Después de irse Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

GUADALAJARA, JALISCO (19/MAY/2013).- Mayo es mes robusto en efemérides. Hace 33 años, el 18 de mayo de 1980, se quitó la vida Ian Curtis, líder, cantante y compositor de la banda británica Joy Division. Sucesores de la ola punk, pioneros del dark y, más allá de etiquetas, grupo por excelencia del underground de finales de los setenta, la influencia de los de Manchester ha crecido con los años hasta llevarlos a ser una de las primeras referencias del rock contemporáneo y objeto ya habitual de homenajes de todo tipo, desde covers de U2, Nine Inch Nails o Radiohead hasta compilaciones de “tributo” de bandas sudamericanas, griegas o rusas.

Con Joy Division ha sucedido uno de esos fenómenos de revaloración póstuma que a veces se dan en el arte y al cual no fueron ajenos, por ejemplo Van Gogh o John Kennedy Toole, ignorados en vida y fulminantemente populares cuando ya no podía importarles serlo (y ni hablar del caso de Roberto Bolaño, quien falleció al comienzo de un tsunami de popularidad que lo ha llevado a desbancar a García Márquez como el escritor en lengua española más citado en el mundo).  

Mientras que esa suerte de justicia extemporánea aparece a veces, se da también el caso de que algunos de los grandes leones culturales de su época pierden, al morir, su lugar aparentemente perpetuo en el Parnaso y acaben olvidados. Juan de Dios Peza, por ejemplo, fue la gran figura literaria del siglo XIX mexicano y hoy está acorralado en unas pocas antologías de poemas cursis. Hace unos días, un columnista se preguntaba si tal sería el destino de la obra de Carlos Fuentes, quien justamente hace un año, el 15 de mayo de 2012, murió.  A riesgo de profetizar en balde, como los falsos mayas del fin del mundo, el debate me parece desatinado. La obra de Fuentes, especialmente la temprana, sigue leyéndose y estudiándose. Mucho más se perdería de lo que se ganaría al pretender borrarla del mapa. Quizá, incluso, su desaparición física permita leerlo de un modo menos displicente y prejuicioso de como muchos lo leímos en su día.

Un caso muy distinto es el del pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila. Ayer se cumplió el centenario del nacimiento de un autor todavía poco reconocido entre nosotros, pero del que cada vez se habla más y que quizá fue uno de los más grandes autores de aforismos en lengua española de todos los tiempos.  Gómez Dávila, conservador y misántropo hasta la médula, no se ocupó de difundir mayormente sus obras. Hoy, un siglo después de su nacimiento y a casi 20 años de su muerte, se le puede leer sin la interferencia de las polémicas coyunturales que conllevan sus ideas y disfrutar de su estilo a la vez preciso, crispado y sarcástico.

Curiosa paradoja: Gómez Dávila fue escépticamente radical con respecto al mundo moderno pero Twitter se ha convertido en uno de los grandes impulsores de sus aforismos.
 

Antonio Ortuño
MAY 19

Historias de portada Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

“Mi portada iba a tener un muralote de Diego Rivera espléndido pero al final nos negaron el permiso y terminamos poniéndole un cuadrito de la sobrina del editor con unas flores todas churidas. Y por eso no lo compraron ni las moscas, claro”. Así justificaba un poeta, hace tiempo, la presencia en su sala de 20 cajas con la edición íntegra de un volumen de su autoría. Quizá sea un caso extremo el suyo. Pero es verdad que una buena portada puede auxiliar a que un libro promedio no pase del todo inadvertido. Y una mala, aniquilarlo.

En principio, una buena o una pésima presentación material, portada incluida, no tendría por qué incordiar demasiado. Se supone que el lector de raza se interesa en el texto más que en su formato. Pero, a la vez, cualquiera que frecuente y atesore ediciones impresas sabe que la diferencia entre una sobria y otra ridícula puede llegar a ser abismal.

De entrada, una buena solución parecería ser la de diseñar portadas simples, de colores sólidos y poco llamativos y tipografías con predominio de líneas rectas. Pero la mayoría de los editores consideran que un libro así es un lujo que sólo pueden permitirse autores que vendan un millón de ejemplares y no tenga nada que demostrar. No: lo que muchos editores y no pocos autores anhelan son portadas de convicciones tutti frutti que atraigan al cándido como la luz fluorescente atrae a las moscas y lo inviten a comprar el libro de marras y llevárselo a su casa.

