Más áreas verdes, menos crímenes Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Un reciente reporte periodístico que, justamente, llamó la atención, describe cómo en las áreas urbanas mejor provistas de zonas verdes suceden menos crímenes. No es de extrañarse: los contextos que ofrecen mayor habitabilidad y amabilidad inciden naturalmente en mejores comportamientos por parte de la población. Una ratificación más de que en Guadalajara urge aumentar nuestro deficitario índice de áreas verdes por habitante.

Por ejemplo: en la zona Oriente existe, por el rumbo de Oblatos, una serie de grandes predios que es factible de convertirse en un gran parque lineal que uniría, de manera virtual y en el sentido Norte-Sur, el Parque San Jacinto con el Parque Juan Soriano, pasando por el histórico Molino de Oblatos, cuyas ruinas habría que restaurar (ojo, INAH). Hay que mencionar que los dos parques citados son sendos ejemplos raros de espacios verdes construidos en zonas urbanas consolidadas en los últimos años.

Por ejemplo: comprar una casa en ruinas y sin mayor mérito en el corazón de Santa Teresita y convertir el terreno en un parque. Existe la posibilidad. Sería una inversión razonable —comparada con lo que cuesta cualquier paso a desnivel— y tendría un cuantioso impacto favorable en esa densa zona. Por cierto: ¿dónde quedaron las áreas de donación en toda esa área?

Por ejemplo: comprar, también con dinero público, pequeños terrenos o edificaciones obsoletas ubicados de manera estratégica, de preferencia en esquinas, en las zonas más necesitadas de la ciudad (que son casi todas), para convertir dichas áreas en “parques de bolsillo” en cuya gestión y mantenimiento se involucre a los vecinos. Las posibles alternativas son múltiples.

¿Cuántos nuevos espacios verdes se han hecho en la zona consolidada de la ciudad desde hace 40 años? Habría que sacar cuentas.

Observando viejos planos, es frecuente encontrarse casos en los que los planos originales marcaban parques en donde ahora se encuentran construcciones. Sin ir más lejos, la Capilla de Jesús contaba con un espacio así en donde se edificó, hace 71 años, el Mercado Cuarto Centenario. Esta creencia de que los espacios verdes pueden ser sustituidos por otras cosas (aunque sean públicas) ha causado un grave daño a la ciudad. En la Colonia Americana hay una manzana completa que estaba destinada a ser el parque del barrio (según consta en escrituras) y que fue construida por particulares. En el caso de esta colonia, asolada actualmente por una ola criminal, habría que proponerse encontrar predios adecuados para hacer parques. O adquirir alguna gran casa patrimonial y dedicarla al uso público, rodeada de sus jardines dedicados al desahogo y disfrute de la demarcación.

Recordemos que si la ciudad, como ha quedado establecido por las directrices oficiales, aspira a densificarse, es indispensable contar con más espacios verdes. Pero es necesario establecer esta política como una prioridad. Menos crimen, más árboles.
 

Juan Palomar Verea
MAY 22

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

GUADALAJARA, JALISCO (19/MAY/2013).-Camina mayo y sus calores de este año son, de alguna manera, más clementes. Desde el patio de las espinas se mira transcurrir la noche y un viento suave hace vibrar ligeramente la veleta del gallo. Un frescor inesperado sube entonces desde el jardín y aleja, por el momento, cualquier sofoco que la tarde interminable fue fermentando por el barrio. Aclara el cielo: sobre el cemento rojo, entre las risas y la amplitud de la cerveza, pasa el trazo infalible de una estrella remotísima pero que, ahora, estos muros contienen.

La semilla de la parota aguarda pacientemente. Se sabe una de millones que han de perpetuar la especie. En el más que incierto juego de las probabilidades, el árbol pasmoso apuesta por la largueza del número. Así, por esta temporada reparte en su generoso perímetro abundantes vainas que esbozan una espiral más vasta: de allí emergen los granos que, ahora, descansan con sus brillos enigmáticos sobre la mesa. Y cada semilla es la promesa de un ser viviente capaz de transformar cualquier páramo en un esplendor de verdes y de ramas de trazos imposibles y certeros. ¿De quién fue la idea de sembrar estas dos parotas a la vera de una banqueta cualquiera? Muerto quizás hace años dejó tras de sí, muy por lo menos, este par de frondosas bendiciones que a diario alegran la vista de los transeúntes, apaciguan la vida de los vecinos, dan cobijo a centenares de pájaros agradecidos. No es poca cosa para ser recordado.

Ahora, esta semilla interroga al mundo desde su modesto rincón. Sobre su superficie, un óvalo de refinadísimo dibujo está circundado por una franja más clara: anuncio ya de los espléndidos tonos que su madera puede rendir algún día. Inopinadamente, de su durísima contextura emerge un mínimo rizoma pálido: una antena que habrá luego de guiar a las raíces poderosas y hondísimas. Toda la información de su estructura, todo el intrincado juego de claroscuros que definirán su sombra, todos los insondables viajes de su savia imbatible, toda la delicada arquitectura de su construcción están aquí encerradas: mínima piedra que rueda contra el tiempo y los crueles azares. Pueda encontrar un lugar bajo el amparo de los días.   

