, es un bien evidente. L. E., mal que bien, pudo pagarse la prueba, pero, ¿cuántas otras mujeres no pudieron permitírsela y sufrieron la quimio de manera superflua?

Tras recuperarse de la operación, L. E. pidió el reembolso de la prueba a la Seguridad Social (SS) por varias razones: primero, porque le parecía “inhumano someter a quimioterapia a una paciente sin necesidad, existiendo una prueba que lo confirma”; segundo, porque una quimioterapia básica cuesta unos 30 mil euros, o sea que la SS podría ahorrar mucho; y tercero, porque a partir de febrero de 2012 ya se estaba aplicando en algunos hospitales, de modo que resultaba injusto que algunas pacientes pudieran disfrutar del test y otras no. Tras varios meses de espera le denegaron el reembolso; puso un recurso y acaban de volver a rechazarlo. La SS alega que no existía urgencia inmediata ni de carácter vital. No sé, a mí me parece que ahorrarse una quimioterapia inútil es algo de carácter urgente y desde luego vital. L. E. me escribe para pedirme que hable de esta prueba y que diga que tres comunidades la practican, Madrid, Valencia y Cataluña (tanto con el test Oncotype como con otro parecido, Mammaprint), para que así las mujeres en su misma situación puedan pedirla: porque, si está incluida en el Sistema Nacional de Salud en algún lado, todas las pacientes tienen derecho a exigirla. Y yo hago caso a L. E. y escribo sobre ello, mientras siento que nuestro precioso sistema sanitario es un tembloroso castillo de naipes.
 

Rosa Montero
JUN 9

Un lugar bonito y tranquilo de la conciencia Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

El pasado mes de abril murió un hombre de 37 años llamado Francisco Guzmán. A medida que envejezco, más me sorprende la vida, más me maravilla su imprevisibilidad, su carácter paradójico, la magia inconcebible que a veces derrocha. Francisco Guzmán tenía una licenciatura en Física y otra en Humanidades y trabajaba como becario investigador en el Instituto de Filosofía del CSIC. Además era diverso funcional: nació con parálisis cerebral y para moverse necesitaba una silla de ruedas. Brillante teórico, fue un importante activista en el Movimiento de Vida Independiente de España, a través del foro Vida independiente y divertad (divertad es la unión entre diversidad y libertad). Entre otras cosas, fue promotor de un proyecto de asistencia personal llamado Programa de Vida Independiente; la Comunidad de Madrid dispone de este programa desde 2006 y atiende a 58 personas con diversidad funcional física, mayores de edad y con una vida activa de estudio o trabajo. En vez de recluirlos para siempre en residencias que, por muy bien atendidas que estén, terminan siendo cárceles, el programa ofrece asistencia personal los 365 días al año para poder moverse, salir, entrar, trabajar, pasear y, en suma, vivir una vida digna de ser llamada así. Es una idea sencilla y magnífica y sale más barata que las residencias. Al principio, Francisco contó con 10 horas al día de asistencia personal, que luego fueron reducidas a siete horas por la crisis. Un tiempo de libertad que él sabía emplear muy bien.

No le conocí personalmente y lo lamento. He sabido de él a través de otro diverso funcional, el escritor y amigo José Antonio Fortuny. Él me envió el documento que Francisco había dejado a modo de mensaje final, un texto titulado Panegírico que me estalló en la cabeza. Sus palabras están entre las más hermosas que jamás he leído. Entre las más sabias. Más tiernas. Más valientes. Inmensas palabras sanadoras que deberían ser oídas por todo el mundo, porque curan de la tristeza del vivir. Hay personas que, teniéndolo todo en apariencia, no son capaces de sobrellevar el peso de la existencia y se suicidan o se hunden en la droga. Francisco, en cambio, parecía carecer hasta de lo más básico, como si el azar se hubiera ensañado con él. Y, sin embargo, su amor a la vida nos emborracha. Pero prefiero callar, porque su voz es mucho más poderosa que la mía. Por razones de espacio, aquí sólo reproduzco parte de su texto.

Si googleas “Panegírico minusval 2000” podrás leerlo todo. Y dice así: “He visto y he hecho cosas que jamás imaginaríais, lo supe por vuestro asombro cada vez que os las contaba.

“He visto las nubes pasar como algodones bajo mis pies sobre el valle del río Deva en Cantabria. He bajado sin frenos en la silla, a tumba abierta, como los ciclistas, un viejo puerto en la sierra de Madrid, con la única convicción de que yo y quien empujaba y derrapaba en las curvas éramos capaces de hacerlo. Teníamos 12 años. (…) He amado mucho, hasta querer morirme, fijaos qué disparate… y no tengo noticia de haber sido correspondido, tan sólo indicios, destellos confusos y algún que otro chasco. Finalmente, el acontecimiento no tuvo lugar… queda pendiente para la próxima vida.

“Sin embargo, he practicado relaciones sexuales plenas, más de lo que la mayoría probablemente habría imaginado, y mucho, mucho menos de lo que me hubiera gustado en la vida. No lo comentaba casi nunca para evitar desaprobaciones inútiles e innecesarias. Pero en esta lista de cosas por las que mi vida ha merecido la pena el sexo no podía faltar.

