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Antonio Ortuño
SEP 8 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Un explorador de la realidad

La trayectoria del escritor Emmanuel Carrere, premio FIL de Lenguas Romances 2017, da un buen desmentido (uno de tantos) a quienes aseguran que la narrativa francesa actual no es ni sombra de lo que ha sido en épocas pasadas. A pesar de que anden por ahí Le Clézio, Modiano, Michon, Sollers, Houellebecq, Darrieusecq, por mencionar solamente unos cuantos (y pensemos que en ese listado hay dos premios Nobel) es un lugar común, desde hace tiempo, sostener que la gloria de Francia como primera potencia literaria del mundo es pretérita (incluso Vargas Llosa, francófilo empedernido, ha tenido que hacer  malabares para proponer que, si bien es cierto que la narrativa y poesía francesas han dejado de ser las referencias cardinales que fueron, el país galo puede pavonearse aún en lo que se refiere al ensayo y el pensamiento en ciencias sociales, pues de su lengua y cultura proceden buena parte de los máximos santones del ensayo y la teoría contemporáneos, esos que ponen a babear a investigadores, profesores y estudiantes de todo el orbe).

Algunos otros postulan que la narrativa francesa y su recurrente apuesta por escapar de los terrenos narrativos convencionales (con todo tipo de estrategias de postvanguardia: la prosa poética radical, el intimismo exacerbado, la preferencia de las atmósferas sobre las tramas, la construcción de “voces” que eluden la linealidad, etcétera) representa una opción y un reto a la preponderancia de la narrativa en lengua inglesa, que se ha convertido, sin duda, en la más influyente del mundo occidental. Aunque Francia haya sido cuna de la novela de aventuras moderna y de un sinnúmero de afortunadas indagaciones formales que han renovado el género novelístico y el del relato, el auge de la narrativa en inglés pareciera haber desplazado a los franceses a una suerte de segundo plano (que, históricamente, nunca han aceptado). Allí es donde aparece Emmanuel Carrere.

Lejos del hermetismo experimental que el cliché le atribuye a las letras de sus paisanos, Carrere ha apostado por una versión personalísima y mestiza de la no ficción que, aunque bebe de las fuentes del nuevo periodismo estadounidense y de la robusta tradición de la prensa y la crónica en lengua francesa, lo ha llevado a dar curso a una serie de obras que renuevan y exceden notablemente los límites del género, contaminándolo con elementos ficticios, una gran capacidad para aprovechar la experiencia vital (sin caer en la autoficción) y, sobre todo, con un agudo sentido de la oportunidad (muy periodístico) para bucear en asuntos de interés público y dar una vuelta de tuerca a las tendencias antisociales e individualistas de algunos de sus contemporáneos: la religión, la política, el crimen, la sociedad, la historia, son los motores de sus libros. Pero es su inagotable talento para ahondar en la psique de sus personajes (trasplantados, muchos de ellos, de la propia realidad a sus páginas) el que ha enganchado a miles de lectores a su prosa.

Es una buena noticia que un autor así, singular y a contracorriente en su propia tradición, reciba el premio FIL este año.

Antonio Ortuño

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