Chuparrosa desvelada. Un aletear muy rápido sorprende al que pasa en el taller oscuro. Con la luz queda revelado el fino trazo del pájaro livianísimo que se ha extraviado y busca, a altas horas de la noche, la salida. Trayectorias raudas y equivocadas lo hacen chocar contra los muros, estrellarse contra los libreros, vagar frenéticamente de un lado a otro. Se sabe que cualquier auxilio humano será leído por el ave como una más de las amenazas que ahora la angustian. Y que no cejará hasta encontrar una salida o yacer derrotada en un rincón, presa ya de una muerte temprana. Queda el verla por un rato, criatura de aire y velocidad inaudita atrapada en un recinto que le es totalmente ajeno, alegoría de todos los cautiverios, cifra del encierro que sobre cada uno se cierne. Las puertas del cuarto esçtán, sin embargo, ampliamente abiertas sobre la terraza oscurecida. Apagar las luces entonces, dejarla a la ventura de su instinto. Seguir luego, horas de madrugada, considerando su suerte. Al amanecer, muy temprano, el pájaro se ha ido: queda nomás una pluma invisible anunciando que, aquí, se cumplió un designio anunciado y medido desde el inicio de los días. No se mueve una hoja…

¿Flyers? Este espectador manifiesta, azorado, su modesta oposición a que las cosas que aprendimos a decir en buen español se tornen gradual y fatalmente en sonidos extranjeros que erosionan la manera de entender al mundo que para todos era común. Habrá quien juzgará de nostálgicos y aún de inútiles estos reparos en la era de las computadoras y la globalización galopante. Asomarse a la jerga que domina las comunicaciones en el feisbuc basta para entender que una vasta mutación en el lenguaje nos rodea. ¿Mutación o involución? Caldo de cultivo de donde emergerá un valiente mundo nuevo en el que una media lengua bárbara y esquemática reducirá la realidad a unas cuantas nociones rudimentarias. O, a la mejor, fermento y riqueza que la lengua asimilará con su inmemorial poderío. A saber. Por lo pronto no se ve por qué la gente dé en decirles a los papelitos que siempre se llamaron “volantes”, “flaiers”. No es más elegante, ni más preciso. Sí es muy chocante y, como tantas otras cosas parecidas, encarna un ridículo empeño en ser “otros”. (Aquí le vengo manejando lo que viene siendo este flaier…)

El postigo y el misterio. Desde muchos años hace ese particular detalle de una casa célebre había sido observado. Un remate sobre la puerta de la cochera, especie de torreón mínimo incrustado en el muro, provisto de dos aperturas terminadas en triángulo. La amabilidad del dueño, en un inopinado encuentro, permite al fin conocer por dentro la morada. Casa para los niños, cuyos juguetes alegran la generosidad de los cuartos bien dispuestos, espacios serenos que entregan al final un patio magistral y preciso, provisto con un juego de escaleras cuyo vuelo prefigura futuras síntesis asombrosas. El cuarto que contiene el remate se abre. Su penumbra apenas hace sospechar lo que guarda. No demasiado amplio, sus proporciones, sin embargo se adivinan cuidadosamente templadas. De repente, sucede el prodigio. Al abrir un postigo mimetizado en el muro se revela el motivo por el que el enigmático remate había sido hecho. Se trata de un altar que en el hueco del muro forma la concavidad del pequeño torreón: sus dos aberturas iluminan con sutiles matices todo el cuarto y centran en la íntima ara el foco absoluto de la contemplación. Dos gradas a sus pies confirman la intención sagrada del espacio. Quienes tal revelación consideran se quedan un rato en silencio (ese silencio que hace bruñir los cálices…). La fecha de la edificación de la casa confirma el descubrimiento: 1929, lo más álgido de la Cristiada. La persecución y los oratorios clandestinos, la búsqueda por guardar, en ciertas casas, un reducto de aquello que le daba un final sentido a los días… Se cierra el postigo, la magia se desvanece. Los asistentes salen al sol de mayo. Quedan en las retinas esas incisiones exactas, como de un bisturí de luz que abre el alma a otros ámbitos. La herida no cerrará fácilmente, si es que jamás lo hace, y una canción viene a la memoria: the first cut is the deepest…

Juan Palomar Verea
MAY 19

¿Por qué los conservadores conservan tan poco? Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

La pregunta se puede desdoblar por lo menos en dos sentidos. Uno: ¿Por qué en Guadalajara, ciudad tradicionalmente conservadora se han cambiado tantas edificaciones de valía por baratijas o adefesios? Y dos: ¿Por qué en este contexto, donde abundan las gentes “conservacionistas” que se manifiestan de distintas maneras o incluso trabajan en dependencias oficiales relacionadas con el tema, no se ve que existan acciones efectivas, que propongan, que hagan algo sobre el terreno de los hechos?