“Me he asomado a los misterios del cosmos. Aprendí que el universo es muy grande, y las posibilidades, infinitas, así que no desesperéis. (…) Por si alguno de los presentes aún no se ha enterado: esto es la despedida de un diverso funcional. Tuve la gran fortuna de vivir como lo hice precisamente porque me permitieron aceptarme y vivir tal cual era. (…) Podéis felicitar a mis padres si os place, sin duda se lo merecen, sin embargo, no olvidéis que no deberían haber sido los únicos soportes durante la mayor parte de mi vida. Las administraciones públicas deben garantizar la no discriminación, la igualdad y la libertad de todos. (…) Me voy con el buen gusto de haber experimentado la auténtica independencia. Lamento al fin dejaros, ahora que empezaba a dejar de tener miedo. Que me desembarazaba de cautelas y obligaciones. Que me permitía, a veces, presentarme ante quien fuera tal cual soy, sin ostentosas demostraciones de paciencia o resistencia, y sin preocuparme demasiado por el futuro. Di pocos pasos por ese camino, me habría gustado saber adónde me habría conducido, seguramente a un lugar bonito y tranquilo de mi conciencia, un lugar que todos deberíamos tener y compartir.

“Desde vuestro recuerdo, os quiero”.

 

Rosa Montero
MAY 26

Sueños delatores Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

Los sueños, esa otra vida secreta que tenemos por las noches, siempre han fascinado a los seres humanos. ¿Por qué soñamos? Lo cierto es que no se sabe con seguridad. A lo largo de la Historia se han barajado diversas explicaciones a ese conjunto de imágenes tan raras y tan vívidas que de repente se nos encienden en la cabeza mientras dormimos. Lo más tentador, naturalmente, ha sido considerarlos un mensaje del otro mundo, puesto que la vida dormida parece una existencia paralela, más allá de las fronteras de lo real. Santones, adivinos y profetas han visto en los sueños su teléfono directo con las divinidades, la vía más idónea para recibir los mensajes sagrados. Pero no es necesario ser un gurú profesional para ponerse a interpretar los propios sueños como un desasosegante aviso de ultratumba. Calpurnia, la mujer de Julio César, tuvo repetidas pesadillas que le hicieron colgarse del cuello de su marido implorándole que no acudiera al Senado el día que fue asesinado, o eso cuenta la conocidísima leyenda (claro que quizá la buena señora fuera una paranoica y se le colgara del cuello cada vez que salía de casa, las leyendas nunca cuentan los pronósticos fallidos); y los guerreros del pasado, desde Alejandro el Magno a Solimán el Magnífico, solían mostrar una inquietante tendencia a soñar estrategias y augurios en la víspera de las grandes batallas. Cosa que por otra parte no me extraña, porque incluso hoy resulta difícil escapar por completo de la pegajosa verosimilitud que tienen algunos sueños, del temor ancestral e irracional a que sean un presagio.

Luego está la parte interpretativa de la psique, el simbolismo freudiano del inconsciente. También en este territorio ha habido mucha basura, muchos manuales absurdos que aseguran, por ejemplo, que soñar con fuego tiene connotaciones sexuales u otras tonterías semejantes. Pero si se intenta comprender de forma rigurosa qué representa cada sueño para cada persona, creo que la interpretación puede tener bastante sentido. Porque los sueños nacen del inconsciente, o al menos mantienen un contacto más directo con él, más libre de represiones y controles; así que resulta razonable pensar que nuestros sueños, o al menos algunos de ellos, nos describen de una manera simbólica y profunda. Que hablan de nuestras angustias y de nuestros deseos, aunque a menudo no sepamos comprenderlos. Quiero decir que son una especie de lenguaje. Confuso y aproximativo, pero lenguaje.

Aunque todavía no hay una explicación científica definitiva sobre la causa de los sueños, las últimas y más plausibles teorías apuntan al hecho de que esas imágenes intensas que tantos santones tomaron por la voz de Dios son en realidad la basura del cerebro, una descarga de nuestro sistema neuronal. Mientras dormimos, el cerebro sigue activo y se “limpia” automáticamente, como el ordenador que se queda autoanalizándose mientras nosotros nos vamos a la cama. Lo cierto es que necesitamos los sueños de manera esencial; diversos experimentos han demostrado que, si se permite dormir a los sujetos pero se les impide soñar (un 25% de nuestras noches las pasamos soñando y esos periodos son identificables por los rápidos movimientos de los ojos bajo los párpados cerrados), a los pocos días los individuos están agotados y padecen claros desequilibrios psíquicos. Soñar regula nuestra mente.

Pero para experimento espectacular y espeluznante, el que acaban de hacer en el Laboratorio de Neurociencia Computacional ATR de Tokio, según recoge la revista Science. Un tal Yukiyasu Kamitani convenció no sé cómo a tres pobres sujetos a que se prestaran a la tortura de pasarse largas sesiones de tres horas al día, durante diez días, metidos dentro de un claustrofóbico y ensordecedor tubo de resonancia magnética. Cuando los sujetos se dormían en el tubo, pese a todo (supongo que se someterían a un drástico programa de vigilias para lograrlo), y empezaban a soñar, los investigadores los despertaban y les pedían que describieran las imágenes oníricas que estaban teniendo. Este proceso se repitió hasta 200 veces con cada sujeto. Y ahora viene la parte aterradora y despampanante del experimento: cruzando por ordenador los gráficos de la resonancia magnética con los contenidos expresados por los durmientes, Kamitani ha logrado “adivinar” con un 60% de acierto en qué estaban soñando sus sujetos con sólo ver el dibujo de las ondas cerebrales. Si estos resultados son fiables, lo que implica es tremendo: sería el primer paso para conseguir una máquina capaz de leer los pensamientos. Al final va a ser verdad que los sueños son la llave de nuestra mente.
 

