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Martín Casillas de Alba
SEP 9 2017
El sonido y la furia

Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

¿Estaremos al filo del agua?

No sólo Lucas Macías lo afirmaba, como ahora que estamos rodeados de Irma, Katia y José, la santa trinidad de los huracanes, cuando veía que caían las primeras gotas y se imaginaba la posible catástrofe cuando veía al cielo encapotado.

Lucas era el oráculo del pueblo, era el que anunciaba los desastres por venir y por eso Agustín Yáñez convirtió la expresión de Lucas en el título de una de sus novelas más famosas e importantes: eso es lo dice la gente de los Altos antes del diluvio: ‘Estamos al filo del agua’, y que ahora que lo escribo, veo a las tías Anita y Raquel corriendo por el portal de Santa Bárbara, cerca de Tepa, con los cirios encendidos para empezar sus letanías y protegerse así bajo ese manto.

La novela Al filo del agua (1947) de Agustín Yáñez (1904-1980) cumple setenta años de su primera publicación. Es una obra mayor, moderna, extensa y dramática con un final en donde vemos cómo se desmorona el mundo que don Agustín conoció a pie y que, en una ocasión, Carlos Monsiváis, entre otros la analizó. Es una obra escrita por un hombre que conoció esos pueblos de ‘las mujeres enlutadas con caras de ayuno y manos de abstinencia’, para transitar del melodrama a la tragedia pasando por una genealogía que Yáñez describe en una de esas cuaresmas opacas que huelen a madrugada en donde ‘el Lunes de Pascua culmina con la victoria por el tañido prodigioso de las campanas’, antes que nos advierta de aquel ‘nefasto día, ese dos de mayo en cuya noche Micaela Rodríguez se fue con Damián Limón. ¡Desgraciada noche!’

Yáñez convirtió los deseos carnales en una especie de legión demoníaca –como propone Monsiváis– y, a pesar de que había leído a Freud y ‘sabía que la inocencia no existe, que es un parapeto, una treta de la malicia’, el escritor había incorporado el esplendor, la crisis y la decadencia del régimen teocrático concebido ‘con la vista de la imaginación la longura, anchura y profundidad del infierno’, al tiempo que recordamos esas imágenes que de chiquillos veíamos en medio de la oscuridad de las iglesias, como eran las almas del purgatorio entre las llamas, gritando mudos y pidiendo misericordia.

Cuando releo la novela asocio al Padre Islas con el cura Reynoso que conocí en Tepa: un hombre carismático con mucho poder sobre los feligreses que llegaban a misa por la madrugada: ellos con el sombrero en la mano y ellas enrebozadas entre el incienso y el sudor acumulado, para pedir perdón porque sabían que el deseo carnal era superior a los mandatos, sin importar que bajaran del mismísimo cielo esos ‘anhelos y temores concitados en la mano madrugadora.’

El arma predilecta de la teocracia –dice Monsiváis– es la identificación entre lo bello y lo santo, entre lo santo y lo de antes: ‘bonito antes –dicen éstas, ésas, aquellas mujeres–, bonito antes cuando de veras había costumbres cristianas y temor de Dios.’

Y de esta manera, Yáñez nos cuenta cómo a las mujeres les imponían ‘una rígida disciplina en el vestir, en el andar, en el hablar, en el pensar y en el sentir’, pues eran propiedad de los padres, de los hermanos o de los esposos y, digo ‘eran’, con ganas de que algo haya cambiado, si es que no estoy soñando.

‘Al filo del agua termina con la devastación y el sentimiento trágico del Señor Cura humillado por la fuga de su sobrina, por las almas que se pierden y la feligresía que aguarda al filo del agua el derrumbe, cuando sabe que sólo tiene a mano la fortaleza de la costumbre y la infalibilidad del misterio del latín en la misa’, tal como lo hemos leído en la edición crítica, coordinada por Arturo Azuela que es parte de la Colección Archivos (1993).

Martín Casillas de Alba

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