El mito del patrimonio arquitectónico tapatío y qué hacer Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

O uno de ellos: que ya casi no hay. Desde hace mucho está de moda entre los “patrimoniólogos” rasgarse periódicamente las vestiduras y decir: “Lo poco que nos queda”, “lo que nos dejaron”, y cosas por el estilo. Tales afirmaciones lo único que producen en el incauto es desánimo y desorientación. Desmovilización, blanda resignación a vivir despojados y humillados. Impotentes.

Si se analiza serenamente el tema, es claro que es mucho lo que hemos perdido. Pero es mucho más lo que subsiste. Cosa de sacar cuentas con calma. Allí están muchas cosas. Y existe una ingente cantidad de arquitectura patrimonial, más o menos velada por la incuria o el maltrato, que no espera más que una acertada intervención para revelar sus altos valores. Por muchos lados de la ciudad. Además, algunas cosas se han ganado. Decir que en los últimos sesenta años Guadalajara no ha generado nuevos patrimonios arquitectónicos es un caso de severa miopía. Es cuestión de darse una vuelta por las calles o de consultar la bibliografía al respecto. Y al día de hoy, venturosamente, hay arquitectos que están construyendo obras que acrecentarán seguramente ese patrimonio. Pero a los “patrimoniólogos” no les gusta voltear hacia el futuro.

No se trata de negar, ni dejar de condenar, las pérdidas. Es muy importante estar al pendiente y denunciarlas, de preferencia evitarlas. Pero es más importante hacer algo con lo que hay. El papel de plañidera es muy limitado. Veamos. Según reporte del Patronato del Centro Histórico hay, en los perímetros respectivos, 833 fincas patrimoniales abandonadas. De ellas, 68 están en peligro de colapso. ¿Qué hace el INAH al respecto? ¿La Secretaría de Cultura? ¿El Ayuntamiento? ¿El Patronato del Centro Histórico? ¿Los “patrimoniólogos”, sean funcionarios o no?

Ya es más que tiempo, como se ha sugerido varias veces en esta columna, de organizarse. Hay demasiados arquitectos sin trabajo suficiente en Guadalajara. Si se ponen de acuerdo las instituciones mencionadas y se organizan 100 grupos que se encarguen de aproximadamente ocho obras cada uno, tendríamos 833 propuestas de rescate patrimonial de las fincas en abandono. Es obvio que con estos grupos tendrán que participar además ingenieros, abogados, financieros, gestores sociales, especialistas en mercado y bienes raíces. De esta manera cada caso podría ser analizado integralmente: situación patrimonial y jurídica, viabilidad y rentabilidad económica, estado físico y estructural del inmueble, contexto urbano, vocación preferencial y solución arquitectónica.

Con lo anterior las autoridades tendrían una cartera real de soluciones al problema del patrimonio edificado que podrían ser respaldadas por cámaras, colegios de profesionales, universidades, ONGs diversas, profesionales independientes. De allí a realizar un verdadero programa, apoyado con fondos de los tres niveles de Gobierno e incluso de fundaciones internacionales que transforme radicalmente el Centro tapatío hay un paso: el de dejar de quejarse y ponerse a trabajar.

Es muy cómodo, y aparentemente rentable, hacer el papel de víctimas impotentes, de gimoteantes beatos de la conservación. Es mucho el patrimonio que tenemos, y es mucho también el que podemos recuperar. Y hacer. No es cierto que Guadalajara es una ciudad derrotada: es un mito.
 

Juan Palomar Verea
MAY 1

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Atmosféricas. El día amanece nublado y anuncia un respiro pasajero ante los calores tapatíos que arrecian conforme avanza abril a su término. Los pájaros se entregan a sus saludos matinales con agradecible alegría. Alguien habla de una pila que, a la sombra de una casa serena, cubre la superficie de sus aguas con hojas doradas, como monedas de la esquiva suerte que, mágicamente, flotaran. Sus brillos iluminan ahora esta mañana.  

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Trocadero. Así le puso don Mario Collignon de la Peña, quien tenía su negocio a la vuelta, al tianguis de antigüedades que organizó –seguramente junto con otros anticuarios y chachareros– en el camellón de la Avenida México, enfrente de San Camilo. Cada domingo la voluptuosa Madre Patria que preside la plaza de la República que hizo Julio de la Peña (primo hermano de Mario) contempla con benevolencia el tenderete de puestos en donde se pueden encontrar las cosas más disímbolas, disparatadas, divertidas. Trocadero: lugar en donde las cosas se trocan por otras, o por algunos pesos. E irónica alusión a la plaza que en París enmarca, del lado poniente, a la torre Eiffel. Es un placer trocar también algunas horas dominicales –provistos de un aconsejable sombrero– por el desfile de tiliches, muebles, cuadros, medallas y monedas, libros, antiguos juguetes y un sinfín de cosas que atraen la atención y distraen la memoria.