Rosa Montero
MAY 12

Tener y perder Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

Daniel Mordzinski es un argentino pelirrojo que vive en París. Además es un hombre encantador y un fotógrafo monumental, uno de los mejores retratistas del mundo, especializado en escritores de las lenguas española y portuguesa. Este Mordzinski callado y laborioso como una abeja (el símil no es casual: siempre le recuerdo revoloteando con aplicación en torno a sus modelos) sufrió hace cosa de un mes una de esas catástrofes que te cambian la vida y de la que probablemente hayan oído hablar, porque se ha publicado bastante sobre el tema: por una concatenación de circunstancias absurdas no del todo aclaradas, sus archivos fotográficos de 27 años de profesión resultaron destruidos. Estaban guardados en un armario de un despacho de Le Monde, y una remodelación del lugar, más una tonelada de mala suerte, hizo que las fotos acabaran desapareciendo. Estas carambolas desdichadas suceden a menudo. A la vida parecen gustarle los dramas estúpidos.

He pensado a menudo en estas últimas semanas sobre Daniel. Los archivos estaban compuestos por negativos de antaño, y sólo se han salvado unos pocos centenares que fueron digitalizados para alguna de las numerosas exposiciones que Mordzinski ha hecho. Los demás retratos, muchos de autores ya fallecidos, se han perdido para siempre. Polvo sobre polvo. Para un fotógrafo que, como Daniel, ha vivido la vida a través de su objetivo, es como si le hubieran extirpado la memoria. No sólo ha perdido su capital de trabajo, sino que además debe de sentirse lobotomizado.

Y sin embargo… hace muchos años, mientras estaba de viaje, vi un documental inglés en la televisión de algún hotel. Un hombre de edad madura estaba contando la tragedia que había vivido cuando su casa se quemó y lo perdió todo; era un reportaje dramático sobre las víctimas de un gran incendio sucedido tiempo atrás, ahora no recuerdo cuando, quizá en la guerra, y al principio el hombre se mantuvo dentro de la línea narrativa convencional para este tipo de testimonios: contó que se vio frente a las ruinas humeantes sin otra posesión que lo que llevaba encima, desolado, incrédulo, sumido en la desesperación… De pronto se detuvo, carraspeó y añadió con cierta timidez: “Aunque debo decir que también sentí otra cosa… fue muy raro, pero también me sentí libre. Ligero”.

Recuerdo sus palabras porque me chocaron: yo era joven y no sé si por entonces sabía lo mucho que puede llegar a pesar la propia vida. Pero hoy le entiendo bien. ¿Quién no ha sentido alguna vez el deseo de dejar de ser quien es? ¿De liberarse de uno mismo? Siempre me ha maravillado ese cuento magistral de Nathaniel Hawthorne, Wakefield, que narra la estrambótica historia de un probo caballero del siglo XIX que un día sale de su casa como quien dice para comprar tabaco y ya no vuelve a regresar en muchos años. Pero lo más genial es que el hombre se alquila un piso frente a su antiguo hogar, desde el que contempla, año tras año, la desolación de sus familiares y el hueco de su propia ausencia. Una idea estremecedora. Siempre me imagino a Hawthorne deseando desaparecer y añorando esa nada.

La vida es perder. Cada día vamos perdiendo posibilidades de futuro, amigos y familiares, vista, cabellos, dientes, neuronas. Lo vamos perdiendo todo inexorablemente hasta la gran pérdida final. Pero sin esas pérdidas, claro está, tampoco habría ningún movimiento, ningún devenir. Siempre seríamos el bebé en la cuna que se mea encima. Hay gente, sin embargo, que no soporta la menor idea de pérdida. Acaparadores patológicos incapaces de deshacerse de un periódico viejo o de la caja vacía de los cereales que ya se han comido; son los enfermos del llamado síndrome de Diógenes y terminan convirtiendo sus hogares en basureros inmensos.

Sin llegar a estos extremos, creo que todos los humanos tenemos cierta tendencia al almacenamiento de cosas innecesarias. Los armarios son agujeros negros que todo lo chupan y que acaban atiborrados de objetos increíbles; y, en cierto sentido, el coleccionismo, ¿qué es, sino un síndrome de Diógenes domesticado? En una de mis múltiples mudanzas, presa de la desesperación ante el batiburrillo de cosas, vacié todos los cajones de mi vieja mesa de despacho en bolsas de basura y lo tiré todo sin mirar. Nunca eché de menos nada. No estoy comparando esos cajones repletos de menudencias con la obra de una vida, como es el caso de los archivos de Mordzinski. Su desaparición es una verdadera pena para todos. Y sin embargo, quién sabe… quizá gracias a esa pérdida y a esa inesperada ligereza, la creatividad de Daniel pueda volar todavía más alto.
 