Sendas perplejidades. Bien se sabe que las capas de la población que en nuestra ciudad toman decisiones con respecto al patrimonio, frecuentemente de su propiedad, se caracterizan por su conservadurismo. ¿Pero, bien a bien, qué es lo que buscan conservar? Sus propios intereses. Desde hace generaciones nos hace falta una elite económica ilustrada. Que tenga un sentido amplio de la cultura local y de su valía, que se dé cuenta de que su prosperidad está fincada sobre la riqueza colectiva. Y que parte muy significativa de esa riqueza está encerrada en el patrimonio construido. Por eso se han perdido tantas buenas edificaciones, generalmente casas, para ser sustituidas por construcciones cuyo único mérito es el de convenir económicamente a sus propietarios. Los ejemplos son muy abundantes. En vez de guardar lo valioso y buscar otros lugares para seguir aumentando su riqueza, deciden reutilizar, demoliendo, los solares propios —o los adquiridos para especulación— para “sacarles provecho”. Resultado: ver el Centro y las colonias. Un factor determinante de esta situación es la falta de imaginación (de ilustración) para reutilizar y hacer vigente con inteligencia el patrimonio.

¿Y qué ha sucedido desde el ámbito oficial? Que las autoridades, desde que se tiene memoria, han colaborado más o menos servilmente con los poderosos para que éstos hagan y deshagan con la ciudad a su arbitrio. Centenares y centenares de licencias de demolición, y de actos de tolerancia respecto a fincas valiosas están allí para comprobarlo. Las defensas legales del patrimonio han sido generalmente débiles y faltas de convicción. Laissez faire, laissez passer ha sido lo normal. A la fecha, la protección efectiva del patrimonio del siglo XX es prácticamente inexistente y un mediano abogadillo, o el Tribunal Administrativo, logran casi cualquier cosa. Por lo que respecta al siglo XIX, ahí están las más de 800 fincas en abandono en el Centro, entre las que hay decenas en peligro de colapso, sin que se oiga por parte del INAH ninguna iniciativa al respecto.

Ahora, grupos e individuos conservacionistas no faltan en Guadalajara. Con alguna frecuencia se oyen sus quejas y lamentaciones respecto al patrimonio. Pero no parecen pasar de allí. Porque quejarse y ganar credenciales de defensores del patrimonio sin pasar a la acción es redituable socialmente… y conservador. Conservador de un estatus quo en el que, sin propuestas audaces y comprometidas respecto a qué hacer en el terreno de la realidad, todo seguirá igual. No se hace mayor cosa, pero en el momento de que alguien intenta caminos nuevos para dar uso viable al patrimonio llueven las jeremiadas. Así, lo único que los conservacionistas conservan es su propio conservadurismo de buen tono. Es muy otra la actitud que podrá defender y promover lo mucho que nos queda, y que la actual situación, y los actuales ánimos, mantienen bajo amenaza.
 

Juan Palomar Verea
MAY 17

Un viaje alrededor de la manzana Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Una manzana como tantas otras. Una mezcla fortuita de edificaciones, instalaciones, perspectivas. Vidas que transcurren paralelas, transeúntes que a diario pasan por enfrente, automovilistas que distraídamente circulan a su lado, paseantes en busca de los reductos de belleza que aún quedan. Una manzana, célula de la ciudad. Veamos.

Según se avanza, lo que mayor relieve tiene para quien camina es la banqueta. De entrada, comenzando el recorrido hay una casa de modestas dimensiones: su banqueta acaba de sufrir una intervención. Y el cemento con el que fue cubierta, sin dejar espacio para árbol alguno, remata con las superficies colindantes de torpe manera: dos tropezones como para romperle el fémur a cualquier viejita. Más adelante, una casa patrimonial ostenta en su banqueta una redonda placa alusiva: fecha y autor son incorrectos, y además está mal puesta y produce un pequeño e inconveniente desnivel. Todo el jardín de la servidumbre lateral de esta casa ha sido eliminado por el estacionamiento para los coches. Queda un árbol cuya presencia se sabe esencial contra el solazo y la contaminación. Los jardines que la finca, que hace esquina, debería de tener en la banqueta por ambas calles también se eliminaron.

Por la otra calle, leves resquebrajaduras en el pavimento requieren atención. Pero hay árboles. Enfrente, una vieja casa también patrimonial fue totalmente desfigurada hace años. En la siguiente esquina se mantiene una edificación de mérito cuya placa conmemorativa también está equivocada. Frontera a ésta, unos locales comerciales baratos dejaron, prisionera en su centro, y en andrajos, lo que queda de otra casa histórica. Tomando la tercera cuadra hay una larga jardinera paralela a la banqueta con algunos árboles y sin rastro alguno de cuidado de su vegetación: el jardín es un terregal. Sigue lo que fue la casa de un célebre arquitecto, construida en los años veinte, totalmente desfigurada. Luego dos bodegones con techo de asbesto sin siquiera los indispensables árboles que en algo rediman la vista. Y, ya dando la vuelta a la cuarta cuadra, un edificio de oficinas que optó, de manera totalmente ilegal, por quitar los estacionómetros y “disponer” allí un estacionamiento en batería que invade escandalosamente la banqueta sin que la autoridad haga algo.