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Instrumentos. Dónde pues se puede hacer uno de la flauta pasmosa del afilador. Alguien, docto en cuchillos, aseguraba el otro día que los encargados de este oficio no afilan, sino que amuelan, el delicado instrumental punzocortante. Que afilar se hace de otro modo, con otras herramientas. Ignaro en estos terrenos, este espectador celebra, como lo ha hecho siempre, el melodioso llamado de la flauta a cuyas órdenes se despiertan en los cajones y alacenas los filos amellados de los domésticos cuchillos, de las tijeras parsimoniosas. Larga vida a este eco de temporadas venturosas, a esta afirmación de que la ciudad marcha en orden, de que hay alguien que camina por las calles y se gana el pan con honradez y buen humor.

Y luego el silbato del cartero. Especie sónica en rápida extinción, preludio inefable de las noticias, las decepciones, la buena estrella. Ya el internet, como antes el fax, los servicios de paquetería rápida y los nuevos modos se han encargado de marginar al noble y antiquísimo oficio del cartero. Alguien decía que la vieja oficina de Correos de Belén había sufrido una radical amputación. Ya no se ven a los carteros en su bicicleta cargando su mochila de buen cuero. Porque cada uno de ellos era –aún es y hasta cuándo– la encarnación del mensajero. Ese ser mitológico que, con su aparición, transfiguraba o arruinaba vidas y haciendas. Ese, que apelando a lo más alto, alado y misterioso, llegó con una muchacha para anunciarle que cambiaría para siempre al mundo.

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Tremor esencial. Así se llama una condición física que hace al pulso, en mayor o menor medida, titubear. Nombre ontológico, de sugerentes resonancias kierkegaardianas: recordemos una de las obras centrales de este autor: Temor y temblor. El pulso es un instrumento delicadísimo, y esencial. (Que lo diga el hijo de Guillermo Tell.) Pero afirman que el mismo Leonardo era incapaz de sostener un vaso de agua sin que el líquido se derramara. El temple con que la vida se recibe –fogoso burel– está en el fundamento del terreno tránsito. Recibir, templar y mandar, dice el mandamiento taurino. Así, recónditas neuronas mandan impulsos eléctricos que producen entrecortadas variaciones en la manera como la mano maneja la herramienta, levanta el vaso, dirige el lápiz. Todo se vuelve un poco borroso, un tanto distante. Como el latido de un espejismo, como la respiración de ciertas plantas, el pulso deletrea –telégrafo imposible– algún mensaje que el cerebro emite desde el fondo de sus circunvoluciones. Algo de esos códigos indescifrables queda entonces inscrito en las líneas temblorosas que van trazando, trabajosamente, una nueva torre. Y, cuando su sombra promedie al mediodía futuro, sus muros cantarán inaudiblemente la huella de un corazón que, siguiendo su suerte, así templó al destino.

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Navegando por el Cuarteto de Alejandría. Reencontrando los tomos de esta tetralogía famosa de Lawrence Durrell, pueden recuperarse algunas cosas invaluables: el fervoroso canto de amor por la ciudad de Cavafis que a lo largo de la obra, entrecortada y obsesivamente emerge. Y el amor que no quita conocimiento: Alejandría como el lugar de todo lo posible, horrores y maravillas, mezquindades minuciosas y grandes gestos generosos, amores y desencuentros, intrigas y traiciones, bellísimas ceremonias, olores nauseabundos, putrefacción; gloria de la carne y sus delicias. El gran molino, dice Durrell. Y luego las intermitencias con las que aparecen personajes, lugares, paisajes que así van tejiendo una red que poco a poco cerca la presa: al mismo lector. Justine, digamos: la mujer de los ojos de sombra que fatalmente deja a su paso tempestades y zozobras, iluminaciones, destellos cegadores. Una electricidad que se aprende a reconocer cruza las páginas cada que ella, como una reina extraviada, comparece. Oyendo las consejas de los viejos lectores, esos que devoraron el Cuarteto desde su aparición, a principios de los años sesenta, se vuelve a entender esa poderosa magia que el lenguaje de Durrell –a pesar de digresiones y pasajes más o menos plúmbeos– desplegó para toda una generación. Y aquí, ahora, al filo de los avatares de Nessim, el magnífico copto, algo hondo y definitivo exhala esta escritura a la que, con una mirada superficial se puede calificar de datée. Y los clarísimos espejismos del desierto, la bruma que se eleva sobre el lago de Mariotis, el balanceo de los barcos que en la bahía lentamente son presas del óxido y el tiempo, las callejuelas del barrio árabe y sus santuarios, todo esto y mucho más va construyendo una ciudad cuya huella queda en los siglos y que se ahonda, con extraña felicidad, en quien ahora lee estas páginas.

jpalomar@informador.com.mx
 

Juan Palomar Verea
ABR 28

La pertinencia de la Escuela Tapatía de Arquitectura Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Se ha venido denominando así a un grupo de ingenieros y arquitectos (que hacían prácticamente el mismo oficio) y que se identificaron alrededor de ciertos principios arquitectónicos y realizaron una obra relativamente afín entre los años de 1924 y 1936. Casi todos ellos fueron maestros o egresados de la Escuela Libre de Ingenieros (1902-1925), fundada y dirigida durante toda su duración por el ingeniero y abogado don Ambrosio Ulloa (1859-1933).

