GUADALAJARA, JALISCO (19/MAY/2013).- Mayo es mes robusto en efemérides. Hace 33 años, el 18 de mayo de 1980, se quitó la vida Ian Curtis, líder, cantante y compositor de la banda británica Joy Division. Sucesores de la ola punk, pioneros del dark y, más allá de etiquetas, grupo por excelencia del underground de finales de los setenta, la influencia de los de Manchester ha crecido con los años hasta llevarlos a ser una de las primeras referencias del rock contemporáneo y objeto ya habitual de homenajes de todo tipo, desde covers de U2, Nine Inch Nails o Radiohead hasta compilaciones de “tributo” de bandas sudamericanas, griegas o rusas.
Con Joy Division ha sucedido uno de esos fenómenos de revaloración póstuma que a veces se dan en el arte y al cual no fueron ajenos, por ejemplo Van Gogh o John Kennedy Toole, ignorados en vida y fulminantemente populares cuando ya no podía importarles serlo (y ni hablar del caso de Roberto Bolaño, quien falleció al comienzo de un tsunami de popularidad que lo ha llevado a desbancar a García Márquez como el escritor en lengua española más citado en el mundo).
Mientras que esa suerte de justicia extemporánea aparece a veces, se da también el caso de que algunos de los grandes leones culturales de su época pierden, al morir, su lugar aparentemente perpetuo en el Parnaso y acaben olvidados. Juan de Dios Peza, por ejemplo, fue la gran figura literaria del siglo XIX mexicano y hoy está acorralado en unas pocas antologías de poemas cursis. Hace unos días, un columnista se preguntaba si tal sería el destino de la obra de Carlos Fuentes, quien justamente hace un año, el 15 de mayo de 2012, murió. A riesgo de profetizar en balde, como los falsos mayas del fin del mundo, el debate me parece desatinado. La obra de Fuentes, especialmente la temprana, sigue leyéndose y estudiándose. Mucho más se perdería de lo que se ganaría al pretender borrarla del mapa. Quizá, incluso, su desaparición física permita leerlo de un modo menos displicente y prejuicioso de como muchos lo leímos en su día.
Un caso muy distinto es el del pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila. Ayer se cumplió el centenario del nacimiento de un autor todavía poco reconocido entre nosotros, pero del que cada vez se habla más y que quizá fue uno de los más grandes autores de aforismos en lengua española de todos los tiempos. Gómez Dávila, conservador y misántropo hasta la médula, no se ocupó de difundir mayormente sus obras. Hoy, un siglo después de su nacimiento y a casi 20 años de su muerte, se le puede leer sin la interferencia de las polémicas coyunturales que conllevan sus ideas y disfrutar de su estilo a la vez preciso, crispado y sarcástico.
Curiosa paradoja: Gómez Dávila fue escépticamente radical con respecto al mundo moderno pero Twitter se ha convertido en uno de los grandes impulsores de sus aforismos.