Y allí comienza el problema, porque las ideas que tienen los diseñadores editoriales de “atractivo” son tan amplias y contradictorias como la propia Humanidad. Yo conocí a un diseñador que, cual Quijote informático, embestía contra lo que llamaba “aburriciones”. Es decir, detestaba las portadas que no invitaran a sacarse los ojos de las cuencas. Su principal recurso era agenciarse la imagen de una rubia desnuda y acosarla con letras garigoleadas. ¿Que el libro carecía de rubias en cueros? Entonces cortaba la imagen de modo que se le vieran a la muchacha tan solo las piernas. Si tampoco eso funcionaba, el sujeto declaraba que un libro sin desnudos no valía la pena de leerse y dejaba la labor a su ayudante, un tipo apodado Pilo, que era un morboso y llenaba el cuadro con manchas de sangre y pistolas humeantes.

Otra de las tácticas de Pilo, que me atrevo a considerar universal, era imitar la disposición tipográfica, los colores y cajas de texto de colecciones famosas, para ver si alguien se confundía. Con eso dejaba muy satisfechos a sus autores, cuyas filas estaban repletas de rechazados por los sellos a los que imitaba.

La única esperanza que me deja la crisis de los formatos impresos es que los Pilos del mundo se extingan y con ellos su legado.
 

Antonio Ortuño
MAY 12

Tierra incógnita Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Durante años fui escéptico de las bondades de la colección Tierra Adentro, de Conaculta, que publica desde 1990 narrativa, poesía, ensayo y dramaturgia de autores jóvenes mexicanos. Primero, porque algunos de los primeros títulos con los que tuve contacto eran horrorosos (acá puede argumentarse que tuve mala suerte o mal gusto para elegir, desde luego). Segundo, porque al igual que la mayoría de los mexicanos, descreo por principio de lo que gestionen y organicen las autoridades, especialmente en materia cultural. “Allí publican puros sobrinos de diputados”, me dijo un librero por allá de 1997, justificando el poco interés de sus clientes por los volúmenes de la colección que abarrotaban uno de sus estantes y que él pensaba devolver apenas pudiera. No le creí pero tampoco me pareció necesario constatarlo.

Sin embargo, el escenario ha cambiado lo suficiente para que incluso un desconfiado (o prejuicioso) lo note. Desde hace ya más de un lustro, con la llegada de la escritora Mónica Nepote a la coordinación editorial de la serie, Tierra Adentro es un sello que con, frecuencia notable, presenta obras que exceden el promedio de lo que se edita en el país. Varios de los autores más interesantes aparecidos en el panorama nacional en años recientes han publicado allí: Carlos Velázquez, Daniel Espartaco, José Mariano Leyva, Luis Jorge Boone, Iris García, Luis Panini, Mariño González, Óscar David López, Arturo Ramírez Lara, Edgar Omar Avilés, Claudina Domingo, Karla Olvera, José Noé Mercado, Liliana V. Blum, Gonzalo Soltero y muchos más han publicado en el sello a partir de 2007.

En los últimos meses, la colección ha dado a luz otros textos bastante disfrutables: Motel Bates, de Yussel Dardón; Melamina, de Daniel Herrera; Signos vitales, de Vanessa Téllez; Vórtices viles, de Ruy Feben; Fiat Lux, de Paula Abramo; Los rumores del miedo, de Darío Zalapa; Despertar con alacranes, de Javier Caravantes, etcétera.

La presentación material de la serie es muy sobria y sus portadas suelen ser preferibles a las de tantos sellos enamorados de las explosiones de color (quien hace las portadas de Cal y Arena, por ejemplo, siempre me ha parecido un bromista incorregible). Otro mérito nada menor es su precio: 60 pesos por pieza, tres o cuatro veces menos que el común de las novedades editoriales. En un sistema en el que los jóvenes leen poquísimo o nada por motivos que no excluyen la imposibilidad de adquirir libros de 300 pesos, Tierra Adentro es una alternativa excelente.