Para rematar esta cuadra se puede observar, por la banqueta de enfrente, el largo jardín de la vía pública hecho un muladar, con sacos de basura y hasta un excusado y un aguamanil de desecho botados allí. Nadie barre, por supuesto. Para darle “vista” a la casa “clarearon” los follajes de varios árboles. Resultado: un buen porcentaje de fronda menos para purificar el contaminado aire. El edificio de este lado tiene agradecibles jardineras aceptablemente cuidadas y una imagen razonable. Pero para cerrar el recorrido por la cuadra inicial, la banqueta está destrozada. Las canalizaciones que hizo alguna compañía de teléfonos fracturaron los pavimentos y colaboraron a hacer de esta superficie algo intransitable para mucha gente. Acto seguido hay que sortear los coches que invariablemente ponen sobre la banqueta los empleados de un negocio allí establecido. Después, y para rematar, los inquilinos de otra casa de valía podaron severamente un árbol para darle vista a su local. Resultado: el gran ejemplar se está secando.

Una manzana cualquiera: daños y deterioros, bondades que resisten cada vez más aisladas: un retrato del declive “hormiga” de esta ciudad tan sumisa. Cada lector puede así recorrer la manzana de su elección; y sacar cuentas. Habría que dar las cotidianas batallas para detener la erosión del lugar donde vivimos todos.
 

Juan Palomar Verea
MAY 16

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Atmosféricas. El tabachín de Lulio es una gozada por estos días: su copa es una explosión de rojos y anaranjados que alegra a quien pasa y ennoblece al amable establecimiento. Sembrado hace muy pocos años, este árbol es una lección de lo que se puede lograr para mejorar nuestras calles, banquetas y perspectivas en el corto plazo. Por mientras el pendiente por el plúmbago doméstico prevalece y los lirios padecen el solazo. Pero por otros rumbos del jardín la estación se muestra más benévola y los humildes prodigios perseveran en su callada labor de hacer los días y los calores más llevaderos –y aún gozosos.

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Really don’t mind if you sit this one out/ My mind but a whisper your deafness a shout/ I may make you feel but I can’t make you think… Son los primeros versos de Thick as a brick, una de las mejores (y más largas) composiciones de un grupo legendario en la historia del rock: Jethro Tull. Su líder, Ian Anderson, ha personificado como nadie al juglar contemporáneo, danzando asombrosamente mientras toca la flauta transversal. Al azar de la cajita de las canciones, aparece ésta muy de mañana y da entonces el talante al día que se levanta. Era la calle de Mar Tirreno y era, quizás, 1972: llegábamos bajo las jacarandas a una casa umbría y hospitalaria en donde los hermanos mayores tenían siempre nuevas cosas para oír. El rayo que significó el descubrimiento de Jethro Tull y sus insólitas armonías sigue brillando a través de los años.

Déjame contarte las historias de tu vida de

tu amor y del corte del cuchillo

La opresión infatigable

La sabiduría que destila

El deseo de matar y ser matado.

Déjame cantar de los perdedores que yacen en la calle mientras pasa el último camión

Los pavimentos vacíos: las alcantarillas que corren rojas –mientras el cretino

Saluda a su Dios en el cielo.

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Tocante al helicoide. Se sabe desde hace tiempo que una de las claves de la vida se encuentra en las estructuras helicoidales del DNA. Los científicos han desarrollado complicados esquemas en donde se muestra la delicada y asombrosa arquitectura de la vida en sus orígenes. Pues habría entonces que considerar con cuidado a los guamúchiles: sus frutos incomparables nos son entregados por estos árboles prodigiosos bajo la forma de una refinada espiral que, si se la mira con detenimiento, acata una rigurosa geometría que revela una inteligencia que se hunde en lo más profundo del océano de las edades. Hace algunos años se recibió una petición, por parte de una vecina, de demoler el árbol que, según eso, estaba manchando el fino pavimento de cemento de su cochera. Ni con un minucioso examen con lupa pudo detectarse mal alguno. Por supuesto que nunca iba a acatarse tal despropósito, de cualquier manera. Pero los guamúchiles no manchan: más bien nos regalan con su espléndida estampa uno de los espectáculos que redimen la cada vez más pelona ciudad. Y además, por esta temporada, sus frutos blancos y de un sabor inolvidable nos regresan a la más remota infancia y al recuerdo de potreros bravíos cuyos bordes guardaban las hileras de guamúchiles aguerridos. Larga vida al árbol de la casa, mientras se investiga y dibuja su helicoide, la estructura esencial que, en sus vainas, repite quizás el misterio de la vida sobre este planeta.