La reciente y agradecible aparición en la internet del directorio que aquí se ilustra (y que debe datar de 1934) ofrece la oportunidad de hacer una breve reflexión sobre un movimiento que sentó las bases de la arquitectura jalisciense para una buena parte del siglo XX. Y que a la larga tuvo una definitiva influencia en la arquitectura del país y de muchas partes del mundo a través de la obra, entre otros, de su integrante más destacado: Luis Barragán. Se ha señalado ya cómo la ejecutoria del maestro tapatío tiene una marcada continuidad —en términos esenciales— a través de su etapa jalisciense y su trabajo en México, posterior a 1936.

El maestro Díaz Morales y el ingeniero Urzúa afirmaban categóricamente el origen de las búsquedas de este grupo de profesionales: el descubrimiento por parte del propio Barragán, en un viaje a París en 1925, de dos libros seminales debidos a la autoría de Ferdinand Bac: Jardins Enchantés y Les Colombiéres. En ellos se propone una síntesis mediterránea de la gran arquitectura clásica y morisca que mucho tenía que ver con las viejas tradiciones edilicias —populares y cultas— de la región jalisciense. Para Barragán y sus amigos fue un reconocimiento —como en un espejo distante— y una confirmación.

De estas raíces surgió la Escuela Tapatía de Arquitectura. La mayoría de los listados en el directorio adoptaron en algún momento sus orientaciones. Reivindicaron así las antiguas tradiciones artesanales, la meditada adecuación a la climatología local, el gusto por patios, corredores y fuentes; la jardinería como un elemento esencial…y, en sus mejores casos, las nociones básicas que Barragán enunció en su famoso discurso al recibir el Premio Pritzker en 1980: belleza, magia, encantamiento, serenidad, silencio, intimidad, asombro.

La Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara (UdeG), fundada por Ignacio Díaz Morales en 1948, es hija legítima de estas búsquedas y aunó otras raíces: entre ellas, las de la pléyade de maestros europeos que el fundador atrajo a la naciente institución.

El posterior magisterio del arquitecto en el ITESO, desde 1972 a 1992, significó una continuidad respecto a su ruptura con la Escuela de la UdeG en 1960.

La relevancia de la enseñanza de la Escuela Tapatía de Arquitectura para la arquitectura actual, tan proclive al encandilamiento de las modas, a la bobería y a los tics en boga, es fundamental y podría ser muy saludable. No, desde luego, para imitar formalmente sus logros ni para intentar reproducir sus particulares circunstancias. Sí, en cambio para atender a sus raíces profundas, para leer con atención las tradiciones, la cultura y la climatología regionales, para profundizar en las búsquedas —desde nuestro propio tiempo y circunstancia— de una arquitectura nueva, sustentable, atenta, que pueda decir con sus propias palabras las nociones que, por ejemplo, llevaron tan lejos a Luis Barragán, cumbre absoluta de la arquitectura mexicana.

Juan Palomar Verea
ABR 26

¿Por qué tantos atropellados? Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Por falta de respeto, evidentemente, hacia el peatón en primer lugar. Por imprudencia, por exceso de velocidad (que es lo mismo), por falta de puentes o pasos peatonales, por falta de eso que ha venido llamándose “cultura vial”, por salvajes. Un solo atropellamiento pone en cuestión todo el sistema de movilidad de la ciudad. Por lo menos hubo 573 muertes por esta causa entre 2011 y 2012 en la Zona Conurbada de Guadalajara (EL INFORMADOR, 10 de abril de 2013). Intolerable, por todos conceptos.

Hay una causa de fondo, más difusa, pero no menos determinante para esta altísima mortandad que trágicamente se registra entre nosotros: el desprecio “ambiental” que se observa hacia el peatón. Ese que está en el aire, en las conductas de automovilistas, choferes del transporte público, autoridades, población en general. El pensar que el tránsito peatonal se debe realizar de cualquier modo y a pesar de obstáculos y carencias. Los viajes a pie representan 37.4% de todos los viajes cotidianos: son tres millones 400 mil diarios. Las personas que realizan estos viajes merecen, en primer lugar sobre todas, todo el respeto, la consideración y las precauciones posibles.

Es por eso que el mencionado desprecio ambiental por el peatón —franca discriminación— es tan grave. Y tan frecuente. El exceso de velocidad, en cualquier caso, es una muestra patente de este ánimo prepotente y con frecuencia criminal. La falta de señalamientos y de obras viales adecuadas lo es también. Y un síntoma que es de una gravedad insospechada: la ubicua y muy extendida falta de respeto por las banquetas. No es tanto por los casos particulares que mucho se han mencionado en esta columna: banquetas en mal estado, invadidas por los coches, inexistentes, obstaculizadas por puestos, postes y otros elementos. Es la suma de este desprecio por el peatón en casi todas las demarcaciones de la metrópoli la que determina un clima general propicio a las agresiones a la gente de a pie y que genera una muy concreta, y escandalosa, suma de muertes.