Pero no quiero cerrar con un final feliz. Porque una cosa es que editen libros interesantes y otra muy diferente que alguien los llegue a leer: la distribución oficial suele ser pésima. Peor aún: si el criterio de una buena editora ha conseguido que el catálogo mejore, nada garantiza que, el día que otro llegue al puesto, no terminemos leyendo las confesiones sentimentales de un Community Manager o, por qué no, los “piensos” de Lady Profeco en persona.

Antonio Ortuño
MAY 5

Un libro, una rosa, dudas Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

El Día Mundial del Libro (que ha terminado aparejado con el festejo catalán a San Jorge cada 23 de abril, en el que es tradición obsequiar libros y rosas) resulta un buen caso de estudio para asomarse a lo que sucede en nuestro país con respecto a la relación entre el ciudadano promedio y la letra impresa. Por un lado, instituciones como la UNAM, la UdeG, Conaculta, etcétera, organizan lecturas públicas y ventas de fondos editoriales que, por lo general, cuentan con una asistencia notable de interesados. Otras instituciones, con menos presupuesto o ganas de figurar, se “unen” a los eventos y los replican o al menos invitan a visitarlos. Algunas más no hacen nada y el Día Mundial del Libro, Sant Jordi y el resto del año les pasan de noche.

Numerosas casas editoriales, tanto las que pertenecen a grupos transnacionales como las independientes, aprovechan los fastos oficiales para promover a sus autores y vender algunos ejemplares a los incautos. La prensa, que es menos abúlica de lo que se piensa en estos casos, hace una profusa cobertura del tema. Hay notas respectivas en todos los diarios, enlaces radiofónicos con los eventos y hasta es posible toparse con notitas relativas en televisión. Se charla con autores, editores y funcionarios, se enaltecen las ventajas de asomarse a los libros por sobre las de ser un bruto iletrado y no falta el locutor que aproveche para editorializar y asiente que leer es asunto de seguridad nacional en un país sumido en crisis perpetuas (y donde al Presidente y los diputados les tiemblan las rodillas si tienen que citar una sola lectura).

A la vez, es evidente que el festejo se va a terminar, cada año, sin que se muevan un ápice los bajísimos índices de lectura del país. Y sin que el hábito de la lectura (y la posibilidad material de llegar a los libros, ya sea comprándolos  o teniéndolos disponibles en bibliotecas) arraigue un milímetro más de como estaba.

El reducido círculo de los lectores frecuentes y especializados y el ligeramente más amplio de los lectores ocasionales parecen conservarse siempre iguales en términos absolutos, como si cada que un viejo lector muriera otro, más joven, tomara su lugar en el ecosistema y ya. ¿Por qué sucede esto? Porque los programas de promoción llegan hasta donde alcanza los presupuestos y las ideas de los funcionarios, que no han variado en decenios, y porque las editoriales privadas son, finalmente, negocios: su asunto es vender lo que se pueda, no arreglar los desastres de la educación nacional.

¿Son inútiles los festejos por el Día del Libro? Seguro que no. Pero son parte de la inercia entre las instituciones, la empresa y los lectores de siempre y no puede esperarse que resuelvan por sí mismos el problema. ¿Qué hace falta? Una reforma profunda a los programas escolares y una inversión oficial en educación que no se quede en salarios y jarabe de pico para los profesores.

¿Son inútiles los festejos por el Día del Libro? Seguro que no. Pero son parte de la inercia entre las instituciones, la empresa y los lectores de siempre

El gobierno se prepara para realizar una cruzada contra el hambre, acción que hace que la mayoría del infelizaje se alegre
 

Antonio Ortuño
ABR 28

El sótano de Gerardo Arana Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Hace casi un año, en abril de 2012, murió en Querétaro el escritor, dibujante, profesor y tallerista literario Gerardo Arana Villarreal. Tenía 25 años de edad. Apenas un puñado de medios locales transmitió la noticia. Como suele suceder, para la mayor parte del mundillo cultural ajeno a la ciudad la tragedia pasó de noche. Pero no era cualquier creador, Arana. Supe de él meses después de su fallecimiento, al leer un poemario llamado Bulgaria Mexicali, publicado por el sello independiente Herring. Un texto impresionante ?amargo, irónico, emotivo?, uno de los mejores testimonios literarios que conozco sobre la ola de violencia bestial que ha sufrido este país en los últimos años y, a la vez, un juego de referencias literarias e históricas entre la poesía del zacatecano Ramón López Velarde y la del búlgaro Geo Milev. En esta misma columna, en diciembre pasado, lo propuse a los lectores como la primera entre una serie de publicaciones destacadas de 2012.

