Cuando algo empieza pareciera que todo es bello: el inmenso amanecer de un día; la aparición de la luna apenas cae la tarde; el nacimiento de un niño con su grito abierto; el regreso a clases con olor a lápiz, el primer trago de café todavía en pijama. Entre esos prospectos que a diestra y siniestra ofrecen felicidad, también se cuentan los inicios de algunas obras literarias y de algunos discursos inolvidables.
Entre los inicios marcados en la memoria y que a cada lectura reviven el escalofrío necesario del asombro, se tiene el de “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, con el que degustamos, incluso con la memoria emocional, a una de las más célebres novelas, como es Pedro Páramo de Juan Rulfo. Qué decir de “Te digo que no es un animal… Oye cómo ladra el Palomo… Debe ser algún cristiano…”, de Los de debajo de Mariano Azuela. Y “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”, como empieza la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
Desde otro ángulo pero con el mismo toque de belleza inicial están los discursos célebres entre los que surgen uno, principalmente: “Si el templete donde estamos está donde está, no es accidente, es porque de por sí, desde el principio, el gobierno está detrás de nosotros.” Subcomandante Marcos, en el Zócalo de la Ciudad de México.
Los inicios de un texto o de un acontecimiento o de una etapa suele ser muy significativo, porque en él se fincan las características que definirán el desarrollo de todo lo que siga. El inicio es determinante “de lo que será”. Tal y como sucede con las personas a quienes su infancia determina su estilo de vida y destino.
En un par de semanas estaremos atentos a los inicios de los gobiernos municipales que esperamos den muestra significativa de la expectativa ciudadana.