Cada banqueta fuera de orden colabora, al final de cuentas, al estado de cosas que vivimos. Porque una banqueta en buen estado y en orden comunica poderosamente a la sociedad el indispensable respeto por la persona que es esencial en las ciudades civilizadas. Y, a la inversa, una banqueta destruida, obstaculizada por vehículos, fuera de orden, transmite un no por inconsciente menos poderoso mensaje de menosprecio por las personas y sus vidas.

Así que regresemos a las cosas básicas: el primer y más poderoso instrumento de educación vial es el orden urbano manifestado por el equipamiento esencial de la movilidad: la banqueta. Deberían de existir brigadas municipales que apercibieran y sancionaran a todos los propietarios que tengan en mal estado sus banquetas. Que estuvieran facultadas para sancionar severamente a los automovilistas que invadan las banquetas por cualquier causa. Porque la actual situación de desorden está conectada, inevitablemente, con el menosprecio general del peatón que tanto enluta a numerosas casas de esta ciudad. Por eso, es necesario actuar ya.

 

Juan Palomar Verea
ABR 24

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

El jardín prosigue su paciente peregrinación rumbo a las lejanas aguas. Un inclemente cielo sin nubes despliega sus azules y las banquetas pelonas reverberan despiadadas. Pero bajo el arrayán una sombra liviana sosiega al fin la caminata. Llegan los amigos de siempre y el tequila opera sus prestidigitaciones en el mediodía luminoso del corredor. El jardín por mientras acumula sus reservas de silencio que el jardinero hace trizas luego con su estruendosa  podadora. Extrañar entonces aquellas máquinas de rodillos y de tracción manual que producían un rumor acompasado y pacífico que tranquilizaba el ánimo y adormecía las horas matinales.  

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En una calle tapatía, un bravo establecimiento de evocaciones borgianas: Lonchería El laberinto del sabor. Las infinitas bifurcaciones entre el lomo y la pata, la pierna, la panela o el jamón, con y sin salsas, incluyendo verdura o no, a la plancha o natural, la hora tardía o temprana, el humor del comensal…

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Un sábado cualquiera en un campo del mero Huentitán el Bajo. La afición se acomoda para ver el partido entre dos equipos infantiles. El personal del barrio se instala con toda propiedad a la sombra de unos buenos árboles para alentar al equipo local. Sillas plegables, bastimentos de diversa procedencia, el pico de gallo que circula generosamente, las risas, las imprecaciones al sufrido árbitro, los gritos de ánimo y los chistoretes que salpican el transcurrir del partido, las porras entusiastas: la misma exacta fuente de donde procede la indomable pasión por el rebaño sagrado. En una de esas, un orondo aficionado, sentado mero adelante, avienta un grito de batalla estentóreo y de una remota procedencia: “¡Vamos chivitas que un ciego las vino a ver!”

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Idiotas con música. Como se sabe, la palabra idiota se usó originalmente entre los griegos para designar a aquellos ciudadanos privados y egoístas que no se preocupaban de los asuntos públicos. También se sabe lo que esta palabra designa ahora. Ambos significados se aplican con extensa plenitud a esas gentes que encuentran placer en circular en coches más o menos ridículos haciendo funcionar a todo posible volumen las bocinas de su vehículo. Síntomas no tan superficiales de una descomposición social que incluye la ignorancia más palmaria del derecho de los demás a no ser arrollados por el muro sónico que avientan a su alrededor estos barbajanes. Y qué decir de lo que el lenguaje burocratés llama las “fuentes fijas”: un mínimo figón de cuatro mesas con seudomúsica suficiente para sesenta y aún le sobra. Le sobra todo aquello que moleste al vecindario. Cómo decía un señor que ya no está: “Pon tu música de modo que nomás tú la oigas.”  

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Idiotas con moto. Otro tanto va para esos motociclistas que equiparan el decibelaje que emiten a su paso por las calles con su propia valía. Machismo de petardeo, complejos demasiado audibles y “compensados” por el ruidajal, desprecio integral por el silencio que para otros puede ser vital. Además, con frecuencia insólita, circulan a velocidades absolutamente demenciales, sin que los cuicos parezcan nunca hacer nada. Delicias del subdesarrollo.

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Carlos Palomar y Arias (1892-1973) escribió cosas muy notables. Dueño de un humor inagotable, de un fino oído y de una pasmosa facilidad para la versificación, realizó también traducciones que son un dechado de ingenio y fidelidad a sus fuentes. De un recuento hecho con su admirable caligrafía y dedicado a una tía muy querida, procede el siguiente poema en prosa de su autoría y fechado en 1936:

Las letanías del gato

Gato,
animal de presencias insospechadas y de posibilidades magníficas,
esfinge de una piedra maravillosamente maleable,
personificación
de la morbidez,
acertijo de la póstuma finalidad del universo,

Gato,
ronroneo indecible de los estados transitivos
de conciencia
secreto de las voces innominadas e inaudibles,
perfil, arista y emergencia de las energías cósmicas,
lisonjero increíblemente egoísta e ilógico,
elasticidad de la materia animada,
elegancia supra- o infra-humana,
ensueños interrumpidos por la reflexión
de un rayo de luz en tu ojo ambarino,
patas aterciopeladas que envuelven
la potencia del acero,
lengua hurgadora de cosas indebidas,
piel eléctrica, acumulador de fuerzas incógnitas,
guardián infiel del hogar,
con tus juguetones zarpazos me estás
estorbando la escritura de este poema dedicado
a tu mayor gloria.