Más tarde, gracias a la generosidad de Horacio Lozano Warpola, un escritor cercano a Arana, he podido leer otros de sus trabajos, tanto de poesía como de narrativa, además de revisar material gráfico (realizado bajo el seudónimo de Saúl Galo) y algunos videos y remixes regados a lo largo de la web. No todos son trabajos tan redondos y precisos como Bulgaria Mexicali pero dejan en claro que el talento literario de Arana era mucho más que una “promesa” (categoría engañosa, que rebaja lo que pretende realzar).

En uno de los obituarios que la prensa queretana le dedicó, el poeta Luis Alberto Arellano, que fue su mentor, confiesa directamente ante la pregunta de un reportero preocupado por la inmortalidad literaria de Arana que no tiene idea de si su obra seguirá siendo leída en unos años. Cómo tener tal certeza en una época en que la lectura parece desvanecerse. Sin embargo, me atrevo a sugerir que un libro como Bulgaria Mexicali debería seguirse estudiando por sus méritos literarios y para entender mejor la época virulenta que vivimos. Lo mismo puede decirse de los cuentos contenidos en La máquina de hacer pájaros y de otros, que ahora mismo deambulan en la red, como “El sótano de Alfredo Musset” o “El whisky del barbero espadachín”, así como el interesantísimo experimento colectivo (firmado junto a Lozano Warpola y Antonio Tamés) de textos híbridos entre la narrativa y la poesía que habitaron originalmente un blog y luego fueron seleccionados en la antología Neónidas (Herring Publisher). Quedan, también, dos novelas inéditas que cualquier buen editor debería estar revisando ya.

Otros poetas muertos de manera prematura y fuera del reflector son aún leídos y discutidos (José Carlos Becerra, Mario Santiago Papasquiaro). El sello Herring ofrece descargar gratuitamente Bulgaria Mexicali y otros títulos de Arana y el resto de los Neónidas (en http://es.scribd.com/HerringPublishers). La oportunidad, pues, de redescubrir a Arana Villarreal está dada. El paseo por sus textos, lo aseguro, es formidable.
 

Antonio Ortuño
ABR 21

Yogur sin azúcar Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Las campañas de promoción de la lectura, que han arreciado su nivel de su vociferación en los últimos años a medida que las estadísticas nacionales se hundían, parten de un par de premisas que me parece oportuno discutir. La primera, común a toda la publicidad, es que un aviso protagonizado por alguien más o menos conocido, como un cantante, futbolista o actor, resulta ideal para llamar la atención e interesar al público sobre un tema particular. La segunda es que la lectura es una actividad saludable, como comer yogur sin azúcar o correr por las mañanas, que le conviene a los espectadores en general, pero particularmente, y se hace énfasis en ello, a los niños.

A juzgar por sus resultados, es decir, el hecho innegable de que la lectura de los formatos tradicionales, como libros, revistas y periódicos, se encuentra en plena decadencia en el país, estas ideas no han sido precisamente atinadas. Las razones son varias. La primera es que un problema como el analfabetismo funcional no aparece de la nada, sino que corresponde a un entorno económico, educativo y social que para la mayor parte de la población del país es negro tirándole a rojo sangre. Vaya, por más populares que sean Pedrito Fernández o Memo Ochoa, va a ser muy complicado que alguien pase de no leer a hacerlo (así sea durante esos 20 minutos diarios por lo que clamaban los comerciales hasta hace poco) si debe ganarse la vida mediante trabajos mal pagados o si corre el cotidiano riesgo de perderla, nomás porque estos sabios varones lo anden recomendando en la tele.