Rosa Montero
ABR 28

La mejor manera de ser eterno Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

Acaba de llegarme el e-mail de un lector al que con anterioridad no conocía. Es una carta formidable, escrita con humor y brevedad, muy ágil y elegante. Además me gusta, claro está, porque se las arregla para llenarme de generosas alabanzas en muy pocas líneas. La firma un tal Óscar Corbacho; es argentino, vive en Buenos Aires, y él mismo se presenta así: “Te digo que fui durante 30 años creativo publicitario, que tengo siete libros de poemas con algunas distinciones y uno de cuentos y que este año publicaré un volumen de sonetos en colaboración con otro poeta”. Pero lo que me ha llamado la atención y de lo que quiero hablar es del principio de la carta. El mensaje comienza de este modo: “Tengo 90 años y acabo de leer La ridícula idea de no volver a verte, uno de esos libros que al terminar uno siente que es una persona diferente, que le ha pasado algo importante y que es para toda la vida”. Disculpen el bochornoso autobombo de copiar una frase tan elogiosa hacia un libro mío, pero es que no he podido resistir el maravilloso encanto de sus palabras: ¡Tiene 90 años! ¡Y dice que es una lectura que “le ha hecho diferente”! ¡Y que será “para toda la vida”! Incluso si hubiera sido un elogio dedicado al peor de mis enemigos literarios (aunque, la verdad, no sé si tengo alguno), no hubiera podido por menos que copiarlo aquí, como muestra de ese portento de vitalidad y de optimismo que es este hombre. Óscar Corbacho me ha iluminado el día.

No me sorprende que, a los 90 años, sea tan moderno en su lenguaje, tan rápido en su expresión. O bueno, sí, quizá me sorprenda un poco, porque todos arrastramos tremendos prejuicios ante la gente mayor. Ahora bien, como yo ya voy siendo también bastante añosa, ya he alcanzado una edad que, en mis primeras novelas, publicadas hace más de 30 años, me parecía decrépita, y que hoy percibo de otro modo. Quiero decir que mis primeros libros están llenos de sesentones marchitos y a punto de palmarla, pero ahora que ya he cruzado el cabo de los 60 me siento estrepitosamente joven todavía. Ya lo decía Oscar Wilde: “Lo peor de cumplir años no es envejecer, sino que no se envejece”. O sea: uno no envejece nunca por dentro, uno se sigue viendo igual de confuso y trémulo y vital que a los 14, mientras se va alejando cada vez más de la realidad de su propio cuerpo. Total, que, como yo sigo sintiéndome igual a los 60, comprendo muy bien que a los 90 pueda pasar lo mismo. Pero lo más genial de la frase de Corbacho es esa alegría de vivir, esa capacidad para “cambiar”, ese entusiasmo con el que se proyecta “para el resto de su vida” como si fuera un futuro inacabable. Dan ganas de aplaudir.

Ya me había pasado antes algo parecido con mi madre. En 2004, cuando la boda de Felipe y Letizia, se confeccionó un abanico conmemorativo de los esponsales. Era en verdad muy feo, con las varillas de tosco plástico y una tela rosada, si mal no recuerdo, con la fecha y alguna leyenda conmemorativa. Mi madre, que a la sazón tenía 83 años, se empeñó en que le consiguiera uno. “Pero mamá, es horrible…”, intenté disuadirla. “No importa, hija; es uno de esos recuerdos que luego, con el paso de los años, te gusta tener”, contestó tan tranquila. Y a mí me hizo mucha gracia y me pareció que se creía eterna. Hoy, casi una década más tarde (tiempo suficiente para que el abanico haya adquirido un valor rememorativo), mi madre ha cumplido ya 92 años y sigue estupenda. Sin duda es inmortal.

Y lo es porque la verdadera inmortalidad es la del aquí y el ahora, la de la plenitud anímica y la fuerza vital, la de la capacidad de habitar el presente como un amplio horizonte interminable. “Mi día equivale a tu año”, cantaba Lou Reed. Es esa tranquila intensidad la que aspiro alcanzar. Y desde luego no es cosa de la edad, o no sólo: hay jóvenes que son viejos a los 20 años y viejos capaces de reinventarse cada día. Como Óscar. En todo ello interviene sin duda la salud, cierta energía básica que viene inscrita en nuestro organismo, haber tenido la suerte de tener en el cuerpo una sopa química lo suficientemente favorable. La ciega alegría de las células. Pero además está la disposición, la voluntad de seguir, la decisión de asumir una actitud u otra. Ya se sabe que, tras haber sido condenado a muerte, Sócrates se pasó la última noche de su vida aprendiendo a tocar una complicada melodía con su flauta. Sus amigos, que estaban desolados, le preguntaron para qué perdía el tiempo en eso. “¿Para qué va a ser?”, contestó: “¡Para aprenderla antes de morir!”. No se me ocurre una manera mejor de ser eterno.

Rosa Montero
ABR 14

Bailar, luchar, vivir Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

El parkinson es una enfermedad muy cruel. La gente suele relacionarla con la edad avanzada y con los temblores, pero en realidad puede manifestarse en individuos muy jóvenes y además su peor síntoma son los ataques de rigidez, tan inhabilitantes que los enfermos hablan de una vida on-off, es decir, de momentos en los que el cuerpo funciona y momentos en los que simplemente se apaga y se niega a responder. Y, por añadidura, se trata de una dolencia degenerativa, de manera que cada día el señor Parkinson, como muchos pacientes lo llaman, puede sorprenderte con algún nuevo truco desagradable.