***

¡Gato!
Felino admirable, que yo envidio;
tú sabes todo,
tú lo comprendes todo,
pero te callas.
Duerme, duerme, duerme. Comunícame tus sueños.
Haz que penetre contigo en el mundo desconocido
que se encuentra más allá del bien y del mal,
en que la realidad se identifica con la fantasía,
eterno proceso creativo del ser mismo…

jpalomar@informador.com.mx

 

Juan Palomar Verea
ABR 21

Nuevo Periférico: ¿oportunidad o amenaza? Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Recorrer el nuevo tramo del anillo Periférico, desde las inmediaciones de Tonalá hasta su remate en la carretera a Chapala, deja muchas cosas en qué pensar. Como por ejemplo la gran bolsa urbana que el trazo, forzado por las circunstancias, generó.

Bien se sabe que, por graves errores y omisiones, se dejó invadir durante muchos años el derecho de vía originalmente proyectado para el tramo Suroriente del Periférico. Esto convirtió en una imposibilidad práctica completar esta vital vialidad de la manera como se había proyectado, y que era la lógica y la óptima. Así, las autoridades se vieron obligadas a hacer un enorme rodeo con el nuevo trazo, lo que para fines prácticos incorpora a miles de hectáreas al posible desarrollo (?) urbano de todos esos terrenos, anteriormente aislados y ahora dotados de una importante infraestructura de comunicación.

Es más que posible que para estas fechas los ejidatarios y propietarios particulares de ese suelo lo hayan vendido a especuladores y desarrolladores diversos. Se sabe que el Gobierno estatal intentó, sin éxito, adquirir tierras por esa zona para constituir reservas urbanas. Es muy lamentable que lo anterior no se haya conseguido, ya que así se tendría un mayor margen de maniobra para ordenar el territorio.

La gran pregunta es: ¿existe una planeación adecuada para esta mayúscula parte de la Zona Metropolitana de Guadalajara? ¿Alguien ha elaborado un plan apropiado para guiar y regular todo lo que allí habrá de suceder? Hasta donde se sabe, no hay tal. Y sería una magnífica oportunidad para, con una óptica sustentable y metropolitana, prever con cuidado el asentamiento de actividades humanas debidamente regulado. Grandes parques naturales, vialidades complementarias que puedan tejer adecuadamente los nuevos desarrollos, previsiones para el transporte público y la movilidad no motorizada, regulaciones que impidieran el surgimiento de “cotos” cerrados (recuérdese Tlajomulco) que son un gravísimo problema para la integración urbana, reservas para infraestructuras de todo tipo… éstas son algunas de las cuestiones a considerar.

Un buen pie de cría para el desarrollo armónico de toda la demarcación podría ser la ejecución del proyecto existente para el rescate, saneamiento y aprovechamiento de la presa de El Ahogado. Y una recolección de las previsiones generales que para la zona contempla en Plan de Desarrollo para el Área Conurbada de Guadalajara.

La responsabilidad recae, en primer lugar, en los ayuntamientos de Tonalá y El Salto. Pero también las autoridades estatales en desarrollo sustentable tienen un importantísimo papel que jugar. Un porcentaje elevado de lo que dentro de una generación será toda esta zona, y de la calidad de vida de toda la ciudad, depende de la gestión que se lleve a cabo ahora. La responsabilidad es muy alta. Estamos ante una de las últimas oportunidades de planear con atingencia el crecimiento de la mancha urbana. ¿Se logrará estar a la altura de semejante reto?
 

Juan Palomar Verea
ABR 19

Una gran oportunidad para el arroyo de Atemajac Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Es el último arroyo vivo de una buena parte de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Divide los municipios de Guadalajara y Zapopan, y es uno de los tantos temas compartidos y metropolitanos. Nace un poco al Poniente de Los Colomos, corre a cielo abierto y está limpio hasta Plaza Patria. Allí fue entubado, como parte de esa muy extraña maniobra de construir un centro comercial sobre la zona federal del cauce. Muchos se podrán acordar de que en esos parajes el arroyo corría a sus anchas por varios cauces y se generaba un ecosistema muy interesante. Luego sigue su desembocadura en la presa de Zoquipan y después corre sobre una cama de piedra, ya a cielo abierto y muy contaminado, por el centro de la Avenida Patria hasta rematar en Atemajac (Federalismo Norte). De allí en adelante corre otra vez a cielo abierto, pero sobre su cauce natural, hasta pasar bajo el Periférico y desembocar en la Barranca de Oblatos.

El pedazo que corre sobre Avenida Patria (entre Ávila Camacho y Federalismo) es confundido frecuentemente con un “canal” y se pide con reiteración, pero equivocadamente, que se entube. Éste sería el fin de uno de los cuerpos de agua más importantes de la urbe.

