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Juan Palomar Verea
SEP 10 2017
Diario de un espectador

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Diario de un espectador

Atmosféricas. Sabiduría del musgo. Año tras año repite el mismo inmóvil recorrido. Hacia el corazón de la piedra, luego hacia la luz y la lluvia. Una tela de un verde incomparable que cubre suntuosamente el viejo fragmento de una gárgola extraviada. Pero, viéndolo con cuidado, nada está inmóvil, y las moléculas que forman a esta elusiva planta que allí habita deben viajar, cada vuelta del tiempo, distancias siderales para lograr su recorrido, para aflorar a la intemperie que les es propicia. Cumplen así, en su muy específico ciclo, el vasto mandato de todo lo que es. Nadie creería, allá por lo más alto de las secas, que este árido trozo mineral encerrara en sus honduras semejante vigor, semejante explosión de vida y de pura belleza. Gárgola peregrina, recogida sin duda hace muchos temporales de un antiguo caserón en ruinas, cambió su vocación, ciegamente, de ser el conducto por el que los torrentes estivales buscaban el suelo nutricio, para ser convertida en la reliquia humilde que, solar pieza de tiempo, mide y canta las estaciones. Nadie lo sabrá nunca de cierto, pero parece ser que el jardín entero aguarda cada vez su jubilosa bandera verde para prorrumpir al fin en la gozosa fiesta del verano. 

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Y el óxido: queda siempre presente la sentencia de Neil Young: Rust never sleeps. Una lenta –o vertiginosa- combustión que va convirtiendo en polvo y nada a los orgullosos metales, reduciéndolos a ínfimas limaduras, a pardos vestigios de la fuerza que alguna vez quisieron albergar. No deja, tal vez, de ofrecer la continuada delicuescencia de lo que se supondría durable, diversas lecciones, amargos o melancólicos aprendizajes. Cuidados son aplicados, resanes hechos: nunca duerme el óxido, nada lo vence. Llegará el día, fatalmente, en el que su manto ferruginoso y ávido cubrirá la tierra, consumiendo el oxígeno que lo alimenta con imperturbable energía. El óxido es una suerte de combustión; también lo es la que anima, por un instante, a todo lo viviente. El propio Neil Young da la respuesta a este sino de todo mortal: It’s better to burn than to fade away. Mejor incendiarse que volverse sombra. Más valen las llamas de una vida al filo del riesgo que la anónima y mansa desaparición. Por mientras, cabe considerar cómo el incesante trabajo del óxido es otro ineluctable reloj que va midiendo todo lo que pasa, todo lo que ha de disolverse en el aire delgado.

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Historia del Maestro Palacios. Dice que nació en Tlajomulco, allá por 1930. Su padre y su madre murieron poco tiempo después y fue, así, criado por muchas madres. Una de ellas, su tía, lo llevó a vivir cerca de Huejotitán, en las faldas del Cerro Viejo. La siembra, el cuidado de unas chivas en las bravas laderas lo ocuparon durante la infancia. Algo habla de temporadas oscuras, con otra tía, por el rumbo de San Juan de Dios. En ciertas ocasiones bajaba a Guadalajara y ayudaba a atender un puesto en las Nueve Esquinas: carbón, escobas, leña, el producto de las chivas, tal era la mercadería. Hacia los veinte años se volvió jornalero en La Calera, cortando trigo. Dos años después vivía ya en la ciudad, en una vecindad por la calle de Vidrio. Dos “enredos” con dos mujeres le dieron matrimonio e hijos. Y luego una dilatada vida como albañil. Cuatro años de peón, media cuchara, oficial. A los veintisiete años ya era maestro de obras. Es así como por estos días el Maestro Palacios cumple sesenta años de ejercer uno de los más claros y nobles oficios sobre la tierra. Pasó diez años entendiendo pacientemente las intrincadas dolencias de una vieja casa de campo: una por una las fue reparando. Regresó a su temprana amistad con la tierra, con todo lo que se siembra, se cuida y crece. Lo vegetal y lo de cal y canto. El aire de la laguna, sus vastas perspectivas, parecieron devolverle juventud y vigor. Alexis Zorba en la ribera. Ahora, ha trabajado con cuatro generaciones a las que ha visto envejecer y crecer, y que siempre han sabido del señorío profundo, de la larga sabiduría que la contemplación de la sierra, las estrecheces salvadas con estoicismo y las alegrías serenas imprimieron en el Maestro. Hace ahora reverdecer y fortificarse a otro jardín, del que bien conoce la historia. Cuando menos se acuerda, deja caer una sentencia, grave o llena de humor, que será pasto de reflexiones durante muchos días. Tal es un maestro, un sabio, un genuino aristócrata, que la Providencia dispuso hacer conocer a lo largo de la vida. Larga y propicia le sea.

