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Juan Palomar Verea
SEP 2 2017
La ciudad y los días

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Más de Mérida y tristes comparaciones tapatías

Para empezar, la catedral meritense de San Ildefonso: prístina a través de los siglos (con las heridas de los terribles saqueos de 1915 restañadas lo mejor posible). Edificación de una nobleza y majestad sin parangón, primera catedral de la América continental. Ora veamos la querida y singular catedral de aquí: simplemente basta como muestra la barbarie de haber desmantelado a la trompa talega, hace poco más de 25 años, contra toda razón, el ciprés o altar mayor, de espléndida factura en mármol genovés y traído de Italia hace más de siglo y medio. Irónicamente, fue un general conservador el que antes mandó, en la Guerra de Tres Años, fundir el primer ciprés, hecho de plata pura. Este renovado gesto, de dilapidar el ciprés, perpetrado 130 años después por las autoridades eclesiásticas –y las oficiales que dieron la autorización– lejos de ser solamente un arbitrario acto irresponsable y puntual, refleja de manera emblemática la larga historia de atentados al patrimonio en el contexto tapatío. (Y que no se piense que un bien como la catedral es exclusivamente del clero o de los católicos: pertenece, de pleno derecho, a todos los habitantes de esta comarca, incluso de la nación).

Claro que en Mérida han pasado también desfiguros. Pero basta darse la vuelta por el centro para notar –a pesar de los pesares– un marcado respeto por su patrimonio. ¿Qué pasó en Guadalajara? La barbarie empezó en la Guerra de los Tres Años, aunque en menor escala de lo que se supondría. La Reforma dio como resultado la destrucción de conventos y huertas, la venta de tierras al mejor postor (o al más cercano testaferro), la disolución y pérdida de espléndidas bibliotecas, el múltiple robo de obras de arte. Luego, en 1914, las fuerzas carrancistas se encargaron de confiscar o destruir más bienes, de mutilar la iglesia de la Compañía, de destruir el atrio de Catedral y el de Mexicaltzingo, de tirar por la ventana la biblioteca del Seminario, de arrasar con la centenaria toponimia de la ciudad, y etcétera.

En 1938 ocurre una catástrofe: el Colegio de Santo Tomás, sede desde 1792 de la primera universidad de Occidente, es vendido por el gobernador en turno a un grupo de comerciantes franceses. Éstos lo demuelen para construir el actual Edificio Lutecia. Este baldón –para vendedores y compradores– es indeleble, y también la actitud agachona de la gente que lo permitió, junto con la demolición del Colegio de San Juan para construir el cine Variedades. Antes, por 1935, se demolió inútilmente el notable cuerpo frontal de la Penitenciaría de Escobedo. Luego viene el desastre de las tristes ampliaciones de las calles Juárez y 16 de Septiembre-Alcalde y muchas más. Ya para el medio siglo tampoco existía la también notable e inútilmente destruida Escuela de Artes y Oficios. En 1980 se desmuele la Escuela de Música, y ese mismo año, una de las mejores obras de Luis Barragán: la casa Aguilar (para festejar a la tapatía que ese mismo año le hubieran dado al arquitecto el Premio Pritzker).

Lo anterior es un breve y muy sumario repaso. Faltan el Edificio Genoveva, las Garitas, el arco de metal en honor a Porfirio Díaz, y muchas cosas más. Pero da una idea de la tristemente usual falta de respeto y protección a nuestro patrimonio. ¿Y el INAH? ¿Y el INBA? ¿Y las autoridades locales?

Si los tapatíos hubieran sido menos codiciosos, o abúlicos, o encandilados por la “modernidad”, tendríamos un casco histórico que sería un absoluto orgullo jalisciense y nacional. Como el de Mérida lo es para los yucatecos. Algo deberíamos de aprender. Y lo que es mejor: aún con tanto desfiguro, si nos organizamos, podemos aspirar a tener un centro de Guadalajara espléndido, que nos devuelva el orgullo y el gusto por vivir aquí.

Juan Palomar Verea

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