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Vivir sin aire acondicionado. Cada vez más extendido, el fenómeno de vivir a la merced de ese aire enrarecido y artificialmente enfriado que luego anda causando toda suerte de gripas. Un amigo entrañable que vive en Monterrey tenía hace años la costumbre de desplazarse en una traqueteada pick-up blanca, sin aire acondicionado, por supuesto. Desarrolló entonces una interesante teoría sobre la relevancia de atreverse a vivir y experimentar plenamente el clima de un lugar como condición para su cabal comprensión. Arquitecto, desarrolló luego en sus obras inteligentes medidas para paliar y hacer soportables los rigores de los calores regiomontanos. De la misma manera, desde hace generaciones, los tapatíos supieron acondicionar sus casas para capotear con éxito los estiajes. Patios y corredores, macetas, arbolados y pilas no eran simplemente un adorno. Techos altos, ventanas mesuradas, ventilaciones cruzadas. Todo lo que el cretinismo arquitectónico en boga olvida y suprime. Se ven ahora grotescos ventanales al poniente, construcciones pintadas de negro (horror), recubrimientos que atraen el calor, alturas bajas e innobles: cualquier cantidad de disparates climáticos (y estéticos). Pero eso sí, con sus aparatotes de aire acondicionado que contribuyen a ampliar la huella de carbono y a acentuar el deterioro general del medio ambiente. Haría falta ese noble y amable estoicismo de los mayores para vivir con tino y elegancia. Para saber vivir, tout court.

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Liszt y la noche. Contra una arboleda espléndida, Bogányi Gergely, todo de plateado él, se inclina sobre el piano. Las primeras notas establecen una atmósfera que levanta el jardín sobre sí mismo, que convoca una serie de silencios puntuados por delicadísimos sonidos que avanzan y profundizan la noche. La estampa del extraordinario pianista húngaro recuerda de inmediato al mismísimo Franz Liszt, cuya música interpreta con una pasión contenida y poderosa, como quien se rifa la vida en cada acorde. El viento contribuye al pasmo que se adentra en quienes la oyen: el rumor del aire entre las frondas y el tintinear seco de los candiles mecidos por las rachas –como de castañuelas en la lejanía- enriquecen de manera insólita la audición y la vuelven en algo que el que pasa sabe que habrá de recordar por siempre. La generosidad de los anfitriones, el genio del pianista, la noche tapatía y sus árboles de sombras, el rojo resplandor que ilumina los días, la música que alza sobre sí mismo a quien la atiende. El piano insomne prosigue en la memoria mientras unas manos vuelan sobre el teclado como un aleteo vertiginoso cuya magia transporta a un pasado que nunca desaparece, a un futuro que estas mismas notas habrán de acompañar. La Consolación número 3, efectivamente, consuela: y alienta esa filosa sed por la belleza que, siempre, se va escapando…

jpalomar@informador.com.mx
 

Juan Palomar Verea
MAY 12

Propuesta del “Parque Rojo” para el señor alcalde Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

En la prensa apareció recientemente una declaración del alcalde de Guadalajara, Ramiro Hernández, en donde decía que eran bienvenidas las propuestas sobre qué hacer con el “Parque Rojo”, también conocido como Parque de la Revolución. Ateniéndose a esta solicitud, este columnista presenta aquí algunas ideas esperando que puedan ser útiles.

En primer lugar habría que reconocer plenamente que el parque es una obra de autor, y no de cualquiera. Es el resultado de la colaboración, hacia 1935, de los hermanos Juan José y Luis Barragán, este último premio Pritzker y cima de la arquitectura mexicana. Es una obra de arte mundialmente relevante. Cabe subrayar que los hermanos ganaron el proyecto en un concurso público.

Luego: el parque ha sido maltratado, mutilado, modificado de diversas maneras. Por cierto que nunca se ha visto tan pobremente mantenido como hoy. Después de la implantación de las entradas al Tren Ligero hace más de 20 años, se llevó a cabo un trabajo de rescate de lo que se pudo recuperar del proyecto de Barragán, con resultados estimables. (Trazo, kiosco, paraguas, bancas, luminarias, pisos, jardinería…).

En tercer lugar, habría que decir que, por lo tanto, el proyecto de rescate planteado actualmente debe tomarse con la mayor seriedad y profesionalismo. Esto implica realizar una consulta pertinente con todos los usuarios (y posibles usuarios que actualmente no van por lo lamentable de su estado) para conocer sus pareceres.

Después, elaborar un programa apropiado que comprenda necesidades, aspiraciones y posibles funciones adicionales, compatibles siempre con el espíritu del parque.

Acto seguido hay dos alternativas: encargar el proyecto a un arquitecto con pleno conocimiento del problema y capacidad jardinística (cosa fundamental en un parque). O realizar un concurso público en el que hubiera un filtro para estar seguros de que los equipos participantes reúnen las características para hacer una propuesta solvente. Con los “finalistas”, realizar sesiones de inducción al tema del parque y, ora sí, esperar las propuestas finales con un jurado absolutamente apropiado (y dado a conocer desde las bases). Y luego realizar el proyecto con respeto y apego a sus lineamientos.

Se arriesga aquí una idea para enriquecer, de entrada, al parque. Incluir en el programa la reconstrucción de la original área de juegos infantiles que proyectó Barragán en la zona Suroriente del parque. Tendríamos así algo muy relevante: la recuperación de una pieza arquitectónica de muy alta valía; y además proporcionar a los niños algo de lo que actualmente carecen en el “Parque Rojo”. Si aspiramos a que nuevos niños vayan repoblando la zona, esta acción sería una señal muy clara en esa dirección.

El Parque de la Revolución está actualmente en la peor etapa de su existencia. Es como tener una gran obra de arte, digamos un Orozco, rayoneado y sucio. Pero se puede aún restaurar todo lo restaurable y darle a esta acción una gran utilidad social, urbanística y estética.

