Hay algo de catártico en seguir los detalles del melodrama en que se convierte la vida de un político en desgracia; es como si por la vía de un placer malsano se terminara de reconciliar algún segmento de la ciudadanía de a pie con su entorno salpicado de casos de abuso, arbitrariedad, prepotencia, corrupción, negligencia e ineptitud por parte de quienes —gracias a la permisividad e indolencia social— navegan por este mundo entre puestos políticos y de la administración pública. Por lo menos a algunos termina por irles mal y eso ya es algo.
Que al químico Andrés Granier le da un tramafat, que siente vértigos y cavernas pulmonares, que su médico asegura que no puede viajar a Tabasco (ya que la idea de enfrentar a su sucesor, el gobernador Arturo Núñez Jiménez, comprometido públicamente con el objetivo de meterlo en la cárcel le provoca pálpitos) alimenta la idea de que la justicia realmente existe, especialmente cuando se contrasta la imagen de un Andrés temeroso con la de aquel arrogante y prepotente que se procuró vida de faraón, para él y toda su familia, gracias a las arcas públicas que dejó literalmente vacías.
Sí, el que esto suscribe debe reconocer no sin cierta dosis de una muy católica culpa que hay algo de placentero en que al menos uno de la casta dorada de los herederos de la Revolución, los que han demostrado una y mil veces que en eso del abuso y la prepotencia tienen doctorado, enfrente el sendero de la rendición de cuentas.
De la homilía dominical del cardenal Francisco Robles Ortega, vale la pena rescatar la frase que externó en alusión a los casos de Granier en Tabasco y el del ex director del SIAPA, Rodolfo Ocampo: “Cualquiera que sea la persona que está en el ejercicio de su autoridad y que hay pruebas de que lo hizo bajo la corrupción tiene que ser sometido a la ley y pagar por su irresponsabilidad”.
Se escucha bien, que el que la haga la pague, que los responsables de cualquier delito, abuso, arbitrariedad y negligencia se sometan a la justicia, que los corruptos que abundan en la fauna de la clase política y/o gobernante deberían ser sometidos a un proceso administrativo y penal para pagar sus culpas, pero realmente sólo en casos excepcionales se cumple con el deseo del prelado y por eso es que las rara avis de los políticos en desgracia resultan tan festejados y aplaudidos.
Es un poco de nuestro circo romano, en el que no aplaudimos cuando un galo le da en la torre a un godo, sino cuando la administración en turno decide lanzar a los leones a uno o dos personajes que en forma paralela deben enfrentar un proceso legal, mientras se colocan en la vitrina para el escarnio y la catarsis social. Y es eso, un poco de espectáculo para reconciliar momentáneamente a los que están hartos de tantas cosas que simplemente no marchan bien, con un entorno que en lo fundamental seguirá por el sendero en el que la impunidad es la regla.
Pero, a fuerza de ser realistas, algo es algo y por lo menos Granier, en Tabasco, y el ex director del SIAPA, en Jalisco, encaran la posibilidad de pagar por sus excesos, por sus pecados, y en el lance liberan un poco de presión a esa gigantesca olla que es México, hasta que se vuelva indispensable que un par más enfrenten a los leones para que el resto de la clase política y/o gobernante siga disfrutando de esa patente de corso en que se convirtió en muchos, muchísimos casos, el servicio público en México.