Gema Marín Granados es una de esas personas que se toparon con el parkinson a una edad dolorosamente temprana: sólo tenía 28 años. Ahora tiene 39 y, como luego veremos, está en primera línea de la guerra por la supervivencia. Pero los primeros tiempos de la enfermedad fueron abrumadores: como tantas otras personas súbitamente desbaratadas por una desgracia que les cambia el mundo, durante varios años apenas pudo hacer otra cosa que repetirse obsesivamente las torturantes e inútiles preguntas: por qué yo, por qué a mí. Pero después, y pese a todo, ganó la vida. Los humanos somos bichos tenaces y esta Gema guerrera bien podría ser la más tenaz de todas las criaturas.

Ya escribí un artículo sobre ella hace un par de años. Entonces contaba que, tras toparse con el parkinson, Gema había tenido un hijo, había aprendido diseño web y había seguido trabajando regularmente en su profesión, que es la de profesora de música. Y también expliqué que, por entonces, estaba empezando a utilizar la música para superar los momentos de rigidez. Cuando se quedaba paralizada, simplemente se ponía los cascos y se echaba a bailar. Hace falta muchísima voluntad y una esperanza a prueba de bomba para intentar bailar cuando tu cuerpo es un tieso, muerto trozo de madera. Parecía una locura, pero a ella le servía. Hace un par de años, la prestigiosa revista Nature publicó un estudio que demostraba que oír música podía generar subidas de dopamina, un neurotransmisor estrechamente relacionado con el placer. Y se da la circunstancia de que al parecer el parkinson está originado por una insuficiencia de dopamina. De manera que, después de todo, Gema no era una chiflada voluntarista que se engañaba a sí misma diciendo que podía danzar, sino que su actividad podría tener un efecto verdaderamente terapéutico. Desde entonces Gema ha sido sometida a diversas pruebas; un neurofisiólogo le midió la temperatura corporal, porque cuando se conecta a través de los cascos siente una subida de calor; y en la Universidad de Málaga le hicieron un TAC y una resonancia magnética para estudiar la actividad de su cerebro mientras escucha música. El material está siendo actualmente estudiado y los resultados aún no se han hecho públicos. Pero, sobre todo, de entonces para acá Gema ha empezado a enseñar su método a otras personas, totalmente gratis, a través de una página web, http://musicaparkinson.es/, y de su facebook, Musica Musica Parkinson. Ahí pueden verse vídeos asombrosos de la activación de Gema en los momentos de rigidez. Pueden parecer unas películas banales, una simple chica joven con los cascos puestos y bailoteando tontamente, pero si alguna vez has contemplado a un enfermo de parkinson atrapado dentro de la cárcel de su cuerpo, en la dolorosa impotencia de un momento off, entonces te darás cuenta de que estás asistiendo a un verdadero prodigio.

Que conste: la música no sustituye a las medicinas convencionales para la enfermedad. Pero mejora la situación y puede ayudar a bajar las dosis. Para ello, explica Gema, hay que tomarse en serio esta actividad; es necesario incorporar la música a tu vida durante todo el día; debes llevar los cascos siempre encima, del mismo modo que el asmático lleva el ventolín por miedo a un ataque. Y no basta con escuchar una canción de fondo mientras se conversa con un amigo: “No, para que esto funcione tiene que ser una escucha intensa, activa. Tienes que meterte en lo que estás oyendo, dejar que la música te llene, vaciar la cabeza de preocupaciones, disfrutar y dejarte llevar…”. Todos los videos que Gema cuelga en su página se han grabado mientras ella estaba en off: quiere demostrar que lo que dice es real, que hay batallas en las que merece la pena combatir porque pueden vencerse. Abrió su Facebook hace apenas dos meses y ya hay muchos enfermos siguiéndole el hilo de su formidable, sensatísima locura. Así de grande es el ser humano cuando no se rinde.

Gema Marín Granados es una de esas personas

que se toparon con el parkinson a una edad dolorosamente temprana: sólo tenía 28 años

Hace falta muchísima voluntad y una esperanza a prueba de bomba para intentar bailar cuando tu cuerpo es un tieso, muerto trozo de madera
 

Rosa Montero
ABR 7

La guerrera capaz de rozar el cielo Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

Una de las metáforas más comunes para expresar algo que requiere un tremendo esfuerzo es hablar de montañas. Y así, decimos, por ejemplo, que algo “costó tanto trabajo como subir una montaña”. A mí siempre me han gustado las tierras altas, los pasos elevados que rozan el vuelo de las aves. Sé bien lo que cuesta subir una pendiente abrupta de, pongamos, apenas 400 metros de desnivel; y eso que yo sólo hago senderismo, nada de escalar peñas ni atravesar glaciares. Por eso me parecen alucinantes los alpinistas, esa gente capaz de ascender ocho mil metros, una altura que, por cierto, es letal, como me decía Chus Lago, la estupenda escaladora gallega que durante varios años fue la única mujer en el mundo que había subido al Everest sin oxígeno y seguía viva para contarlo. Es decir: por encima de los ocho mil, el cuerpo empieza a morir. Los buenos alpinistas consiguen que ese deterioro sea más lento que en una persona normal, y eso les permite la proeza de tocar el techo del mundo. Pero rozan los límites de lo imposible, y por eso muchos mueren en el intento.