Juan Palomar Verea
MAY 10

¿Y si empedramos Guadalajara? Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

No toda, claro. Donde sea pertinente. Y la ciudad podría mejorar mucho. Antes de que el lector juzgue esta acción como un disparate, habría que hacer una reflexión. ¿Qué tienen en común la Colonia Seattle, el fraccionamiento Las Fuentes y la calle Sao Paulo en Providencia? Que son tres de los contextos urbanos más agradables y vivibles de Guadalajara. Y que están empedrados. Ante los acuciantes y crecientes calores de la metrópoli es más que evidente que la suma de chapopotes y asfaltos con la que hemos cubierto la urbe resulta un elemento sumamente negativo. Y degradante de la imagen urbana.

¿Qué genera el empedrado? Mayor frescura ambiental, menor refracción de los rayos solares, absorción de aguas pluviales que van a los mantos freáticos, reducción de la velocidad de vehículos automotores que tantos accidentes causan, abatimiento de la contaminación, imagen urbana satisfactoria y atractiva, ocupación para mano de obra. Por lo menos. Apresurémonos a decir que los empedrados que se proponen, en los casos necesarios, tendrían las correspondientes huellas de rodamiento vehicular.

En los años treinta y cuarenta del pasado siglo hubo un ingeniero que propuso, con toda seriedad y ante el auge de pavimentaciones con chapopote, dejar todas las calles que no tuvieran tráfico intenso (particularmente las de Norte a Sur y viceversa) sin cubrir los buenos empedrados existentes. Sostenía los mismos motivos que al día de hoy son vigentes y que se exponen arriba. Además afirmaba que los pavimentos de empedrado de Guadalajara eran un motivo de orgullo para la ciudad por la calidad de la mano de obra local y por la nobleza de las piedras de la región. Por supuesto que lo tildaron de retardatario, opuesto al progreso, y cualquier otra cosa. Y enchapopotaron.

Pero habría que insistir, ocho décadas después. Los pavimentos actuales, en la zona metropolitana, están en gran parte en un muy lamentable estado. Muchos, es necesario renovarlos por completo. ¿Por qué no empezar por ahí? En vez de asfaltarlos de cualquier modo o parcharlos, rascarlos y, en muchos casos, recuperar los empedrados que hay debajo; o hacer empedrados nuevos aprovechando la base ya existente.

Ante los reparos habría que reiterar el ejemplo. ¿Por qué cada barrio no puede ser tan agradable como la Colonia Seattle? Que si los coches se maltratan: además de que habría, cuando se ocupen, las eventuales huellas de rodamiento, no es visible que los autos de las colonias (bien) empedradas estén peor que los otros. Quedan muchas colonias (sobre todo periféricas y nuevas) empedradas. Lo malo es que su mantenimiento con frecuencia es pésimo o inexistente. Y esto se puede corregir.

No se trata de empedrarlo todo, a tontas y locas. Es necesario hacer un estudio cuidadoso y responsable, analizar factibilidades, impactos y ventajas. Claro que las vialidades principales seguirían como están (y esperemos que mejores), pero hay un gran número de posibilidades para aplicar lo que aquí se sugiere. Empedrar Guadalajara no es, para nada, una señal de atraso ni motivo de complejos aldeanos. Por el contrario, podría ser un paso hacia la sustentabilidad y hacia una mejor ciudad.
 

Juan Palomar Verea
MAY 8

Diario de un espectador Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Los lirios amarillean bajo el rigor de los calores y su rincón de pronto deviene una zona de urgencia. Más agua, habrá que decir —más sombra también. El plúmbago que cubría esa esquina ha venido flaqueando y muchas de sus guías son ahora una pálida imagen de lo que saben ser en las aguas: habrá que hablar de remedios, abonos, un manteado protector si se ofrece. Pero el tabachín de enfrente es un incendio pacífico y jubiloso: su sombra vaga, liviana, por los ladrillos pardos. Un árbol a uno, hay que defender. El hule de a la vuelta sufre los amagos de quienes consideran a los coches sobre cualquier cosa: pero es un árbol público, de toda la ciudad: habrá de prevalecer con su estampa generosa que cruza la calle y saluda a toda la perspectiva de la cuadra. Como si no fuera más que evidente, en esta temporada de inclemencias solares y terregales, que si de algo no podemos prescindir es de la compañía y el alivio de cada árbol posible.
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El poeta se acerca al faro. Eduardo Vázquez Martín, el entrañable, desde México comunica por la red su reencuentro con el pasado, la música que lo guía, el resonar de unos versos de Caetano Veloso:
“Hoy fui a celebrar el día del libro al Faro Tláhuac, a cuyo libro club se incorporó una parte sustancial de mi vieja biblioteca. Mis libros de juventud, de universidad, libros heredados por amigos, de mi padre, libros de diferentes naufragios, de diferentes matrimonios y casas. Me dio nostalgia verlos ahí, en el Libro Club, y también me dio gusto que ahora son de muchos más que podrán encontrar en ellos infierno y paraíso. De camino al Faro me puse a traducir (no soy traductor ni conozco a fondo el portugués, discúlpenme ustedes) la canción Livros, de Caetano. Les comparto el resultado de ese viaje hasta las zonas lacustres de la ciudad tarareando a Caetano y traduciendo sus versos.”