Por segundo de cuentas, la lectura es un mecanismo educativo y un medio de obtener grandes placeres intelectuales, sin duda, pero ni es infalible ni es único. A nadie se le puede garantizar que, por leer, ascenderá socialmente ni que se divertirá tanto que no volverá a mirar la televisión. Según la Encuesta Nacional de Lectura 2012 de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, el consumo de libros, como casi todo en el país, se ha polarizado en los años recientes en favor de las clases media-alta y alta. Por supuesto que no se puede equiparar la compra de libros con la lectura efectiva, pero, al menos como indicador, resulta claro que el problema excede los límites de los “usos y costumbres” y se mete de lleno en una materia que para la mayor parte de los críticos culturales es ignoto como el fondo del mar: la economía.

¿Hay soluciones? Resulta incierto decirlo. La poca y mala lectura de los mexicanos, hay que insistir, no es un problema cosmético y aislado. No se trata de que por negligentes o perezosos andemos viendo telenovelas en vez de entrarle al nuevo de Lobo Antunes. Se requiere, me temo, una reforma educativa, sí, que multiplique las posibilidades de acceso a la lectura de millones de estudiantes. Pero, sobre todo, sería tiempo de asumir que un escenario de profunda desigualdad económica la falta de lectura no es enfermedad sino síntoma.
 

Antonio Ortuño
ABR 14

Sí quita lo valiente Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Hace unas semanas se desató, entre el sector cultural mexicano, un inusual revuelo por la aparición del libro Historia de la eternidad, del historiador francés Christian Duverger. Inusual porque, en mitad de polémicas sobre premios y nombramientos (con sus respectivas sacadas de lengua y piquetes de ojos), la Historia no acostumbra ser materia muy recordada. El escándalo, en este caso, proviene de que el profesor Duverger conjetura que uno de los textos fundacionales de las letras americanas, la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España no fue escrito, como se ha sostenido desde el siglo XVI, por el soldado Bernal Díaz del Castillo, sino ni más ni menos que por el Conquistador en jefe (y gran Satán de la historiografía oficial mexicana) Hernán Cortés. Esto, para quien no conozca la importancia que reviste el asunto, es considerado por los historiadores una idea casi tan estremecedora como la de que la autoría de uno de los Evangelios se la anduvieran atribuyendo a Cristo en persona.

¿Por qué? Porque, al contrario que las famosas Cartas de Relación que Cortés envió a Carlos V, la Historia Verdadera vindica el punto de vista (y las glorias) de la soldadesca ante la Conquista y, sobre todo, porque la maravilla que demuestra ante las civilizaciones indígenas (y sus individuos, a los que personaliza como casi ninguna otra crónica de la época) son quizá la primera muestra de una mínima empatía de ciertos conquistadores hacia esas culturas que persiguieron y arrancaron casi de raíz. Fuentes llamó a Bernal “el primer novelista de América” y, retórica al margen, no le faltaba razón. La posibilidad de que su sensibilidad fuera, en realidad, la de Cortés, la del hombre fuerte, haría de éste un personaje de una complejidad y dimensión inabarcables. Un Cortés que contendría, a la vez, a César y a Cervantes.

El libro de Duverger, sin embargo, ya ha sido objeto de un minucioso rosario de refutaciones. El número de abril de la revista Nexos contiene un dossier entero de críticas (que van de lo furibundo a lo virulento) firmado por pesos pesados como Miguel León Portilla (uno de los principales especialistas mundiales en el mundo prehispánico y la Conquista), David Huerta, José Joaquín Blanco, María del Carmen Martínez Martínez, Camilla Townsend, etcétera. A veces con lucidez, en otras con humor y en no pocas con desdén, los críticos arremeten contra Duverger y dejan en pie muy poco de su trabajo y su conjetura.

¿Qué deja esto para el neófito? Quizá la oportunidad de volver a esas fuentes, hoy piezas de museo malamente conocidas fuera del ámbito académico. Y, sobre todo, la de aprovechar para asomarse a trabajos como el del ya citado León Portilla (especialmente a sus rescates de las letras indígenas) y olvidarse de interpretaciones.