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Águila en vuelo. Alguien transmitió, en las pantallas de ese extraño mundo cibernético, el vuelo de un águila. Un aditamento fijado en sus alas permite ver lo que el ave pasmosa va viendo. Pero, quizá de manera aún más estremecedora, el adminículo deja ver la misma mirada del águila mientras surca el aire, dejando una invisible estela de leyenda. Deja ver como esos ojos despiadados se hacen dueños absolutos y despliegan toda su majestad sobre extensos paisajes. Hace miles de años que los ojos del águila han sido una metáfora que recorre todas las literaturas, que las mitologías han recurrido a su estampa y su bravura como señales de grandeza, signos de poderío e implacable voluntad. No se conocía, sin embargo, de primera mano, el específico punto de vista, la experiencia de la velocidad del pájaro portentoso. Lo sagrado vuelto así materia de las fugaces y desechables imágenes que todo lo invaden. Lo sagrado, su temblor y su temor, al borde de un pico rapaz, unos ojos altivos, despiadados, definitivos. Mientras se figura la ilusión de compartir su mirada, que es, por cierto, muy otra.

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La máquina del tiempo: simple llamada por teléfono. Las voces son exactamente las mismas, aunque seis decenios marquen la distancia de cuando por primera vez fueron oídas. La jovialidad, el largo estilo sin afectaciones, una cordialidad que atraviesa, intacta, los años. Potencia del oído: mientras unas cuantas palabras se intercambian resucita de golpe todo un pasado de jardines y días soleados, de conversaciones al borde del agua fresca o del tequila, del sabor de las famosas tortas compuestas del Santuario, de estar al pendiente de los dichos de viejas señoras que hace mucho fueron. Comparecen las presencias perdidas, los afanes de largos años, las repetidas lecturas, la amistad y el cariño como bastimento para toda una vida. Humildes, inesperadas bendiciones de un hilo que transporta tanto.

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Vuelta a Los duelistas. El fotograma es muy preciso. Joseph Conrad lo dejó dicho con toda claridad. Dos oficiales del ejército imperial cruzan sus aceros. El programa es simple: el perseguidor y el perseguido. Y, en el punto donde los sables se tocan, una mujer desconsolada, aleteante, en vilo. ¿Quién, al final, logrará su objetivo? ¿Cuál de los contendientes será, de cierto, el que persigue y cuál será el otro? Para el acosado, cada vez la aparición del ceñudo acosador es la destrucción de una paz trabajosamente lograda. O es, tal vez, la resolución de otras tormentas que es preciso alejar volviendo al combate. Solamente la mujer lo sabrá: y no ha de decirlo. Y así, desde Caín y Abel… La historia que Joseph Conrad escribió resume toda la condición humana: siempre se cree, si hay suerte, haber alcanzado una ficticia paz, haber dejado atrás al enemigo, conjurado al mal. Y cada vez, todo recomienza.

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Pedro Salinas, inmenso poeta de la generación española del 27. Autor de una insuperable traducción de la proustiana En busca del tiempo perdido. De la recopilación de asunto arquitectónico del estupendo sitio cibernético Zenda, el siguiente poema, transparente y misterioso, como corresponde a la obra de Salinas:

Deja ya de mirar la arquitectura

 

Deja ya de mirar la arquitectura
que va trazando el fuego de artificio
en los cielos de agosto. Lleva el vicio
en sí de toda humana criatura:

vicio de no durar. Que sólo dura
por un instante el fúlgido edificio
para dejarnos ver el beneficio
sagrado de una luz en noche oscura.

Ven… hay que ir a buscar lo más durable.
Esta noche de estío por ti enciende
sus innúmeras luces en lo alto; 

cállate bien y deja que ella hable.
Y del vano cohete sólo aprende
a ir preparando tu divino salto.

Juan Palomar Verea

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