Los escaladores logran esa gesta sobrehumana gracias a un aguante excepcional del sufrimiento. Es tan asombroso lo que hacen que yo creo que verdaderamente son mutantes. Primero, en lo físico, porque sus cuerpos son capaces de soportar el aire enrarecido de una manera mucho más eficiente que los demás humanos; por ejemplo, tanto Chus Lago como Juanito Oyarzabal fumaban habitualmente, aunque lo dejaran en los periodos de escalada, o sea, que no es que se cuidaran como monjes, sino que tienen un don natural. Pero además, y sobre todo, son mutantes por su increíble resistencia psíquica. Se diría que carecen de miedo y que se niegan a reconocer ningún límite. En realidad, los alpinistas no se enfrentan a la montaña, sino a sí mismos. Luchan contra sus propias incapacidades. Tal vez quieran sentirse inmortales, aunque sólo sea por un momento.

Hace un par de semanas conocí a una mujer increíble que ejemplifica en grado superlativo lo que acabo de decir. Se llama Rosa Fernández, es asturiana y tiene 52 años. Empezó su carrera como alpinista en 1997; tiene en su haber el llamado Reto de las Siete Cumbres, que consiste en subir a los picos más altos de todos los continentes. Además ha coronado seis montañas de ocho mil metros, con lo cual es la segunda española con más ochomiles después de Edurne Pasaban. Lograr todo esto exige además una capacidad de gestión importante, porque el alpinismo es caro y gran parte del esfuerzo se consume buscando patrocinadores. En 2009, tras una sólida carrera ascendente, Rosa consiguió por vez primera en su vida empezar el año con suficiente dinero para toda la temporada: estaba exultante. Pero a finales de enero le detectaron un cáncer de mama. Fue operada y recibió radioterapia durante tres meses. Y entonces decidió seguir adelante con sus proyectos. “La doctora me retrasó un mes el comienzo de la quimioterapia y así pude irme. Me dijo: si te vas a morir, te morirás igual, y te vendrá mejor para tu cabeza”. En junio, una semana después de terminar la radio, se fue al Broad Peak (ocho mil 046 metros). Llegó hasta los siete mil 500, y si no coronó fue porque el mal tiempo impidió que nadie alcanzara la cima esa temporada: “Fue difícil, sobre todo porque la mochila rozaba en las quemaduras de la radioterapia”, dice con tímida naturalidad, como si fuera algo que cualquiera puede hacer.

Luego vendría la quimio, un duro tratamiento que terminó en marzo de 2010. Y al mes siguiente emprendió de nuevo el viaje para atacar otra montaña del Himalaya, el Manaslu (ocho mil 163 metros). Tras dos meses de lucha no consiguió hacer cima, pero tampoco esa vez lo logró nadie. En mayo de 2011, sin quimio y sin radio ya, esta mujer sobrenatural alcanzó la cumbre del Kangchenjunga (ocho mil 586 metros), considerado el ochomil más difícil, y en octubre coronó, esta vez sí, el Manaslu, haciendo además la ascensión sin botellas de oxígeno. Es una historia de resistencia impensable, imposible: todos los que hayan vivido de cerca un tratamiento de quimio saben que estamos hablando de algo prodigioso. Del triunfo de la mente sobre el cuerpo. De la ilimitada capacidad del ser humano para reconstruirse.

¿Y ahora? Pues ahora resulta que esta Rosa Fernández, que es un ejemplo de tesón y valor, un espejo de esperanza en el que mirarse, ha encallado en una dificultad mayor que su cáncer, su radio, su quimio; mayor que la hazaña de subir hasta rozar el cielo. No encuentra patrocinio. Ahora que está en plenitud de fuerzas, el dinero no llega. Necesita 15 mil euros para ir al K2. No puede ser que esta guerrera pierda la batalla por el dinero. Esta es su web: www.rosafernandezrubio.com. Por si alguna empresa se anima.
 

Rosa Montero
MAR 17

Nosotros éramos gente normal Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

Una de las características que más me desesperan de mí misma es el excesivo apasionamiento y la vehemencia. Por eso, desde muy joven me esfuerzo (a menudo inútilmente) en dominarme; sobre todo intento denodadamente aplicar la razón a la hora de escribir: ser mesurada, contemplar todas las esquinas de la realidad, huir del griterío. Por eso me sorprende el nivel de exasperación que estoy mostrando últimamente. Hace un par de semanas, en la última página de El País, llamé criminales a los parlamentarios contrarios a la iniciativa legislativa popular que pide la dación en pago en los desahucios. Y el caso es que sigo pensando lo mismo, la verdad, pero me preocupa la crispación del tono: si yo me siento así, aunque no estoy viviendo los rigores de la crisis en mis propias carnes y aunque llevo años procurando enfriarme, ¿cuán iracunda estará la primera línea de damnificados? El nivel de desesperación y de posible violencia es preocupante, pero es que el dolor social es excesivo.

