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Juan Palomar Verea
AGO 27 2017
Diario de un espectador

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Diario de un espectador

Atmosféricas. Sigue el jardin cavilando en silencio el paso del eclipse. No se le va a olvidar, como tampoco olvidará cada uno de los otros, ni menos al rastro de pasmo y maravilla del cometa Halley que muy temprano vio pasar, cuando era poco más que un reciente solar, dice que hacia 1910. Volvió a verlo casi ocho décadas después y espera con paciencia para saludarlo dentro de cuarenta y cuatro años. Nadie ve al cometa Halley tres veces. Algunos, con suerte, lo ven en dos ocasiones. El jardín navega, y confía. Por eso, el día del eclipse, cada una de las hojas, a través de sabios agujeritos preparados para el ritual, multiplicó las precisas lunas menguantes sobre la yerba atónita. Allí se apacentó por un rato la manada de lunas diminutas, mientras cada una de ellas recorría con timidez el territorio ganado. Arriba, el sol, león acorralado, rugía su mancillado fulgor. Luego, una madrugada acarrea una larga, minuciosa lluvia que fue ahondando las visiones de la pila, cambiando con suavidad los colores de su agua. La artesanía de los tapetes de jazmines avanza, se refina, aviva las brasas de un olor fugitivo.
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Uno a uno fueron desfilando los vestigios de la infancia hasta las penumbras de otra, alguna vez, carpintería. Arriban desde el naufragio otros fragmentos. Varias pesadas cajas transportan una brizna de tantos años dichosos. Abrirlas, repasar uno a uno los libros encantados, las letras que enseñaron toda la extrañeza y la maravilla del mundo, las imágenes que se grabaron por siempre en la retina y en el corazón. Cueva encantada, escuela de robinsones, misterios nunca resueltos del todo, atisbos a las honduras insospechadas del  destino humano, entradas triunfales después de batallas indecibles, Aníbal cruzando los Alpes sobre su elefante, el paso cansino de la Legión Extranjera mientras regresa al fuerte invicto, Matías Sandorf ideando intrincadas claves secretas en un castillo de los Cárpatos, las nieblas de Londres que apenas dejan ver la silueta de Oliverio Twist, la estampa estupenda del General Dourakine… Los libros, acomodados de canto, cubren una muy amplia mesa. Desgastados, ajados, náufragos. Sobre esa mesa, cuando pardea, puede verse toda suerte de prodigios: los personajes se aparecen y repiten muy quedo sus diálogos, un jinete libra limpiamente una torre de libros, la avanzada de los ejércitos de Alejandro se apresta a tomar la ciudad, Venecia y sus cúpulas de oro relumbran contra el Gran Canal, los duelistas toman distancia y una leve nube de pólvora señala el fatal destino. Uno a uno, libros que habrán de durar, de ser remendados o empastados, de ser leídos y soñados por las generaciones de niños que la Providencia disponga. Libros recuperados: en realidad, se cae en cuenta, nunca del todo perdidos.
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The Cult: She sells sanctuary. Inolvidable canción. Prendida. La traducción es difícil: Ella vende santuario. Santuario como el que en tiempos de guerra y persecución se da a los afligidos. Santuario como el que encontraban en las iglesias, a través de veinte siglos, los proscritos; santuario como el lugar en donde el tormento cesa, el alivio se alcanza, la seguridad vuelve. “Madrid, hace muchos años”, empieza el gaviero a contar. Da un trago a su caballito y se concentra, deja pasar unos momentos. “Habíamos recién desembarcado, y llegamos a un hostal de fortuna a pernoctar, a comenzar la estancia cuyos fines son difíciles de contar y un tanto oscuros. No acostumbro hablar de mí, pero esa noche, después de los tragos de rigor y del renovado vislumbre de los pechos magnéticos de una rubia y distante compañera de correría, me fui a dormir con una rara sensación. Después de dos o tres horas de un sueño inquieto y encrespado desperté sudando en la oscuridad del cuartucho aquel. Pero la pesadilla no hacía más que empezar (¿se han fijado que lerda palabra tenemos en español para llamar al fenómeno que en inglés se designa con la bella palabra de “nightmare”?); en fin, decía yo que el horror apenas comenzaba.”
