GUADALAJARA, JALISCO (15/JUN/2013).-Nada es perfecto. Esto es tan ampliamente aceptado como verdad universal, que llega a sorprender la cantidad de gente que no lo entiende y mucho menos lo aplica a su vida o trabajo. Muchos, tal vez la mayoría de los que intentan pintar un aura de perfección alrededor suyo y, con mayor frecuencia, de los productos que vende o empresas a las que representan, se dedican a las ventas o la mercadotecnia. Por esto, no es de extrañarse que caigan en la tentación de promover sus productos a través de quienes los alaban sin restricciones, sea por necesidad, conveniencia o simple ignorancia. Pero esa receta vieja funciona cada vez menos en un mundo en el que el consumidor tomó el poder en sus manos, gracias a las redes sociales.
Desde niños, aprendemos con base en intento y error. Caemos y nos lastimamos varias veces para aprender a caminar. Tropezamos con frecuencia cuando queremos correr. Las primeras palabras nos salen distorsionadas hasta que las vamos dominando. Como ocurre con todo en la vida. Aprendemos para vivir y viceversa.
Las experiencias que vamos adquiriendo, empero, muchas veces nos hacen malas jugadas. Si de niños nos asustamos en un cuarto oscuro, tal vez ya no querremos entrar a ningún lugar oscuro después.
Como consumidores repetimos ese patrón de conducta, pero muchas veces lo amplificamos al punto de causar una distorsión que nos perjudica. En otra palabras, si nos va mal con un producto, culpamos a toda la marca. Al hacerlo, dejamos pasar la oportunidad de tener a muchos buenos productos y/o servicios.
Lo opuesto también aplica y puede tener consecuencias mucho más graves. Cuando compramos un buen automóvil, tenemos la tendencia a pensar que todos los productos de esa marca son buenos.
En ninguno de los casos tenemos la razón. Hay buenos y malos productos en casi todas las marcas y si hay excepciones, son en la base de la pirámide, no en la cima, es decir, puede haber una marca que tenga todos sus productos malos, pero no hay una sola que los tenga todos perfectos.
Sin embargo, los vendedores de automóviles y encargados de mercadotecnia siguen jugando a insultar la inteligencia del consumidor.
Me explico.
Cuando al anuncio de un nuevo auto difunde un dispositivo o cualidad recientes o exclusivas en determinado vehículo, esto funciona. Cuando anuncian una oferta para el modelo “X” o “Y”, esto también sirve. Pero cuando dicen: “Este auto es el mejor”, ya nadie les cree. Porque todos sabemos que “nadie vende pan frío”.
Pasa lo mismo con los comunicadores, con los analistas de productos. Cuando para ellos todos los productos son buenos, su credibilidad desaparece. Porque el público no es tan tonto como muchos insisten en pensar que es.
Cada uno de los autos en venta en México y en cualquier otro lugar, tiene ventajas sobre sus competidores y es esto lo que deben usar como argumentos vendedores y “mercadólogos”. Pero inventar virtudes para crear una falsa superioridad, si funciona, funcionará una sola vez. Una vez que el cliente descubra que fue engañado, reacciona como lo mencionado anteriormente, culpando a toda la marca, misma que lo perderá para siempre.
El público hoy no se limita a leer o escuchar. Las redes sociales le permiten participar, exigir respuestas individuales e inmediatas. El consumidor cada vez más sabe las fuentes en las que puede o no confiar. Si hay una final de futbol entra Alemania y Francia, el que no sea francés o alemán buscará un comentarista de otra nacionalidad para escuchar el partido.
La imparcialidad cobra fuerza a la vertical velocidad del mercado y como dicen algunos: “Solo eres bueno en la medida en los demás piensan que eres bueno”. Pero depende de quién diga lo bueno que eres. Si tu mamá dice que eres guapo, lo agradeces pero no te haces a la idea porque sabes que esto es amor, no un juicio imparcial. Pero cuando una voz frecuentemente crítica habla a tu favor, ese juicio cobra un poder inmenso.
No hay que olvidarnos que la crítica más convincente es la autocrítica. Cuando los demás entienden la consciencia que tenemos de nuestras propias imperfecciones, nos respetan mucho más. Así que, el intento por convencer a los clientes que tenemos los mejores productos de todos los segmentos del mercado no sólo es inútil, es equivocado. Resulta una ofensa a la inteligencia colectiva. Es un error tan grande –y caro- como invertir en los alabadores profesionales. Porque el público ya sabe en quién creer. Y el que aún no sabe, está aprendiendo.
Cada uno de los autos en venta en México y en cualquier otro lugar, tiene ventajas sobre sus competidores y es esto lo que deben usar como argumentos vendedores y “mercadólogos”. Pero inventar virtudes para crear una falsa superioridad, si funciona, funcionará una sola vez