Livros

… Tropezamos como astros torpes
Porque no teníamos libros en casa
Y la ciudad no tenía librerías.
Los libros que en nuestra vida entraron
Son como la radiación de la materia oscura
Que genera la expansión del Universo
Porque la frase, el concepto, la trama o el verso
(Sin duda, sobre todo el verso)
Pueden lanzar mundos al mundo.

Tropezamos, astros torpes
Sin saber que la ventura y la desventura
De la calle que va de la nada a la nada
Son libros y la luz de luna contra la cultura.

Los libros son objetos trascendentes
Pero podemos amarlos con amor táctil
Como elegimos los paquetes de cigarros.
Podemos domarlos, o cultivarlos en acuarios
En estantes, en jaulas, en hogueras
O lanzarlos por la ventana
(tal vez eso nos libre de lanzarnos)
O lo que es mucho peor podemos odiarlos
O simplemente escribir uno.
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Transcurre por el barrio a bordo de una vistosa bicicleta de cuernos adornada con espejos a la manera de los mods londinenses de hace años. Su catadura es dura, implacable y determinada. Como un insecto desmesurado va de basurero a montón de desperdicios a otro basurero. Selecciona con cuidado sus hallazgos y, displicente, sigue su recorrido calle abajo. Es claro que por lo magro de su morral y la fragilidad de su vehículo debe meditar cada nueva carga. Qué hará con su botín, se queda el que pasa pensando: en cuál cuarto que le da abrigo en las noches descarga sus haberes, los clasifica, reflexiona sobre lo conseguido. Porque lo que se lleva es un apretado resumen de la vida que en la ciudad transcurre y la lectura de los sobrantes que la gente desecha retrata fielmente la intimidad de los buenos vecinos: poco sospechan éstos que en algún rincón oscuro, medio alumbrado por un foco mosqueado, el mod de la bicicleta reconstruye para sí mismo la necedad o la prudencia, el dispendio o la tacañería, las ilusiones consumistas o el parco decoro de cada casa. Luego establece sus cuentas, hace sus juicios, define sin saberlo plenamente el destino del desaprensivo barrio.
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Constantino Cavafis vivió, exactamente, setenta años. Nació el 29 de abril de 1863 y se murió otro 29 de abril: en 1933. Así que esta semana se cumplieron 150 años de que vio la luz uno de los mayores poetas del siglo XX. Alejandría quedó por siempre transfigurada por su paso. Nunca publicó nada pero de repente imprimía hojas con algún poema y se las regalaba a quien pensaba que podría entenderlo. Imaginarlo ahora, caminando por la ciudad de Alejandro, escogiendo con cuidado a quien entregarle unas letras que —bien sabía —  lo habrían de salvar de la grisura de su vida y del olvido. Así, en esta página, llega en su homenaje este poema que el ánima del poeta de algún modo sigue repartiendo:

Los sabios los hechos que se aproximan…

Pues los dioses perciben los hechos futuros;
los hombres, los ya ocurridos; los sabios, los que se aproximan.
Filóstrato, Vida de Apolonio
de Tiana, VIII, 7
Los hombres conocen los hechos que ocurren al presente.
Los futuros los conocen los dioses,
plenos y únicos poseedores de todas las luces.
De los hechos futuros los sabios captan
aquellos que se aproximan. Sus oídos
a veces en horas de honda meditación se
conturban. El misterioso rumor
les llega de los acontecimientos que se aproximan.
Y atienden a él piadosos. Mientras en la calle
afuera, nada escuchan los pueblos.
 

Juan Palomar Verea
MAY 5

Las trampas de la nostalgia Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Para el maestro Luis Palacio, en el día de la Santa Cruz

Un buen albañil acomete su trabajo sin titubeos, con coraje y resolución. Así ha sido, durante milenios, como se han levantado las construcciones que han dado asiento a todas las civilizaciones. Los buenos albañiles lo tienen claro: lo bien hecho, lo sólido y lo lógico, lo bonito.

El patrimonio que heredamos es producto del trabajo de este bravío gremio. Los viejos ingenieros hablaban de la delicia de llegar a las obras —antes de los deletéreos radios de transistores— y oír el coro de chiflidos con el que los operarios entonaban una canción al uso. Terminaba, y otro trabajador proponía una nueva tonada, que luego era seguida por el resto. ¿Pura nostalgia de lo no conocido? Quizá, más bien, el reconocimiento de la manera lúdica y discreta con la que una música reforzaba la unidad con la que un equipo llevaba adelante una obra de la que todos se sentían partícipes y responsables.

Los albañiles no son amigos de la nostalgia. Están más bien pendientes de la labor por acometer. No se entretienen en lamentar lo perdido: un muro que salió mal y hay que rehacer, unos filetes que se ocupa repetir, una columna cuyo colado quedó defectuoso y se requiere corregir de tajo, un aljibe que se agrietó y es necesario componer. Se hace, y punto. Lo suyo es el presente, la chamba de mañana, la terminación del trabajo en pos de la raya arduamente ganada.

