GUADALAJARA, JALISCO (19/MAY/2013).-Camina mayo y sus calores de este año son, de alguna manera, más clementes. Desde el patio de las espinas se mira transcurrir la noche y un viento suave hace vibrar ligeramente la veleta del gallo. Un frescor inesperado sube entonces desde el jardín y aleja, por el momento, cualquier sofoco que la tarde interminable fue fermentando por el barrio. Aclara el cielo: sobre el cemento rojo, entre las risas y la amplitud de la cerveza, pasa el trazo infalible de una estrella remotísima pero que, ahora, estos muros contienen.
La semilla de la parota aguarda pacientemente. Se sabe una de millones que han de perpetuar la especie. En el más que incierto juego de las probabilidades, el árbol pasmoso apuesta por la largueza del número. Así, por esta temporada reparte en su generoso perímetro abundantes vainas que esbozan una espiral más vasta: de allí emergen los granos que, ahora, descansan con sus brillos enigmáticos sobre la mesa. Y cada semilla es la promesa de un ser viviente capaz de transformar cualquier páramo en un esplendor de verdes y de ramas de trazos imposibles y certeros. ¿De quién fue la idea de sembrar estas dos parotas a la vera de una banqueta cualquiera? Muerto quizás hace años dejó tras de sí, muy por lo menos, este par de frondosas bendiciones que a diario alegran la vista de los transeúntes, apaciguan la vida de los vecinos, dan cobijo a centenares de pájaros agradecidos. No es poca cosa para ser recordado.
Ahora, esta semilla interroga al mundo desde su modesto rincón. Sobre su superficie, un óvalo de refinadísimo dibujo está circundado por una franja más clara: anuncio ya de los espléndidos tonos que su madera puede rendir algún día. Inopinadamente, de su durísima contextura emerge un mínimo rizoma pálido: una antena que habrá luego de guiar a las raíces poderosas y hondísimas. Toda la información de su estructura, todo el intrincado juego de claroscuros que definirán su sombra, todos los insondables viajes de su savia imbatible, toda la delicada arquitectura de su construcción están aquí encerradas: mínima piedra que rueda contra el tiempo y los crueles azares. Pueda encontrar un lugar bajo el amparo de los días.
Chuparrosa desvelada. Un aletear muy rápido sorprende al que pasa en el taller oscuro. Con la luz queda revelado el fino trazo del pájaro livianísimo que se ha extraviado y busca, a altas horas de la noche, la salida. Trayectorias raudas y equivocadas lo hacen chocar contra los muros, estrellarse contra los libreros, vagar frenéticamente de un lado a otro. Se sabe que cualquier auxilio humano será leído por el ave como una más de las amenazas que ahora la angustian. Y que no cejará hasta encontrar una salida o yacer derrotada en un rincón, presa ya de una muerte temprana. Queda el verla por un rato, criatura de aire y velocidad inaudita atrapada en un recinto que le es totalmente ajeno, alegoría de todos los cautiverios, cifra del encierro que sobre cada uno se cierne. Las puertas del cuarto esçtán, sin embargo, ampliamente abiertas sobre la terraza oscurecida. Apagar las luces entonces, dejarla a la ventura de su instinto. Seguir luego, horas de madrugada, considerando su suerte. Al amanecer, muy temprano, el pájaro se ha ido: queda nomás una pluma invisible anunciando que, aquí, se cumplió un designio anunciado y medido desde el inicio de los días. No se mueve una hoja…
¿Flyers? Este espectador manifiesta, azorado, su modesta oposición a que las cosas que aprendimos a decir en buen español se tornen gradual y fatalmente en sonidos extranjeros que erosionan la manera de entender al mundo que para todos era común. Habrá quien juzgará de nostálgicos y aún de inútiles estos reparos en la era de las computadoras y la globalización galopante. Asomarse a la jerga que domina las comunicaciones en el feisbuc basta para entender que una vasta mutación en el lenguaje nos rodea. ¿Mutación o involución? Caldo de cultivo de donde emergerá un valiente mundo nuevo en el que una media lengua bárbara y esquemática reducirá la realidad a unas cuantas nociones rudimentarias. O, a la mejor, fermento y riqueza que la lengua asimilará con su inmemorial poderío. A saber. Por lo pronto no se ve por qué la gente dé en decirles a los papelitos que siempre se llamaron “volantes”, “flaiers”. No es más elegante, ni más preciso. Sí es muy chocante y, como tantas otras cosas parecidas, encarna un ridículo empeño en ser “otros”. (Aquí le vengo manejando lo que viene siendo este flaier…)
El postigo y el misterio. Desde muchos años hace ese particular detalle de una casa célebre había sido observado. Un remate sobre la puerta de la cochera, especie de torreón mínimo incrustado en el muro, provisto de dos aperturas terminadas en triángulo. La amabilidad del dueño, en un inopinado encuentro, permite al fin conocer por dentro la morada. Casa para los niños, cuyos juguetes alegran la generosidad de los cuartos bien dispuestos, espacios serenos que entregan al final un patio magistral y preciso, provisto con un juego de escaleras cuyo vuelo prefigura futuras síntesis asombrosas. El cuarto que contiene el remate se abre. Su penumbra apenas hace sospechar lo que guarda. No demasiado amplio, sus proporciones, sin embargo se adivinan cuidadosamente templadas. De repente, sucede el prodigio. Al abrir un postigo mimetizado en el muro se revela el motivo por el que el enigmático remate había sido hecho. Se trata de un altar que en el hueco del muro forma la concavidad del pequeño torreón: sus dos aberturas iluminan con sutiles matices todo el cuarto y centran en la íntima ara el foco absoluto de la contemplación. Dos gradas a sus pies confirman la intención sagrada del espacio. Quienes tal revelación consideran se quedan un rato en silencio (ese silencio que hace bruñir los cálices…). La fecha de la edificación de la casa confirma el descubrimiento: 1929, lo más álgido de la Cristiada. La persecución y los oratorios clandestinos, la búsqueda por guardar, en ciertas casas, un reducto de aquello que le daba un final sentido a los días… Se cierra el postigo, la magia se desvanece. Los asistentes salen al sol de mayo. Quedan en las retinas esas incisiones exactas, como de un bisturí de luz que abre el alma a otros ámbitos. La herida no cerrará fácilmente, si es que jamás lo hace, y una canción viene a la memoria: the first cut is the deepest…