Guadalajara, Jalisco

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Diego Petersen
SEP 7 2017
En tres patadas

Por Diego Petersen diego.petersen@informador.com.mx

El costo de las ocurrencias

¿El mejor regidor y el mejor diputado es el que no habla? Sin duda no, pero son preferibles los callados y discretos que los ocurrentes. Y entre los ocurrentes hay unos peores que otros: hay los que simplemente quieren figurar y quedar bien con algún grupo de electores y los más peligrosos, los que quieren elevar sus convicciones personales a rango de ley, reglamento o un punto de acuerdo, aunque nada tenga que ver con la vida pública.

Una revisión de las iniciativas más extrañas en el cabildo de Guadalajara dio resultados que serían de morirse de la risa, si no es porque nos cuestan dinero. Son cosas que seguramente los regidores y regidoras no harían si tuvieran que pagarlas ellos mismos, pero sobre todo, que nada abonan a la vida pública de la ciudad. Promover el uso de la copa menstrual; declarar patrimonio cultural a los buñuelos (supongo que eso incluye la maravillosa miel de guayaba de la señora que los vende afuera del Santuario) o imprimir separadores de libro con el himno de Jalisco, son algunos ejemplos de la creatividad de nuestros regidores.

Pero, si bien la revisión se hizo del ayuntamiento de Guadalajara, lo mismo o hasta peor sucede en los otros 124 municipios y, para no ir más lejos, en el Congreso del Estado: ya hemos hablado aquí de la diarrea legislativa y sus consecuencias (Tres patadas, 29 de junio). ¿Se debe regular lo que pueden o no decir los regidores en una sesión de cabildo?

Cualquier forma de control va en contra del espíritu de libertad que debe prevalecer en un órgano colegiado. Siempre será mejor aguantar las malas ocurrencias (mientras no las aprueben, claro está) que limitar la libertad de expresión. Para evitar este tipo de dinámicas, pero sobre todo, para evitar que los regidores se exhiban con geniales ideas, es que durante muchos años se acostumbraba “la previa”, una reunión de cabildo a puerta cerrada que se celebraba unas horas antes donde cada regidor ventilaba los temas que traía. La dinámica permitía que algunos regidores descargaran su ira antes de la sesión, con lo que se evitaban sorpresas, y además se convencía, con mano izquierda o con autoritarismo, según el caso, a algunos regidores de no llevar a la sesión formal los temas que no eran trascendentes.

Dice la sabiduría política que hay cosas que uno nunca debe enterarse, entre ellas cómo se hacen las salchichas y cómo se hacen las leyes, pues uno deja de comer Hot Dogs, y de creer en la democracia. En la medida en que los regidores puedan evitarnos este tipo de espectáculos que nos hacen dudar del sentido de su trabajo, sin duda lo agradeceremos.

Diego Petersen

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