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Diego Petersen
AGO 30 2017
En tres patadas

Por Diego Petersen diego.petersen@informador.com.mx

Cifras, ¿qué dicen?

Uno de los errores que solemos cometer en el análisis es centrarnos en un solo indicador y pretender que ese sea el más importante y peor aún, inferir de él cosas que no dice. En los últimos días nos avisaron que la economía creció 3% en el segundo trimestre, luego que el desempleo va a la baja en Jalisco, ayer que aumentó el ingreso de los hogares y bajó la pobreza y finalmente que se incrementó la inversión extranjera. Vamos a suponer que todo es cierto, incluso lo de la disminución de la pobreza, que es resultado de una machincuepa del Inegi. El problema es pretender ver y diagnosticar a una persona a partir de una serie de close-ups de partes del cuerpo que ni siquiera están relacionadas entre sí.

Llevamos años viviendo en la tiranía del PIB. La máxima preocupación de empresarios, funcionarios públicos y de todo economista que se precie de serlo es el crecimiento. Hacemos reformas con la promesa de que ésta sí hará que crezca el Producto Interno Bruto. Vivimos en la ilusión del pasado cuando la economía crecía a un ritmo de 5% o 6%. Festejamos el crecimiento porque, ahora sí, nos dicen, la copa de champaña podrá derramar. Pero la copa es cada día más grande y derrama menos. De nada sirve, o si se prefiere, a pocos sirve que haya crecimiento económico si el índice Gini, que mide la desigualdad, no se ha movido en 10 años.

Festejamos la inversión extranjera como un síntoma de que hay confianza en México y eso se extrapola, como por arte de magia a que si los extranjeros invierten en México es porque las cosas están bien. Nada más falso. El capital va a donde hay rendimiento, no a dónde las cosas están bien. Al capital le importa muy poco o nada las condiciones laborales, la seguridad o la satisfacción de los habitantes del lugar donde invierte.

Llevamos años batallando contra la pobreza. Los más optimistas ven una evolución positiva en la reducción de pobreza extrema, pero en realidad, comparado con los logros de otros países, nosotros no hemos hecho bien la tarea. Pasamos de 21 millones de personas en pobreza alimentaria en 1992 a 19 millones en 2012, y luego comenzó el manoseo de las cifras de Inegi. Hay poco que festejar. Pero como la obsesión de los gobernantes es bajar la cifra y no cambiar la forma de vida de los más pobres, lo más fácil fue meterle mano a los indicadores.

Ninguna cifra en sí misma es un retrato del paciente y alterar las radiografías para tranquilizar a los pacientes no cura las enfermedades, pero ni qué decir: nos encantan las cifras porque nos hicieron creer que ellas son el retrato objetivo de la realidad.

Diego Petersen

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