Creo que, pese a lo mucho que hablamos todos de la crisis, la mitad de este país no llega ni a imaginar los abismos a los que está descendiendo la otra mitad. Por razones que no vienen al caso, en los últimos meses me he acercado un poco a ese despeñadero. A familias que lo han perdido todo. Parejas jóvenes con hijos, el marido a menudo obrero de la construcción, que están en paro desde hace tres o cuatro años. Que agotaron todos los subsidios; que fueron desahuciados de sus casas; que pueden llevar cuatro o cinco meses sin tener ni un solo euro de ingresos. Padres que algunos días apenas comen para que sus niños toquen a más.

O una madre de tres hijos, el mayor de nueve años, que, cuando les lava la ropa, no puede mandarlos a la escuela porque sólo tienen la que llevan puesta. Luces cortadas por falta de pago, ausencia de calefacción y agua caliente, dolorosos problemas dentales que no pueden ser atendidos. Y la agonía de levantarse todas las mañanas sin tener ni un euro para comprar el pan y atenazados por el terror de que te echen del piso alquilado porque llevas meses sin poder pagar. “Nosotros éramos gente normal”, me dijo estremecedoramente una de las mujeres. Exacto: ni drogadictos ni marginales ni vagos. Personas normales arrojadas a la salvaje anormalidad de la exclusión social.

La situación, en fin, es trágica, terrible. Y si no estalla es porque aún contamos con el colchón amparador de la Sanidad Pública. Cuando la privatización destruya ese tesoro igualitario y los niños empiecen a enfermar, habrá degollinas. Creo que nuestros dirigentes no conocen la hondura de este abismo. Algunos, incluso, exhiben una ignorancia rayana en lo grotesco, como la alcaldesa de Aguilar de Campoo (PP), que en los pasados carnavales declaró al magazine Vamos a ver, que dirige Álvaro Elúa en Castilla y León TV: “Como están de moda los desahucios, me voy a disfrazar de vagabunda” (luego lo justificó diciendo que en los momentos malos había que tener sentido del humor, pero creo que eso sólo mostraba su desconocimiento). Pero la ceguera no es sólo cosa de los políticos; también me asombran esas personas que, si intentas movilizarte para ayudar, lo tildan despectivamente de caridad y dictaminan que no hay más vía que la reivindicación política: o sea, esperar a que el Padre Estado te solucione todo mientras tu vecino se muere de hambre. Yo creo que, por supuesto, tenemos que exigir y luchar contra los abusos, los corruptos y las leyes indignas. Pero, además, hay  que asumir nuestra responsabilidad individual: tal vez por no asumirla estemos donde estamos.

Necesitamos ayudarnos los unos a los otros; en primer lugar, porque mañana puedes ser tú quien esté en el infierno; pero también porque sólo podremos superar esta crisis si empujamos todos. Y, dentro de las muchas maneras posibles de ayudar, déjame que te proponga una. Se trata de una plataforma solidaria llamada Teaming.net. Cualquier persona puede abrir fácilmente un grupo de ayuda para alguna causa, o bien apuntarse al grupo o grupos que prefiera del modo más sencillo. Cuando te haces teamer de un grupo, o sea, cuando te apuntas, te comprometes a pagar a esa causa un euro al mes. No puedes aportar más aunque desees hacerlo, y esa es la grandeza de esta idea: una solidaridad horizontal, nada paternalista. No hay comisiones (tu euro va íntegro a su fin), no hay riesgos (plena seguridad bancaria) y puedes desapuntarte cuando quieras. Yo he abierto varios grupos de ayuda urgente a familias necesitadas (las historias que he contado antes provienen de ellas); pero en Teaming.net hay cientos de otras causas para escoger: por ejemplo, la Asociación Sentimiento Solidario, que me parece formidable. No es más que un pequeño, ínfimo gesto; pero entre todos es mucho.
 

Rosa Montero
MAR 3

Todos los niños Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

En este mundo hay muchos infiernos, pero uno de los más extendidos es el infierno doméstico. Cuando las parejas se pudren, la intimidad se convierte en una guerra sangrienta. A mi mesa de trabajo, como a la de todos los articulistas, llegan a menudo cartas desesperadas, restos del naufragio de esos conflictos bélicos. La mayor parte de las veces no puedes hacer nada con lo que te mandan: son tristes, confusas y largas peleas en las que muy probablemente ambas partes han terminado siendo al mismo tiempo verdugos y víctimas.

Pero hay algunos casos especialmente terribles, y son aquellos en los que los niños son utilizados como metralla. Batallas de adultos que se encarnizan con los menores. Últimamente me han enviado dos trágicas historias de este tipo: la primera es el calvario de Raúl Pérez, de Ayamonte, Huelva. Su ex pareja, una suiza con la que tiene un niño de cuatro años, ha convertido la separación en una tortura. Durante casi dos años, e incumpliendo todas las sentencias judiciales, ha hecho lo imposible por privar a Raúl de todo contacto con el crío. La mujer llegó a presentar una denuncia contra el padre por malos tratos, con tan poca base que fue archivada, y secuestró al niño llevándoselo ilegalmente a Suiza. Raúl, de 36 años, soldador de profesión y con un sueldo de mil 400 euros, ha tenido que gastarse una fortuna para pleitear en el país helvético. Los jueces suizos también han fallado a favor de él y obligaron a la madre a regresar con el niño a España. Lo ha hecho, pero se ha ido a vivir a Gerona, lo más lejos posible de Ayamonte, para dificultar el contacto con el hijo. En esta mísera situación se encuentra el caso ahora; agotado y arruinado, el padre está profundamente deprimido y se siente abandonado por la justicia.