Son lecciones que convendría considerar. La memoria es indispensable. Pero es una herramienta, no un lastre. En Guadalajara es necesario asumir las pérdidas, sacar las cuentas, entender qué pasó: y seguir adelante. Es muy ilustrativo, y muy útil, conocer lo que fue. Pero solamente si ese conocimiento cimienta lo que a esta generación le toca hacer. No es cierto el lugar común de que todo tiempo pasado fue mejor. Cualquier conversación con un abuelo ilustra al respecto. Porque a estos tiempos les corresponde una cualidad esencial: están abiertos al futuro. El pasado —nostalgias o no— está encapsulado, sellado para siempre.

Otra cosa es saber que podemos darle viabilidad al patrimonio que heredamos. Si hacemos el ejercicio de traer ese patrimonio al presente, entender para qué puede ser útil, darle una nueva vida plenamente conectada a las actuales circunstancias. Atrevernos a transformarlo con sensatez, a tratarlo con respeto pero también con audacia. En nuestro medio, existe un gran campo de trabajo que está esperando un enfoque apropiado para abrir sus posibilidades. Darse una vuelta por ciudades que lo han sabido hacer siempre es provechoso. Con la nostalgia puesta en su sitio, con la lucidez que caracteriza a los albañiles.

Las nuevas obras ya no resuenan con los múltiples chiflidos de los beneméritos albañiles: pero una música más sutil, nueva, colabora en levantar los muros que han de darle albergue a los días que vienen.
 

Juan Palomar Verea
MAY 3

El mito del patrimonio arquitectónico tapatío y qué hacer Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

O uno de ellos: que ya casi no hay. Desde hace mucho está de moda entre los “patrimoniólogos” rasgarse periódicamente las vestiduras y decir: “Lo poco que nos queda”, “lo que nos dejaron”, y cosas por el estilo. Tales afirmaciones lo único que producen en el incauto es desánimo y desorientación. Desmovilización, blanda resignación a vivir despojados y humillados. Impotentes.

Si se analiza serenamente el tema, es claro que es mucho lo que hemos perdido. Pero es mucho más lo que subsiste. Cosa de sacar cuentas con calma. Allí están muchas cosas. Y existe una ingente cantidad de arquitectura patrimonial, más o menos velada por la incuria o el maltrato, que no espera más que una acertada intervención para revelar sus altos valores. Por muchos lados de la ciudad. Además, algunas cosas se han ganado. Decir que en los últimos sesenta años Guadalajara no ha generado nuevos patrimonios arquitectónicos es un caso de severa miopía. Es cuestión de darse una vuelta por las calles o de consultar la bibliografía al respecto. Y al día de hoy, venturosamente, hay arquitectos que están construyendo obras que acrecentarán seguramente ese patrimonio. Pero a los “patrimoniólogos” no les gusta voltear hacia el futuro.

No se trata de negar, ni dejar de condenar, las pérdidas. Es muy importante estar al pendiente y denunciarlas, de preferencia evitarlas. Pero es más importante hacer algo con lo que hay. El papel de plañidera es muy limitado. Veamos. Según reporte del Patronato del Centro Histórico hay, en los perímetros respectivos, 833 fincas patrimoniales abandonadas. De ellas, 68 están en peligro de colapso. ¿Qué hace el INAH al respecto? ¿La Secretaría de Cultura? ¿El Ayuntamiento? ¿El Patronato del Centro Histórico? ¿Los “patrimoniólogos”, sean funcionarios o no?

Ya es más que tiempo, como se ha sugerido varias veces en esta columna, de organizarse. Hay demasiados arquitectos sin trabajo suficiente en Guadalajara. Si se ponen de acuerdo las instituciones mencionadas y se organizan 100 grupos que se encarguen de aproximadamente ocho obras cada uno, tendríamos 833 propuestas de rescate patrimonial de las fincas en abandono. Es obvio que con estos grupos tendrán que participar además ingenieros, abogados, financieros, gestores sociales, especialistas en mercado y bienes raíces. De esta manera cada caso podría ser analizado integralmente: situación patrimonial y jurídica, viabilidad y rentabilidad económica, estado físico y estructural del inmueble, contexto urbano, vocación preferencial y solución arquitectónica.

Con lo anterior las autoridades tendrían una cartera real de soluciones al problema del patrimonio edificado que podrían ser respaldadas por cámaras, colegios de profesionales, universidades, ONGs diversas, profesionales independientes. De allí a realizar un verdadero programa, apoyado con fondos de los tres niveles de Gobierno e incluso de fundaciones internacionales que transforme radicalmente el Centro tapatío hay un paso: el de dejar de quejarse y ponerse a trabajar.

Es muy cómodo, y aparentemente rentable, hacer el papel de víctimas impotentes, de gimoteantes beatos de la conservación. Es mucho el patrimonio que tenemos, y es mucho también el que podemos recuperar. Y hacer. No es cierto que Guadalajara es una ciudad derrotada: es un mito.
 

Juan Palomar Verea
MAY 1