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Armando González Escoto
SEP 10 2017
Los colores del tiempo

Por Armando González Escoto armando.gon@univa.mx

De Bucareli al TLC

México es un país que desde su origen como nación independiente fue secuestrado por los partidos políticos. El país, en ese entonces de casi cuatro millones de kilómetros cuadrados y dotado de una extraordinaria riqueza natural, aun cuando todavía se ignoraba su potencial petrolero, fue visto inmediatamente como un botín por parte de las potencias extranjeras, en primer lugar por Estados Unidos.

Al margen de la pérdida de la mitad de su territorio a manos de los vecinos del Norte, el recurso a una invasión no era practicable por diversas razones, por lo mismo las ocupaciones militares fueron sólo maneras de amedrentar para lograr otras metas, en concreto convertir al país en un tributario permanente de cuanta potencia pudiera lograrlo, ello traía por consecuencia someter las decisiones internas de México al supremo arbitrio de Estados Unidos, y otorgar a cambio de su reconocimiento todo tipo de concesiones quedando así uncidos a la carreta del poderoso como hasta la fecha sucede.

Nada de esto hubiera sido posible sin la colaboración desleal de los gobiernos mexicanos, cuyos exponentes fueron siempre capaces de ofrecer, entregar y vender lo que fuera a cambio de que el presidente norteamericano en turno los reconociera como legítimos presidentes de México, máxime en tiempos de guerra. Así fue que se pretendió un tratado McLane-Ocampo en los años de la Guerra de Reforma a cambio de apoyo económico, militar y diplomático. Así también sucedió con los tratados de Bucareli, que firmó Álvaro Obregón con el gobierno norteamericano a cambio del ansiado reconocimiento diplomático; el tratado era vergonzoso tanto en lo explícito, como en aquellas cláusulas que se mantenían como acuerdos secretos, hoy llamadas “confidencialidad”; su contenido se conoció en Estados Unidos años antes de que se venciera el plazo pactado entre ambos gobiernos para hacerlo del conocimiento público, por lo mismo es bien sabido todo lo que el gobierno mexicano se obligó a hacer, a no hacer y a entregar, aun en contra de la flamante Constitución de 1917, al gobierno de Norteamérica, pues aunque el tratado beneficiaba personal e inmediatamente al presidente Obregón, los compromisos los adquiría la nación entera por todos los años pactados, y con la posibilidad de ampliar los plazos.

En el congreso mexicano de aquel entonces hubo algunas voces que denunciaron los tratados de Bucareli, pero los oponentes fueron asesinados.

Al concluir el plazo establecido para la vigencia de los tratados de Bucareli, vino un nuevo tratado, el llamado TLC, que ahora incluía a Canadá, tratado que se hizo sin el acuerdo de la sociedad mexicana, como siempre se ha hecho, y que ahora, por mandato del supremo líder, el presidente de Estados Unidos, está sujeto a una rectificación, renegociación, revisión o como se llame, porque los vecinos del Norte consideran que deben obtener todavía mejores beneficios. La renegociación se hace en vísperas del proceso electoral. ¿Qué estará ahora dispuesto a ceder el gobierno mexicano a cambio de que su partido gane las próximas elecciones? ¿Qué estarían dispuestos a ceder los candidatos de cualquier partido a cambio de lo mismo? ¿Qué incluye la confidencialidad recién pactada? Nuestro verdadero, mayor y más acuciante problema sigue siendo la clase política mexicana.

 

armando.gon@univa.mx

 

Armando González Escoto

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