¿Cómo se consume la música hoy en día? Confieso mi confusión y, por qué no decirlo, mi incomprensión. ¿Cuál es el modo ideal para escuchar y apreciar la música? Depende en buena medida del tipo de música de que se trate. La llamada “música de concierto” tiene sus propios rituales y su apreciación ideal sucede ya sea en la intimidad de la casa, con un buen equipo de sonido, o en la sala de conciertos donde todo mundo está callado y atento a las sutilezas que se ejecutan en vivo. Ahí, por supuesto, es impensable que alguien se ponga a platicar a voz en cuello con su vecino de asiento.
Pero en otros géneros la cosa cambia: los clubes de jazz tradicionalmente son lugares donde la gente bebe, come y platica mientras escucha, con variados grados de atención, a los músicos. Sin embargo, aún en esos sitios suele haber una actitud más o menos respetuosa con los intérpretes: con frecuencia se aplaude cuando un bajista termina de ejecutar un solo brillante y se suele mostrar entusiasmo cuando la música alcanza altos niveles de comunicación con el público; pero también es cierto que en algunos de esos casos la música se convierte solamente en un telón de fondo a los conversadores que poca atención prestan al virtuosismo. Luego están los llamados “conciertos masivos” donde se supone que la música es el pretexto pero es común ver a los asistentes moverse de un escenario a otro, platicar entre ellos frecuentemente a gritos, hacer fila para conseguir una cerveza mientras a lo lejos la música suena, cantar a voz en cuello lo mismo que el vocalista del grupo en turno. Todo ello parece formar parte de otro tipo de ritual donde la música convoca pero hay muchos otros ingredientes involucrados. Y luego están los conciertos que, aun cuando estén incluidos en la llamada “música popular”, se supone que deberían tener un cierto grado de intimidad por las características de su formato.
El jueves pasado se presentó Santiago Auserón en su faceta de Juan Perro en un bar. En algún momento, haciendo alarde de tablas, declaró que la siguiente canción la cantaría sin micrófono. Lo que buscaba —y lo logró— fue hacer que los asistentes de callaran y le pusieran atención. Su formato —dos guitarras acústicas y voz— así como su repertorio donde la letra es muy importante, requerían de una audiencia atenta y concentrada, pero las características del sitio —y acaso también los usos y costumbres del público actual— no permitían una comunicación suficiente. Aún cuando la música forma parte indiscutible de la vida actual, el modo de acercarse a ella varía. Y no siempre para bien.