“Como demonios implacables fueron encendiéndose uno a uno todos mis remordimientos –que acostumbro a desechar sin ambages-, todas las tristezas y las pérdidas, las injusticias y los sufrimientos que en cada puerto he ido constatando como una funesta letanía repetida a lo ancho del mundo; el abandono, la abismal cara de la muerte -que quizás ya sabrán ustedes que de ordinario me da lo mismo-, todos los elementos del desastre, todo lo que vuelve atroz el paso de un hombre sobre esta tierra. Quienes me conocen saben que no soy presa fácil de mis ánimos, que soy hueso muy duro de roer. Pero tengo que decir que allí, esa noche, fui vencido por los demonios. En Madrid, ya hace décadas…”
Vació otro caballito de un trago, y siguió hablando:
“Acorralado por un  insoportable espanto, daba vueltas por el cuarto mientras la sombra del mismo suicidio iba ganando terreno en mi angustia. Era preciso hacer algo, recurrir a alguien, encontrar refugio contra un enemigo que era incapaz siquiera de reconocer. Después de mucho luchar tomé una determinación de la que, créanmelo, no me sentí ni orgulloso ni menos seguro. Me encaminé hacia la puerta de la muchacha rubia. Levanté la mano…y algo la mantuvo allí, inmóvil, mientras yo perdía toda noción del tiempo. El puño cerrado para tocar: un gesto inmemorial, y tan cotidiano. No sé cuánto tiempo después reaccioné. Bajé la mano, regresé al cuarto. Una extraña paz descendió sobre mí. El sueño nunca llegó, de cualquier manera.”
Una inescrutable sonrisa pasó como un relámpago sobre la cara del gaviero. Prosiguió:
“En cuanto hubo modo, me senté en la cocina del hostal a tomar café. No dejaba de cavilar en la extraña travesía nocturna. De repente, vi bajar por la escalera a la muchacha rubia. Su pelo flotaba como una nube de oro –o tal vez así la veía yo a la luz de lo ocurrido. Y en ese instante preciso me esperaba la iluminación: fue el gesto, fueron los pasos, fue la oscura y obstinada creencia en que siempre habrá, detrás de alguna puerta, una mujer que nos dará abrigo y consuelo, lumbre y razón. Fue el puño detenido en alto lo que completó una ceremonia que hasta entonces entendía. Como la ceremonia por la que los guerreros de antes velaban sus armas. Como esa canción de The Cult: She sells sanctuary. Ella vende, y el precio de sus favores cada hombre lo encuentra en la estatura de su propia alma. Y yo pagué.”
“La muchacha jamás lo supo. Y después de Madrid nunca la he vuelto a ver. Pero podría, si fuera el caso, guardar entre sus posesiones y sus logros el de haber salvado la vida, una noche en una oscura pensión, a un hombre.” Apuró el último trago, dejó el caballito sobre la mesa; apenas si volvió a pronunciar palabra aquella noche.
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John Ronald Reuel Tolkien vivió desde 1892 hasta 1973. Nació en Sudáfrica, combatió en las dos guerras mundiales, se convirtió en un eminente erudito y fue un venerado profesor en Oxford, donde murió. Desde niño le daba por inventar idiomas. Como se sabe, creó una mitología completa, transida de su ferviente fe católica. Fascinante personaje, fascinante literatura. Parece ser, de memoria, que incluyó una octeta de versos en alguna parte de su Lord of the Rings. Pudieran ser una apretada suma, una certera clave, de todo lo que con su literatura intentó decir. Sentencias bíblicas, líneas como antiguas y nuevas monedas de la mejor ley, y como conviene a la alta poesía, un transparente dejo de misterio. En todo caso, su redescubrimiento convocó la fascinación de los tesoros enterrados que vuelven a la luz. La traducción –versión diría Paz- es ardua, y fue fraternal.
 
 
 
No todo lo que es oro refulge,
No todos los errantes se han perdido;                           
Lo viejo si es fuerte no caduca,                                                 
A las raíces hondas no alcanza la helada.                                       
De las cenizas será despertado un fuego,
Brotará una luz desde las sombras;                                             
Se renovará la espada que fue rota,
El destronado otra vez será rey.
Juan Palomar Verea

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