Existen proyectos muy relevantes acerca del rescate integral del arroyo de Atemajac. Si es que hay de veras un interés intermunicipal por la ecología, la sustentabilidad y el cambio de paradigmas urbanos, habría que hacerles caso. El beneficio directo sería para cientos de miles de habitantes. Incluyen lo siguiente:

De Los Colomos a Plaza Patria habría que hacer un parque lineal sobre el camellón de Patria y conservar la limpieza del arroyo. En Plaza Patria, como mínima compensación de la invasión y desaparición del cuerpo de agua, se debería de desenterrar el cauce añadiéndolo como atractivo al centro comercial (que mucho lo necesita). Al mismo tiempo que se abre este conjunto comercial al paisaje, se incrementa su rentabilidad y se aseguran sus accesos peatonales, ahora inexistentes. Habría luego que terminar de sanear la presa de Zoquipan (que está dentro del Parque Ávila Camacho), hacerla un gran atractivo recreativo y extender su capacidad. Después, sobre la Avenida Patria y hasta Atemajac (Federalismo), es necesario convertir el camellón en un parque lineal respetando el cauce y sanear, mediante pequeñas plantas de tratamiento, las descargas actuales. Al mismo tiempo se evitarían los peligros actuales y la posibilidad de inundaciones.

El tramo que sigue al actual final de Patria, en Atemajac, es el más interesante: hay allí una gran instalación hidráulica abandonada que se puede reutilizar con provecho para sanear las aguas que allí concurren y para constituir un área mixta y recreativa muy rentable. Por una vez, habría que darle la preferencia al peatón por encima del coche: NO hay que continuar la Avenida Patria. Todos estos años la vialidad de la zona ha fluido razonablemente y hay rutas alternas, además de soluciones viales complementarias. De este modo se podrían utilizar el cauce actual y sus márgenes, en toda la longitud posible (librando la zona federal), para instalar un gran parque lineal y bordearlo de sendos conjuntos habitacionales con usos mixtos en la planta baja. Los accesos necesarios se pueden asegurar desde el Norte y el Sur del desarrollo. Se podría, al paso, rescatar lo que queda de la histórica fábrica de El Batán. El agua vertida al final del trayecto en la barranca de Oblatos estaría limpia.

De esta manera se conseguiría el rescate integral del arroyo de Atemajac. El potencial ecológico, recreativo, habitacional, comercial, social y aun político de una acción metropolitana como esta es muy alto. Ojalá que alguien ponga atención. Y haga caso de razones.

 

Juan Palomar Verea
ABR 17

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Y cada catorce de abril/ se le resbalan dos lágrimas/ vueltos los ojos y el ánima/ a las costas de Estoril… cantaba Serrat hace muchos años en esa canción entrañable que se llamaba Muchacha típica. Arrecia el calor y los grandes cruceros viales pelones y agresivos en todo su chapopote reverberan un vaho cálido y desagradable, muestra inequívoca de lo equivocado de la ciudad. Las primaveras mandan todavía sus señales amarillas que indican por dónde va la cosa: hay que plantar muchas más y completar ese viejo proyecto de reponer y aumentar la serie de estos árboles que está por La Paz. Atardece y la tierra reseca de algunos rincones del jardín vuelve a respirar con los riegos esforzados del jardinero de guardia. El jazmín, más trespeleque ahora, ruega quedamente por las lluvias distantes. Arde el aceite de media noche y las madrugadas despuntan sus afanes sobre las mesas cubiertas de dibujos. Porcupine tree acompaña la desvelada. Y Gazpacho.

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Fotografías de Tepatitlán. Alguien subió al internet una larga serie de viejas fotografías de Tepa: añoranza de todo lo perdido. Calles discretas, armoniosas, de gente que sabía vivir y construir y guardaba una cultura que así se manifestaba. Vistas de la plaza a la que todavía no agredían las construcciones “modernas”. Ojalá esa gente buena y trabajadora de Los Altos se ponga las pilas y recupere la tan agraciada imagen que llegó a tener Tepatitlán, en beneficio de ellos mismos, de toda su descendencia y de los eventuales visitantes que tanto cariño guardamos por esa aguerrida comunidad. Sería un ejemplo invaluable para toda la región alteña. Y para las otras. Sabiendo la energía y la diligencia de las que son capaces esas gentes, es más que posible.