Antonio Ortuño
ABR 7

La biblioteca como herramienta Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

En días pasados me di a la tarea de reacomodar mi biblioteca, luego de ser avergonzado por la vasta cantidad de conocidos que informaron mediante sus redes sociales haber hecho lo propio durante las vacaciones, ilustrando su hazaña con coloridas fotografías de libreros muy ordenaditos (cuando no de volúmenes curiosos o queridos que iban apareciendo por el camino, con comentarios del tipo de: “Este es mi perro Jacinto junto a la portada de una primera edición de Paz adquirida en mi viaje anual a Barcelona”). Uno pensaría que algo como acomodar los estantes podría ser considerado parte de la esfera de lo íntimo (junto a actividades como lavar la ropa, quitar las escamas a un pargo o sostener charlas conyugales) pero las redes sociales facilitan tanto que se nos informe puntualmente sobre los ciclos de una lavadora y los de una pareja que ya resulta cándido asombrarse.

Hay muchos modos de interpretar una biblioteca personal. Puede, por ejemplo, contrastarse el entusiasmo juvenil por ciertos géneros o temas con el “completismo” del adulto que, una vez identificado un autor favorito, se dedica a conseguir todos los volúmenes que pueda de él sin atender temáticas. O puede compararse la propia biblioteca, escasa de los mamotretos insufribles de algunos autores detestados, con la de los amigos, que rebosan de ellos. Esta idea es reconfortante.

Pero nada de esto pasa de ser un ejercicio de entretenimiento, porque, generalmente, la biblioteca personal no es la ideal. Uno no tiene los libros que quiere sino los que alcanza a comprarse (¿cuántas maravillas hemos dejado pasar luego de darnos cuenta de que cuestan lo que ganamos en una semana?), los que le regalan y los que no puede echar al cubo de la basura o revender en librerías de viejo porque tienen la dedicatoria de fulano o perengano y no es cosa de ofenderlos (aunque un amigo ha desarrollado un método casi infalible, que consiste en cortar con una navajita de papel la página de la dedicatoria que, por lo general, se estampa en una de las guardas en blanco y nadie echa en falta).

Me parece que una buena biblioteca personal no debe limitarse a ser un depósito de libros pasados y que se le podrá considerar bien integrada cuando la utilicemos realmente como una herramienta de trabajo. Lo mismo da si somos novelistas, sociólogos o ingenieros civiles: nuestra biblioteca debería servir para nutrirnos de ideas y para sacudir las que se nos van quedando en la cabeza con los años. Descreo de una biblioteca que sólo sirva para presumir que ya contiene el novísimo ensayo de Zizek o, peor, un libro interesantísimo de quién sabe quién, cuyas ideas olvidamos apenas pasada la última página.

Al menos, para consuelo de mi recién ordenada biblioteca, puedo decirle que nunca le tomaré fotos para andarla promoviendo, pero que me honra tenerla a la mano y seguir discutiendo con ella.
 

Antonio Ortuño
MAR 31

Lectura en chancletas Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Es tradición que, en estos días de Semana Santa, las revistas y suplementos les propongan a los vacacionistas largos listados de obras maestras para acarrear a la playa o el monte. Pocos espectáculos tan épicos como el del oficinista que, entre ambicioso y aterrado, se echa en una toalla en compañía del Quijote o de la nueva novela de Franzen y se pone a leer mientras sus hijos comen ceviche y torean olas.

Es innegable la conveniencia de acercarse a los clásicos y a los grandes narradores de la actualidad. Pero a veces la liebre brinca en lecturas menos excelsas. Recuerdo, por ejemplo, que en unas vacaciones de Semana Santa, por allá de 1987, leí un libro divertidísimo y que, pese a que sus intenciones no fueran propiamente literarias, me sigue pareciendo fascinante: Mi experiencia  sobre espiritismo y parapsicología, del Doctor Pedro Rodríguez Lomelí.

Nativo de Jalostotitlán, don Pedro tenía uno de esos caracteres renacentistas que ya rara vez se ven en nuestra vida pública: fue médico, profesor, candidato de un movimiento agrarista a la gubernatura de Jalisco,  editor y colaborador de El Informador durante más de 40 años pero, principalmente, pionero del ocultismo en la ciudad. Yo no sé si sus memorias del mundo paranormal se sigan vendiendo (hace no tantos años era habitual topárselas en la Feria Municipal del Libro) pero en caso de que no, la Secretaría de Cultura o algún avispado editor local debería volver a ponerlas en circulación.