Aún más espeluznante es el caso de Belén de Colsa, madre de dos niños de 13 y 11 años. Su ex marido ha sido imputado en tres procedimientos penales por maltrato a sus propios hijos. Pero hace seis meses, y contra el parecer del ministerio fiscal, una jueza de El Escorial decidió retirarle la custodia a la madre y dársela al padre, prohibiendo a Belén todo contacto con sus hijos durante tres meses y concediéndole después el derecho a unas visitas que nunca se han cumplido: la madre lleva medio año sin poder estar con sus hijos. El pasado 26 de diciembre, los niños fueron citados a declarar en un juzgado por unas supuestas lesiones que les habría hecho el padre hace más de un año (apoyadas en un parte de lesiones de un hospital público). Los niños declararon tener miedo a su progenitor y dijeron que querían vivir con la madre. Pese a todo esto, volvieron a entregar a los niños al padre.

Dos semanas después, los servicios sociales hicieron un  informe diciendo que el niño de 11 años había pedido ayuda a su profesor porque su progenitor le trataba mal, porque le tenía miedo y estaba pensando en suicidarse (otra jueza acaba de abrir nuevas diligencias contra el padre por esta razón). Una podría pensar que, con estos indicios, habría que tener cuando menos una duda más que razonable sobre la posible indefensión de esos pequeños. Pero no, los niños siguen bajo custodia paterna. La jueza aplicó ese comodín llamado síndrome de alienación parental. El SAP lo inventó en 1985 un tal Gardner, psiquiatra norteamericano. Según él, si un niño dice que su padre le ha pegado, es probablemente por el SAP, o sea, porque la madre le ha comido el coco. Este síndrome ha sido mayoritariamente desautorizado por la comunidad científica; no está aceptado por la OMS ni por la Asociación Americana de Psiquiatría, y la Asociación Española de Neuropsiquiatría denunció su falsedad. A mí no me cabe la menor duda de que hay exparejas que manipulan la mente de sus niños y les instilan odio hacia el otro cónyuge, del mismo modo que hay denuncias de maltrato que no son ciertas, como habría sucedido en el caso de Raúl. Pero la aplicación del SAP resulta abusiva, porque, además, la parte afectada no puede defenderse, ya que cualquier alegato que presentara puede ser perversamente utilizado como prueba de su odio contra el exmarido y, por consiguiente, de su culpa. En fin, yo no soy quien debe decir quién tiene la razón en este caso: lo decidirán los tribunales. Pero los indicios son lo suficientemente graves como para tomar medidas que protejan de manera más eficaz a esos pequeños. ¿Y por qué no se hace? Pues, tal vez, porque los hijos no son sólo munición en los conflictos conyugales, sino que también son carne de cañón en los enfrentamientos sociales, en la crispada, sectaria y artificial guerra ideológica entre los partidarios de las “mujeres” y de los “hombres” durante los procesos de divorcio, como si no pudiésemos ser unas y otros víctimas de los naufragios domésticos, y en especial, por desgracia, todos los niños.

Rosa Montero
FEB 17

Y lo que queda Por Rosa Montero opinion@informador.com.mx

Cuando creíamos haberlo visto todo en cuestiones de corrupción, llegan nuevos casos a rizar el rizo y dejarnos bisojos. La situación degenera rápidamente: ahora ya no sólo malversamos y cometemos irregularidades a troche y moche, sino que además hacemos el ridículo con petardas del nivel de Zoe Alameda y su comunicado delirante. Por todos los Santos, ¡ya es que no somos competitivos ni para robar (presuntamente)!

Me pregunto si será por eso, por esa falta de elegancia y de profesionalidad en el latrocinio (reconozcamos que lo de los trajes y los pelucos de oro de Gürtel fue otra horterada), por lo que al PP se le ha ocurrido la peregrina idea de educar a los niños desde los 11 años en temas fiscales. Sostienen los peperos que así cumplirán con Hacienda al ser mayores, pero a mí me parece un argumento absurdo. Porque para no defraudar no es necesario tener formación fiscal, sino moral. Lo que permite y fomenta que este país sea una maldita cueva de ladrones es nuestra añeja y bárbara carencia de conciencia social; haber nacido y crecido en un país estructurado en hordas en el que lo público no es de nadie y en donde el bien común es considerado como el coto de caza y principal proveedor de la riqueza de tu tribu: por eso quienes más roban al Estado han sido siempre vistos como unos lumbreras admirables y simpáticos. Menos mal que la cruda situación que ahora vivimos está haciendo que esos golfos nos empiecen a parecer cada día un poco menos listos y bastante más guarros (puede que al final termine saliendo algo bueno de esta asquerosa crisis). En cualquier caso, ese es el único camino posible de regeneración social: tenemos que cambiar nuestros valores desde dentro. Sin esa base ética, me temo que enseñar trucos fiscales a los niños solo conseguiría convertirlos en defraudadores más competentes.

Rosa Montero
FEB 3