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Dr. Atl. José Gerardo Murillo Coronado, tapatío del mero barrio de San Juan de Dios, es uno de los personajes más interesantes que ha dado la historia de Jalisco. Proteico, impredecible, genial en sus momentos más altos, contradictorio y apasionado como pocos, el doctor dejó, además de una enorme obra pictórica, una cantidad muy respetable —y poco conocida en general— de escritos que dan cuenta de su temperamento y de su impetuosa verba. La Secretaría de Cultura de Jalisco, en su notable colección “Letras inmortales de Jalisco”, publicó unas peculiares memorias bajo el título de Gentes profanas en el convento, con una presentación de Juan José Doñán. Vale mucho la pena leer el tomo y asomarse a una parte interesantísima de la historia nacional vista por los ojos del pintor. Sus descripciones del arruinado convento de la Merced (víctima como tantos otros patrimonios de las exacciones gubernamentales) son memorables. Otro tanto lo son las de sus ascensiones a las montañas: el recuento de las maravillas que las cumbres ofrecen debería ser lectura obligatoria para los del benemérito CAIC (Club Alpino del Instituto de Ciencias) y de todos los aficionados o aspirantes a subir cerros y volcanes. Dice: “La montaña parece un corazón con la punta vuelta hacia el cielo, congelada por la frialdad del destino indiferente y luminoso.” Y luego: “No quise persuadirla de que para excursionar no se necesita más que un traje cualquiera, una cobija, unos zapatos viejos y unas piernas de cabra.” Una ficticia correspondencia de dos amantes, recogida por Atl, hace sospechar que podría ser un recuento, una evocación o una prefiguración de sus turbulentos amores con la mítica Nahuí Ollin. De otra mujer dice: “Me asomé a ver. Era Mercedes que se bañaba a jicarazos. Esta niña, me dije, es de mi propia estirpe, bárbara, alegre y acuática.” Aunque las demasiadas erratas afean la edición, vale la pena conseguirla.

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See-saw. Así les dicen a los bimbaletes en inglés. Sabia, atinada expresión. Ver/visto. Subiendo y bajando, los niños alternativamente aparecen y desaparecen, con una magia elemental y poderosa. Niños subidos en un bimbalete rojo y amarillo que sabía machucar si no se ponía cuidado: cuántas décadas ya y los niños de hoy siguen, visto y no visto, experimentando con alboroto las leyes de la física para párvulos, la sensación de despegarse del suelo en un envión que maravilla y arranca risas transparentes, irrecuperables. Además así se llama otra canción de los Moody Blues: Ride my see-saw.

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“No hay nada tan hermoso como una llave mientras no se sepa lo que abre.” Así escribió Maurice Maeterlinck. Vuelven los ojos a un llavero con demasiadas llaves, una de ellas que no abre nada conocido. Es muy antigua, y está bruñida por los años y el uso. Corta y maciza, su asa tiene una curiosa forma de tricornio y su armonioso perfil preconiza la seguridad de su cerradura. Apenas unos rodeletes adornan su fuste. Nunca es tarde para que el misterio se disuelva y en algún lado un portón, una caja de alcanfor, un destartalado escritorio —largamente desaparecidos— esperan a que llegue, al filo del azar insondable, la llave que develará sus secretos. Mientras tanto, paciente, la llave aguarda y se calla.

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La belleza no es más que la promesa de la dicha: Stendhal. Puede haber sido en alguna página del “Rojo y el negro”, puede haber sido en alguna otra parte de la copiosa escritura del maestro francés. El caso es que dice una verdad como una iglesia. Diáfana y simple, la sentencia hace pensar de inmediato en el enamoramiento que súbitamente sucede: de un paisaje, una arquitectura, una mujer. Disparadores, chispas que inician el incendio, catalizadores de las voluntades del corazón. Portadores del secreto de la felicidad, guardianes del deseo, bálsamo de heridas, claves del alma: todo eso que sabe sublevar la sangre, querer más, ir más lejos. La belleza es una herramienta potente y pasmosa que nunca deja de sorprender. Una herramienta que se compone a sí misma y que transfigura la vida y el ánima de quien la considera. Del fondo del recuerdo emergen entonces ciertas tardes perdidas de la infancia, el asombro primero al contemplar los cañaverales que parecían infinitos, el primer destello de la cinta azul de la laguna, el restallar de la cascada al fondo de la cañada portentosa, el primer encuentro con una casa en Tacubaya, la sonrisa de una muchacha que sigue, igual a sí misma, leyendo estos renglones. La dicha, pues.

jpalomar@informador.com.mx
 

Juan Palomar Verea
ABR 14

Programa banqueta digna Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Urge. Ya se ha dicho aquí muchas veces. La banqueta es el primer y más constante lazo del habitante con su ciudad. Es el primer y más importante espacio público de la urbe. Y, en general, nuestras banquetas están en muy mal estado. Esto provoca un amplio deterioro en la calidad de vida y en el uso cotidiano de la ciudad. Provoca incluso el perjuicio de la plusvalía de las demarcaciones y afecta la convivencia cotidiana. Es altamente injusto y agresivo con discapacitados, ancianos y niños.

Ninguna ciudad que quiera sentirse orgullosa de sí misma puede tener las banquetas que por tantos lados tenemos en Guadalajara.

Conviene aclarar un hecho básico: las banquetas son responsabilidad, en primer lugar, de los dueños de los predios fronteros. Corresponde a ellos mantenerlas limpias, barridas y en buen estado general. Por décadas así se asumió por todo mundo y así se exigió por parte de las autoridades. Gradualmente la gente se ha acostumbrado a cuidar sus propiedades de la puerta para dentro, si acaso. Es necesario volver a educar a la población sobre sus obligaciones hacia el espacio público, con la banqueta en primer lugar.