Amén de que uno comparta o no la fe en el mundo fantasmal de Don Pedro (quien, cabe anotar, creía firmemente que el alma del filósofo griego Sócrates le dictaba pensamientos morales), varios de los episodios referidos en su libro son sensacionales. Por ejemplo, la implacable persecución a la que fue sometido por el entonces hombre fuerte del país, el general Plutarco Elías Calles, al lanzarse como candidato de la oposición al Gobierno del Estado. El Doctor Rodríguez Lomelí debió huir a Michoacán escondido en la cajuela de un automóvil y sumirse luego en una suerte de exilio interior para evitarse mayores amenazas. Pasaron los años y sus intereses mudaron de la política al ocultismo. Un día, muchos años después, lo invitaron a una sesión espiritista.  No había luces y los asistentes se tomaron de las manos para hacer invocaciones. No tuvieron éxito. Cuando las luces se encendieron, don Pedro descubrió que a su lado, sujetándole la mano, estaba ni más ni menos que el general Elías Calles: viejo, demacrado, caído en desgracia y ya irrelevante en el país. Don Pedro lo saludó con afecto y, ante la confusión de don Plutarco, le recordó quién era. El ex presidente frunció el ceño y enmudeció. Los espíritus le habían deparado una vergüenza sensacional ante su vieja víctima.

¿Cómo resistir un libro así? En honor a don Pedro, desde entonces aprovecho las vacaciones para leer el libro más raro que tenga a la mano. Y recomiendo el procedimiento. A veces se alcanzan resultados sorprendentes.
 

Antonio Ortuño
MAR 24

Nubia Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Es cosa inusitada que se lamente con sinceridad la dimisión de un funcionario. En México nos sobran razones para desconfiar del ejercicio público en todas sus manifestaciones (desde la ventanilla más apartada en lo alto de un monte al más encumbrado despacho de la capital) y a los funcionarios los vemos, las más de las veces, como a extraterrestres remotos, altaneros, que no recuerdan con frecuencia el hecho de que son servidores públicos porque están rodeados de escoltas y lambiscones, o almorzando en restaurantes carísimos y confundiendo, de paso, el erario con su cuenta corriente.

Pero hay excepciones. En estos días, ha sido posible ver cómo el medio cultural (y especialmente la gente relacionada con la edición y los libros) ha lamentado de forma prácticamente unánime la renuncia de Nubia Macías a la Dirección de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Más allá de las lágrimas de cocodrilo que nunca faltan en estos casos, queda claro que el trabajo bien hecho se distingue. Y el de Nubia estuvo muy bien hecho.

La FIL va para 27 ediciones y se ha convertido desde hace años en la segunda feria más importante en su clase a escala mundial y la primera en idioma español. Su elenco de invitados y actividades es de primer nivel y su capacidad de convocatoria no hace sino aumentar. Para todo aquel que guste de los libros, la calidad de su oferta editorial excede y desborda por mucho a la de la mejor librería del país (y hasta, quizá, a la de todas juntas). Para quien desee presenciar mesas literarias, foros culturales y académicos y hasta periodísticos de grandes alcances, el menú es amplio. La Feria necesita crecer cada año para que no parezca que se achica y ese crecimiento no ha dejado de ocurrir. Pese a tropiezos, incidentes y nubarrones (y hasta dislates mayores como el affaire Bryce), la FIL se encuentra en un dilatado periodo de auge (la discusión sobre si la UdeG debe invertir tantos recursos económicos, logísticos y humanos en ella es otro tema al que habrá que volver). Y en ese auge han tenido una parte cardinal Nubia Macías y el equipo que conformó.

No faltarán, dentro y fuera de la Universidad, tiradores que “se vean” en esa silla, ahora que ha quedado vacante. ¿Tendrán esos aspirantes las capacidades de trabajo, gestión y planeación necesarias para que la FIL no termine en una triste feria de rancho? ¿Podrán ganarse, como Nubia, el respeto de un medio, como el editorial y el cultural, en el que las cuchilladas son tan frecuentes como los abrazos? Por lo pronto y mientras las incógnitas se despejan, sólo queda agradecer y aplaudir la gestión de Nubia Macías (esa rara avis: la funcionaria que funciona) y esperar que quien la suceda esté a su altura.
 

Antonio Ortuño
MAR 17