Las autoridades municipales acaban de anunciar que van a componer algunas banquetas de la zona de Lafayette-Chapultepec. Muy plausible, pero es necesario involucrar a usuarios y propietarios. El sistema de acordar que el Gobierno municipal pone la mano de obra y los propietarios los materiales puede funcionar si primero se hace un intenso trabajo de socialización del tema y se motiva, con los argumentos mencionados al principio de esta columna, a la gente.

Para tratar, en particular, de los arreglos del camellón de Lafayette-Chapultepec, habría que trabajar con efectividad con los muchachos que allí asisten para practicar suertes en patineta. Qué bueno que van y están contentos allí. Pero el acentuado desgaste que provocan con sus suertes en pavimentos, cajetes y jardinería debe corregirse. También sus horarios: algunos vecinos de la avenida son afectados por los tablazos que se repiten hasta la madrugada. Si no se hace algo a este respecto los camellones van a ir de mal en peor.

En otras ciudades (muchas) los pavimentos de las banquetas son uniformes en sus materiales. En nuestra ciudad así se hizo mucho tiempo en la zona de las Colonias. El mosaico a cuadros rojos y blancos era la norma. (La gente, claro, decía que el alcalde o alguno de sus allegados tenían una fábrica.) Habría que impulsar el uso de ese noble y característico material haciendo las licitaciones de ley entre los variados fabricantes.

El arbolado es otro elemento básico. El reglamento de Parques y Jardines estipula que tendrá que haber por lo menos un árbol por cada seis metros de frente de la propiedad. Es necesario hacer esta norma efectiva y encargar a cada propietario o inquilino estar al pendiente y cuidado de este arbolado.

Habría que establecer, permanentemente, un programa metropolitano de “banqueta digna” que lograra instalar en la mente de la población esta apremiante necesidad y que institucionalizara la práctica de mejorar las banquetas permanentemente en beneficio de toda la población y especialmente de las franjas más vulnerables de ésta. Una campaña además que orille a los automovilistas a respetar las banquetas a rajatabla. Y recuperar así el orgullo por nuestra ciudad.

 

Juan Palomar Verea
ABR 12

Autos o ciudad Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Según diversos estudios, los coches se están comiendo gravemente a las ciudades. Es insostenible la idea de contar con un transporte automotor individual como principal medio de locomoción urbana. Las velocidades promedio no hacen más que descender, la contaminación atmosférica y auditiva aumenta cada vez más y el espacio urbano cada vez está más constreñido por los autos. Total, la calidad de vida de toda la población se ve perjudicada por un irracional apego al coche.

Es cierto: se necesitan alternativas reales. Esperemos que de los acuerdos de transporte que recién se inician surja un nuevo modelo más sostenible y eficiente que efectivamente mejore la situación y haga considerar a un alto porcentaje de los automovilistas que tienen una mejor opción. Mientras esto sucede, hay esperanzas de que desde el OCOIT estatal se impulsen con decisión los modos alternativos de movilidad, que pueden ser la solución para amplias franjas de la población.

El reciente anuncio por parte del alcalde de Guadalajara acerca de los estudios en curso para liberar parcial o totalmente de la existencia de cajones de estacionamiento a los desarrollos de vivienda ubicados en las franjas atendidas por el transporte colectivo es un paso en la dirección correcta. Aunque pueda ser controversial, es ya la hora de limitar y racionalizar el excesivo espacio que en las viviendas toma el coche. Y de dar una señal enérgica de que se quieren hacer las cosas de un mejor modo.

Todo el que ha estudiado con seriedad la viabilidad de un conjunto de vivienda está consciente del alto porcentaje de la inversión que se va en el espacio automovilístico. Si se pretende ofrecer vivienda accesible para las capas de población de ingresos medios y bajos en el municipio de Guadalajara es casi ineludible prescindir de las exigencias de cajones que actualmente determinan los reglamentos. Habrá quien dirá que entonces el impacto de los coches se desbordará sobre los vecindarios en donde se encuentren los nuevos desarrollos de vivienda. Precisamente, habrá que tomar las precauciones para que esto no suceda y, al contario, dotar a esas demarcaciones de más espacios verdes y abiertos, combinados con pensiones para autos en donde sea pertinente. Y lograr que los nuevos habitantes efectivamente utilicen el transporte público.

Es un asunto de gobernabilidad: si se hacen respetar los reglamentos a pie juntillas —como debe ser y raramente se hace— los coches no tendrán que impactar negativamente a los contextos redensificados. Ni que no se pudiera. Cientos de ejemplos en el mundo son ejemplo de que sí se puede y alegar que aquí no es, simplemente, profundizar en los tristes complejos de inferioridad que son uno de nuestros lastres.

El coche debe ser puesto en cintura. Bajo su dictadura hemos perdido un porcentaje muy alto de la calidad de vida que alguna vez tuvo nuestra ciudad. Es más que la hora de que todos colaboremos en esta reforma de hábitos y comodidades muchas veces superfluas y nos atengamos a una convivencia más civilizada y sustentable. Buscar las proximidades, racionalizar trayectos, poner el interés colectivo sobre el individual. De otra forma seguiremos por el fatal camino de la inviabilidad y el deterioro.
 

Juan Palomar Verea
ABR 10